CAPÍTULO 5

QUINCE minutos antes de la hora convenida con Mike, estoy arreglada y lista para salir con él. Llevo un sencillo vestido de color cereza fruncido a la cintura que termina en una falda de vuelo hasta las rodillas, acompañado de unos zapatos de tacón de color camel y una americana negra. Está mal que yo lo diga, pero por primera vez en dos meses, me siento sexy y con ganas de gustar a alguien. Sé que no soy una mujer despampanante con un rostro de infarto, pero tengo curvas voluptuosas, unos pechos grandes y un cabello negro que a Héctor le encantaba agarrar. No, Sara. No pienses en Héctor.

Me siento en el sofá, y los pies me tamborilean sobre el suelo. Sólo puedo pensar en mantener la calma. Héctor vuelve a mi mente, y yo lo aparto irritada. ¡Lárgate! Me llaman al teléfono, y un poco sobresaltada por el recuerdo de Héctor, contesto de manera brusca. Cuando no obtengo respuesta, aprieto los dientes. —¿Sí?—repito—. ¿Quién es? Silencio. Escucho una respiración ronca al otro lado de la línea telefónica. Me enfado. —Estoy harta de tus llamadas, pero te juro que... —trato de buscar un tema de conversación, porque sé que si mantengo la línea en activo, Erik podrá rastrear la llamada. —Sara, es la primera vez que te llamo. Lo siento mucho. Lo que le sucedió a tu hermana...yo... —la voz masculina rompe a llorar. ¡Es mi padre! Es la primera vez que escucho su voz desde que nos encontramos en aquel callejón. No puedo soportarlo, y no estoy preparada para hacerle frente. Aprieto tanto el teléfono que me lo clavo en la palma de la mano. —No vuelvas a llamar─le ordeno. Cuelgo el teléfono y me levanto de repente del sofá. Salgo a la calle a que me dé el aire, porque lo necesito fervientemente. No entiendo cómo mi padre ha conseguido mi número de teléfono. Lo odio. He tardado quince años en olvidarlo, y se empeña en aparecer justo ahora. —¿Tan ansiosa estabas por verme?—pregunta la voz de Mike a mi espalda. Trato de diluir mi expresión trágica y me doy la vuelta. Mike me mira con los ojos entrecerrados. —¿Estás bien? —Perfectamente—miento. Mike se encoge de hombros, me agarra de la mano y me lleva con él hasta su coche. Me abre la puerta del copiloto y luego se monta en el asiento del conductor. —¿A dónde vamos? —Había pensado en un sitio poco céntrico. Por nuestro bien—se ríe. —¿No te gusta que te vean conmigo?—sorprendentemente no estoy enfadada. —Al contrario—él me sonríe—, a ti no te gusta que te vean conmigo. Yo me quedo callada. Eso no es cierto, ¿o sí? Mike conduce hacia un sitio desconocido para mí. De repente, el coche se adentra en una calle estrecha y adoquinada. Aparca en una zona solitaria y se baja del vehículo. Yo lo acompaño, un poco sorprendida de que haya elegido un sitio despoblado de vida humana. En la calle no hay absolutamente nadie. —Te has tomado en serio lo de que no sea un sitio céntrico—le digo, observando la calle desértica. —Algo así. Él me toma de la mano y ascendemos por una cuestecita. A medida que vamos ascendiendo, escucho el sonido de la música. Miro de reojo a Mike, intrigada por el sonido, pero él no comenta nada al respecto. Continuamos ascendiendo, y el sonido se hace más cercano. Llegamos a unas escaleras, y subimos diez escalones hasta encontrarnos con una multitud que no repara en nosotros. Bailan al son de la salsa, comen alrededor de una larga mesa y juegan a las cartas en el porche de la única casa de la zona a kilómetros de distancia. —¿Dónde estamos?—pregunto, maravillada y extrañada por el entusiasmo de la gente. Leo un cartel que corona la entrada.

PROHIBIDO VENIR SIN PAREJA.

