CAPÍTULO 25
SENTADA en la terraza de una cafetería situada en la Avenida de la Constitución, observo el tranvía serpentear entre las calles, los ciclistas pedalear a toda velocidad y la brisa del viento sacudiendo las hojas de los naranjos. El reflejo dorado de la Giralda me invita a perderme en mi imaginación. Por unos mágicos instantes, fantaseo que soy una reina mora recostada sobre una pila de almohadones y eligiendo al que será su amante eterno.
Si todo fuera así de fácil... ─Es normal que se enfadara. Te comportaste como una lunática. Cantar a plena voz después de lo mal que habéis acabado...─me censura Sandra. Juego con la pajita sobre mi frappelatte, ignorándola por completo. Tanto Sandra como Marta están empeñadas en que yo soy la culpable de todos mis males. Si por ellas fuera, me culparían incluso de la existencia de la“batamanta”. ─Yo creo que si le pidieras perdón a Héctor, lo vuestro tendría solución. Hacíais una pareja muy bonita. ─En lo que a mí respecta, no conozco a ningún Héctor. Ambas estallan en una profunda carcajada cuando digo eso, e incluso muchos de los clientes del local se giran para mirarlas. Pongo mala cara y me cruzo de brazos. A mí no me hace ni puñetera gracia que el todopoderoso señor Héctor Brown me echara de su coche, tras obligarme previamente a montarme en él, para luego pagarle a un taxista cien euros «por las probables molestias que pudiera causarle». Porque no es asunto mío, pero pagar con un billete de cien euros es puro recochineo en mi cara, lo que hace la situación todavía más humillante. Cada vez que me acuerdo...se me llevan los demonios. Aquella cara de lela que se me quedó cuando lo observé marcharse montado en su coche. Esa expresión de perrito abandonado tan patética que puse... lo odio. No hay más. Dicen que del amor al odio hay un paso, y yo, definitivamente, detesto a ese tipo.
Sólo porque no pueda apartar mis labios de los suyos cada vez que lo tengo cerca, no tiene derecho a hacer lo que le venga en gana. A vigilarme. A ignorarme. A acariciarme...
─ Qué orgullosa eres─me dice Marta. ─Yo no soy orgullosa, soy...honesta. ─Si fueses honesta admitirías que estás loca por Héctor. ─Estaba; pasado. Aprende a diferenciar, porque has estudiado
Filología Hispánica y estás empezando a preocuparme. Mi amiga niega con la cabeza, pone los ojos en blanco y dice algo acerca de que nunca cambiaré. Entre tú y yo; el hecho de que odie y ame a Héctor Brown, el tipo más insoportable del mundo, no quiere decir que lo tenga que ir compartiendo en voz alta con todo el mundo, ¿no? Pues eso. ─Me quedaría unos días más en esta ciudad...─Sandra pone cara de ensoñación. ─Pues yo no. Huele a naranja y me está empezando a entrar urticaria─respondo de mal humor. Nos despedimos de Marta, y nos encaminamos hacia la casa de mis tíos. Tenemos que hacer las maletas, y nos quedan varias horas de viaje en coche hasta llegar a Madrid. Mejor así, porque tendré tiempo suficiente para enumerar todas las razones por las que una relación con Héctor (que sobra decir que no es lo que quiero), estaría abocada al fracaso. Al llegar a la casa de mis tíos, Luisa me está esperando en la puerta con tal cara de entusiasmo que hasta llega a asustarme. En cuanto llego hacia ella, me coge del brazo y me aparta hacia un rincón. Esbozando una sonrisa de oreja a oreja, me entrega el pañuelo que olvidé el otro día en el coche de Héctor. A mí se me congela el alma. ─No sabía que habías arreglado las cosas con Héctor─me suelta otro abrazo y me llena el rostro de besos. Algo debe ir mal en mi vida para que tía Luisa sólo se enorgullezca de mí cuando encuentro novio...
Me separo de ella con gran incomodidad, y carraspeo para llamar su atención, pues ella está demasiado ocupada jactándose de lo guapo, triunfal y buena gente que es Héctor Brown.
