CAPÍTULO 6

LLEGO a la redacción de Musa con la camisa por fuera de mi falda entubada, los ojos hinchados y comiendo una manzana mientras termino de aparcar mi chatarra andante. Antes de salir del coche, echo mano de mi kit de emergencia, del que saco un corrector y un poco de colorete. Me borro las ojeras, me maquillo los pómulos y me pinto los labios. Cuando salgo del coche, me coloco la camisa por dentro de la falda de tubo y camino con decisión hacia la redacción.

Cuando estás a punto de echar un polvo tras dos meses de sequía sexual, y el padre que te abandonó hace quince años te interrumpe golpeando con los nudillos en la ventanilla del coche, pasar una buena noche no es una opción.

Me dejo caer sobre la silla de mi despacho, y saludo a Víctor con un asentimiento de cabeza. Él me guiña un ojo, y acto seguido, señala hacia el montón de papeles que hay sobre mi escritorio.

—Buenos días. —Los serán para ti. Víctor se levanta y me da un toquecito en la espalda. —Alguien necesita un café—me apremia a que lo siga. Yo me levanto y asiento. Si no me tomo mi dosis de cafeína diaria,

no voy a poder mantenerme despierta durante el resto del día. Apenas llegamos a la máquina del café, veo a gente corriendo hacia sus puestos de trabajo.

—¿Adónde van?—pregunto, hacia nadie en particular. Sandra llega corriendo hacia donde estoy. —Sara, será mejor que nos sentemos. Acaba de llegar la nueva

jefa—me apremia a que la siga. Yo me dejo llevar de vuelta a mi despacho, un tanto confusa. —No creo que sea peor que Mónica—se burla Víctor. Hago como que no lo he oído. Sandra se retuerce las manos, muy nerviosa. —Es que no viene sola... Y en ese momento lo veo. Sus ojos verdes chocan con los míos de inmediato, y sucede que

mi mundo se detiene en ese preciso momento. Porque no hay nada ni nadie en el mundo que tenga ese efecto en mí. No soy consciente de lo que Sandra me está diciendo. Tan sólo lo veo a él. Viste un traje oscuro, y lleva la barba más larga que de costumbre. Camina hacia donde estoy, y noto mi corazón acelerarse por momentos.

Parece más delgado, aunque su porte elegante e impresionante continúa intacto. Hay algo oscuro en él. Lo sé por la ferocidad en la expresión de su mirada. Me asusto, y sé que no estoy preparada para volver a encontrarme con él. No todavía.

Apenas aprecio a la mujer que lo acompaña. Y cuando pienso que va a detenerse justo enfrente de mí y va a pronunciar mi nombre, con esa posesividad que tanto me gusta e irrita, él pasa de largo y se detiene en el centro de la redacción.

Es como si algo me golpeara en mi orgullo. Y luego lo pisoteara. Y después le escupiera. Incluso mi subconsciente se queda callada, abriendo tanto la boca que se le desencaja.

Héctor ni siquiera me mira cuando comienza a hablar. —Buenos días a todos. Como sabéis, hace dos meses adquirí Musa —me parece distinguir una mirada de reojo hacia mí. Pero o él finge muy bien, o tan sólo ha sido fruto de mi imaginación—. Quiero que la línea de Musa siga siendo la misma, no obstante, algunos cambios en el cuerpo directivo eran necesarios.

Se hace el silencio.

A lo lejos veo a Mónica, tan tensa como un alambre. Espero que Héctor no la despida. —No tenéis de qué preocuparos. Vuestros puestos de trabajo no corren peligro—me siento un tanto aliviada, que no sorprendida. Conozco lo suficiente a Héctor como para saber que es un hombre justo—. Hoy he venido para presentaros a Janine, la nueva directora de Musa España. Janine, te cedo la palabra.

Apenas puedo escuchar a la mujer que lo acompaña. Es alta y bonita. Delicada y feroz. Por su mirada inteligente, deduzco que no será alguien fácil de contentar. Tiene los ojos azules e inexpresivos, y el cabello castaño y lacio.