Mike me mira y esboza una sonrisa ladeada. — ¿Te gusta bailar? No podía venir solo—él me coge de la mano y me adentra en la pista de baile. Un hombre de aspecto rotundo, ojos redondos y mejillas tiernas se acerca a nosotros en cuanto nos ve llegar. —¡Roberto!—Mike lo abraza y le palmea la espalda. —¡Pensé que no ibas a venir! Y trajiste a esta preciosidad —Roberto me da dos besos—. Soy Roberto, y es un placer festejar mi cumpleaños contigo. —Encantada de conocerte, Roberto. Me llamo Sara. ¡Felicidades! —me presento encantada. —¡Sara! A ver si adivinas cuántos años cumplo... ¡No los aparento! Estoy a punto de responderle, pero una mujer se lleva a Roberto a bailar, y vuelvo a quedarme sola con Mike. Él me mira como un niño pequeño que necesita la aprobación para continuar. Y su gesto me parece espontáneo y tierno. —A un cumpleaños...—le digo. —Pensé que necesitabas diversión—me explica. Mike me coge de la cintura y pone su mano derecha en el centro de mi espalda. Siento el calor allí donde me toca, y me obligo a reaccionar y a colocar mis manos sobre sus hombros. —Me alegro de que me hayas traído, porque bailo genial. —Permíteme que yo lo averigüe. Mike me da la vuelta repentinamente, y mi espalda choca contra su pecho. Su aliento cálido me roza la nuca, y sus caderas se mueven detrás de las mías. Un contacto demasiado íntimo, pero al percatarme del resto de la gente, me doy cuenta de que todos bailan así de pegados. —Dicen que el baile es el sexo de la música—me incita su voz, susurrando en mi oído. Yo me ruborizo, y doy gracias a que esté de espaldas a él. Si se percatara de mi expresión, estoy segura de que bromearía al respecto. La mano de Mike baja hacia el lateral de mi cadera, y una de sus piernas se adentra entre mis muslos. No es algo sucio, lo sé por cómo se mueve el resto de la gente. Pero ellos no tienen como pareja a Mike. Ellos no me tocarían como lo hace él. Inconscientemente muevo mis caderas al son de la música, y Mike apoya sus manos sobre los laterales de mi cadera. Entonces me da la vuelta, y nos quedamos de pie, moviéndonos al ritmo de la música y mirándonos a la cara. Sus ojos brillantes me miran con ardor. Me desea. —¿Quieres que te demuestre lo que hay de cierto en esa afirmación?—me tienta. —Para eso tendrías que ser un buen bailarín —lo provoco. Mike se ríe, me coge una mano y tira de mí hacia él, para bailar aún más pegados. Pero unas manos fuertes y grandes me abrazan por detrás y me alejan de él. —Te la robo. Una mujer tan bonita no puede estar con este pendejo rubio—bromea Roberto. Yo también me río, y para sorpresa de Mike, comienzo a bailar con Roberto. Me dejo llevar. Siento el ritmo de la música en cada músculo, en cada respiración y en cada movimiento. Roberto, a pesar de su corpulencia, es un excelente bailarín. Lo lleva en la sangre, y supongo que sus raíces colombianas le dicen cómo moverse.

Voy cambiando de pareja todo el rato que dura el baile. A veces con hombres. A veces con mujeres. Me río, bailo y me dejo llevar. Disfruto de la música, y del cariño espontáneo de la gente a la que no conozco, pero que me trata como si fuera de la familia.

Aprovecho un momento en el que me quedo sola para acercarme a la mesa de las bebidas y tomar un refrigerio. Mike me alcanza en ese momento.

—Mi turno—él me agarra de la mano y me adentra en la pista de baile. Bailamos pegados. Muy pegados. Con nuestros cuerpos fundiéndose al son de la música. Soy consciente de que las manos de Mike se mueven por cada parte de mi cuerpo. Dirigiéndome en el baile, seduciéndome indirectamente. De vez en cuando nuestras miradas se cruzan, y descubro que él me gusta más de lo que pensaba. Tal vez sea posible olvidar a Héctor. Tal vez... —¿Y bien? ¿Cuál es mi edad?—me pregunta Roberto con una amplia sonrisa cuando la música se apaga. —Cuarenta y tres años —digo sin pensar. Roberto parpadea anonadado. —Es buena—comenta sorprendido. No le digo que se lo pregunté a su mujer cuando bailé con ella. —Deberías oírla cantar. Es aún mejor—se ríe Mike. —¿En serio? El karaoke va a empezar en unos minutos. Puedes ser la primera. Le echo una mirada recriminatoria a Mike, quien la recibe con una risilla. Idiota. Roberto me arrastra hacia el micrófono a pesar de mis continuas negativas. En cuanto alcanza el micrófono, todo el mundo se queda callado y expectante. Yo me pongo roja y cruzo las manos por detrás de mi espalda. Mike me saluda desde la distancia, encantado de la vida. Juro que lo mato. Roberto comienza a hablar.

—Quiero agradeceros a todos que estéis hoy aquí conmigo en este día tan especial para mí. No hay nada mejor que celebrarlo con todos vosotros—se escuchan aplausos y alguna que otra lágrima—. ¡Y ahora, que comience el karaoke! Tengo el placer de presentaros a Sara, una reputada cantante y amiga de Mike.