─¡Tía, qué Héctor y yo no hemos vuelto! ─ me sulfuro. Ella esboza una expresión tranquilizadora, como si no me hubiera escuchado. ─Entiendo que queráis ir despacio con todo lo que habéis pasado...pero a mí no tienes por qué engañarme. Retuerzo el pañuelo entre mis manos. ─¿Lo ha traído él? ─¡Parece que no conocieras a Héctor! Por supuesto que lo ha traído él. Me ha preguntado si estabas en casa, y cuando le he dicho que no, se ha bajado del coche y ha aceptado mi invitación para tomar café. No se separaba de Zoé en ningún momento. Con que ha aceptado entrar en casa al saber que no iba a encontrarse conmigo... ─Héctor es un amor...─digo, con los dientes apretados. ─Por supuesto que lo es. Es guapo, educado...un dechado de virtudes. ─Pero no estamos juntos. Héctor y yo ni siquiera nos llevamos bien. A tía Luisa se le descompone el rostro. ─¿Por qué siempre tienes que estropearlo todo?─se sulfura. Juro que en este momento se parece a la madre de las hermanas Bennet. ─Me voy a mi habitación a preparar la maleta. ─¡Eso, sal huyendo!─me grita, cuando subo las escaleras a toda prisa. Cinco minutos más tarde, está llamando a la puerta de mi habitación. Con suavidad, me pregunta si puede pasar a despedirse. Como en el fondo ambas nos distinguimos por ese mal genio que nos caracteriza, le digo que sí, aunque tardo unos segundos en responder sólo para martirizarla.
─ Perdona, cariño, no quería decir que siempre lo estropeas todo ─se disculpa, colocándome una mano sobre el hombro y mirándome con cara de pena.
─ Es que siempre lo estropeo todo─le aseguro, siendo honesta. ─Eso no es cierto. ─¿Ah no?─arqueo ambas cejas de manera inquisitiva. ─Pues no ─me asegura, agarrándome de los hombros para
afianzar su confianza ─, tú no lo estropeas todo, porque lo tuyo con Héctor no se ha estropeado. Os habéis dado cuenta de que no podéis vivir el uno sin el otro, pero sois tan orgullosos que estáis esperando a que el otro dé el primer paso.
─Tía...no empecemos. ─ ¿Sabes qué es lo que ha estado mirando Héctor durante el tiempo que ha estado aquí? ─Sorpréndeme. ─Tus fotos. Las fotos de cuando eras una adolescente desgarbada y feucha. Y tenía una sonrisa de oreja a oreja mientras acariciaba el cristal con cara de ensoñación. Si eso no es amor... El pulso se me comienza a acelerar. Todo sería más fácil si él no fuera así...tan...tan Héctor Brown. ─Mira que eras fea de pequeña ─ me dice mi tía. Me muero de la vergüenza. ¿Por qué Héctor ha tenido que ver esas fotos? ─¡Tía! Te tengo dicho que guardes esas fotos, y que no las dejes a la vista─me irrito. A ella se le curvan los labios en una sonrisa que no augura nada bueno. ─Entonces no te importará que le haya regalado la foto a Héctor. ─¿Quééééé?─exclamo, a punto de que me dé un síncope. ─Hija, la miraba y la agarraba de una forma...que me dio pena decirle que tenía que dejarla antes de marcharse. Y en cuanto le dije que podía quedársela, no dudó en guardársela y darme las gracias. ¿Para qué iba a querer una foto tuya si no te quiere? ─¡Pues no lo sé! ¡Para hacerme vudú!
