CAPÍTULO 13

PI...PI...PI... PI...PI...PI Una mano desconocida me abre el párpado derecho sin ningún pudor, y me acerca una intensa luz a la pupila que me deslumbra. Me siento agotada, pero el inconfundible olor a puré de patatas y desinfectante me llena las fosas nasales, y reconozco sin necesidad de hacer ninguna comprobación más que me encuentro en un hospital. ─Mire hacia la izquierda─hago lo que la voz monótona me ordena─. Ahora hacia arriba. ─¡Eh, que me encuentro perfectamente!─le aparto la linterna de mi cara, y me fijo en el doctor que me está oscultando. Se trata del mismo médico que me trató aquella vez que me tropecé con Mike. Debe de pensar que soy una lunática. Por su expresión reprobatoria así es. ─Ha sufrido una crisis de ansiedad. Debería descansar el resto de la noche. Recuerdo haber perdido la consciencia, y luego nada más. Hay un total vacío en mi memoria desde que me desmayé hasta que me he despertado aquí. ─Muchas gracias, doctor. Pero no me gustan los hospitales. Prefiero volver a casa. ─Cualquiera lo diría. ¿Es usted propensa a los accidentes? No lo sabes tú bien... ─Qué va ─respondo secamente. ─No la puedo obligar a quedarse, pero lo ideal sería que descansara en observación. Su amiga me ha pedido que le dijese que ella cuidaría de su sobrina. Dice que la niña está dormida y que no se despertará hasta mañana, por lo que no tiene de qué preocuparse. ─Gracias por la información. Sin hacer caso a los consejos del médico, me incorporo y me quito las ventosas que llevo pegadas por todo el cuerpo. El médico niega con la cabeza. ─Debería tomarse la vida de una forma más tranquila. Ser la reina del drama no le ayudará en absoluto. Es un consejo. ─Oiga...─me cabreo, pero cuando quiero decirle que él no tiene una ligera idea de los problemillas sin importancia que tengo en la vida, el médico ya se ha largado, con toda probabilidad a tratar a otro paciente que sí lo necesita de verdad. Recojo mi chaqueta, que está pulcramente doblada sobre una silla cercana a la cama, y me coloco los zapatos para regresar a casa. Nunca me han gustado los hospitales. Salgo al pasillo, y un algarabío de voces me llama la atención. Me acerco a las voces para buscar la salida, y me asusto al reconocer una de ellas. Me coloco detrás de una amplia puerta gris para escuchar a hurtadillas lo que está sucediendo dentro de una de las habitaciones. ─¿Sabe las calorías que tiene una maldita chocolatina?─pregunta la inconfundible voz de Mónica. ─A ver, rubita...tienes las medidas de una modelo de Victoria Secret, esto no te va a hacer engordar─le responde una voz femenina, cargada de retintín. ─Pues cómetelo tú. ─Déjala en paz, Paulina. Ya le hemos pinchado el suero, y no va a volver a desmayarse. Si quiere morirse de hambre es su problema. Hay enfermos que sí que nos necesitan─replica otra voz. Cuando escucho acercarse unos pasos, salgo del lugar en el que estoy escondida y enfilo hacia el pasillo como si buscara la salida. En cuanto las enfermeras se largan, entro en la habitación, y me encuentro con una debilitada Mónica tumbada en la cama. Está mirando hacia el techo, y tiene una profunda expresión de irritación en su rostro. De repente, como si sintiera mi presencia, da un respingo y gira la cabeza. No sé interpretar la expresión con la que me mira. ─No digas nada─me pide. ─No hace falta. Lo he escuchado todo. Me acerco hacia el lecho y me siento en el borde de la cama. Aferro su