CAPÍTULO 32

A la salida del trabajo, dejo a Zoé al cuidado de Sandra y me dirijo hacia el instituto de Adela para constatar que mi hermana no haya faltado a clase, tal y como me prometió. Voy a tener que dividirme a mí misma si quiero ejercer como tía y hermana, lo cual se acabará dentro de quince días.

Así es la vida. Descubro que tengo una hermana, y justo cuando nos estamos conociendo, en el momento en el que ella más me necesita, me tengo que mudar a Alaska si quiero conservar mi puesto de trabajo. Necesito encontrar una solución, y he estado el resto del día buscando ofertas de trabajo desde el ordenador de la oficina. Ni siquiera me he molestado en terminar mi reportaje sobre las tendencias en estampados de la próxima primavera. Seguro que en Alaska no hay primavera. Voy escaneando a los jóvenes que salen del instituto, y empiezo a impacientarme al no ver a Adela por ninguna parte. Diez minutos después un picor nervioso me recorre el cuero cabelludo, y la vena de mi cuello se hincha cuando el instituto se queda vacío. ¡Será mentirosa! Hecha una furia, camino con premura hacia el mismo parque de la vez anterior, y ni siquiera me percato de que un deportivo negro muy parecido al que siempre conduce Héctor está aparcado junto a la acera. Estoy demasiado alterada y decepcionada, y en cuanto diviso a Adela tirada en el césped, riendo ajena a todo mi malestar, me planto frente a ella, la cojo del brazo y ni siquiera le dejo tiempo a reaccionar. Su cara de sorpresa es evidente. ─Te lo puedo explicar...─comienza. ─¿Explicarme el qué? ¿Que eres una mentirosa? ─le espeto.

Ella trata de zafarse de mi agarre, pero le clavo las uñas en el antebrazo y la arrastro conmigo. ─A mí no me expliques nada. Díselo a tus padres. ─¡Te crees que lo sabes todo porque acabas de llegar a mi vida, pero no es así!─estalla, y me echa el humo del cigarrillo en mi boca. Me tengo que aguantar las ganas de estamparle una bofetada, porque no soy su madre, y sé que si lo hago, jamás me lo perdonaría. ─Adela...─le riño, con los dientes apretados. ─¿Sara?─dice la voz de Héctor a mi espalda. Me giro hacia su voz, con el brazo de Adela aún agarrado. Me quedo bloqueada al verlo justo allí, tan guapo y delgado. Tiene una mezcla de vulnerabilidad y desconcierto que lo hace más magnético, enigmático...follable. ─Hola. Te presento a mi hermana─hago un gesto de cabeza hacia Adela, y él la observa con desconcierto. ─Tú...no sabía que tuvieras una hermana─responde, sin quitarle la vista de encima a Adela, y luego volviendo a mirarme a mí, como si tratara de encontrar las siete diferencias. ─Han pasado muchas cosas desde que tú no estás─le explico, y no puedo evitar desprender rencor. ─Podrías contármelas, soy bueno escuchando─se interesa. Y por su gesto de preocupación, sé que ahí está. Él hombre del que me enamoré, del que sigo enamorada. Ese tipo dispuesto a ayudarme, escucharme... ─¿Por qué ibas a querer escuchar mis problemas...?─me niego. No está bien. Debo alejarme de él. Se supone que eso es lo que él quiere, a pesar de que me despiste con esa actitud tan ambivalente que tiene hacia mí. ─Porque me importa lo que te pase. Lo dice con tal naturalidad, con esa voz grave y ronca, que no puedo evitar sentir un escalofrío de placer en mi bajo vientre. ─Supongo que luego podemos tomar un café... pero antes voy a dejar a mi hermana en su casa. ─¡Pero yo no quiero ir a casa! ¡Es una puta mierda!─estalla, retorciéndose bajo mi agarre. Héctor arquea las cejas, visiblemente aturdido por el comportamiento de Adela.

─ Que no te engañe su extenso vocabulario, en el fondo es una chica encantadora─siseo─. Nos vemos en una hora en el café que hay junto a esa plaza.

