CAPÍTULO 24
─ME nudo recibimiento─le digo, muy ofendida. ─Es evidente que no te esperaba─responde, molesto. Enarco ambas cejas con descaro, a pesar de que lo voy a enfurecer. ─¿Ah, no? Supuse que tu espía particular ya te habría informado
de mi llegada. El rostro de Héctor se tensa. ─No sé de qué me hablas─replica, sin dejar de mirarme. ─Dime la verdad─le exijo, dando un paso hacia él y alzando la
barbilla para encararlo. Héctor se cruza de brazos. Sus antebrazos se marcan al bajar la tela del jersey. Se me seca la boca, y el pulso se me comienza a acelerar. No estoy preparada para enfrentarme a él.
─ No te he estado espiando─me contradice. ─Mentiroso. Doy un paso hacia él y lo miro a esos ojos tan bonitos que tiene. ─Creída─me suelta. Él da un paso hacia mí, y me mira los labios, aunque luego aparta
la mirada. Estamos demasiado cerca. ─Orgulloso. Aprieta la mandíbula. Yo le miro la boca. Siento calor.
Nos acercamos el uno hacia el otro, hasta estar tan juntos que mi barbilla roza su hombro. Agacho la cabeza, incapaz de mirarlo. ─Terca. Y todo explota. Me coge de la cintura y me aprieta contra él, y yo me agarro a sus antebrazos y le permito besarme, con fuerza, con rabia, diciéndonos en un beso todas las cosas que nos callamos a la cara. Me agarra del pelo, tira hacia atrás y me besa la garganta. Suelto un jadeo, lo agarro del jersey y lo acerco a mí. Le muerdo los labios, y él me aprieta contra su cuerpo, hasta provocarme una sensación de mareo y vértigo. Pierdo la noción sobre mí misma, su boca me posee furiosa, y nuestras lenguas se encuentran devastándolo todo. Tengo que agarrarme a él para no caerme, mientras Héctor me besa de una manera tan salvaje...tan única, que siento que no hay nada más que nosotros en este lugar. De pronto, al darnos cuenta de lo que estamos haciendo, nos separamos agitados. Me llevo las manos a la cara, tratando de tranquilizarme. Él se mesa el cabello, incómodo. ─Esto no ha sucedido─me dice. Lo miro a los ojos, avergonzada. Trato de encontrar una explicación, pero él me dedica una mirada cargada de frialdad, y borra toda esa intimidad que hemos compartido hace unos segundos. ─Déjame que te lleve a casa─se ofrece. Niego con la cabeza, y me echo hacia atrás, alejándome de él. ─No es necesario ─le aseguro, demasiado avergonzada para mirarlo a los ojos. No puedo creer que él haya dicho con tanta naturalidad: «Esto no ha sucedido»... ¿Y ahora quiere que me monte en su coche? Comienzo a caminar hacia la salida. ─Sara, no te vayas sola─me pide, sin perder la calma. No se mueve. No me sigue. ─Voy a pedir un taxi. Intento abrir la valla, pero está cerrada. Sin poder evitarlo, le echo una mirada furiosa. ─Está cerrada─declaro, sacudiendo la valla. ─No voy a dejar que te vayas sola a estas horas. Me giro lentamente, y descubro que él se ha colocado a mi espalda. Va a ofrecerme la mano para que lo acompañe, pero entonces se lo piensa mejor y la deja caer en el aire. Incluso le molesta tocarme. Ver para creer. Me siento tan herida que no hago nada por seguir discutiendo. Camino hacia su coche, abro la puerta y me meto dentro sin articular palabra alguna. Héctor se sienta a mi lado. No nos hablamos. La tensión se puede cortar con un cuchillo. Fijo la vista en la carretera, mientras él conduce alejándose del centro. Suelto un profundo suspiro, porque sé que voy a explotar si no descargo toda la ira que estoy acumulando. ─No deberías haber venido─declara en voz alta. ─Pasaba por aquí─me sulfuro. Lo noto observarme de reojo, pero me obligo a fijar la vista al frente, y a fingir que lo ignoro. Él me mira...me mira...sólo me mira. ─De todos modos no deberías haber venido ─repite, con voz grave. ─No has contestado a mis llamadas─le recrimino, sin poder evitarlo. Lo noto tensarse a mi lado. Sabía que las había recibido. ─No tenía por qué hacerlo. ─No tienes por qué vigilarme, pero lo haces─replico yo. Me giro para mirarlo, y por primera vez, encuentro una profunda devastación en sus ojos. Traga con dificultad, y las ojeras se le acentúan alrededor de los ojos. ─¿Por qué no eres sincero y me dices que me has echado de menos?─exijo, sin saber por qué no puedo contenerme. Héctor me observa con dolor. ─Sara... ─enuncia mi nombre, pidiéndome que me detenga. Encoge los hombros y suelta el aire, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo por no entrar en mi juego. Yo me cruzo de brazos, y trato de contemplar el paisaje a través de la ventanilla. Pero no puedo, y cada vez que le echo una mirada de reojo, lo descubro con las manos apretadas en torno al volante, y esa expresión neutra que puede enviarme directamente al infierno con tan sólo una mirada cargada de furia. Como estoy demasiado incómoda por el silencio, enciendo la radio. Suena «No me pidas que te bese porque te besaré», de Macaco. Héctor resopla y niega con la cabeza. No me pidas que te mire, porque te miraré...