Tan sólo le echo una mirada a su aspecto, recobro la atención en Héctor. Ahora él me está mirando, y lo hace de una manera que me incomoda. Fría y continuamente, como si no me conociera y quisiera intimidarme. Lo consigue, porque me siento tan cohibida que giro la cabeza y miro hacia el suelo.

Durante meses compartimos tanta intimidad, que me resulta enormemente doloroso enfrentarme con la frialdad de su mirada. Tal vez él ya me haya olvidado.

Escucho una parte de la conversación de Janine. —... Aquí van a cambiar muchas cosas. Soy comprensiva, pero también exigente —finaliza. Janine se mete en el despacho de Mónica sin mediar palabra alguna, y todo el mundo regresa a sus puestos de trabajo. Todos excepto yo. Como si mis pies estuvieran pegados al suelo, soy incapaz de moverme. Héctor camina hacia donde estoy, y se para frente a mí. Puedo advertir su intenso aroma, y siento unas irresistibles ganas de abrazarlo. El pulso me late frenético en la sien, y las palmas de las manos me sudan. Él se mantiene calmado e impasible. —¿Qué tal te va, Sara?—pronuncia mi nombre con desapego. —Yo...esto...bien—respondo cohibida. Podría enfrentarme al Héctor pasional. O al Héctor iracundo. Pero esta es una parte de él que no conozco. Indiferente y altiva. Como si no me conociera, y haciendo gala de un engreimiento que nunca le había visto. —Eso es bueno—responde sin más. Acto seguido, gira sobre sus talones y se marcha. No coge el ascensor, sino que baja por las escaleras como si tuviera mucha prisa, y yo me quedo siguiéndolo con la mirada, hasta que dejo de verlo. Vuelvo a mi puesto de trabajo algo cabizbaja. Sé que no debería sentirme así. Fui yo la que cortó con él. La que no quería saber nada más. Pero a la mujer enamorada que hay dentro de mí le duele que él no me buscara. Que no luchara por mí. Y que ahora, me trate con tal frialdad y aplaste mi corazón enamorado. Yo no lo he olvidado. De eso no me cabe la menor duda. Cada noche separada de Héctor ha sido una tortura. Realmente, creo que cada instante de separación el amor que siento por él va creciendo. Absurdo. —Patético—me corrige mi subconsciente. Está cabreada porque Héctor ha pasado de ella. Pobrecita. La puerta del despacho de Mónica se abre. La rubia sale con la cara enrojecida y desfila hacia el cuarto de baño. Me extraña que Janine no salga del despacho, por lo que me levanto para descubrir la razón de la ira de Mónica. —Sara, ¿puedes venir un momento? —me pregunta Janine, interrumpiendo mis intenciones. Es la primera vez que se dirige a mí. Asiento y me meto en el despacho de Mónica. Janine está sentada en la silla, con los brazos cruzados y la actitud relajada. Es la típica persona imbuida de una fría calma, lo cual me alarma. No es alguien fácil de interpretar. Con Mónica, por el contrario, sabía a qué debía atenerme. He de ir con cuidado. Janine acaricia el cuero de su silla. Es raro verla sentada en el despacho de Mónica, en vez de en su propio despacho. —He leído algunos de tus trabajos —comenta. —¿Hay algo que deba corregir?—me pongo a la defensiva. Janine esboza una sonrisa inofensiva. —No, en absoluto. Estás aquí por una razón puramente... comercial.

La alarma que hay en mí se enciende. —Musa está invirtiendo en un nuevo canal de comunicación. Es la intención de la empresa diversificar el negocio. Ya sabes...el mundo editorial no está pasando por su mejor momento. Se va a crear un programa de televisión con el sello de Musa, y es la intención de la empresa reclutar reporteros desde dentro—Janine me mira de arriba abajo—. Y tú estás en el ojo del huracán. Eso atraería la atención de los espectadores.

