CAPÍTULO 9

LLEGO a la oficina cinco minutos tarde. A Janine no parece importarle, porque me saluda como si nada desde su despacho acristalado, es decir, desde el despacho que antes pertenecía a Mónica.

Víctor y Sandra están discutiendo sobre el nuevo software que tenemos en los ordenadores de la oficina, y mientras tanto, busco a Mónica con la mirada, necesitando contarle lo sucedido la noche anterior. Es la clase de persona que no me juzga, y tan sólo escucha. Si se lo contara a Sandra, ella estaría sermoneándome sobre mi intención de jugar a dos bandas. Lo cual sólo es mera intención, porque Héctor no parece interesado en volver conmigo.

—¿Dónde has pasado la noche?—me pregunta mi compañera de piso, en cuanto se percata de mi presencia. —Siento no haber avisado, ¿qué tal se portó Zoé? —Bien, como siempre. Y detesto decirte esto, porque no me gusta meterme donde no me llaman, pero no deberías salir hasta las tantas cuando tienes que cuidar de tu sobrina. Le voy a responder que, en efecto, no debería meterse donde no la llaman, pero logro rectificar antes de expresar palabras de las que luego me voy a arrepentir. —Tienes razón. No volverá a suceder. Sandra parece arrepentida y me coloca una mano en el hombro. —Oye...no pretendía ser dura contigo. Sabes que no me importa cuidar de Zoé cuando tú no estás. Llevas dos meses encerrada en casa y escondiéndote en el trabajo, mereces salir a divertirte, pero me preocupa que te diviertas de la manera equivocada. —¿Te crees que me drogo?—le espeto. Varios de nuestros compañeros se giran para espiar la conversación, y Sandra se pone lívida. —Si no te conociera, me asustarías. Pero qué cosas dices... ya sabes a lo que me refiero. Es más, ya sabes a quién me refiero. No quiero que sufras por amor otra vez. —El amor es un invento de «El Corte Inglés» —replico, sonando amargada. Sandra resopla y vuelve a su asiento. Por el rabillo del ojo diviso a Mónica, y la saludo, pero ella me echa una mirada cargada de frialdad, cuadra los hombros y se mete en su despacho cerrando de un portazo. ¿Y a esta qué mosca le ha picado? Estoy trabajando en mi columna mensual para Musa cuando recibo un e-mail al correo electrónico que utilizo para trabajar en la empresa. Me extraña que el remite no sea el de la propia oficina, pues este correo tan sólo lo conocen mis compañeros de trabajo. Movida por la curiosidad, abro el e-mail. La perra que hay en ti no puede estarse quieta por más de un par de meses. Recuerda que hay quien te vigila. D. Muevo el e-mail a la carpeta de correo basura y me crujo los dedos. Vaya, esto sí que no me lo esperaba. Un nuevo admirador secreto interesado en mi vida amorosa. A pesar de que trato de restarle importancia, no puedo cesar de darle vueltas al tema durante el resto de la mañana. Desconozco quién es“D.”, pero estoy segura de que esos dos meses hacen referencia a mi affair con Mike, lo cual me pone nerviosa. No sé cómo ha podido enterarse de lo sucedido si Mike vive en una de las urbanizaciones más lujosas y seguras de Madrid. Pero supongo que será un hecho aislado que carece de importancia, por lo que no me preocupo demasiado. Necesito centrarme y terminar mi reportaje a tiempo, así que me dirijo al cuarto de baño para echarme agua en la cara. Al llegar al lavabo de señoras, un cartel indica que está estropeado y que debemos utilizar el baño mixto de la segunda planta. Me dirijo hacia el cuarto de baño, y al entrar, los pies se me pegan al suelo al encontrarme de nuevo con Héctor.

Se está lavando las manos en la pila del baño, y por un instante, siento la tentación de retroceder en silencio y salir corriendo, lo cual es absurdo. Él ya me ha visto, y me saluda con un asentimiento de cabeza cargado de frialdad.

