CAPÍTULO 4

DOBLO la esquina y me encamino hacia el portal cargada con las bolsas de la compra. Soplo hacia el flequillo castaño que se mete en mis ojos, y me prometo a mí misma que mañana iré a la peluquería. Es la quinta vez que me hago la misma promesa a mí misma. Sólo que desde que estoy sola, no tengo nada de tiempo para mí.

¿Es esto ser madre? Supongo que es lo que soy ahora. Periodista y madre adoptiva a jornada completa. Mi sobrina corretea delante de mí con su muñeca en la mano derecha, y me alegro de que al menos, una de las dos pueda sonreír. Yo no lo hago desde los últimos dos meses. Y ver a mi exnovio en cualquier medio de comunicación no ayuda a la difícil tarea de olvidarlo. Estoy segura de que si él fuera una persona anónima, el tiempo de duelo sería más llevadero. Pero verlo todo el santo día en la televisión me complica las cosas. Tan guapo, con esos trajes oscuros que le sientan de muerte, y esos ojos verdes que hipnotizan a cualquiera...

─ No haberlo dejado ─me espeta mi subconsciente. Sigue cabreada desde nuestra ruptura. ─A veces hay que tomar decisiones dolorosas. Oh, ni siquiera sé para qué hablo contigo. El flequillo se me vuelve a meter en los ojos, y lo aparto de un manotazo. Con el vaivén, una de las bolsas de la compra se cae al suelo y los comestibles ruedan por el asfalto. Escucho un“plaf”, y sé, sin necesidad de ser adivina que eso han sido los huevos. —Maldita sea—gruño mosqueada. Me agacho a recoger toda la comida y la voy metiendo dentro de la bolsa, mientras le pido a Zoé que se quede quieta donde está. La niña obedece, porque a pesar de su mutismo, es una niña obediente y con tendencia a causar el menor problema posible. Noto cómo alguien se acerca hacia donde estoy y se agacha para ayudarme a recoger toda la comida. Murmullo un débil gracias, y mi mano alcanza un tomate, cuando la suave palma masculina del desconocido se posa sobre eléctrica, y alzo la cabeza la mía. Siento la conocida corriente de inmediato para contemplarlo. Me encuentro con esos ojos azules y risueños... —Mike—lo saludo con sorpresa. Él me sonríe y se levanta, con el tomate en la mano. —Sara, ¿qué tal estás? —Bien—respondo escuetamente. Todavía estoy muy dolida por su repentina marcha. Se suponía que iba a ayudarme con Zoé. Yo lo suponía. Pero hace dos meses, Mike desapareció sin avisar, y ni siquiera contestó a mis llamadas con la excusa de tomar un café. No debo sentirme dolida por ello, pues él no es nada para mí. Y, sin embargo, la ruptura con Héctor hizo que cualquier actitud masculina fuera para mí una ofensa. —Pareces cansada—comenta, echando un indiscreto vistazo a mi aspecto. Me molesta la curiosidad con la que me mira. No puede aparecer después de dos meses e intentar que volvamos a ser amigos. Aferro la bolsa contra mi pecho e insto a Zoé a caminar. —Tú estás genial—le suelto con sequedad. Mike me sigue hacia el portal, y yo emito un gruñido cuando lo veo meterse conmigo en el ascensor. —¿Cuándo empezamos con las clases de Zoé?—me pregunta, como si estos dos meses en los que no he sabido nada de él no tuvieran la menor importancia. ¿Y acaso la tienen? Mike no es nada para mí. Yo no soy nada para Mike. Y definitivamente, no debería sentirme como una mujer despechada. Supongo que él espera que yo le responda, pero el tenso silencio sumerge el ascensor, y Mike se mete las manos en los bolsillos, apoyando la cabeza en el espejo y mirando distraído hacia la pantalla del ascensor. Cretino. ¿De verdad va a hacer como si no sucediera nada? La puerta del ascensor se abre cuando llegamos a la tercera planta, y cojo a Zoé de la mano, tirando de ella sin demasiada delicadeza. La niña ni siquiera se queja, y caminamos sin más hacia la puerta del apartamento. Me cruzo con Claudia, quien está saliendo de su apartamento. En cuanto la veo, me quedo con las llaves en la mano, mientras le echo una mirada inquisitiva hasta que llega al ascensor. Ella me la devuelve, y ambas nos retamos con la mirada hasta que las puertas del ascensor se cierran. —Guau. Eso fue muy intenso—se burla Mike. Abro la puerta de casa sin prestarle atención, y Zoé se adentra en el apartamento. Mike está a punto de entrar como si se tratase de su propia casa, cuando le pongo una mano en el pecho y lo detengo. —¿Qué se supone que estás haciendo aquí?