CAPÍTULO 17
DOS meses más tarde... Estoy en la casa de Aquene y Ondina. La joven india me ha llamado muy nerviosa, exigiéndome que me presente en su casa a la mayor brevedad posible. Así lo hago, creyendo que lo que la vieja chamán predijo sobre su muerte es cierto, y que su débil estado de salud está empeorando.
No me equivoco. Encuentro a Aquene sentada en la entrada de la casa. Tiene la mirada perdida, y ni siquiera me saluda cuando me siento a su lado y le toco el hombro. Desconozco la mejor forma de actuar, por lo que me quedo allí, esperando que sea ella la que articule la primera palabra. A la primavera apenas le quedan un par de semanas para llegar. Como predijo Ondina, una nueva estación implica un nuevo cambio. Para la vieja chamán supondrá dejar la vida terrenal, y encontrarse con sus ancestros. Para mí...para mí llega la hora de olvidar a Héctor y mirar hacia el futuro. Puede que ese futuro sea Mike, no lo sé, pero lo cierto es que tras dos meses sin saber de Héctor, lo nuestro ha quedado suspendido en lo que pudo ser y no fue. Mi vida sigue siendo aquel caos tan típico que constituye mi presente diario. Las llamadas telefónicas de mi acosador particular cesaron. Él parece haberme olvidado, y yo...supongo que simplemente trato de no pensar en él, mientras Erik continúa con la investigación y me mantiene informada, con menor asiduidad que antes. Resultó que Javier, el jefe de mi hermana, tenía una coartada perfecta, cosa que tampoco me asombró. Respecto a Mónica y sus problemas, ha conseguido ayuda psicológica, en parte porque yo la obligué, y en mayor medida porque aceptó que tenía un problema. Los e-mails que recibo en la redacción de Musa continúan acumulándose en mi carpeta de correo basura, a Jason no he vuelto a verlo, y a Julio Mendoza parece habérselo tragado la tierra. Mi relación con Mike es idílica. Juntos lo pasamos bien, y durante el tiempo que estoy a su lado, pensar en Héctor se me antoja tan despreciable que me obligo a fijarme en el chico que se desvive por hacerme feliz. Pero cuando no estoy con él, el recuerdo de esos ojos verdes y apasionados me sobrecoge el alma. Todos tenemos un talón de Aquiles, y definitivamente, el mío tiene nombre y apellido: Héctor Brown. Él es y será siempre mi punto débil. Espero no encontrármelo nunca. No sé cómo actuaría en caso de tenerlo frente a mí. Y, por último, está mi hermana. No la que reposa en mi mesita de noche, lo cual es tétrico y deprimente pensándolo bien, sino la chica a la que no tengo el valor de conocer, a la que, sin poder evitarlo, envidio por haber tenido un padre que sí estuvo a su lado. ─Se va a morir─anuncia Aquene, llevándose las manos al rostro y estallando en un llanto incontrolable. Le echo los brazos alrededor de sus hombros y la abrazo, tratando de consolarla. ─Se va a morir, y su última voluntad es hablar contigo. No hay acusación en su voz. Tan sólo existe un profundo dolor que se acuciará cuando su abuela expire su último aliento. Aquene comienza a temblar, presa del pánico y la angustia, y yo la acojo entre mis brazos. Pasamos así un buen rato, consolándonos mutuamente ante nuestros propios temores. ─No la canses, ¿vale?