mano fría, y le acaricio la palma con el pulgar. Sin maquillaje, con el pelo revuelto y la ridícula bata que lleva puesta, ha dejado de ser la mujer impresionante a la que estoy acostumbrada ver. Sigue siendo hermosa, eso es indudable. Tiene unos preciosos ojos rasgados del color del mar, pero nada queda de la“femme fatale” que trae a los hombres de cabeza y a la que odia el resto de mujeres. ─Creí que este problema ya estaba solucionado─me apeno. Soy incapaz de sermonearla, y dudo que sea lo que necesite en este momento. ─Estas cosas no se solucionan. Soy una puta enferma. Me he desmayado en medio del gimnasio después de hacer dos clases seguidas de spinning. No había comido nada. ─Mónica... ─No digas nada. Hoy no, por favor. Ya lo solucionaremos en otro momento. ─Por supuesto que lo solucionaremos. Te ayudaré y lo sabes, ¿verdad? ─Claro que lo sé─ella me guiña un ojo─. ¿Qué haces aquí? No he querido que llamaran a nadie. ─He tenido una crisis de ansiedad. Mónica suelta un gruñido. ─Mira que te gustan los dramas... ─Me he enterado de ciertas cosas, y he explotado. Supongo que tarde o temprano iba a suceder─le resto importancia─. Tengo una hermana de quince años. ─No jodas. ─Aquí el único que ha ido jodiendo por ahí es mi padre─replico, con acritud. ─Qué suerte tienes. Yo siempre quise tener una hermana. ─¿Suerte?─me ofendo. ─Búscale el lado positivo a las cosas malas que te suceden. No seas amargada. No seas como yo. ─Móooooonica...─la censuro. ─Mira por donde, yo me alegro de que estés aquí. Eso es positivo ─me agarra la mano, y me dedica una sonrisa─. Tienes un poder sobre la gente que ignoras. La extraña habilidad de que la gente te quiera o te odie sin medidas. Julio Mendoza, Daniela, Janine....Héctor, Erik, Mike... no sabes lo que causas en los demás, ¿verdad? Yo jamás perdería a una amiga como tú. Túmbate a mi lado. No quiero estar sola. Hago lo que ella me pide, y al poco tiempo se queda dormida. No sé en qué instante de la noche logro perder la conciencia, pero en algún momento de aquella noche de hospital, me doy cuenta de que tengo una hermana. Una hermana, ya todo lo demás no importa... Por la mañana me despierto con alguien dándome toquecitos en la frente. Gruño, pero de repente abro los párpados, y me encuentro con la mirada burlona de Erik. Me incorporo de la cama, con cuidado de no despertar a Mónica. ─Tu compañera de piso me contó que te habías desmayado. Mira que te gusta llamar la atención, Sara. ─Tú qué sabrás. Pero gracias por venir. Se encoge de hombros. ─De nada. Tenía un par de días libres en el trabajo, y como me das tantos problemas, he decidido viajar a Madrid y solucionar lo que me pediste. Me quedo un par de días en tu apartamento. Es lo mínimo que puedes hacer por las molestias que me tomo. ─Claro, estás en tu casa─me río. Erik es el tío más franco y directo que he conocido en la vida. Parece mi versión masculina, sin tanta mala baba y con un poco más de cabeza. No me pasa desapercibida la mirada curiosa que le dedica a Mónica. ─¿Quién es? ─Una amiga. No lo está pasando nada bien. No la mires así. ─Es guapa. Lo cojo del hombro y lo saco a rastras de la habitación. Parece que todo lo demás ha desaparecido para él. En cuanto salimos de la habitación, vuelve a ser el Erik despreocupado al que estoy acostumbrada. ─Te tengo que contar un par de cosas, pero como te lo tomas todo tan a la tremenda, antes vamos a ir a desayunar. ─Vale. Estoy famélica.

