
CAPÍTULO
1
SIEMPRE he sabido que soy un imán para los problemas. Pero últimamente, he de admitir que el destino, o lo que quiera que sea que rige mi ruinosa vida, se está tomando licencia abierta para destruir. Puedo soportar el hecho de tropezar con un bordillo, vomitar en mi discurso de graduación, o enfermar de gastroenteritis en mitad de la entrevista de Katy Perry, pero hay ciertas cosas que...
Mis carísimos zapatos de tacón prestados se humedecen al bajar del coche. Mierda. He pisado un charco fangoso y lleno de porquería. Hago lo que puedo por secar la suciedad con una toallita de papel, pero todo lo que consigo es extender la mancha sobre la tela. Mónica me va a matar.
Me pregunto qué improperio saldrá de la boca de mi queridísima jefa cuando descubra que he estropeado sus Manolo Blahnik. Algo así como: ¡Joder Santana, lo descontaré de tu sueldo! No, definitivamente sólo me gritará un poco. Nos hemos hecho algo así como amigas unidas por las circunstancias. Conmovedor, si tienes en cuenta que mi jefa es el rottweiler sin sentimientos de Musa, esa revista rosa y vomitiva para la que trabajo.
Llego a la Fashion Week de Madrid como reportera acreditada de Musa. Esta vez, agarro la acreditación como si me fuera la vida en ello, y no la suelto hasta que logro entrar en el recinto. Me reúno con mi cámara en un cubículo diminuto y sin ventilación desde donde se nos permite observar el desfile y entrevistar a los diseñadores. Observo el desfile y trato de relajarme, aunque los acontecimientos del último mes no me dejan vivir. Apenas descanso, y los pocos momentos en los que consigo relajarme se los dedico a mi sobrina. Al menos tengo a Zoé, lo cual es un alivio.
¡Dios Santo, pero qué cosa más fea! Una modelo desfila vestida con unos harapos de cuero negro. Me cuesta comprender que este tipo de desfiles sea el súmmum del buen gusto y la elegancia. Que alguien me pellizque, porque no entiendo nada. Jamás había visto cosa más horrenda que ese saco de patatas de cuero negro; ¿pero quién puede pagar una pasta por semejante puñalada al buen gusto y el sentido común?
—Santana, estás en antena. En tres, dos, uno... —me indica mi cámara. Me vuelvo hacia mi cámara, me echo el pelo hacia atrás y esbozo la sonrisa más falsa y llena de entusiasmo del mundo. —¡Hola a todos!—saludo con fingida alegría—me encuentro en la Fashion Week colecciones para de Madrid, disfrutando en primicia de las la próxima primavera. Estampados florales, transparencias, tonos pastel, flecos y sport chic, son algunas de las tendencias que se dejan ver en la pasarela. Así que si quieres ser una chica Musa, no te pierdas lo que nos depara la Fashion Week... Sigo hablando mientras me sumerjo en mis florales pensamientos. Yo no estudié Periodismo para esto, ¡lo juro por Prada! Cuando termino el reportaje, mi cámara halaga mi trabajo y yo me marcho dispuesta a salir pitando hacia mi apartamento. Lo que más me apetece en este momento es refugiarme bajo las cuatro paredes de mi piso, con Sandra y mi sobrina como única compañía. Apenas he atisbado la salida cuando una rubia alargada y de piernas infinitas se cruza en mi camino. La reencarnación del diablo es una modelo oxigenada que se interpone en mi huida hacia la salida, y yo no puedo evitar que mi expresión se congele en el desagrado más absoluto, que no me esfuerzo en disimular. —Sara, ¿cómo tú por aquí?—me saluda Linda, en un tonito que avecina lo peor. Me cruzo de brazos y me sujeto sobre mi cadera. Para chula, yo. —¡Qué sorpresa, Linda! Ya sabes que trabajo en una revista de moda. La pregunta es: ¿qué haces tú aquí? Pensé que los cutres catálogos de bañadores en los que te exhibes te impedían trabajar en algo más serio. No sabía que ahora la Fashion Week admitía a lerdas con silicona en el cerebro.