—intento no sonar dolida. Intento no parecer defraudada, pero todo lo que consigo es verter toda la rabia y el despecho que siento en mis palabras. Él pone cara de sorpresa, como si acaso mi repentina alteración le hubiera impresionado. —¿Me has echado de menos?─sugiere, con una sonrisita pícara en los labios. Aprieto los labios y reprimo las lágrimas que se agolpan en mi garganta. Esto no es por Mike. Esto es por Héctor, y por lo sola que me siento. Joder, cuánto lo echo de menos... —En absoluto. Estoy a punto de meterme dentro de la casa, pero Mike me sostiene por el codo y aproxima su boca a mi cuello. —¿Y entonces?—su voz es sexy. Demasiado sexy. Me vuelvo muy lentamente hacia él, y esbozo una falsa y tranquila sonrisa. —Prometiste ayudarme con mi sobrina. No contestaste a mis llamadas. Es sólo que me sorprende verte aquí—le digo con calma. Mike acaricia mi mejilla con su pulgar, y me tengo que obligar a no cerrar los ojos para deleitarme en su toque. De ninguna manera le demostraré lo dolida que estoy. Porque al fin y al cabo esto no va con él, sino con el hombre de los ojos verdes. Sería absurdo pagar toda mi frustración con Mike. Cuando él se inclina hacia mí, me echo hacia atrás y me tropiezo con mis propios pies. Tengo que hacer un esfuerzo de contención para no meterme en la casa y cerrar de un portazo. No quiero parecer estúpida, pero lo último que necesito es otro tipo atractivo que complique más las cosas. Pero él insiste. Claro que insiste... al fin y al cabo es Mike. —Te he echado de menos. Es eso lo que se suele decir en estos casos, ¿no?—confiesa, y no parece una burla. Él lo dice muy serio, y sus ojos se oscurecen un poco cuando me acaricia con mayor intensidad. Le agarro la mano sin poder soportarlo, y se la aparto a continuación con suavidad. —No es lo que yo necesito oír. No me tomes por una de tus groupies, Mike—le suelto, con bastante acritud. —He estado trabajando—se explica, esta vez no hay rastro de diversión en su rostro— en un asunto muy serio. —¿Y las llamadas?—lo reto─. Y no es que me importe, pero supuse que éramos algo así como amigos... Los dedos de Mike recogen un mechón de mi cabello. —No te cogí el teléfono porque me distraes. No puedo concentrarme cuando estoy contigo—me suelta. Mike está sentado en la encimera de la cocina, ojeando los imanes que hay pegados en la nevera, mientras se come una manzana y charla sin parar. Ni siquiera me deja hablar, está demasiado ocupado relatándome todo lo que ha hecho en estos dos meses. —¿En serio te ha llevado dos meses escribir una sola canción? —pregunto con bastante recelo. —Es muy buena—responde satisfecho y orgulloso de sí mismo. Yo le doy la espalda y sigo metiendo la comida dentro de la nevera. Entonces Mike comienza a cantar. Su voz ronca y melodiosa inunda la cocina, y yo me quedo paralizada. Tiene una voz preciosa. Hasta que reparo en la letra... —El destino nos coloca en situaciones comprometidas, y justo cuando piensas que ha llegado a tu vida la mejor de las casualidades, te dice que tienes que tomar una decisión—repito el párrafo suelto de su canción—. ¿Qué significa eso? —Nada. Es inventado. Me encojo de hombros y termino de rellenar la nevera. Mike da un último bocado a la manzana, la tira al cubo de la basura y se baja de la encimera. —No conseguirás nada. Pero gracias por venir —le digo, dirigiéndonos hacia la habitación de mi sobrina. —No seas agorera—me culpa. Una hora y media después, llena de música, risas y amplias sonrisas por parte de mi sobrina, Mike no ha conseguido sacarle ni una sola palabra. Salimos del cuarto de Zoé y nos metemos en el pasillo. —Al menos ha sonreído—le digo. Él no parece defraudado en absoluto. —Hablará. Sólo necesita tiempo—afirma con convicción. Yo no estoy tan convencida, pero aun así, no hago nada por quitarle la razón. —¿Qué haces esta noche?—me pregunta. ¿Una cita con Mike Tooley? Los ojos de Héctor se cuelan en mi mente y me taladran el corazón. Soy una mujer libre, me recuerdo. —Nada especial. —Cenas conmigo. Eso es especial. Yo no puedo reprimir una sonrisa. —No puedo. Tengo que quedarme con Zoé—me excuso. —Yo me quedo con ella. Sal a divertirte—me anima Sandra.