¿Una reputada cantante? Empiezo a hiperventilar y me abanico con las manos. Miro a Mike, quien asiente muy serio, pero que por dentro debe de

estar partiéndose de risa. —Como ya sabéis, Mike es un gran amigo para mí. Gracias por estar conmigo. Sara, el micrófono es todo tuyo. La gente aplaude y vitorea mi nombre. Me pongo roja como un tomate, me sudan las palmas de las manos y me tiembla todo el cuerpo. Imagino que estrangulo a Mike con el cable del micrófono, y me siento un poquito mejor. La música suena con la canción que yo he elegido, y entonces... —¡¡¡¡¡A quiiiiieeeeeeeeeeeeen le importaaaa lo que yo haga...!!!! —canto a grito pelado. Total. El mal ya está hecho. Quizá por el hecho de que la gente está muy borracha, o porque yo lo doy todo en el escenario, comienzan a aplaudir, a vitorear mi nombre y a cantar conmigo. Me lo paso tan bien que canto dos canciones seguidas, mientras me percato de que Mike no me quita ojo de encima. Sonríe y me aplaude, y cuando termino, me acerco a él. —Si me descuido, me vas a hacer la competencia en el mercado musical—se ríe. —Qué gracioso—le digo, aunque en el fondo estoy encantada por pasármelo tan bien y olvidarme de todo—. ¿De qué conoces a Roberto? —Es mi mánager. Y mi mejor amigo. Para las personas como él, sus amigos son su familia. Y ahora yo formo parte de ella. —Es muy amable. —Lo es.

Mike se queda callado, y mira hacia el horizonte. Yo hago lo mismo, pero al no ver nada, vuelvo a mirarlo a él. —No me fui porque tuviera trabajo que hacer—declara. Apenas me sorprendo. —Me fui porque necesitaba alejarme de ti. Eso sí que me sorprende. Mike se vuelve hacia mí y me coge la mano. —Salgamos de aquí. Apenas hablamos durante el trayecto en coche. Mike parece un poco más tenso que de costumbre, y sus palabras azotan mi mente. ¿Por qué necesitaba alejarse de mí? Ni siquiera reparo en que él me lleva a casa, y detiene el coche frente al portal. Intento no estar decepcionada, pero un irracional sentimiento cargado de decepción me oprime el pecho. Realmente no le gusto. Ni un poquito. Entonces, él se quita el cinturón, se vuelve hacia mí y echa la cabeza hacia atrás. El cabello rubio y desordenado le cae en todas las direcciones, y él cierra los ojos, se ríe tensamente y vuelve a abrirlos. Cuando me mira, luce en sus ojos azules la mayor determinación. —Normalmente no me cuesta ser directo, ni dar el primer paso —me dice, y parece hablar más para él que para mí, aunque sus ojos no dejan de mirarme— pero tú...me pones nervioso. No puedo creerlo, pero así es. No me he dado cuenta de que me he acercado a él todo lo posible. Peligro. Mucho peligro. —Cuando quiero algo lo digo—me dice, y deja un dedo sobre mi mejilla. Siento el pulso en la garganta, y el calor abrasador de su toque sobre mi piel. —¿Y qué es lo que quieres?—pregunto, con la voz entrecortada. Me acelero... Mike deja caer la cabeza hacia delante, se aparta el cabello de la frente y los ojos le brillan cuando vuelve a mirarme.

—Tienes dos opciones, Sara. Si te vas a tu casa, prometo no volver a molestarte. Pero si me llamas, no me costará decirte que sí. Si te quedas en el coche, te desnudaré, besaré, morderé y tocaré cada parte de tu piel como llevo soñando hacer durante estos últimos dos meses.

Las palabras se estrangulan en mi garganta, y emito un gemido como única respuesta. Me quito el cinturón sin decir nada, agarro el pomo de la puerta, sin dejar de mirar a Mike. Y cuando estoy a punto de salir corriendo, todo el deseo acumulado explota.

Me dejo caer sobre él, y aprieto mis labios contra los suyos. Apenas nos rozamos, y su boca se entierra en la mía con auténtica devoción. Sus manos están en todo mi cuerpo, y él me muerde el labio inferior para obligarme a abrir más la boca. Apenas soy consciente de que traslado todo mi cuerpo sobre el suyo. Que me siento sobre sus caderas, y que él mete sus manos por dentro de mi camiseta. Estoy alcoholizada por sus caricias, y soy consciente de todo y nada. Demasiada intensa lujuria a la que hacer frente.

Mike me hace delirar cuando aparta su boca de la mía y yo gimo. Entonces él muerde mi barbilla, y me lame. Y me muerde. Hasta que yo me derrito y creo que no soy nada.