Nos miramos de reojo. Héctor aprieta las manos en torno al volante. No me pidas que me acerque, porque me acercaré...
¡No me jodas! Qué canción más apropiada. Empiezo a ponerme tensa, pero entonces la canción continúa... No me pidas que te toque porque te tocaré. Siento un picor extraño por todo el cuerpo, y la necesidad de
tocarlo, aunque sólo sea un poquito, me empieza a agobiar. No me pidas que te bese, porque te besaré... Trato de mirar hacia la carretera, pero no puedo evitarlo, y lo miro
de reojo. Me humedezco los labios. Él también me está observando, y aprieta la mandíbula cuando nuestros ojos se encuentran. ─Apaga la radio─me ordena. Ante su tono autoritario, le doy más volumen. ─No me da la gana. ─Estás en mi coche. Haz lo que te digo. Me cruzo de brazos, y lo miro desafiante. ─No quiero. Héctor pulsa el botón de apagado, y devuelve ambas manos al volante. Ahora soy yo la que aprieta la mandíbula. Con que no quiere escuchar una canción que parece hecha para nosotros delante de mí...ahora se va a enterar de quién es Sara Santana. Mi subconsciente me pide que no lo haga, pero como no lo puedo evitar, canto a grito pelado. ─No me pidas que te beseeeee porque te besaréééé....distintas formas de quereeeerrrrr....mismas formas de amaaarrrr... ─berreo, todo lo fuerte que puedo. Él parpadea alucinado. Ningún otro músculo de su rostro se mueve. ─Cállate. Lo ignoro y canto más fuerte. ─No me pidas que te toque....porque te tocaréééé. Detiene el coche en mitad de la carretera, y apoya la cabeza sobre el volante. ─Esto es increíble. Se queda en silencio, y comienza a respirar pesadamente. Me da tanto miedo, que agarro el pomo de la puerta por si tengo que salir corriendo. Pero Héctor parece sumido en un silencioso ataque de ira, porque mantiene la cabeza pegada al volante, y comienza a asustarme verdaderamente. Estoy a punto de tocarlo cuando eleva la cabeza, y me mira a los ojos, con los suyos escupiendo fuego. ─Ni se te ocurra tocarme. Sal del coche. Doy un respingo. ¿Está de broma? Héctor no sería capaz de dejarme sola a estas horas de la noche, ¿no? ¿Nooooooo? Me mira de tal forma, que abro la puerta del coche y salgo asustada. En cuanto se baja, me coge del hombro y me arrastra hacia la carretera. ─¡Quiero volver a entrar en el coche! ¡Llévame a casa!─le exijo. De un tirón brusco, me gira hacia él y pega su cara a la mía. Me quedo sin habla, le observo los labios, luego los ojos furiosos, y agacho la cabeza. Vuelve a arrastrarme hacia la carretera, para un taxi, y me empuja al interior del vehículo. Saca un billete de su cartera; nada más verlo, abro mucho los ojos al darme cuenta de la cantidad desmesurada que le ofrece. ─Llévela a su casa, y tome cien euros, por las probables molestias que pueda causarle. Dando un portazo, cierra la puerta; a continuación se mete en su coche y se aleja conduciendo, dejándome alucinada ante su extraño comportamiento.