CAPÍTULO 22
ME estoy preparando para mi cita con Erik cuando tía Luisa llama a la puerta de mi habitación. Le pido que entre, y en cuanto me percato de su expresión, soy consciente de que me va a tocar aguantar otra de sus charlas.
─ ¿Tienes un momento? ─Tía... ─me adelanto. Ella se lleva el dedo a los labios, instándome a callar. ─Sara, a mí no me engañas. Son muchos años conociéndote. Me cruzo de brazos y empiezo a refunfuñar, pero ella se mantiene
firme. Así que, al final, claudico y le cuento todo lo que ha sucedido. Mi reencuentro con Héctor, mi relación con Mike e incluso la existencia de una nueva hermana.
─ Hija, me has dejado sin palabras ─responde, sin salir de su asombro. Me encojo de hombros, restándole importancia. ─¿Tú crees que el amor se olvida?─le pregunto. ─Creo que aprendemos a vivir sin las personas a las que amamos, pero cuando un amor es de verdad, nunca se olvida. Tras esa frase tan sincera y derrotista, le pido que me deje sola para terminar de arreglarme. Erik me recoge a las diez de la noche, y tras insistir a Sandra para que nos acompañe, ella se da por vencida y acepta. Cuando le pregunto por qué está tan incómoda, ella cuchichea a mi oído cuando cree que Erik no nos oye. ─No sé qué haces para rodearte de hombres tan atractivos, y yo no quiero interrumpir tu cita. Le voy a responder que mi vida no es tan superficial como puede aparentar ser a simple vista, pero Erik se entromete en la conversación. ─Sara y yo no somos pareja. Dios me libre. Lo fulmino a través del espejo retrovisor, pero él sólo ensancha una sonrisa. Quince minutos más tarde, y ante mi insistencia, llegamos a La Blanca Paloma, un bar de tapas situado en Triana, localizado en un enclave exclusivo entre la calle San Jacinto y Pagés del Corro. En mis años universitarios, siempre venía a este sitio a tapear y beber cerveza hasta perder la conciencia. Nos sentamos en una mesa frente a la ventana, y comemos y bebemos hasta que ya no podemos más. Erik y yo nos picamos a ver quién de los dos se mete más con el otro, y Sandra asiste atónita ante la escena, sin saber que ambos somos así de sinceros y que en el fondo, somos incapaces de guardarnos rencor. Voy al cuarto de baño, pero en el camino, una escena en la calle llama mi atención, y durante un momento me quedo de pie, sin saber si debo intervenir o hacer como que no he visto nada. Pero algo me dice que esa discusión tiene algo que ver conmigo, por lo que, aprovechando que Erik y Sandra no me ven, salgo a la calle, donde Jason y Julio Mendoza están enzarzados en una discusión. ─¿Hola?─saludo sin saber qué otra cosa puedo decir. Ambos se giran hacia mí, visiblemente sorprendidos. La expresión de Jason denota nerviosismo, pero a Julio se le transforma el rostro lentamente, esbozando una sonrisa maliciosa en cuanto se fija en mí. ─Pero si es la putita de Mister Brown... ─escupe con desprecio. Jason lo agarra del brazo y lo aleja de mí. ─Te he dicho que te marches─le ordena al oído. Sin saber a qué se debe ese comportamiento tan extraño, decido intervenir. ─¿Por qué tiene que marcharse?─pregunto. ─¡Sí, díselo!─grita Julio Mendoza, con gran euforia─. Cuéntale que tu jefe lo quiere tener todo controlado. ¿No lo sabías, Sarita putita? Como no entiendo las palabras de ese lunático, miro a Jason con gran desconcierto, buscando que él me aclare lo que está sucediendo. No obstante, mi mente ya empieza a atar cabos. ─¿Saber el qué? ¿Jason? ─Julio Mendoza no está en sus cabales─responde, sin mirarme. Se lleva al susodicho del brazo, y aunque hago el amago de seguirlos, decido que lo mejor es dejarlos marchar, porque acabo de ser consciente, sin tener intención de averiguarlo, de que Héctor, a pesar de que se empeña en ignorarme, no me ha olvidado. Regreso junto a Erik y Sandra, y me siento a su lado fingiendo que no ha pasado nada. Pero durante el resto de la velada, no puedo dejar de pensar en que he hallado respuesta para el extraño comportamiento de Jason. Me estaba vigilando. No importa lo que Héctor intente hacerme creer, porque yo he descubierto la verdad. Él puede poner toda la distancia del mundo entre nosotros, fingir indiferencia y no contestar a mis llamadas, pero lo cierto es que continúa preocupándose por mí. Me enamoré del hombre que lo daba todo por las personas que le importaban, y sin duda, él sigue siendo el mismo hombre. Con sus mismos fantasmas, su necesidad de dar amor y de recibirlo sin medidas. Sin desconfianza. Claudia ya me lo dijo, pero en ese momento yo no supe verlo. Julio Mendoza, en su obsesión malsana por destruir a Héctor, está dispuesto a arrastrar en esa espiral de destrucción a todas las personas que a él le importan. Y Héctor, en su afán por protegerme, ha decidido que Jason lo vigile, y por añadidura, que me vigile a mí. No quiero ni imaginar todas las veces en las que Jason me habrá visto con Mike en actitud cariñosa, ni tampoco si ha mantenido a Héctor informado. No tendría sentido que él hubiera seguido empeñado en protegerme mientras que yo trataba de olvidarlo con Mike. Pero Héctor es Héctor, y si algo no ha sido nunca, es egoísta. Sandra insiste en dejarnos solos, porque está segura de que estamos liados. Yo pongo los ojos en blanco, pero la dejo ir al cuarto de baño, y aprovecho ese momento para preguntarle a Erik qué es lo que tiene que contarme. ─He estado investigando los e-mails que has recibido, y provienen del extranjero. De París, para ser más exactos.