─me pide. Su voz está llena de ternura. No hay rastro de la joven y fuerte Aquene. Aquella chica que me trataba con indiferencia y orgullo. Ahora sólo queda una joven que tiene miedo a perder a su única familia. ─Por supuesto que no─le aseguro. Me incorporo para ir a ver a Ondina. En cuanto entro en la casa, el intenso olor a eucalipto y menta invade mis fosas nasales y abre mis pulmones. Un poco mareada, camino hacia la habitación de Ondina. La puerta está entreabierta, y puedo observar a la débil mujer que yace sobre la cama. Su aspecto me sobrecoge, y me quedo ahí parada, recordando nuestras últimas palabras. ─Entra niña, no te quedes ahí parada─me pide Ondina. Su voz sigue siendo grave, pero noto el esfuerzo que le supone articular unas pocas palabras. Entro en su habitación, y voy hacia su cama, sosteniendo sus manos frías con las mías. Su cabello blanco como el algodón está trenzado, y sus ojos hundidos me observan con tal fortaleza que tengo que esforzarme para no demostrar la tristeza que siento en este momento. ─Me fallan las fuerzas para tener más visiones, lo siento, mi niña. ─Por favor, no te disculpes. La única que tiene que disculparse soy yo. Debería haber valorado lo que tú me ofrecías. No sabes cuánto lo lamento. ─Ssssssh─Ondina aparta las manos de las mías y me coge la barbilla, alzándola para que la mire. Sus ojos están llenos de una alegría que no logro entender─. No estés triste, niña. Me voy con mis ancestros, y siento una profunda dicha por volver a verlos. Los ojos se me llenan de lágrimas, y tengo que hacer un gran esfuerzo para que no caigan sobre mis mejillas. ─Pero mi pequeña Aquene se queda sola en este mundo. Ella aparenta ser fuerte, pero por dentro, es como cualquier otra mujer. Sólo quiere ser amada─los ojos de Ondina reflejan angustia por primera vez─. Cuídala, por favor. No la dejes sola. Su hermano no es un buen hombre. ─Te juro que la visitaré a menudo. ─No me refiero a eso, niña...─Ondina niega con la cabeza─... Quiero que le des una familia. Tu pequeña sobrina también es su sobrina. Permítenos que ella conozca a la otra parte de la familia. ─No sabes lo feliz que me hace lo que me pides─le aseguro. Ondina esboza una amplia sonrisa, como si ya hubiera hecho todas las cosas que debía hacer en este mundo. Cierra los ojos y exhala un hondo suspiro. Me da pánico que vaya a morirse en este preciso momento, pero ella vuelve a abrir los ojos. ─Reconcíliate con tu otra parte, mi niña─me aconseja. Y sé a lo que ella se refiere. Estoy tan hecha polvo al salir de casa de Ondina, que necesito tomar un respiro, por lo que en cuanto llego a casa, y aprovechando que Zoé está en el cumpleaños de una de sus amigas del colegio, le pongo la correa a Leo y lo saco a dar un paseo. Mi preciosa bolita blanca mueve la cola, entusiasmado con la idea de que sea yo quien lo saque a pasear. Últimamente tengo tan poco tiempo libre que he contratado a un cuidador de perros para que lo saque a pasear y hacer sus necesidades. Tan sólo puedo pasear a Leo los fines de semana, porque Janine, empeñada en demostrar que me detesta, ha decidido aumentarme la jornada laboral. Es una arpía, porque se ha aprovechado de que me cumplía el contrato, y me ha exigido firmar esas condiciones si no quería verme en la calle. Lo cierto es que me sorprendió que no me despidiera, porque unos días antes me había asegurado que así sería, pero entonces, la fecha en la que me cumplía el contrato, Janine recibió una llamada de teléfono. Salió hecha una furia hacia donde estaba, me señaló con un dedo, y me dijo: eres indefinida. No tengo ni idea de quién la llamó, pero desde luego, le debo una. En cuanto salgo a la calle, Leo comienza a olisquear todos los rincones y yo estoy feliz de tener algo de tiempo para mí. Me distraigo observando los escaparates de las tiendas, y recuerdo que hace unos días Mike me regaló la recopilación oficial de los Rolling Stones. Eso me hace esbozar una sonrisa, y mientras sigo caminando, me afirmo a mí