Oh...sí que es bueno en esto. Gemimos dentro del coche, y los cristales se empañan debido a nuestras respiraciones entrecortadas. Jadeantes suspiros de placer. Puedo sentir sus manos apresando mis pechos por encima del sujetador. Y yo me aprieto contra la erección que siento en sus pantalones. Mike aparta el pelo de mi cuello, y me muerde como si fuera carnívoro. Casi estoy a punto de pedirle que me devore, cuando él me tumba sobre el volante y besa la base de mi garganta. Él iba en serio con aquello de tocar, besar y morder cada parte de mi cuerpo. —Mike...—le suplico. Y no sé exactamentequé... Él apoya la frente sobre mi pecho y deja un casto beso sobre mi estómago que me sabe a poco. Sus manos me apresan las nalgas, como si no me escuchara. Está demasiado ocupado subiéndome la camiseta. Y yo estoy a punto de decirle que este no es el lugar indicado para desvestirme, cuando... —¡Sara! ¿Qué estás haciendo? —me grita una voz. Los nudillos golpean sobre la ventanilla del coche, lo que nos sobresalta. Me encuentro con los ojos llameantes de mi padre, justo la mirada paternalista que menos necesito en este momento. Y pese a mi supuesta indiferencia, me bajo la camiseta, me despego de Mike y me siento en el asiento del copiloto. —¿Qué estabas haciendo? —me pregunta mi padre, muy asombrado. Bajo del coche y cierro de un portazo. El frío de la noche le viene bien a mi abrasado cerebro, candente por las llamas de la lujuria. Tiene una mezcla de rabia espontánea y calentura interrumpida que me agobia. —Justo lo que pensabas—le gruño, como un perro al que acaban de quitarle una jugosa pieza de carne. Mi padre me mira avergonzado. Justo la expresión que yo debería tener en este momento. Sólo que no puedo. La rabia es demasiado intensa como para permitirme sentir cualquier otra cosa. Mike me coloca una mano sobre el hombro y se pone delante de mí, justo entre mi padre y yo. —Todo está bien. Es mi padre—lo informo. Mike se sobresalta un poco, y ahora es él quien se coloca detrás de mí, lo cual es bastante cómico. —No te preocupes, ya se iba—le digo a Mike, sin dejar de mirar a mi padre. Mike parece captar el mensaje oculto de mis palabras, porque me echa un brazo protector sobre el hombro. —De ninguna manera—me sobresalta mi padre. Yo me río tensamente. —La jugada del padre avergonzado llega con unos años de retraso, ¿no te parece?—lo ataco. Él se desinfla. —Sólo quiero hablar contigo—me suplica. —No tenemos nada de qué hablar. —¿Qué tal si hablamos de tu sobrina? ¿De mi nieta? Él vuelve a sobresaltarme. —No te atreverías... —doy un paso hacia él, con los puños cerrados y amenazantes. Le partiría la cara si se acerca a Zoé. Él pone las manos en alto, como disculpándose. —No—me asegura. Intenta acercarse a mí, pero se encuentra con que Mike se lo impide—, sólo quiero hablar contigo. Sólo eso. A solas—eso va para Mike. Asiento con recelo. —¿Quieres que me vaya, Sara? Porque no lo haré si tú no me lo pides. —Sí, será mejor que nos dejes a solas—le pido. Él parece un poco decepcionado, pero asiente y se mete en el coche. Cuando nos quedamos a solas, mi padre se acerca hacia mí. Quizás intenta darme un abrazo, no lo sé, pues yo lo rechazo como si fuera una serpiente. Él deja caer los brazos a ambos lados, y los ojos se le llenan de lágrimas. Parece muchos años más viejo. Pero juro que no conseguirá darme pena. —Cuando me enteré de lo que le sucedió a tu hermana... —la voz se le quiebra, y se echa las manos a la cara. Comienza a llorar como si fuera un niño pequeño, y cualquier atisbo de compasión que yo pudiera sentir hacia él desaparece—... He tardado varios meses en reunir valor para acercarme a ti. Necesitaba verte. Pedirte perdón. —No es necesario—respondo fríamente. Pateo una inexistente piedra en la acera, y me meto las manos en los bolsillos. Los ojos me pican... ¡Pero por Dios que no voy a llorar por esta basura! —Sí que lo es. Me marché. Mereces una explicación—me dice. Se quita las manos de la cara y me mira con los ojos llorosos y enrojecidos. Yo le sonrío. La sonrisa más artificial y cruel que logro fingir. —Hace mucho tiempo que dejé de buscar respuestas. Ya ni siquiera las necesito —paso por su lado, y le pongo las manos en los hombros. Me duele tocarlo, pero necesito hacerlo. Necesito hacerle tanto daño como él me hizo a mí—. Olvídate de mí. Yo ya te olvidé. Camino con decisión hacia el portal. Mi padre habla, a pesar de que me estoy alejando. —Haré lo que sea para que me perdones, hija mía.