Le echo una mirada ardiente a Sandra, quien esboza la sonrisa más angelical del mundo. —Te recojo a las diez en punto —se despide Mike. ─Pero..., —antes de que pueda replicar, él ya está bajando a toda prisa las escaleras, sin darme la oportunidad de negarme. Lo sigo con la mirada hasta que se marcha, y entonces, clavo mis ojos en Sandra. —No tengo ganas de salir con Mike—la acuso. —Necesitas salir y despejarte, ¿cuándo fue la última vez que saliste de casa en estos últimos dos meses?—inquiere de manera incisiva. —Sí que salgo. Al trabajo, a visitar a mis tíos de vez en cuando... —Ya sabes a qué me refiero. Yo me apoyo sobre la pared, algo cansada. —Es sólo que con Mike no es tan fácil. —¿A qué te refieres? —Es la clase de hombre que pone nerviosa a cualquier chica. Y después de lo que sucedió con Héctor...necesito alejarme de cualquier tipo masculino mínimamente intimidante o atractivo. Todos me causan problemas. —Pues yo creo que es justo lo que necesitas en este momento —me corrige ella—, alguien como Mike, que te haga reír y olvidar todos tus problemas.

“Demasiados como para olvidarlos en una sola noche”, pienso. Paso el resto de la tarde nerviosa por mi cita con Mike, y tratando de afirmarme a mí misma que no tiene por qué suceder nada. Precisamente porque sigo enamorada de Héctor, me es imposible pensar de“esa manera” en otro hombre. Precisamente porque me siento triste y melancólica, esta noche es el momento más oportuno para que lo olvide gracias a las caricias masculinas de otra persona. Y precisamente por mi indecisión, creo que esta va a ser una noche catastrófica.

Voy a meterme en la ducha cuando llaman a la puerta. Un hombre de una empresa de mensajería está en la entrada, con un paquete en la mano izquierda y una carpeta donde firmar en la derecha. La escena me recuerda a los continuos regalos de Héctor, y la nostalgia me invade.

Lo que daría en este momento por tener la posibilidad de discutir a causa de un estúpido televisor... Sólo que esa posibilidad no existe. Mi cara de sorpresa ya no existirá, porque Héctor no va a volver a hacerme ningún regalo. Ya me ocupé de dejárselo bien claro hace dos meses. —Toooooooooonta... —canturrea mi subconsciente. No me empeño en negárselo. —Paquete para Sara Santana —recita el mensajero. —Soy yo —respondo sin animosidad alguna. —Firme aquí—me señala un recuadro sobre el papel y hago lo que él me dice. Cojo el paquete en las manos y lo llevo hacia el interior de mi habitación. Acuciada por una espontánea curiosidad, lo abro y reparo en el remitente. Proviene de Goyathlay. Evidentemente, de alguien que lo envía a su nombre, pues él está demasiado ocupado pudriéndose entre rejas. El paquete contiene un simple folio doblado por la mitad, y una tarjeta escrita a mano. Leo la tarjeta... “Si quieres saber cómo continúa, ya sabes dónde encontrarme: Goyathlay”. Loco psicópata. No entiendo a lo que se refiere, por lo que despliego el folio y observo su contenido. Es una captura de una pantalla de correo electrónico, y por el nombre y apellido, reconozco el correo de mi hermana. El papel tiembla entre mis manos a medida que voy leyendo la conversación:

Para: erikasantana89@gmail.com De: elflautista_17@gmail.com

Asunto: Te estuve esperando... Durante más de tres horas, en el sitio acordado. Incluso llevé esas flores tan coloridas que tanto te gustan...quise darte una sorpresa. ¿Tuviste algún problema? Por favor, contéstame. Si al menos me dieras un número de teléfono al que llamarte... Te quiero.