misma que lo nuestro puede funcionar. Porque existe“lo nuestro”. No somos novios, eso está claro. Mike no me lo ha pedido formalmente, y yo no sé si él está preparado para dar ese paso. Pero pasamos la mayor parte del tiempo juntos, hacemos cosas de parejas y llevamos una relación basada en la monogamia. Entre nosotros existe plena confianza. Yo no me enfado cuando él tiene algún concierto, o se hace fotos con todas las chicas que se lo piden; y él no me pregunta por Héctor. Héctor. Él y yo nunca tuvimos ese tipo de confianza. Lo nuestro era demasiado salvaje y primitivo. Era como si nos perteneciéramos de una forma tan íntima que ninguno de los dos era capaz de comprenderlo. ─¿No estabas hablando de Mike?─inquiere mi subconsciente, con una sonrisita de oreja a oreja. ─Vuelve al rincón de mi cabeza en el que no te echo ni puta cuenta ─le ordeno. Se esfuma. Tarareo una de las canciones del grupo de Mike. Ni siquiera ha salido al mercado, pero Mike la ha estado componiendo mientras estábamos juntos, de tal modo que ya me la sé de memoria. Es una canción preciosa, que habla sobre la necesidad de ser uno mismo y amar sin que eso suponga perder nuestra propia identidad. ─Te quiero, nena, pero a veces pienso... Pienso que estamos en un puto abismo Quiéreme, quiérete...no intentes cambiarnos... Es la primera vez que Mike canta en español. Eso ha sido idea mía, y tras mucho insistir, a pesar de sus reticencias iniciales, cuando me cantó esta canción en español su voz sonó distinta. Más cercana y humana. Él estuvo de acuerdo. Tiro de la correa de Leo para echarlo a un lado al percatarme de que una rubia espigada y de cuerpo impresionante camina hablando por teléfono cargada de bolsas. Como no quiero que espachurre a mi preciosa bolita, me quedo rezagada para que continúe su camino. Pero no lo hace. Cuando llega a mi altura, cuelga el teléfono y se quita las gafas. Es Linda. ─Sara, qué sorpresa─ella está visiblemente asombrada de verme. Tanto como yo. ─Hola Linda, ¿qué tal te va? Sueno con tanto desapego que incluso yo me sorprendo. Toda la inquina que le tenía a Linda se ha transformado en indiferencia. Lo único que nos unía como enemigas era Héctor, y ahora que ninguna de las dos lo tiene, no sé en qué punto estamos.
Ella también parece sentir lo mismo. ─Muy bien, gracias. Estoy trabajando en Madrid. Soy la imagen de una casa de lencería─la noto ilusionada, y en el fondo, me alegro por ella. Ahora que no estoy con Héctor, sentir algún tipo de odio hacia ella se me antoja fuera de lugar. ─Me alegro por ti─le aseguro. ─¿Y tú, qué tal estás? Te he visto un par de veces en la televisión. Lo haces muy bien. Tienes...como se dice por aquí...¡Desparpajo!─se ríe tontamente. Yo también me río. ─No puedo quejarme. Estoy viviendo un periodo de calma y estabilidad laboral ─respondo evasivamente. ─¡Oh, no seas modesta! Ya sé que eres muy discreta con tu vida personal, pero dicen por ahí que lo tuyo con el famoso Mike tiene futuro. Me sonrojo un poco. No tengo ni idea de cómo se habrá enterado, porque no es algo que yo vaya contando por ahí. Sólo lo saben mis amigos y familiares más cercanos. ─Yo también estoy saliendo con alguien... ─me informa, emocionada─. Es un chico atento, me quiere...es...─los ojos se le iluminan al recordarlo─. ¡Lo quiero tanto! Linda me coge del brazo, y se acerca a mí para hablarme con mayor confianza. ─Quiero que sepas que lo que sucedió en aquella entrevista ya está olvidado. Hasta debería darte las gracias. ─¿En serio?