Él asiente, y me ve marchar sin decir una palabra. Por su gesto grave, se ve que está preocupado por mí. Si él supiera... Arranco el coche y conduzco hacia la casa de mi padre. En cuanto he llegado, me inclino hacia mi hermana y abro la puerta del copiloto, expulsándola del vehículo sin decir una palabra. ─Se supone que ahora debemos hablar las cosas─tercia ella. ─¿Me vas a decir que tenías una razón de suma importancia para estar con tus amigos fumando porros en lugar de asistir al instituto? Agacha la cabeza, pero no se calla. ─Si te pusieras en mi lugar... ─¡Oh sí, voy a ponerme en tu lugar! Tienes unos padres que se preocupan por ti, una hermana que intenta ayudarte pero tú decides mentirme. Es un lugar cojonudo. Reírte de todo el mundo es muy divertido, ¿no? ─¡Tú no tienes ni idea!─estalla, saliendo del coche y dando un portazo. Se asoma a la ventanilla para gritarme más alto. ─¿¡Por qué no vas a chivarle a nuestro padre que he faltado al instituto un montón de veces!? Se me escapa una risilla grave. ─Por si no lo sabes, me abandonó hace quince años y no me hablo con él. Le he enviado un mensaje de texto explicándoselo todo. Este marrón te lo vas a comer tú solita. ─¡Adiós, eres odiosa!─me grita, corriendo hacia su casa, y dando tal portazo que incluso las macetas que hay en la entrada del porche se tambalean. Tras dejar a Adela en su casa, me dirijo hacia la cafetería en la que he quedado con Héctor. No logro desembarazarme de ese sentimiento cargado de decepción respecto a mi hermana. Me voy a ir dentro de quince días, a no ser que encuentre una solución que por ahora se me escapa, y la voy a dejar en un estado de rebeldía más grave que cuando la conocí. Es frustrante no saber cómo ayudar a una persona que te importa, a pesar de que te digas a ti misma que es ridículo que te preocupes por alguien a quien acabas de conocer. Diviso la inconfundible y poderosa silueta de Héctor a lo lejos, y lo saludo en cuanto él se fija en mí. Está acompañado por una mujer, y sé que ella no es otra que Laura, la hermana de Héctor, a quien no veo desde hace varios meses. En cuanto me ve, esboza una sonrisa y corre hacia mí, estrechándome entre sus brazos con sincero cariño. ─No lo dejes escapar─me susurra al oído, sin que Héctor llegue a escuchar lo que ella me dice. Se separa de mí y me guiña un ojo, mientras yo le dedico una mirada de desconcierto. ─Me tengo que ir, sólo pasaba el fin de semana en España, y he aprovechado para visitar a mi hermano. Cuídamelo, Sara─me suelta, ganándose la mirada iracunda de Héctor, a quien no presta atención. ─Adiós Laura. La próxima vez avísame cuando vengas de visita ─le pido. ─¡Eso está hecho, Sara! Y ahora me voy, porque está claro que queréis estar solos. ─Eres un lince─le suelta su hermano con desdén. En cuanto nos quedamos solos, nos sumergimos en un tenso silencio, y nos miramos sin saber muy bien lo que decir. Él da el primer paso, y poniéndome una mano en la espalda, me dirige hacia una mesa con un par de sillas. Me siento tan cerca de él como puedo, y me satisface que él no se aparte de mí. ─Estás preciosa, Sara─me dice con sinceridad, repasándome de arriba abajo con esos intensos ojos verdes que me hacen arder de deseo. Se me corta la respiración al notar su mano rozando mi muslo, y tengo que decirme a mí misma que lo ha hecho sin intención porque estamos demasiado pegados. Me aparto el cabello de la cara, y siento cómo toda la sangre se acumula en mis mejillas. Es absurdo que un simple cumplido me haga comportarme de una forma tan infantil, pero no soy capaz de reaccionar de otra manera. Él me afecta, y lo sabe...debe saberlo.

─ Será que tú me ves con buenos ojos ─respondo, restándole importancia. ─Siempre he tenido buen gusto. Sólo digo la verdad ─me contradice. ─Entonces gracias ─replico de manera apresurada, con tal mosqueo que a él le da por reír. Me estoy comportando como una lunática. ─¿Te molesta que te haga un cumplido? ─Me pone nerviosa que...Oh...déjalo ─me sulfuro conmigo misma, sintiéndome demasiado torpe para responder algo elocuente. ─Vaya, eso es nuevo. No eres una mujer impresionable, ¿a qué se debe? ─A que estoy contigo, pero eso ya lo sabes. Siempre me has afectado, no me obligues a volver a repetirlo. No te voy a engrandecer el ego masculino─le suelto. Héctor se echa a reír de esa manera honesta y descarada que tanto me gusta. Echa la cabeza hacia atrás, y los ojos le brillan con emoción. Tiene una risa grave, casi ronca, demasiado excitante. ─Me alegro de que te resulte graciosa, además de guapa─siseo. A él eso le hace más gracia, y estalla en otra profunda carcajada. Lo contemplo anonadada, hasta que él baja la cabeza y sus ojos se funden con los míos. Adoro que me mire de esa forma tan intensa, con cada uno de sus sentidos puestos en mí, como si no hubiera nada más en el mundo. ─Tú me resultas muchas cosas, Sara. ─No quiero escucharlas ─le aseguro. ─¿Por qué no? ─A estas alturas no creo que todo lo que pienses de mí sea bueno. ─Apasionante─me corrige él con dulzura. ─¿Lo apasiono, señor Brown?─lo cuestiono con ironía, tratando de restarle importancia a la conversación, pero todo lo que consigo es crear un clímax más íntimo entre nosotros. ─No te imaginas hasta qué punto─confiesa él.