─ París─repito, sin entender quién puede haber en París que me odie tanto. ─Y sin duda, los escribe una mujer. Nada más hay que ver en qué tono están escritos. ─¿Tú crees? No sé...no tengo ninguna enemiga en París. ─Sara...─Erik se pone momentáneamente serio─... No me extrañaría. Estalla en una sonora carcajada, y yo aprieto los labios, muy cabreada. ─Pues a mí no me hace ni puñetera gracia. Me da golpecitos en el hombro, como si tratara de consolarme, pero lo cierto es que no me está tomando en serio, lo cual me enfurece aún más. ─¡Venga ya! ¿No me vas a decir que estás asustada por unos emails absurdos? ─No son absurdos. Sabe cosas de mi vida. ─Todo el mundo sabe cosas de tu vida. No es el gran secreto del siglo. ¡Sales en la televisión constantemente! Me pongo colorada por la vergüenza. ─¡No te rías!─lo zarandeo. Erik echa un vistazo a la salida, y al percatarse de que no hay nadie, dice sin más: ─Ahora que se ha ido Julio Mendoza, te tengo que contar una cosa importante. ─¿Sabías que estaba aquí? ─Lo he visto mientras hablaba con Sandra─responde, con una sonrisa de superioridad que me enerva─, el caso es que después de haber hablado con Claudia, está claro que Julio me mintió. ¿Qué hacía en el lugar del crimen momentos antes de que asesinaran a tu hermana? He pedido una orden de inspección y me la han concedido. ─¿Vas a entrar en su casa? ─Ya lo he hecho, y antes de que me acuses de que no te lo he contado, lo estoy haciendo ahora. En la casa de Julio no encontré ninguna prueba incriminatoria, aunque dado el tiempo que ha transcurrido desde el asesinato, lo cierto es que eso no significa nada. Pero encontré un montón de fotos tuyas. ─¿Fotos mías?─me sobrecojo. Esto pinta peor que un telefilm de sobremesa. ─Saliendo del trabajo, acompañada de tu sobrina... en todas ellas había escrita la misma palabra: «Héctor» en letras rojas. Supuse que aquello tenía más que ver con el odio que Julio le tiene a Héctor que con otra cosa, por lo que contacté con él, y como ya has debido de atar cabos, estuvimos pensando en ponerte protección. ─Lo sabía. ─El caso es que Héctor se me adelantó. ─¡Podrías habérmelo contado antes! ─le recrimino. Hace un gesto con la mano para restarle importancia. ─Te aseguro que no iba a hacerlo, porque Héctor me pidió que lo mantuviera en secreto. Estaba seguro de que te ofenderías si te dabas cuenta, porque creerías que él estaba tratando de controlar tu vida, pero lo cierto es que sigue preocupándose por ti. Eso es todo. Ya que te has enterado, está fuera de lugar que siga ocultándotelo. Estoy tan agotada ante la revelación que pierdo las ganas de discutir. No entiendo por qué Héctor sigue preocupándose por mí. No tiene sentido. ─Porque sigue enamorado de ti. Es tan evidente...─me ilumina Erik, adivinando mis pensamientos. ─No estaba pensando en él─le miento. ─Cuando piensas en él, una arruga te cruza por encima del entrecejo, justo aquí─aprieta sobre el punto, y yo me aparto indignada─. Te voy a dar un consejo porque eres mi amiga, el orgullo no sirve en estos casos, y tú harías bien en pedirle una segunda oportunidad. ─Ni Héctor ni yo queremos una segunda oportunidad─resuelvo, con poca seguridad. ─Qué bien que uno de los dos esté tan seguro. ─¿Qué dices? ¿Has hablado con él? ¿¡Qué te ha dicho!?─me inquieto. Lo agarro de las solapas de su chaqueta y lo zarandeo. Erik me observa con una mirada inquisitiva, y yo lo suelto, tratando de aparentar normalidad. ─¿Y qué si lo hubiera hecho? Tú no quieres una segunda oportunidad. Detesto a este tipo.