Tía Luisa resopla. ─Mira que eres pavita... Se marcha de mi habitación, canturreando una canción y
dejándome anonadada. La mato. Juro que la mato por intentar ejercer de celestina. Pero antes, asesino a Héctor con mis propias manos. ¿Para qué quiere una foto mía? ¿Para qué? ¡Hombres! ¿Quién los entiende? Yo no, desde luego. Media hora más tarde, y aún con el corazón acelerado al no poder olvidar que Héctor tiene una foto en la que llevo el pelo pintado de fucsia, ¡fucsia fosforito!, conduzco hacia el centro privado en el que mi madre sigue hospitalizada. No la veo desde Navidad, y cada vez que hago una llamada para concertar una cita, me dan largas porque aluden a que no se encuentra muy estable. En cuanto Manuel me ve llegar, pone cara de sopor y me hace una señal para que me dirija a su despacho. Le doy un apretón de manos, y me cruzo de brazos esperando a que me dé una respuesta. ─Tu madre se encuentra estable. Come por sí sola, no está agresiva y todos los días hace ejercicio. ─Entonces podré visitarla─me entusiasmo. ─Tu última visita la puso muy nerviosa─me recuerda. ─Lo sé, y prometo no alterarla, pero no me puede pedir que me olvide de ella como si yo también hubiera perdido la memoria. Llevo tres meses sin que me dejen verla, porque todo el mundo me dice que se comporta de manera agresiva y que no sería bueno para su salud. ─De acuerdo─Manuel se levanta, y me indica que la visita no debe durar más de treinta minutos. Aunque me molesta que me pongan reglas para ver a mi madre, recuerdo que este sitio atiende todas sus necesidades y que cuidan de ella de una forma que a mí me sería imposible. Me dirijo hacia la sala de estar, y la encuentro sentada sola en una butaca que hay dispuesta frente al amplio ventanal con vistas al jardín. Tiene una expresión lejana, como si no estuviera al corriente de lo que sucede a su alrededor.
Lola, la amiga de mi madre, me saluda en cuanto me ve llegar. ─¿Cómo se encuentra? Me alegro mucho de verla. ─Perfectamente. Te he visto en la tele. Qué guapa y hermosota
sales. Por cierto, a mí me da igual lo que digan de ti. Si yo tuviera un maromo como ese, ¡vaya alegría para el cuerpo que me iba a llevar! Le ofrezco una sonrisa sincera. Es una mujer que siempre me ha caído bien. ─Lleva mucho tiempo sin relacionarse con nadie, ni siquiera conmigo. Ya no es la que era...─los ojos se le llenan de lágrimas que se esfuerza en contener─. Al final, es el camino que a todos nos espera. Mis hijos se creen que yo ya no me acuerdo de ellos, pero ojalá fuera como tu madre, así no podría reconocerlos. Tu madre es afortunada de tenerte. ─No diga eso, Lola. Seguro que la quieren mucho...─la animo, por decirle algo que pueda consolarla. En cuanto consigo tranquilizar a Lola, me dirijo hacia mi madre y me coloco a su lado. Sigue siendo una mujer hermosa, aunque me parece que ha envejecido de una manera prematura. Como no quiero alterarla, me mantengo a su lado sin tocarla. ─Hola, ¿qué tal estas? Ella ni siquiera ladea la cabeza para mirarme. Está absorta en su propio mundo. ─Hoy estás muy guapa─le digo. Sus labios se curvan en una sonrisa, y yo me alegro de que al menos haya entendido lo que yo le digo. No me importa que no me reconozca, porque seguiré visitándola y amándola como siempre he hecho. ─Estaba deseando volver a verte. Tengo un trabajo de periodista y cuido de mi sobrina, que es una niña preciosa y muy obediente. Siempre le hablo de ti. Mi madre no responde, pero ladea la cabeza y por primera vez desde que he llegado me mira. ─Te echo de menos─no puedo evitar decir.
Me arrodillo a su lado, y le cojo la mano. Ella me sonríe con dulzura, como solía hacer cuando era una niña. No dice nada, tan sólo deja que le sostenga la mano.
─Vendré a verte siempre que pueda. Te lo prometo. Le beso la palma de la mano, y me levanto para marcharme. Mi madre me despide con la mano, y una sonrisa de gratitud le ilumina el rostro. Sé que no me ha reconocido, pero en lo más profundo de su conciencia, esta visita la ha hecho feliz. De una forma que ni siquiera yo misma soy capaz de comprender. Pero con eso me basta.