CAPÍTULO 2
EN la comisaría de Policía más céntrica de toda Sevilla reina el ruido más molesto. Ordenadores trabajando hasta freír sus discos duros, policías caminando de uno a otro lado, y el cuchicheo constante de las miradas indiscretas que recaen sobre mi persona. ¡Eh, sí, soy Sara Santana! Exnovia de Héctor Brown, supuesta amante de Mike Tooley y furcia de Julio Mendoza, me dan ganas de gritar a pleno pulmón.
Pero todo lo que hago es tocar el hombro de mi tía y susurrarle al oído: —Tal vez habría sido mejor que no hubiera venido—me lamento. —¡Pero qué cosas dices!—exclama mi tía en voz alta, como si varias personas no nos estuvieran mirando. He de admitir que la indiferencia con la que mi tía actúa ante los maliciosos comentarios de los cotillas sin escrúpulos es digna de admirar. Aunque cuando esos comentarios recaen sobre tu propia persona, ignorarlos es una tarea muy difícil. —Sólo digo que si queríamos que lo que ha pasado se tratara con la mayor discreción, me he equivocado al venir. Tan sólo hay que percatarse de cómo me mira todo el mundo... —Envidiosos—sisea mi tía, clavando la mirada en una señora de su misma edad— y cotillas. La aludida infla los morros y se pone colorada, pero por suerte, la sangre no llega al río. —¿Señora Santana?—pregunta un policía. Mi tía se levanta de inmediato. Yo hago lo mismo. —Sí, soy yo. Y he de decirle que llevamos más de dos horas esperando... El policía interrumpe a mi tía sin ninguna cordialidad. —Su marido está detenido por un delito de lesiones. No es algo que pueda tomarse a broma. —¿Lesiones? ¡Pero si tan sólo tenía un par de rasguños en la cara! —exclama mi tía malhumorada. El policía suspira, agotado por tener que lidiar con mi tía. Yo intercedo en ese momento. —¿Cuándo saldrá? Lleva casi veinticuatro horas en prisión. Al menos, podrían dejarnos que lo visitáramos. —Las diligencias aún no han terminado. —¡Pues qué lentos!—se indigna mi tía Luisa. Yo le doy un codazo para que se calle, pero en ese momento, una figura conocida y a la que me alegro de ver aparece en la sala. En cuanto lo veo, me relajo de inmediato. —Ya me encargo yo, David—le dice Erik. —Pero... —No hay peros. El agredido ha decidido no denunciar, y puesto que las lesiones no son importantes ni requieren atención médica, decreto la inmediata puesta en libertad del detenido. El tal David le echa una mirada recelosa a Erik. —Te estás saltando... —Soy tu superior. Haz lo que te digo—le ordena. El tal David suelta un gruñido de disgusto y desaparece de la sala. Yo sonrío a Erik, agradecida porque haya aparecido en el momento oportuno. —Gracias por venir —le digo. —No es nada—responde simplemente. —¡Huy, qué chico tan majo! ¿Sabes?, tienes un aire al actor ese que hace de Capitán América... ¿Cómo se llamaba?—mi tía sigue con sus delirios intrascendentes—. ¡Sara! ¿Cómo se llamaba? —Chris Evans. —Eso, Chris Evans. Eres igual de guapo que él. ¿No te gusta mi sobrina para ti? Es un poco insoportable, pero una vez que la conoces, le coges cariño—se sincera mi tía. Erik la mira sorprendido. Yo me echo las manos a la cara. Lo que faltaba. —Eh...gracias por el halago. Supongo. Omite cualquier referencia a la necesidad de mi tía de emparentarme con cualquier persona del género opuesto. Todo un detalle. Mi tío Rafael llega acompañado por el mismo policía que se marchó. Este le quita los grilletes, mientras mi tía Luisa se lanza a sus brazos y le besuquea todo el rostro. Mi tío Rafael pide que vuelvan a encarcelarlo, y yo me río ante el comentario. Cuando nuestras miradas se cruzan, siento el cariño infinito hacia este hombre que, sin pretenderlo, se ha convertido en el padre que nunca tuve. Aunque se empeñe en aparecer ahora. Mi tío Rafael se acerca hacia mí y me habla en voz baja, mientras tía Luisa está palpando con descaro el bíceps de Erik. —Lo siento, pero no me pude contener. Aparecer ahora que lo estás pasando tan mal. Qué desfachatez—me dice muy disgustado. —Le tendrías que haber zurrado más fuerte—lo disculpo. Cuando Erik logra zafarse de tía Luisa, acude hacia donde estamos. —Sara, ¿puedo hablar un momento contigo?