—Hola—lo saludo, y me coloco a su lado, a una distancia prudencial que nos impide tocarnos. Me refresco el rostro, y lo observo de reojo, sin poder evitarlo. Lleva un traje negro que se ciñe a su cuerpo como un guante, y una camisa azul oscuro con los primeros botones desabrochados. Tiene la mandíbula tensa y no me mira, y una conocida arruga le cruza el entrecejo. —¿Un día duro?—le pregunto, por decir algo. Siento una profunda opresión en el estómago. Esto es demasiado para mí. Hace unos meses compartíamos la mayor intimidad, y ahora, parecemos dos extraños que no saben lo que decir para romper el hielo. Cuando creo que él no va a responderme, se seca las manos y dice: —Algo así. Nos volvemos a sumir en otro silencio largo y tenso, y me percato de que ahora mismo, si yo no me hubiera empeñado en alejarlo de mi lado, ambos estaríamos viviendo juntos en Nueva York. No entiendo qué es lo que hace en Madrid cuando debería estar en Nueva York, y la esperanza de que todavía sienta algo por mí anima a creer que él ha cambiado sus planes por la sencilla necesidad de tenerme cerca, y que me está vigilando, lo cual es absurdo dada la frialdad con la que me trata. No me puedo quedar callada, y le pregunto con cierta brusquedad: —¿No deberías estar en Nueva York? —¿No deberías estar trabajando? ─contraataca, con cierta brusquedad. Me quedo callada, y no se me pasa desapercibido que él me está observando con algo muy cercano al resentimiento. Héctor arroja el papel con el que se ha secado las manos al cubo de la basura, y pasa por mi lado sin ni siquiera tocarme o mirarme. —No te preocupes, te liberaré de mi presencia en un par de días. Viajaré a Nueva York en cuanto tenga zanjado todo el tema de la revista. —En ese caso, que tengas un buen viaje. ¿Qué tengas un buen viaje? ¿Pero qué dices, Sara? Yo no quiero que se vaya. Debería correr tras él y decirle la verdad. Pero ya es demasiado tarde para decir lo contrario, y antes de que termine la frase, Héctor se ha marchado. Salgo la última de la oficina, debido a que el repentino encuentro con Héctor me ha dejado tan alterada que no he sido capaz de concentrarme en el trabajo que tenía por delante. Por ello, he tenido que salir una hora más tarde, observando cómo Mónica pasaba por mi lado, se echaba el bolso al hombro y no me dirigía ni una sola mirada. ¿Qué demonios le pasa a esta? Saludo con la mano al guardia del edificio, quien me dedica una sonrisa amable al verme salir de la oficina cuando ya ha oscurecido. —No debería salir sola a estas horas de la noche —me recomienda. —No es nada, tengo el coche aparcado ahí al lado. Estoy saliendo por la puerta cuando la voz de Paco, el guardia de seguridad, me vuelve a llamar. —¡Casi se me olvidaba! Un hombre ha dejado este paquete para usted. Me ha pedido que se lo entregara en mano cuando saliera de la oficina, porque decía que no quería molestarla. Supongo que debe de ser importante. Cojo el paquete y le echo un vistazo a la tarjeta que hay garabateada. Tal vez esto te haga cambiar de opinión. Te quiero, hija. Sí, claro. Pero te olvidaste de mí durante los últimos...déjame que calcule...