Erik enarca una ceja, visiblemente asombrado ante mi reacción controlada. ─¿No me lo vas a discutir? ─En absoluto. He descubierto una parte sensata dentro de mí con la que estoy tratando de reconciliarme. Se ríe ante mi comentario. ─Ya era hora. Entramos en una cafetería cercana, y sólo cuando la mitad de mi desayuno está en mi estómago, Erik se decide a hablar. Imagino que no deben de ser buenas noticias, pero he decidido tratar de tomarme las cosas con otra filosofía. ─Después de que me contaras que los hombres de“El Apache” te estaban siguiendo, decidí que lo mejor sería tener una charla con él. ─Y parece que ha funcionado. O son más discretos, o han dejado de seguirme. Erik tuerce el gesto. ─Reconozco que el hecho de haber interferido para que lo cambiaran de módulo ha surtido un gran efecto. Me atraganto con el último trozo de magdalena. ─¿¡Cómo que has decidido cambiarlo de módulo!? Corrígeme si me equivoco, pero estaba en uno de los módulos más seguros y restrictivos de toda la prisión─replico enfurecida. ─No te equivocas. Y no te pongas así. Parece que lo haya dejado en libertad, cuando lo único que he hecho es cambiarlo de módulo. Lo he hecho por tu seguridad, y ha funcionado. En la cárcel las cosas son así. Tú me das algo, y yo te doy algo a cambio. ─No me puedo creer que le hayas hecho un favor al tipo que golpeaba y humillaba a mi hermana. Soy tu amiga... Erik aprieta la mandíbula, visiblemente irritado porque yo ponga en duda sus decisiones. ─Sara... Punto número uno: antes de ser tu amigo soy policía. Tomo las decisiones que me parecen más razonables dentro de lo que puedo hacer por ayudar a la gente, aunque no te gusten. Si vas a cuestionarlas, que no sea aludiendo a nuestra amistad, porque te aseguro que saldrás perdiendo. Punto número dos: creo que no tienes ni idea de la relación que mantenían“El Apache” y tu hermana. Eso es todo. ─¿Lo estás justificando? ─le recrimino con dureza. ─No pongas en mi boca palabras que yo no he dicho. Ambos eran personas complicadas, y tú sabes de sobra lo que eso significa. ─Te recuerdo que no he podido ir a la cárcel porque tú me lo has prohibido ─le espeto con acritud. ─No se me había olvidado. Resoplo. Qué rabia me da no poder sacarlo de sus casillas tal y como él hace conmigo. ─¿Qué más me tienes que contar?─me doy por vencida. ─El otro día hablé con Adriana y le conté lo que vimos. ─¿Pero tú no eras el que no se andaba metiendo en la vida de los demás? ¡Cínico!─vuelvo a estallar. ─¿No te estabas reconciliando con tu parte razonable? ─me estudia durante unos segundos con aire chulesco─. No saques conclusiones precipitadas. Si lo he hecho es porque creía que aquello podía estar relacionado de alguna forma con el asesinato de tu hermana. Y en cierto modo, no me equivoqué. Resulta que Adriana no es pariente de sangre de su supuesto tío. Se ha criado con él, eso es cierto, pero era la hija adoptiva de su hermano. Sus padres murieron en un accidente, y Adriana quedó al cuidado de su tío cuando cumplió diez años. ─Me sigue pareciendo repugnante, qué quieres que te diga. Si me apuras, el tipo podría ser su abuelo. ─Si me apuras, no eres quien para juzgar lo que cada uno hace con su vida. Ah...un momento, que tú eres Sara Santana. Olvidaba que estás por encima del bien y del mal. Pongo los ojos en blanco. Menudo idiota. ─Me estabas diciendo que puede estar relacionado con el asesinato de mi hermana... ─opto por cambiar de tema. ─Sí, a eso iba, pero te encanta interrumpirme. Érika se dio cuenta de que la relación que ambos mantenían no era la típica entre tío y sobrina. Notó a Adriana incómoda, y decidió tomar cartas en el asunto. Amenazó a su propio jefe para defender a su compañera de trabajo, pero Adriana salió en su defensa y le contó que no eran parientes de sangre. Adriana me ha contado que Érika no estaba del todo equivocada. Lleva años queriendo acabar con la relación con su tío, pero no tiene familia, y sabe que si lo hace acabará en la calle, sin nadie que la ampare. ─¡Eso es horrible! ─Lo sé. Por eso he tenido un par de palabras con su tío. Le he asegurado que me encargaré personalmente de que lo metan en la cárcel si vuelve a aprovecharse de Adriana a sabiendas de que ella no tiene adonde ir. Le he encontrado un trabajo a Adriana en la cafetería cercana a mi comisaría, y un apartamento de alquiler bastante asequible. ─Me alegro de que hayas hecho eso. Es una buena chica... ¿Crees que el jefe de Adriana se puso furioso cuando mi hermana los descubrió y la asesinó? ─Lo creo poco probable, pero si Adriana tenía alguna duda sobre cortar la relación con su tío, Érika la convenció de que ella se veía obligada por las circunstancias, y que aquello era permitir una violación indirecta. Supongo que eso puso furioso a su tío, por ello le he preguntado si tenía alguna coartada para la noche en que asesinaron a Érika, y me ha dicho que se había ido de pesca. Alquiló una habitación en un hotel de la costa de Málaga. He llamado al hotel para saber si es cierto, pero todavía no me han contestado. ─Ah...bien...gracias por informarme─respondo evasiva. Erik me observa de manera inquisitiva. ─¿A ti qué te pasa? Me estás asustando. ─¿Por qué?─pregunto sin entender. ─Te estoy contando todo esto y no has amenazado con ir a romperle las pelotas al jefe de tu hermana. Me sorprendes para bien, Sara Santana. Me sorprendes y me preocupas a partes iguales. ─Para que luego digan que las mujeres somos las complicadas... ─refunfuño─. Tengo la impresión de que haga lo que haga la gente nunca sabe lo que esperar de mí, o tal vez todos esperen demasiado, no sé...