—me pide. Estoy a punto de contestar, pero la espabilada de mi tía lo hace por mí. —¡Claro que puedes! —En privado—asevera Erik. Mi tía pone mala cara, pero yo la ignoro y me alejo con Erik hacia una esquina solitaria de la sala. —En serio, gracias por lo que has hecho. —No tiene importancia. Ya te lo he dicho —asegura él—, he hablado con tu padre—me suelta sin más. Así es Erik. Una persona que no da demasiados rodeos para decir lo que piensa. —Sea lo que sea que te haya dicho; no me interesa—espeto, de repentino malhumor. —Ya veo—asiente, al ver mi expresión. Yo lo miro sorprendida. —¿No vas a insistir? —No soy la chiquilla de los recados—me suelta, un pelín disgustado—. ¿Te apetece salir esta noche? —Pues... —me lo pienso antes de responder. No me apetece, pero teniendo en cuenta mi racha, lo mejor que puedo hacer es salir para despejarme—...sí, me apetece. —Mentirosa—se burla—. Te recojo a las diez. A las diez en punto, Erik me recoge en casa de tía Luisa. Llega completamente vestido de negro, lo cual me extraña. Y parece tenso, por la forma en la que agarra el volante. —¿Adónde vas, Vin Diesel? —me río. —Tu vigilas y yo entro. —¿Qué?—pregunto sin entender. Erik le echa una mirada desaprobatoria a mi ropa. Un vestido ceñido de color fucsia. —Debido a tu...colorido atuendo, será mejor que te quedes fuera vigilando. —¿Fuera de dónde? No te entiendo. Si vamos a ir a cenar, no esperarás que me quede fuera—me indigno. Qué poca consideración tiene este hombre... —Yo no dije que fuéramos a cenar—me dice tan pancho. —Pues tengo hambre. —Comeremos algo por el camino. —¿Pero adónde vamos?—inquiero intrigada. —Lo he estado vigilando. Sale todos los sábados a las diez y media de la noche de su casa para ir a un club de salsa. Tenemos vía libre para entrar y recuperar las fotos. Abro mucho los ojos, sorprendida por su temeridad. —¿Vamos a casa de Julio Mendoza?─pregunto emocionada. Erik suspira agotado. —Sí, ¿a dónde si no? Me siento un poco idiota al pensar que Erik quería invitarme a cenar. Pero luego, la excitación por devolvérsela a Julio Mendoza va creciendo por momentos.
—No me hace ni puñetera gracia aparecer en todos los medios de comunicación del país—me explica—, tú vigilas, y yo entro y recupero las fotos.
—Podrías habérmelo dicho antes. —No me fío de ti. Hablas mucho. —¡Te piensas que me iba a ir de la lengua!—exclamo indignada. —No es culpa tuya. Forma parte de tu carácter. No puedes estarte
callada por más de dos segundos—me disculpa. Me lleno de aire y lo suelto muy lentamente. Me obligo a mí misma a estar en silencio durante un buen rato, pero al final, cuando ya no puedo más, exploto.
—¡Pues mi tía dice que mi vestido es muy bonito! Llegamos a Villanueva del Lago a las diez y media de la noche. Al adentrarnos en el bosque, Erik apaga las luces del coche y aparca en medio del sendero para evitar ser descubiertos. Bajamos del coche y caminamos en dirección a la casa de Julio Mendoza, pero el crujido de una rama, seguido de unos jadeos premonitorios, me apartan del camino.