No puedo quedarme callada. — Disculpe, pero si esto se trata de vender mis miserias en la televisión, no estoy dispuesta—la corto. —No se trata de eso—me corrige—, tenerte como reportera atraería al público, me refería a eso sin más. Puedes pasarte la vida detrás de la pantalla del ordenador, escribiendo artículos de poca monta que a nadie le interesa, o puedes dar un salto en tu carrera. Piénsalo. —No tengo experiencia. —No la tienes. Pero hay algo que sí tienes. Espontaneidad. A la gente le gusta eso. Janine me sonríe. —Piénsalo. Yo asiento, un poco confundida porque Janine se muestre tan cortés conmigo. Habría esperado que ella me odiara. Todas las mujeres alrededor de Héctor lo hacen. —Otra cosa—me dice, cuando estoy a punto de alcanzar la puerta—, no me interesan tus problemas con Héctor. Estoy aquí para dirigir la empresa, nada más. Si haces bien tu trabajo, yo no tendré nada que objetarte. —¿Y si no acepto tu oferta? Observo los incisivos ojos de Janine desde el cristal. —Es tu decisión. Y por algún motivo, sé que eso no es del todo cierto. Cuando salgo de su despacho, es decir, del despacho de Mónica, voy a buscarla. No la encuentro por ninguna parte, así que le pregunto a Sandra. —¿Has visto a Mónica? —Salió de la redacción hecha una furia. Creo que está en la cafetería. —Y yo creo que tiene algo que ver con el hecho de que Janine no tiene la menor intención de salir de su despacho—comenta Víctor. —Qué observador—siseo. —Deja de defenderla, Santana. Salimos ganando con el cambio. —¿Tú crees?—lo pongo en duda. Hay algo que no me gusta en Janine. No es transparente. Cuando Víctor se marcha, Sandra me aprieta la mano. —¿Está todo bien?—se preocupa. Sé que se refiere a Héctor. —Supongo. Es sólo que lo esperaba de otra manera. —Esperabas que se echara a tus brazos. Ella suena como si yo fuera egoísta. —No es eso. Él estaba...distante. Como si no me conociera. Como si todos estos meses que vivimos juntos no hubieran significado nada para él. —Realmente parecía indiferente. Lo siento por ti. Yo me encojo de hombros. —Ya no tiene importancia. —Por tu bien, espero que así sea—Sandra se sienta en el borde de mi escritorio y me guiña un ojo, tratando de animarme—. ¿Qué tal ayer? —Bien. —¡No puedes salir con Mike Tooley y responder eso!—exclama riendo. Yo me animo un poco. —Fue...genial. Hasta que llegó mi padre y nos pilló en actitud íntima en el coche. Sandra se tapa la cara y comienza a reírse. —¿Cómo de íntima? —Demasiado—respondo enrojecida. —¿Y qué pasó luego?—pregunta curiosa. —Le pedí a Mike que nos dejara a solas. No pasó nada. —No puedes perdonarlo—adivina. —¿Tú podrías? —me siento repentinamente enfurecida, como cada vez que abordo el tema. —No querría verme en tu situación.

A la salida de la oficina, sigo sin tener noticias de Adriana, lo cual me resulta extraño. Hace más de un día que le dejé un mensaje de voz en su teléfono móvil, y definitivamente Adriana no es la clase de persona que puede vivir sin teléfono por más de un día. Si a eso le unes el hecho de que la pillé en actitud íntima con su tío, no puedo evitar sentir desconfianza hacia la camarera.

