CAPÍTULO 30
─ VENGA Sara, no puedes tener miedo de una niña pequeña. Eso es ridículo─me infunde ánimos mi subconsciente. Desde que me he prometido a mí misma que voy a conocer a Adela, se ha aliado conmigo y ha prometido portarse bien. Estoy segura de que juntas somos invencibles. Estoy en el instituto en el que Adela cursa cuarto de ESO. Después de hablar con mi padre, él mismo estuvo de acuerdo en que el hecho de pasar la tarde juntas nos haría mucho bien a ambas. Por otro lado, que él no haya venido a presentármela me da que pensar. No estoy tan segura de que Adela se alegre de conocerme como él me prometió. Desde luego, en qué líos me meto sin quererlo... Al escuchar el sonido del timbre escolar, salgo del coche y me apoyo sobre la puerta del conductor. Adela debe de estar por salir de clase, por lo que me espero pacientemente apoyada sobre el vehículo hasta que la vea. Pero quince minutos más tarde, el instituto está vacío y no hay rastro de Adela por ninguna parte. Empiezo a mosquearme, y algo me dice que mi padre se ha quedado corto al describir a Adela, y que me oculta más cosas que las travesuras de una niña de dieciséis años. Como no sé dónde puede estar, y desde luego no se encuentra en su casa, me acerco a un chaval que parece tener su misma edad. ─¡Hola! Perdona que te moleste, ¿has visto a Adela? Es de tu edad, pelo negro, delgada, piel blanca... El chico me mira de arriba abajo, como si me estuviera escaneando. ─¿Tú no eres la tía esa que sale en la tele? ─No, te equivocas─le aseguro, con una mala leche palpable, por lo que no se atreve a contradecirme─. ¿La has visto o no? ─¡Yo paso, tía! Búscate a otro que te haga de chivato. Se cuelga la mochila al hombro y sigue caminando. Joder, he cumplido los veinticinco y parece que soy prehistórica. Lo agarro de la capucha de la sudadera y saco un billete de cinco euros. ─Con eso no tengo para el finde. Estírate un poco, tía. Saco diez euros, y empiezo a mosquearme. Mi hermana ya me está costando dinero, y aún no nos hemos conocido. ─Si no los quieres tú, seguro que puedo buscarme a otro ─le suelto, guardándome el dinero en el bolsillo. El chico agarra mi muñeca con evidente codicia, y señala hacia un parque que se ve a lo lejos. ─Siempre que se salta las clases se va a ese parque a fumar con más gente. ─¿Con qué frecuencia? ─Hace semanas que no pisa el instituto. ─¿A qué gente frecuenta? ─No sé...tíos viejos...de tu edad. ¡Ahora resulta que tener veinticinco años es ser una vieja! ─¡Adios tía! Si me necesitas, llámame─me suelta, guiñándome un ojo. Suelto un suspiro, y me encamino hacia el parque que el chico me ha señalado. Mi hermana falta a clase, y se relaciona con gente mayor que ella, y se supone que yo tengo que sermonearla cuando ni siquiera nos conocemos. Mal empezamos. Al entrar en el parque, escucho un algarabío de voces que se esconden bajo la sombra de una estatua de mármol blanco. El olor a porro que desprende me tira para atrás, y tengo que hacer un gran esfuerzo de contención por no entrar a lo Rambo y sacar a Adela de allí tirándole de los pelos. Mi hermana está tumbada en el césped, con los ojos cerrados y cara de concentración, mientras sostiene un cigarillo entre los labios. A su alrededor, mujeres y hombres adultos hacen bromas y fuman sin parar. Como si pudiera sentir mi presencia, ella abre los ojos de repente y los dirige hacia mí. Se queda helada al verme. ─Hola Adela, ¿podemos hablar un momento a solas?─le pido, haciendo un esfuerzo por no cogerla de las orejas y sacarla de ese sitio. ─¿Y tú quién mierda eres?─me espeta, sin dejar de mirarme. ─Por la cara que has puesto ya sabes quién soy. Ella suelta un bufido, se pasa la mochila al hombro y me sigue sin echar la vista atrás ni despedirse de sus compañeros porristas. ─¿No son un poquito mayores para ti?