—Escucha eso—le digo en un susurro. Erik va hacia donde estoy y percibe lo mismo que yo. Se encoge de hombros y me coge de la mano, tirando de mí. —Adolescentes en pleno descubrimiento de su sexualidad. Vamos —me apremia. Yo me zafo de su agarre y echo una mirada curiosa hacia el lugar desde el que provienen los jadeos. —Sólo un vistacito —sugiero, detenerme. —¡No!—exclama él en voz baja. Yo asiento con cara de niña mala y corro hacia el lugar desde el que provienen los jadeos. Si no echo un vistazo, reviento de demasiado curiosa como para curiosidad. Erik me sigue sofocado y susurra mi nombre, mientras yo me apresuro a llegar hacia la escena antes de que él me detenga. No hace falta. Me paro de inmediato al observar la escena que hay ante mis ojos. Erik se tropieza contra mí, y se queda sin habla al ver lo que estoy mirando. Un hombre de avanzada edad con los pantalones medio bajados. Su poblada barba blanca se pierde en el rostro de Adriana, mientras esta echa la cabeza hacia atrás y le rodea la cadera con las piernas. —¿Tú...follas con tu familia? Porque yo no—le digo, asqueada por la escena. Erik está tan pálido y sorprendido como yo. —Vámonos—le pido angustiada. Retrocedemos poco a poco haciendo el menor ruido posible, hasta que llegamos a la salida del bosque y nos adentramos en el claro. Apenas percibimos la cabaña de Julio Mendoza, Erik me toma del brazo y me lleva hacia un frondoso árbol que nos oculta de todo. —No vayas a decir nada de lo que has visto. A nadie. Adriana es una buena chica, y lo está pasando muy mal. Aunque lo que hayamos visto sea...ciertamente perturbador—sacude la cabeza, un tanto contrariado. Le echo una mirada altiva, ofuscada por su tono recriminatorio cuando ni siquiera he hecho nada que pueda ponerlo sobre aviso. —¡¿Por quién me tomas?! Demasiado tengo con que se metan en mi vida como para andar metiéndome en los asuntos de los demás —estallo, un poco herida porque él tenga esa imagen tan frívola de mí. —Por si acaso. Me suelta de inmediato. Sin poder evitarlo, le suelto una de mis repentinas pullitas. —No sabía que Adriana te importara tanto—me burlo. —¿Te importa que me importe?—pregunta con una ceja enarcada. —No. Sólo quería poner en evidencia tu mal gusto para las mujeres. Erik se queda paralizado, y yo me llevo la mano a la boca. No debería haber dicho tal cosa, sobre todo, teniendo en cuenta que hace cosa de un mes declaró sus sentimientos hacia mí y yo lo rechacé sin miramiento alguno. —¿Te gusta humillar a la gente?—sugiere mi subconsciente, renegando por completo de mí.
Erik me mira como si no me viera. — Será que me gustan las mujeres problemáticas —apunta con desagrado. Se da la vuelta para entrar en la cabaña. —Tú vigila—da un par de pasos, se detiene y me habla sin mirarme— y cierra la boca. Me pongo a vigilar la cabaña, con el resquemor de que, como siempre, debo cerrar la maldita boca antes de hablar. Centrándome en mi tarea de vigilancia, aparto los pensamientos de mi mente y me pongo a escudriñar el horizonte. A pesar de no encontrar ningún intruso a la vista, siento el murmullo del bosque sobre mis hombros, lo que me pone los vellos de punta. Es como si el bosque quisiera mostrarme un mensaje secreto y revelador. Y ahora lo entiendo. Tan sólo hay tres sujetos que sepan quién es el asesino de mi hermana; su propio asesino, mi hermana y el bosque. Y uno de ellos ya está muerto. Miro hacia el espeso follaje, tratando de centrarme en la vigilancia que Erik me ha encomendado. No hay nada que me apetezca más que descubrir al asesino de mi hermana. Pero ni yo hablo con las plantas, pues cantarle al bonsái cada vez que lo riego no cuenta; ni este es el momento más oportuno. El murmullo del bosque no cesa en ningún momento, como si quisiera desvelarme un secreto. Avisarme de algo. El viento de invierno sacude las ramas, y las hojas se mueven, danzando con el viento y produciendo una canción melancólica que sólo yo puedo entender. Habla de añoranza, tristeza y pérdida. No quiero escuchar lo que me dice, por lo que cierro los ojos y me tapo los oídos. Tan pronto me doy cuenta de la estupidez de mi comportamiento, los abro de inmediato, y me encuentro con unos ojos brillantes que me observan fijamente desde la lejanía del claro, internos y escondidos por el espesor del bosque. Me quedo paralizada por el miedo, y me froto los ojos para asegurarme de que lo que estoy viendo es real. Cuando los ojos brillantes permanecen en el mismo lugar, corro hacia la cabaña y comienzo a aporrear la puerta.