Se me atragantan los nervios en la garganta, y alejo la mano que está pegada a la suya. Él la retiene, y me acaricia la palma con el pulgar, obligándome a quedarme a su lado. Y es justo lo que yo quiero.

─Me estás confundiendo─le digo en voz muy bajita. ─ Yo también estoy confundido. Me prometí a mí mismo que me alejaría de ti, pero siempre termino volviendo. Y aquí estoy. ─Tal vez debería irme─digo, sin convicción alguna ni ganas de levantarme. ─Si te fueras iría a buscarte. ─Menos mal, porque no me quiero ir a ningún lado. ─Por una vez estamos de acuerdo en algo─me dice, sin perder la sonrisa. Lo miro a los ojos, presa de todo el amor que siento, pero también de la confusión que me embarga. Él se inclina hacia mí, pero no me besa. Parece que quiere hablarme más íntimamente, y no sé si seré capaz de soportarlo. ─¿Por qué no me has contado que tenías una hermana? ─me recrimina. Parpadeo incrédula, y echo el cuerpo hacia atrás. Él coloca su brazo en el respaldo de mi silla, me mira con expectación y adopta esa pose exigente que me enloquece y detesto al mismo tiempo. ─¿De verdad es necesario que responda a esa pregunta? ─Sí ─replica, muy serio. ─Porque no estábamos juntos. Te encontrabas a miles de kilómetros de mí, y me hacías tanta falta...es todo muy extraño. ─Deberías habérmelo contado. Te he dicho mil veces que siempre estaré para ti, a pesar de que te empeñes en contradecirme. ─Así que es culpa mía─declaro, con una media sonrisa. ─Sí ─asegura él, mirándome a los ojos─. ¿Por qué no me lo cuentas ahora? ─Estoy segura de que tú tienes tus propios problemas. ─Los tengo, ¿y qué? ─¿En serio quieres escuchar que tengo una hermana de dieciséis años con la que no sé cómo hacer las cosas? ¿Que he visto a mi padre quince años después? ─Sí. ─¿Por qué? ─Porque te quiero. Trago con dificultad, y entorno los ojos lentamente hacia él para mirarlo. La respiración se me acelera al detenerme en sus labios, y al llegar a sus ojos, soy consciente de una plena calma sobre sí mismo. Porque ha sido sincero. ─Gracias─respondo, desinflándome por completo. Él me mira desconcertado. ─No me des las gracias por eso. Sólo he dicho la verdad. ─Pero ahora mismo me hace tanta falta...─me derrumbo yo. Él está a punto de abrazarme, pero se detiene con brusquedad y se aparta de mí. ─¿Y Mike?─me espeta. ─En Alemania. ─¿Por qué no estás con él? ─Lo hemos dejado, si es que alguna vez tuvimos algo. ─Me gustaría decir que lo siento, pero no es así. ─Cuando me dijiste que me fuera con Mike, te odié de todas las formas posibles. ─¿Por querer que fueras feliz? ─Por querer alejarme de tu lado─lo contradigo. ─Sara... Arqueo las cejas, expectante. ─No sé si voy a poder olvidar que has estado con él─me asegura, muy dolido. ─Jamás te engañé, Héctor. ─Lo sé, pero sigue doliendo. ─¡Fue por tu culpa! Jamás me habría fijado en Mike si tú no fueses tan dominante─estallo, volcando toda la rabia acumulada en este tiempo─. Pasaron varios meses desde que lo dejamos hasta que Mike y yo lo intentamos. ¿Te crees que no pensé todo ese tiempo en ti, incluso estando con él? Me sentía como una mierda. ─Yo también. Y me sigue doliendo igual. ─Entonces no tenemos nada más que hablar─me levanto para irme─. Te dije que no soy de piedra, y lo sigo manteniendo. ─Siéntate Sara, estamos hablando─me pide, con calma. ─Yo ya no quiero hablar contigo. ─Por supuesto que quieres. Lo necesitas tanto como yo. No seas orgullosa─me coge del brazo, y me obliga a sentarme a su lado. ─Te quiero Héctor ─le confieso, o se lo recuerdo. No estoy segura─. Él me agarra de la nuca y me acerca a sus labios. Me habla sobre ellos, esbozando una tímida caricia. ─Lo sé. ─Te echo de menos. ─Lo sé─repite, acariciándome la mejilla. ─Te... Él me calla con un beso, y otro, y varios más, hasta que nuestros labios se funden y me abrazo a él, temiendo que cambie de parecer en un instante. Pero él no lo hace. Me abraza con tanta fuerza, que siento que los músculos se me entumecen bajo sus brazos. Cuando se separa de mí, hay una profunda determinación en su mirada. ─Yo también te echo de menos, Sara. No sabes cuánto.