Erik se levanta para marcharse. ─Mira...si no me lo quieres contar... Lo agarro de la muñeca ansiosamente. ─Después de quince años sin vernos, el papá del año viene a

decirme que tengo una hermana, y que estoy en la obligación de conocerla. Y, por supuesto, yo debo tomármelo como la gran noticia del siglo. Se supone que la muerte de mi hermana debe quedar en un segundo plano porque... ¡Ah, tú tienes otra hermana! Eso es como regalarle un nuevo perro a tu hijo porque atropellaron a su querido perrito...es...asqueroso... ¡No es justo!

─ Sé cómo te sientes─vuelve a sentarse y me coge la mano. ─No, no lo sabes. ─De acuerdo, no sé cómo te sientes, pero puedo llegar a

comprender lo frustrante que esto resulta para ti, ¿satisfecha? Asiento con la cabeza gacha. Erik me aprieta la mano en un gesto comprensivo que, para mi sorpresa, logra reconfortarme. Es bueno tener un amigo sincero en situaciones como estas.

─ Déjame que te dé un consejo: las personas no controlamos las situaciones. Simplemente nos vienen, y tenemos que tomar las decisiones que creemos más acertadas. Nadie va a culparte porque no te alegres de tener una nueva hermana, o finjas un entusiasmo que no es sincero. Eres una persona muy humana, Sara, y aunque me fastidie decir esto, creo que ahí radica tu verdadero encanto. Eres incapaz de fingir.

Alzo la cabeza y lo miro asombrada.

─Vaya...eso es inusual viniendo de ti. Esto...gracias. Me has hecho sentir mejor conmigo misma. Él me devuelve una tímida sonrisa. ─No sé, Sara...piensa bien lo que vas a hacer. Has perdido una hermana, pero no tienes por qué perder otra y arrepentirte con el paso del tiempo. Tú misma has afirmado que tu relación con Érika no era buena. El día de mañana no te gustará saber que has tropezado con la misma piedra dos veces.

─ Supongo que tienes razón─respondo de manera evasiva. ─Siempre la tengo─afirma, muy seguro─. Ya sé que necesitabas desahogarte. Pero nunca te diré lo que quieres oír. Eso es lo que hacen los amigos, ¿no? Creo que con Erik he conocido otro tipo de amor. Uno más honesto, real y necesitado. Amistad sin medidas. Sé que él siempre estará ahí, pase lo que pase. Lo cojo del brazo y apoyo la cabeza sobre su hombro. Le sonrío con la misma timidez que él hace unos minutos. ─¿Soy tu amiga? ─Me temo que sí─bromea. ─Te quiero mucho. Ojalá las cosas hubieran sido distintas entre nosotros. A veces pienso que contigo todo hubiese sido más fácil. ─No siempre lo fácil es lo que merece la pena─él me guiña un ojo.