RE: Para: elflautista_17@gmail.com De: erikasantana89@gmail.com Asunto: Problemas en casa. Mi marido me está vigilando. No pude salir sin que él me viera.

Creo que sospecha algo. Ya sabes que vigila mi teléfono móvil. El Apache sabía que mi hermana estaba saliendo con otro hombre. Lo averiguó. Releo el mensaje durante una hora, necesitando y ansiando conocer la continuación de la conversación. ¿Quiés es el tal“flautista”? ¿El verdadero amante de mi hermana? Me muerdo las uñas hasta las raíces. Necesito conocer la continuación de la conversación. Y necesito conocer la identidad de “el flautista”. Pero no pienso visitar a“El Apache”. El recuerdo de la paliza que me dio todavía sigue escociendo. Tomo la decisión de llamar a Erik. Él sabrá lo que hacer. —Has hecho bien en no acudir a la cárcel. No es seguro—me dice Erik, y noto el alivio de su tono de voz ante la decisión que yo he tomado—. Voy a rastrear el correo electrónico. Daremos con una localización, y con suerte, con el nombre tras el que se esconde. —¿Y si se registró con un nombre falso? Mucha gente lo hace para crearse una cuenta de correo electrónico. No es tan extraño. —Iré a ver a“El Apache” —determina—, necesitamos conocer la continuación de esa conversación. Y él la sabe.

—¿Y si no quiere colaborar?—añado dubitativa. — Sara, ¿no estarás pensando en ir a visitarlo, cierto?—me sermonea. —De ningún modo. Me dio una paliza. Intentó violarme. Golpeaba a mi hermana. Lo odio —cuelgo el teléfono.

Guardo el contenido de la conversación y la tarjeta de «El Apache» en un cajón de mi escritorio. Estoy segura de que el tipo que escribió ese correo electrónico,“el flautista”, salía con mi hermana. Aquene me dijo que descubrió a mi hermana manteniendo una conversación con un hombre. Planeaba huir. Y finalmente, su destino fue Villanueva del Lago. ¿Por qué? ¿Quién la aguardaba en aquel pueblo? ¿Fue la misma persona que la asesinó? ¿Qué razones tenía para hacerlo? De la conversación, deduzco que el supuesto amante se preocupaba por ella. También que la amaba. Y mi hermana estaba lo suficientemente asustada como para no dejarse ver con él en público hasta que se separara de“El Apache” y se alejara de la amenaza que él suponía. Pero hay algo más... Una vez que Érika llegó a Villanueva del Lago, nadie la vio con ningún novio formal. Y además, mantuvo relaciones con Miguel, el jefe de médicos del centro de mujeres maltratadas. ¿Fue por eso que“el flautista” la asesinó al sentirse traicionado? ¿Por qué lo traicionó Érika? Le echo una mirada recriminatoria a la urna. —Estabas sembradita—le digo, soltando una risilla. Me concentro en adivinar lo que hay detrás de la cuenta de correo electrónico.

elflautista_17@gmail.com Un número. ¿Una fecha especial? ¿Una edad? El flautista. ¿Un apodo? ¿Un oficio? ¡Un oficio!

Tendría sentido que lo fuera. A mi hermana le encantaba la música. Se convirtió en la mejor alumna del conservatorio, y aunque finalmente lo dejó por aburrimiento, ella tenía verdadero talento. Todo el mundo lo admitía.

Recuerdo la primera conversación que tuve con Adriana, en que ella elogió el altruismo natural de mi hermana. Bobadas. En un principio, no me llamó la atención que me contara que ella daba clases de piano. Pero ahora...tal vez...

Decido llamar a Adriana a su número de teléfono particular. Necesito saber la lista de alumnos a los que mi hermana les impartía clases de piano. Puede que su amante y esas clases estén relacionados.

El teléfono de Adriana está apagado, por lo que le pido que me llame en cuanto vea el mensaje de voz. No quiero pensar en la escena del bosque. En ella y su tío retozando bajo la guarida de los árboles. Se me revuelve el estómago. Y de ninguna manera voy a decirle que lo sé.

Supongo que cada uno tiene sus secretos. Mi hermana también tenía los suyos.