¡Toma ya! Mi ácido comentario llega a oídos de las personas más cercanas, quienes se vuelven hacia nosotras curiosas de adivinar lo que sucede. El rostro de Linda se torna rojo por la rabia, y cuando pienso que va a estallar como un tomate metido en el microondas, esboza una sonrisa helada y me responde:
—Ya ves, la influencia de Héctor es increíble. Un par de días a su lado me han convertido en la modelo más cotizada de toda la Fashion Week. No me imagino lo que sucederá cuando ambos nos comprometamos. Lamento no invitarte a la boda, pero las pueblerinas palurdas como tú no tienen cabida en un evento tan elegante.
Siento como si me patearan el estómago. Evidentemente, conozco de sobra a Héctor para saber que lo último que haría en la vida sería comprometerse con Linda. Pero el simple hecho de saber que él puede estar rehaciendo su vida, e incluso que puede haberse acostado con alguna mujer tan insoportable y petarda como Linda me catapulta directa al despecho más absoluto.
—Vamos Linda...no seas ingenua. A Héctor no le gustas. Me lo dijo tantas veces mientras follábamos que lo que no logro comprender es como tienes tan poco amor propio que no te importa ser el segundo plato. Que disfrutes de las sobras—le digo, con una indiferencia que estoy lejos de sentir.
Acto seguido, la aparto de un manotazo y corro hacia la seguridad de mi coche. Apenas estoy dentro, arranco el motor y me marcho a toda velocidad.
Cuando estoy en mi apartamento, me meto en la ducha y abro el grifo del agua caliente. Apoyo las manos sobre la pared de la ducha y dejo que las gotas resbalen por mi espalda hasta caer al suelo. Cierro los ojos, y como por arte de magia, los sucesos de hace un mes acuden raudos a mi encuentro.
Estoy sentada en el bordillo de la callejuela. Me acabo de marear, y me llevo las manos a la cabeza para evitar que vuelva a sucederme lo mismo. Mi padre me mira sorprendido y asustado desde la distancia, y cuando el silencio se torna demasiado doloroso, se acerca hacia donde estoy, se pone de cuclillas y me habla.
—No esperaba que te desmayases—lamenta. Yo me río con los dientes apretados, elevo la cabeza y lo miro con odio. —Iba a vomitar del asco, pero mi cuerpo decidió que desmayarse era la mejor manera de perderte de vista. —Hija... —¡No soporto que me llames así! Mi padre acerca una mano para tocarme, pero yo me echo hacia atrás, asqueada por su contacto. Me caigo de culo y chillo cuando él intenta ponerme en pie. Me arrastro a gatas por el suelo, apoyando las manos sobre la pared más cercana. Tan pronto consigo levantarme, agarro mi bolso y salgo corriendo. Echo la cabeza hacia atrás y el agua camina por el sendero de mi cuello, descendiendo por mis pechos y perdiéndose en mis tobillos. Abro los ojos, pero la intensidad de mis pensamientos es tan dolorosa que me oprime el pecho y me impide regresar al presente. Me rodeo con mis brazos y me siento sobre el suelo de la ducha. —Sara, ¿qué te pasa?—me pregunta mi tía al verme llegar. No soy consciente de mi estado. Pálida, asustada y mareada. Voy a hablar, pero apenas abro la boca, la presión se agolpa en mi garganta y siento que me falta el aire. —¡Ay, Rafael, Rafael! A la niña le está dando un ataque —se asusta mi tía. Yo intento decirle que no, pero estoy tan conmocionada por el reencuentro con mi padre que agarro la muñeca de mi tía Luisa y me pongo a gritar que me dejen tranquila. Pero no la suelto. —¿Qué sucede?—se preocupa mi tío. —¿Has comido algo en mal estado? ¿Te han echado droga en la bebida? ¡Rafaaaaaaaael, que se nos muereeeeeeee! —Gno—logro decir, como si tuviera la garganta atravesada por la espina de un pescado...
Abro los labios para tomar una bocanada de aire, y al sentir que me falta el oxígeno, me doblo y me agarro las costillas. Tiemblo de la cabeza a los pies y sudo copiosamente.