─le pregunto, tanteando el terreno. ─¿Y a ti qué te importa? ─Sí...esa es una buena pregunta... Adela camina a mi lado, con el gesto torcido y arrastrando los pies. Parece un duendecillo al que no le importa que acaben de pillarlo haciendo algo que no está bien. ─No deberías saltarte las clases. ─No eres mi madre, ¿por qué no me dejas tranquila? ─Porque soy tu hermana. Se queda parada, y gira la cabeza para encararme. Me lanza tal mirada oscura que siento deseos de echar a correr y dejarla ahí tirada. ─Sólo es una cría. ¡Demuéstrale quién manda!─me ordena mi subconsciente. ─Déjame que te lleve a tu casa. ─Paso. Me voy andando. Comienza a alejarse, pero mi voz la detiene. ─No te lo estoy pidiendo. Ella se gira contrariada, y yo camino hacia donde está, arrebatándole la mochila. ─¿Para qué la llevas si no pisas el instituto desde hace semanas? Suelta un respingo al escucharme. ─¿Y tú cómo sabes eso?─se enfurece. ─Más sabe el demonio por viejo que por demonio. Pero tú ya deberías comprender lo que eso significa, ¿no? Al fin y al cabo te juntas con tíos que podrían ser tus padres. Mierda...no vayas por ahí, Sara. Os acabais de conocer. ─¿Por qué no te mueres? Siempre he querido ser hija única─me espeta. Se saca un pitillo, lo enciende y me echa el humo a la cara. Juro que la estrangulo con mis propias manos. ─Súbete al coche. ─¿Por qué no te vas a la mierda?─insiste ella. ─¿Por qué no dejas ese vocabulario de barriobajera y utilizas un poco de la educación exquisita que te han dado tus padres? Te aseguro que con esa lengua tan sólo impresionas a los cuatro mendrugos con los que te juntas, y porque tienen frito el cerebro a base de porros─le cojo el cigarro y se lo tiro al suelo─. En mi coche no se fuma. Sube. Anonadada ante lo que acabo de decirle, Adela se sube al coche y se sienta a mi lado. No está acostumbrada a que le hablen con tal brutalidad, pero va a tener que ir acostumbrándose, porque las medias tintas y las palabritas amables no van conmigo. ─Ponte el cinturón. ─No ─se cruza de brazos y mira por la ventanilla, ignorándome. ─Estoy segura de que tu vida te importa, así que ponte el cinturón ─insisto. No...voy...a perder...la calma. ─Si me muriera, a nadie le interesaría. ─No vayas de víctima conmigo, no va a funcionarte. Ponte el cinturón. Adela refunfuña, pero hace lo que le ordeno. Arranco el coche, y conduzco sin rumbo alguno. ─¿Quieres que vayamos a alguna parte? No sé...podríamos aprovechar el tiempo para conocernos mejor. ─¿Por qué iba a querer pasar mi tiempo contigo? ─Porque no nos conocemos─insisto yo, sin perder la paciencia─. ¿Quieres ir a tomar un helado? ─No tengo cinco años. ─¿Al cine? ─Odio el cine. Empiezan a acabárseme las ideas. ─¿De compras? ─¡Que te jodan, que te jodan, que te jodan!─empieza a gritar, pegándole patadas a la tapicería del coche. Freno el coche en mitad de la carretera, y cuento hasta tres antes de dirigirme a ella. Uno... Dos... Tres... Me calmo. O al menos lo intento. ─¿Por qué no puedes ser como cualquier niña de tu edad e irte a un concierto de Justin Bieber? ─Te odio. Me pone el dedo corazón frente a los ojos, y se niega a mirarme a la cara. ─Adela, estamos hablando. ─Yo no quiero hablar contigo. Llévame a mi casa. ─Estoy intentando llevarme bien contigo, pero me lo estás poniendo muy difícil. ─Seguro que mis padres te han dicho que soy una niñata problemática, ¿quieres ver lo problemática que soy?─pregunta, con una mala intención en el rostro que me asusta. ─No. De una patada, hunde la guantera del coche hacia dentro, haciéndome dar un brinco y abrir los ojos de par en par. No me puedo creer que haya hecho eso. Acabo de comprar este coche de segunda mano, y todavía estoy pagando los plazos. Cuento hasta tres. Uno... Dos... ¡Me cago en todo lo que se menea! Agarro a Adela del brazo, y la giro para encararla. La miro con tal cara de cabreo que ella trata de alejarse de mí, pero yo no se lo permito. Si nunca le han cantado las cuarenta, ya va siendo hora de que alguien lo haga. ─Ahórrate la pataleta infantil. Ya eres mayorcita, ¿me oyes?