—¡Erik, Erik!—lo llamo angustiada. La puerta se abre al cabo de unos segundos, y Erik aparece con un sobre en la mano y una sonrisa triunfal. —Las he encontrado. —Nos han visto—lo interrumpo. Su rostro se ensombrece. Yo señalo hacia el lugar en el que estaban los ojos, pero estos han desaparecido. Me vuelvo hacia él, un poco contrariada. —¿Estás segura? —Pude ver sus ojos. Brillantes por la oscuridad. No hacía nada. Sólo me miraba. Erik me pone una mano sobre el hombro. —Entonces no tenemos de qué preocuparnos. Quien quiera que fuera, tampoco quería ser visto—me dice. Y como no puede ser de otra forma, yo me preocupo. Y mucho. Erik me deja en casa de mis tíos con la promesa de destruir todo el material. No albergo duda alguna, puesto que tanto él como yo no tenemos ninguna intención de que ese material salga a la luz. No nos hablamos al despedirnos, pues los sucesos de nuestra “salida nocturna” están demasiado frescos como para sacarlos del cajón de mierda en el que se han encerrado. Bajo llave. Mi tía Luisa me espera despierta en el sillón, como cada vez que yo era una adolescente y llegaba de noche, mientras mi madre estaba en la cama por otra de sus discusiones con mi hermana. Al verme llegar, una sonrisa se le planta en la cara. —¿Te lo has pasado bien con tu amigo el policía?—me pregunta, como si yo fuera una niña pequeña. —Sólo somos amigos, tía—le aseguro. —Todavía sigues amando a Héctor. Me dejo caer sobre el sofá, como si fuera un peso muerto. —Está en todos y cada uno de mis pensamientos—me sincero. Mi tía me aprieta la mano y se sienta a mi lado.
—¿Hay algo más que te preocupe, aparte de Héctor y tu hermana? —Ya sabes todo lo que me preocupa. —Es cierto. Siempre fuiste un libro abierto—ella me acoge entre
sus brazos y yo recibo su abrazo, encantada de la vida—. Tu madre siempre te quiso mucho. La enfermedad... — Ambas sabemos que siempre estuvo demasiado ocupada intentando comprender a mi hermana. —Sara... —me censura—... Eso no es cierto. Tu madre te quería. Pero el abandono de tu padre y las constantes peleas con tu hermana la destrozaron. No tengo ganas de discutir con ella, pues es su hermana y siempre estará en la obligación de defenderla. —Supongo—respondo, nada convencida. Mi tía Luisa me obliga a mirarla. —Eres la luz de mi vida, Sara. Sabes que tu tío y yo nunca pudimos tener hijos, pero para nosotros, tú eres nuestra verdadera hija. Haríamos cualquier cosa por ti, y deseamos que seas feliz. Yo soy incapaz de perdonar a tu padre por lo que le hizo a mi hermana, pero al fin y al cabo es tu padre, y si tú algún día quieres perdonarlo... —la voz de mi tía se quiebra. —Jamás—sentencio, con una voz que no parece la mía. —Nunca digas nunca. Tu tío te quiere. Él siempre se ha creído con el derecho a ser tu padre. Por eso, cuando vio aparecer a tu padre se enfadó tanto. Supongo que tuvo miedo. —¿Miedo? —Sí. Miedo a perderte. —Vosotros nunca me perderéis. Sois y seréis mi verdadera familia. En cuanto a mi padre...lo único que obtendrá de mí será indiferencia. Después de la conversación con mi tía, me tumbo en la cama con la sensación de tranquilidad que me ofrece el hecho de que las fotos de Julio Mendoza nunca verán la luz. Erik ha conseguido la tarjeta de memoria y la copia impresa. Además, ha borrado las imágenes del disco duro del ordenador del periodista. Ojalá pudiera ver la cara de Julio cuando se percate de que las fotos han desaparecido. ¡Chúpate esa, Julio! Por desgracia, no logro conciliar el sueño. Unos brillantes ojos se adentran en mis sueños, convirtiéndolos en pesadillas. No sé por qué, pero me da la sensación de que el asesino de mi hermana está dispuesto a cumplir su promesa: perseguirme hasta que consiga darme caza.