—Rafael, me está asustando. ¡Llama a un médico!—lo sacude mi tía—. Parece la niña del exorcista. Mi tío se queda perplejo ante el inoportuno comentario de mi tía, pero luego me mira a mí y me sostiene por los hombros. —Creo que le está dando un ataque de ansiedad—comenta calmado. Se marcha de mi lado, y mi tía vuelve conmigo. —¿Qué te pasa? ¡Dime algo!—exclama tan nerviosa como yo. —Mi.....madre—hablo con dificultad, poniéndome morada—... mi...padre. —Mi madre. Mi padre... ¿Pero qué dices? —Mi madre. Mi padre—repito, necesitando que me entienda. Mi tío Rafael vuelve en ese momento con una bolsa de plástico. Me obliga a sentarme en una silla cercana y me pone la bolsa en la cara. Comienzo a respirar con calma, hasta que mi respiración se acompasa y consigo todo el aire que necesito. Mi tío, que es el absoluto dueño de la situación, me acaricia el pelo y me dice que me tome el tiempo que necesite. Llaman a la puerta. Mi tía nos mira a ambos, y al final, poco convencida, va a abrir la puerta. Logro escuchar un grito de horror. Luego algo parecido a una bofetada. Entonces, la voz clara y nítida de mi tía estalla. —¿Qué coño haces tú aquí? Salgo de la ducha envuelta en mi pijama de vaquitas rosa. Al llegar a la habitación de mi sobrina, me siento sobre la alfombra y me pongo a jugar con ella. La niña se muestra encantada de que así sea, y yo, para complacerla, finjo un gran entusiasmo y armo un teatro con todas sus muñecas. Una vez las he peinado y vestido, comienzo a jugar. —¡Hola Leonora! ¿Quieres tomar el té conmigo?—finjo una vocecilla aguda que arranca las carcajadas de mi sobrina. Cojo a la muñeca que tengo en la otra mano y la hago saltar de alegría. —Por supuesto que sí. Té negro con canela acompañado con pastas de arándanos. Mi sobrina me acerca una muñeca rubia, y al verla, siento cómo la bilis se me sube a la garganta. —¿Puedo ir yo?—me meto en el papel de la rubia. —¡No!—hago que griten las otras dos—. Las rubias con cerebro de mosquito no están invitadas. Mi sobrina me mira anonadada ante el giro inesperado de la historia. Estoy mal de la cabeza... —Y que lo digas... —mi subconsciente se lima las uñas, lanzándome una mirada de desaprobación por debajo de sus gafas de pasta color rojo estridente. —Sara, tu tía está al teléfono—me anuncia Sandra, que entra en la habitación en este momento. Yo suelto un suspiro. —Dile que estoy ocupada. Sandra enarca una ceja. Mira el montón de muñecas y luego me mira a mí, con una actitud censuradora que no me agrada demasiado. —Dice que es importante. —Me ha llamado más de veinte veces en dos días. Lo dudo. —Sara... —me apremia algo incómoda—... Ha pasado algo. Tu tío está en... Me levanto de improviso y le quito el teléfono de las manos. —¿Qué le pasa al tío? ¿Está bien?—pregunto asustada de que se haya vuelto a atragantar con otro traicionero trozo de panceta refrita. —¡Ay Sara, qué cosas dices!—brama mi tía. Me relajo de inmediato. —¿Y entonces? ¿No habrás vuelto a llamarme por otra de tus tonterías? Tía, que me tienes muy harta...no estoy para bromas. —¡Ni bromas ni leches!—estalla mi tía—. Tu tío Rafael está en la cárcel. Me atraganto con mi propia saliva. —¿Queeeeeeeé? ¡No me digas que han pillado la plantita de la felicidad que tenéis en el jardín! ¡Te lo dije! Mira que te lo dije. Eso huele muy fuerte. Tarde o temprano los vecinos se iban a dar cuenta. —¿Sara, pero qué dices? —Que a la vecina no le caía bien María. Si es que... ¡Vaya ideas que tenéis! —Chica, tienes unas cosas... —Pero tía... —¡Cállate!—me ordena, claramente nerviosa. Se hace el silencio, seguido de un hondo suspiro de mi tía. —El imbécil de tu padre apareció en casa y Rafael... En fin, para qué irnos por las ramas. Rafael no pudo contenerse. He pensado que ya que tú tienes un amigo en la Policía quizá podrías hacer algo. Me pongo blanca por momentos. —Voy para allá.