Soplo sobre mi flequillo, demasiado largo como para ignorarlo. Mañana iré a la peluquería, lo prometo. —¡No tan alto, Zoé!— le pido a mi sobrina. La niña se balancea sin tanto énfasis sobre el columpio, y yo le lanzo un beso desde el banco en el que estoy sentada. Ella se ríe, justo como debe hacer una niña de su edad, y no puedo evitar preguntarme cuántas veces la habría llevado mi hermana al parque. O su padre. El nombre de Goyathlay supone una mancha negra en mi cerebro. No puedo soportarlo, y el hecho de recibir inquietantes misivas suyas me agobia. Puedo sentir sus oscuros ojos sobre el cuerpo de mi hermana, vigilando con ferocidad. Él debería haber sabido que mi hermana no era alguien a quien controlar. Ella era un espíritu libre y rebelde. No podía mantener el interés sobre las cosas o las personas durante demasiado tiempo. ¿Qué vio Erika en “El Apache”?, me pregunto. El peligro. La adrenalina del peligro. La emoción que corría por las venas al saber que estaba con alguien peligroso. Por desgracia, Erika olvidó que“El Apache” también era cruel y poderoso. Héctor también es peligroso y poderoso, pero nunca cruel. Jamás me hubiera podido enamorar de alguien cruel, y aunque en un primer momento llegué a pensar que estaba cometiendo el mismo error que mi hermana al enamorarme del tipo equivocado, ahora entiendo que era necesario. Jamás sentí un amor tan profundo y genuino por nadie como por Héctor. Supongo que él estaba hecho para mí. Para que cada parte de mi cuerpo, de mi personalidad y de mis sentimientos encajaran a la perfección con él. Héctor. Feroz, posesivo, pasional y lleno de amor. Justo lo que yo necesitaba. Lo que necesito. Salvo que fui demasiado cobarde, egoísta y rencorosa como para mantenerlo a mi lado. Suelto un resoplido de disgusto y pateo una inexistente piedra en el suelo. Las cosas no deberían ser así. Quiero decir, no debería darme cuenta de la verdad después de haber tomado mi decisión, una decisión irrevocable. Héctor ya no está en mi vida, si alguna vez lo estuvo, forma parte del pasado. Y él parece haberlo dejado atrás. Así de sencillo. Así de complicado. Me meto la mano en el bolsillo, y encuentro el colgante de mi hermana, aquel que le regalé hace varios años. El mismo que Claudia guardaba celosamente en un cajón de su casa. Otra incógnita por resolver. ¿Realmente prueba eso algo? Mi hermana pudo habérselo regalado, lo que me pone de mal humor. Subo la cabeza hacia el cielo, como tratando de encontrar una respuesta. —¿Lo hiciste?—le pregunto a nada en particular. Espero que no. Aquel colgante era la prueba de que mi hermana me quería. A su manera, pero lo hacía. Si se lo hubiera regalado a Claudia, me temo que cualquier sentimiento de empatía hacia ella se vería reducido a la inexistencia. Mi teléfono móvil suena en ese momento. En la pantalla brilla el nombre de Adriana. Lo cojo un poco nerviosa, y me aclaro la voz antes de contestar. —¿Me llamaste?—la voz de Adriana suena extraña y apagada. Distante. —Sí—hago una larga pausa. No quiero que note nada raro en mí—. ¿Qué tal va todo? —Bien. Realmente le ocurre algo. Si ella estuviera bien, reiría y parlotearía como suele hacer cada vez que la llamo.

—Me alegro —le digo, tratando de sonar natural—. Quería hacerte una pregunta, ¿sabes a quiénes daba clase de piano mi hermana?

—¿Por qué? —me pregunta. Intuyo la desgana de su voz. —Simple curiosidad. —Niños y gente joven que estaba empezando. Un día comentó

que eran clases para iniciados. —¿No sabes algún nombre? —Ya sabes cómo era Érika. La frase“ya sabes cómo era tu hermana”, siempre me molesta, la

diga quien la diga. No, no tengo ni idea de quién era Erika, y cada vez que averiguo algo más sobre ella, me sorprendo más. —Ajá...¿Realmente estás bien? —me intereso. Se hace un largo silencio. —Claro, ¿por qué iba a estar mal? Porque follas con tu tío escondida bajo los árboles. —No sé. Sólo podrías decírmelo tú—trato de no sonar forzada—. Puedes contar conmigo para cualquier cosa, ¿de acuerdo? Adriana me responde con un escueto sí, y acto seguido me cuelga el teléfono. Es entonces cuando percibo a los hombres vigilantes, tan cerca de mi sobrina que suelto un natural grito de horror. Corro hacia ella y la cojo en brazos, alejándome a toda prisa de allí. El Apache sigue acechando, y ahora soy yo su próxima víctima. Cuando llego a mi casa... —¡No me pidas que me calme!—le grito al teléfono. Oigo la respiración pausada de Erik, lo que a mí me enfada más. No es justo que él esté tan tranquilo en un momento como este. —Bien, cálmate. Echo fuego por las orejas. —No es posible —mi voz está contenida. Como un cuchillo siendo afilado, preparándose para la batalla—. Un potencial criminal ha mandado a sus esbirros a vigilarme. Ha vuelto a encontrarme. Y lo seguirá haciendo, así yo me traslade al fin del mundo.