¡15 años! Cojo el paquete en las manos y me dirijo hacia el contenedor más cercano. El paquete pesa considerablemente, y escucho un tac...tac... que me pone de los nervios. Está bien, siempre he sido una persona curiosa, y desprenderme del paquete sin echarle un vistacito previo me reconcome las entrañas. Luego recuerdo que mi padre desapareció hace quince años, y que este no es más que un burdo truco para lavarse la conciencia debido a la reciente muerte de Érika, y camino con mayor decisión hacia el contenedor. Ya tengo estuvieron a demasiado ocupadas discutiendo la una con la otra. Incluso cuando Érika se largó y mamá enfermó, y yo creí que iba a quedarme sola. Ellos siempre estuvieron, mientras papá... ¿Qué era lo que hacía mi padre? No tengo ni idea de lo que lo empujó a abandonarnos, ni de lo que lo ha mantenido alejado de mí durante todos estos años. Sí, él quiso darme una explicación, pero ¿acaso tiene importancia a estas alturas? No, claro que no tiene importancia, aunque una parte oculta de mí ansíe fervientemente que él me pida perdón y me explique por qué me abandonó. Observo el contenedor verde a la salida de la oficina, y de nuevo percibo ese ruido...tac...tac..., un sonido seco y que proviene del interior del paquete. El contenido golpea contra el envoltorio, y de nuevo, siento ganas de romper el envoltorio y descubrir lo que esconde su interior. Siento un repentino ataque de rabia, y doy dos zancadas apresuradas hacia el contenedor. Estoy a punto de lanzar el paquete a la basura, cuando la voz de Mike me sorprende. —¡Eh, chica impuntual! ¿Te parece bonito hacerme esperar?—me saluda. Camino hacia él, que luce irresistible vestido con una cazadora de cuero negra, una camiseta de algodón blanca y unos vaqueros algo una familia. Mis tíos, unas personas que siempre mi lado, incluso cuando mamá y Érika estaban gastados. Me dedica su habitual sonrisa ladeada, y contra todo pronóstico, le doy un beso en los labios que me sabe a gloria. —Has venido a buscarme al trabajo—comento sorprendida. —Pasaba por aquí—le resta importancia. Enarco una ceja a modo inquisitivo, y él se encoge de hombros. —Fui a tu casa, pero Sandra me dijo que aún no habías llegado del trabajo. Tenía miedo de que te empeñaras en alejarte de mí, y no poder continuar lo que empezamos la otra noche. Me agarra de las nalgas y me presiona contra su erección, mordisqueándome el cuello para hacerme saber a qué se refiere. Me acaloro al sentir su cuerpo fibroso, y me agarro a las solapas de su cazadora. —¿Por qué me iba a alejar de ti? Sus ojos azules y brillantes le dedican una mirada descarada a mis pechos que el muy sinvergüenza no se molesta en disimular. —No lo sé, nena, eso deberías decírmelo tú. ¿Por qué ibas a alejarte de mí con lo bien que te lo hice pasar anoche? Idiota arrogante...y sexy. —Te vi esta mañana hablando con Héctor, y pensé que te habías arrepentido de lo que sucedió entre nosotros. Sólo venía a cerciorarme de que no estabas cometiendo ninguna estupidez. Me separo de él, irritada por su confesión. —No te metas en mi vida. Mike hace caso omiso a mis palabras, y me rodea los hombros con un brazo. —Vamos Sara, conmigo no hace falta que finjas. Todavía no lo has olvidado, pero lo harás. Aprieto el paquete contra mi pecho, y le dedico una mirada iracunda. —Me deja más tranquila saber que controlas tan bien mis sentimientos. —¿Qué es ese paquete? —se interesa, ignorando mi enfado. —¿Esto? No es nada. Estaba a punto de tirarlo a la basura cuando te he visto. —Por la forma en que lo agarras, yo diría que estás deseando abrirlo. Aprieto los labios y me clavo las uñas en las palmas de las manos. —¡Eh, no he dicho nada! Haz lo que quieras con ese paquete. A mí me trae sin cuidado—me dedica una mirada caliente que va directa a mi escote—. ¿Te hace comida china en tu casa y película? —¿Sólo eso?—inquiero, cargándome de buen humor al instante. Mike me agarra las nalgas y me muerde el hombro. —El postre eres tú.