─me asombro. ─Pues sí. Después de lo que me dijiste, me sentía tan mal conmigo misma y te odiaba tanto que decidí coger algo de peso. Ahora estoy más exuberante, y la casa de lencería estaba buscando a una mujer como yo, que pudiera lucir un bustier sin relleno, ¿no es increíble? Al menos pudo sacar algo positivo de mi ataque cruel. ─Es increíble que estemos hablando sin tirarnos de los pelos─se ríe─. Un hombre no debería interponerse entre dos mujeres. Qué tonta fui por pensar que lo mío con Héctor no podía funcionar por tu culpa...¡Bah! Al nombrar a Héctor, siento un pellizco en el estómago. Repentinamente, el rostro de Linda se ensombrece. Creo que se va a volver a convertir en la modelo altiva a la que estoy acostumbrada, pero entonces, sonríe tristemente y me dice: ─Yo le tengo mucho cariño, y estoy segura de que tú también. Por eso me da tanta pena lo que le está pasando. ─¿¡Qué le está pasando!?─me altero. La cojo de la muñeca y se la aprieto sin ser consciente. Linda capta mi angustia y me palmea la mano, mordiéndose el labio. ─No debería meterme donde no me llaman, lo siento mucho. ─Por favor...si le pasa algo a Héctor... ─Yo no te he dicho nada, ¿de acuerdo? ─me hace prometer. Asiento dejando traslucir mi ansiedad. ─No es el Héctor que conozco. Está desatado. Más delgado, no para de asistir a fiestas y eventos, es incapaz de sentar la cabeza, invierte sin pensarlo... ─No me digas que tiene problemas económicos...─me preocupo. ─Héctor es demasiado rico para eso, pero está tirando el dinero. Fiestas y más fiestas...es como si no lo conociera. ¿Dónde está el hombre serio, comedido y responsable del que me enamoré? Su hermana, su tía y Odette están muy preocupadas. Sara, vuestra ruptura le está pasando factura. ─Héctor no me quiere─respondo, mirando hacia otra parte. ─¿Tú crees?─me contradice. Mira el reloj de muñeca y suelta un gritito─. Me tengo que ir. Cuídate, Sara. En cuanto la veo marchar, cojo a Leo en brazos y salgo corriendo hacia el apartamento. Ni siquiera me molesto en coger el ascensor, sino que subo las escaleras de dos en dos, y nada más entrar en mi apartamento, enciendo el portátil y abro el buscador. Introduzco dos únicas palabras: Héctor Brown. Sé que lo que voy a ver no me va a gustar. Sé que lo que voy a ver va a hacerme daño. Espero encontrarme con miles de fotos de Héctor con mujeres distintas, pero lo que me encuentro en las fotografías es aún peor. Es algo para lo que no estoy preparada. Fotografías de Héctor, y titulares en los que aluden a la decadencia «del que era uno de los prodigios de la economía». Fotografías de peleas en bares, multas por exceso de velocidad, fiestas con demasiado alcohol, mujeres que salen llorando y dicen haber estado con él... La mitad de las cosas no me las creo. Sé que la prensa se ensaña con los famosos e inventa historias absurdas. Héctor es un caballero, y jamás utilizaría a ninguna mujer. No es un hombre violento, y definitivamente, no es un alcohólico. La mayoría de esas personas se está aprovechando de su fama. Pero lo que me preocupa, lo que me duele, son las imágenes en las que se muestra a un Héctor más delgado, demacrado y ojeroso. Un aspecto enfermizo y débil que dista mucho del hombre fuerte, apasionado y protector al que estaba acostumbrada. ¿Y si ahora es él quien necesita que lo cuiden? Él también merece ser protegido, amado, admirado... ¿Por qué nunca pensé en ello? ¿Por qué? En un acto impulsivo y que sé que no está bien, cojo mi teléfono móvil y marco su número de teléfono. Lo llamo en tres ocasiones, pero nadie contesta. Agobiada, permito que salte el buzón de voz y le dejo un mensaje desesperado: “Héctor, déjame cuidarte”.