Me altero por momentos. —No quiere hacerte daño. Ya te lo habría hecho de ser así. Río histérica. —Me dejas más tranquila. —Lo que quiero decir es que no debes preocuparte por ello. Sólo

quiere forzarte a visitarlo. Piensa que eres el vivo reflejo de Érika. Olvidas que él también perdió a una esposa. —¿Te dijo eso él? —¿Quieres que te ponga protección? Puedo hacerlo si estás

asustada —no responde a mi pregunta. —No quiero vigilancia. Quiero que acabes con esto. —Eso intento. Mientras tanto, mantén la calma. No quiere hacerte

daño, lo sé. —Las promesas de un criminal no tienen ningún valor. —Puede ser... ¿Quieres que te ponga vigilancia?—repite. —¡Deja de decir eso! No quiero vigilancia. Quiero conocer el

contenido de los correos. Eso es todo. —Estoy en ello. No es fácil convencer a alguien como “El Apache”, sobre todo cuando ya está en la cárcel. —Entonces iré a verlo. Tú mismo dices que no quiere hacerme daño, pues no hay problema. —No hagas eso. Por Dios, qué estúpida eres. Lo oigo suspirar. —No te lo pediré dos veces—declara fríamente. —Bien. —Lo que quiero decir es que te prohibiré la entrada. Puedo hacer eso. Estoy a punto de gritarle, cuando él vuelve a hablar. —Buenas noches, Sara. Y me cuelga. Miro el teléfono y suelto un profundo resoplido. Erik nunca escucha. Nunca lo hace. —¿Lo haces tú?—pregunta mi subconsciente. —No estamos hablando de mí—la corrijo.

Ni siquiera me ha dejado que le explique mi conversación con Adriana. Seguro que él me dedicaría esa mirada reprobatoria que tanto le gusta. Cojo la bolsa de basura, y salgo hacia la calle. Al abrir la puerta, me encuentro de bruces con Mike. Está apoyado sobre el lateral de la puerta, con una mano en el timbre. Tiene el cabello hacia todos lados, los ojos brillantes y la sonrisa ladeada.

—Diría que voy a entrar, pero mejor te acompaño fuera. Pareces necesitar que te dé el aire. —Sí, lo necesito—no hago nada por negarlo. Bajamos las escaleras y nos dirigimos hacia el contenedor. Mike lo abre galantemente, y yo ni siquiera me río. Nos quedamos parados uno frente al otro. No sé cómo iniciar esta conversación“post coitus interruptus”. —Siempre pareces alterada. Relájate—me pide, y me da un leve codazo en el hombro. —No siempre. Ayer... —me interrumpe al comprender lo que iba a decir. Mike se muerde el labio, como nunca antes había visto hacer a ningún otro hombre en la tierra. Demasiado sexy y natural. —No siempre voy a dar yo el primer paso—me anima. Yo enarco una ceja. —Quizá no quiera iniciar nada—lo provoco. Mike echa la cabeza hacia un lado. —Bien, podemos jugar a esto—comenta divertido. Da un paso hacia delante, y coloca una mano en mi cintura. Estoy tentada de tocarlo, pero no lo hago. Él se inclina hacia mí, y cierro instintivamente los ojos, inclinándome hacia él. El pulso se me acelera, y el deseo me invade. Pero cuando abro los ojos, él está fuera de mi alcance y con una sonrisa burlona en la cara. —Te dije que no volvería a pedírtelo, pero si me llamas, no me costará decirte que sí. Buenas noches, Sara.

Se mete las manos en los bolsillos y se aleja caminando, dejándome anonadada. Quiere que esta vez sea yo quien dé el primer paso. Que lo busque. Bien. Ambos podemos jugar a este juego, y yo no voy a perder.