─la zarandeo del hombro para que me mire, y aquello la pilla por sorpresa. Está claro que no está acostumbrada a que le planten cara─. Deja de comportarte como una niñata. Si quieres que te traten como una adulta, compórtate como tal y deja de quemar álbumes familiares y saltarte clases. Tienes dieciséis años, no eres una niñita pequeña. Tus padres se van a separar, tienes una hermana y no conociste a otra que ha muerto. ¿Y qué? No es el fin del mundo. No eres el puñetero centro del mundo. Tú al menos has tenido un padre que te ha cuidado. Deberías sentirte afortunada. Yo nunca lo tuve, y ahora me he encontrado con un gremlin de dieciséis años que me odia por aparecer en su vida de princesita y arruinarle el cuento. ¡Pues te aguantas! Madura de una puñetera vez. Estás haciéndole daño a mucha gente. ─Que te jodan─me espeta, negándose a mirarme. Los ojos se le llenan de lágrimas por mucho que intenta contenerlas. ─¿Qué pasa, no estás acostumbrada a que te digan las cosas claras? Pues de ahora en adelante esto es lo que hay. No soy tu padre, ni tu madre, y te juro que me voy a convertir en tu sombra si sigues comportándote como una cría caprichosa. ─¡Vale ya! ¡Me quiero ir a mi casa!─estalla sollozando. ─Te vas a venir conmigo, y eso es lo que hay. Deja a tus padres vivir un día tranquilos. ─¡Te odio!─estalla, sollozando. ─Ya me lo has dicho, y me trae sin cuidado. ─¿Por qué no te follas a otro de esos tíos ricos y me dejas a mí en paz?─me espeta. Tras el inicial estado de shock en que aquello me deja, suelto una amplia carcajada. ─No me vas a hacer daño por mucho que lo intentes. Te voy a decir una cosa─pego mi cara a la suya y la miro a los ojos─, soy Sara Santana, y si no me conoces, ya estás tardando. Cinco minutos más tarde, aparco frente a la casa de mi padre y le hago una seña a mi nueva hermana para que se baje del coche. Ella me mira asombrada, y contra todo pronóstico, no se baja del vehículo. ─Pensé que querías pasar tiempo conmigo... ─hay algo de decepción en sus palabras. Lo sabía. Adela es la clase de adolescente que está pidiendo atención, que necesita ser escuchada. Me hago la indiferente, y me miro las uñas. ─He cambiado de opinión─le miento. ─Sabía que eras como los demás. ─Y a ti qué más te da. Siempre has querido ser hija única─arqueo las cejas, y la miro con algo cercano al triunfo. Ella sigue sin bajarse del coche. Se mira los pies, y entrecruza los dedos de las manos. ─No sé...a lo mejor tener una hermana no está tan mal. ─¿Sigues sin querer tomar un helado? ─le pregunto con una sonrisa. Ella alza la cabeza, y me observa con algo cercano a la gratitud. ─Soy celiaca. ─Seguro que encontramos alguna heladeria que venda helados sin gluten. Pongo el coche en marcha, y observo de reojo que ella sonríe. ─¿No estás enfadada por lo del coche?─pregunta, visiblemente avergonzada. ─Bastante, pero estoy segura de que además de prender fuego a las cosas y pegar patadas sabes hacer algo de mayor utilidad. Tu padre me ha dicho que eres buena tocando la guitarra eléctrica. ─Lo dices como si no fuera tu padre ─me dice, contrariada. ─Pero tú sí eres mi hermana, y estoy intentando conocerte, si tú me dejas. Al llegar a la heladería, nos bajamos del coche y pedimos dos cucuruchos helados. Damos un paseo mientras hablamos, y descubro que Adela no es tan mala como pensaba. ─Si te gusta el rock, prometo llevarte a un concierto de Apocalypse. ─Las entradas ya están agotadas─comenta, con desgana. ─Conozco a Mike, y estoy segura de que no será ningún problema conseguir dos entradas. Ella me mira con algo cercano a la adoración. ─Me estás vacilando... ─No. Es un tío muy majo. ─¿Y a quién más conoces? ─Soy periodista─le digo, muy orgullosa─, pero sólo irás a ese concierto si dejas de fumar, y vuelves al instituto. Ella me tiende la mano, y acepto su apretón. ─¿Prometido? ─Parece que tener una hermana no es algo tan malo─confiesa.