Capítulo 24

Ariamus se despertó antes del alba, una costumbre que le había sido de utilidad, ya fuera para luchar o para escapar. Se había acostado tarde la noche anterior, una vez más en la nueva residencia de Korthac. Habría preferido dormir en su propia casa, la que se había cogido para sí. Nicar, el antiguo amo de Akkad, había vivido allí durante más de diez años. Ariamus había disfrutado expulsándolo. Ahora, el noble más rico de la ciudad y toda su familia vivían en una miserable choza de una sola habitación, y se consideraban afortunados de poseer al menos eso.

Desgraciadamente, Korthac quería tener cerca a Ariamus, y éste se había guardado las objeciones y aceptado la «invitación» de su jefe de ocupar una habitación en la casa principal. En muchos aspectos había resultado ser una buena idea. Ariamus tenía media docena de lugartenientes que lo acosaban constantemente con preguntas y pequeñas disputas. El tener que pasar ante los egipcios de Korthac, hombres taciturnos que hablaban poco y jugueteaban mucho con sus espadas, ayudaba a Ariamus a evitar a sus hombres por las noches.

Agradeció a todos los dioses por él conocidos que Korthac no tuviera más egipcios que las pocas docenas con las que contaba. Así, Korthac necesitaba a Ariamus y a los hombres que reclutara. No era que Korthac confiara en él o en sus hombres. Ariamus tampoco tenía mucha fe en ellos. Contaba con pocos guerreros experimentados, hombres que pudieran hacer algo más que seguir órdenes y blandir una espada. En unos cuantos días más ya no importaría. Había estado recorriendo los alrededores, reclutando a otros hombres desplazados y desesperados, dispuestos a hacer lo que él les dijera por tener la oportunidad de comer y ganar algo de plata. Con suficientes seguidores, incluso sin experiencia, podían ocupar la ciudad indefinidamente.

El alba todavía no había dado comienzo cuando Ariamus terminó de vestirse y salió de su cuarto, el más cercano a la cocina. Para su sorpresa, oyó la voz de Korthac en las habitaciones superiores. Subiendo la escalera, encontró al egipcio sentado a la mesa grande; una lámpara iluminaba ligeramente la estancia. El sempiterno guardia estaba unos pasos detrás de su amo, mirando hacia el dormitorio pero también manteniendo la mirada atenta en Ariamus.

—¿Ha tenido la esclava a su hijo?

—Sí, hace como una hora. —Korthac le frunció el ceño—. ¿No has oído sus gritos? Despertó a toda la casa cuando finalmente dio a luz.

—¿Una mujer gritando por la noche? —rió Ariamus; una risa estruendosa que llenó el cuarto—. Eso nunca me despierta.

Korthac interrumpió bruscamente su risa con una mirada.

—¿Estás listo para salir a cabalgar?

—Sí, señor. —Ariamus se las ingenió para parecer lo suficientemente sumiso—. Iré hacia el este. Debería conseguir otros diez o veinte granjeros jóvenes que se nos unan, de una u otra manera. —Ariamus había planeado llevar consigo a una docena de hombres y comenzar a visitar las granjas que rodeaban Akkad. Los granjeros locales tenían plata en abundancia, mujeres y otras posesiones, y Korthac quería asegurarse de que no se sintieran más seguros en sus granjas que los habitantes de la ciudad. Ariamus quería conseguir más botín, junto con los reclutas, después de gozar a las mujeres.

—Asegúrate de regresar para la caída del sol —dijo Korthac—. Y quiero que vayas hacia el norte, hacia Dilgarth, no hacia el este. No he tenido noticias de Ziusudra, aunque espero que a estas alturas Eskkar esté muerto. Pero en caso de que no lo esté, quiero más patrullas en los caminos, por si trata de atacarnos.

Ariamus se encogió de hombros.

—Aunque estuviera vivo, ¿qué podría hacer con menos de setenta hombres? No me sorprendería que se quedara donde está o que partiera hacia el oeste.

Korthac suspiró, un largo suspiro que hizo que Ariamus se arrepintiera de lo dicho.

—No, el bárbaro vendrá aquí. He aprendido mucho sobre él en estas últimas semanas. No entregará todo este poder sin luchar. Y hay algo en esa puta —Korthac inclinó su cabeza hacia el dormitorio— que hará que vuelva.

—Ziusudra es un hombre capaz, lo bastante bueno como para hacerse cargo de Eskkar —dijo Ariamus, moviéndose inquieto y deseando que lo invitara a sentarse—. Le has prometido oro en abundancia por su trabajo. Aunque falle, le llevará a Eskkar varios días entender lo sucedido, por lo que tendremos tiempo más que suficiente para prepararnos.

Annok-sur apareció en la puerta del dormitorio e hizo una profunda reverencia, manteniendo la vista baja.

—Amo, ¿puedo ir a buscar agua fresca para Trella?

Ariamus la miró y sonrió.

—Tal vez tú puedas llevar algo para…

Un fuerte ruido resonó por toda la casa, proveniente del piso inferior. Por un momento, Ariamus y Korthac se miraron. Luego, un grito en egipcio se oyó desde el patio, y ni siquiera Ariamus tuvo problemas para comprender el mensaje. Se dirigió al rellano y miró hacia el cuarto inferior, que estaba a oscuras. La puerta principal estaba cerrada. Luego, se oyeron fuertes pisadas hacia la zona de la cocina, y a hombres que gritaban el nombre de Eskkar. Se oyeron más pisadas en el piso inferior y Ariamus apretó los dientes, maldiciendo.

Volviendo hacia el rellano de la escalera, cerró la puerta y luego dejó caer la pesada barra para trabarla.

—¿Qué sucede? —Korthac se puso de pie, aunque permaneció detrás de la mesa. El guardia se puso a su lado, con la mano en la espada.

—¡Nos atacan! Eskkar ha regresado. —Ariamus oyó pesados pasos en las escaleras, y luego que la puerta temblaba. Una voz que reconocía repetía una y otra vez el nombre de Trella.

Ariamus se apartó de la puerta.

—¡Es Eskkar! ¡Está aquí! —Algo pesado golpeó contra la puerta, haciendo que se sacudiera en su marco. Ariamus sacó la espada de su vaina. Maldito bárbaro. ¿Cómo se las había ingeniado para entrar en la ciudad, para entrar a la casa? Ya no importaba. Se volvió hacia el egipcio—: ¿Dónde están tus hombres, Korthac? —Casi como respuesta, se oyó el sonido de hombres peleando en el patio.

—¡Detenla!

La voz de Korthac hizo que Ariamus se diera la vuelta. Vio a Annok-sur, que se había arrimado a la pared cuando comenzó el ruido y echaba a correr hacia la puerta. Ariamus se lanzó hacia ella, pero Annok-sur se escurrió de su brazo, alcanzó la puerta y sacó la barra de la traba, mientras gritaba el nombre de Eskkar. Ariamus la cogió del cabello y la arrastró hacia atrás, pero la puerta se abrió de golpe, golpeando contra la pared y mostrando una silueta amenazadora que portaba una larga espada.

***

En el patio se oyeron gritos de alarma. Eskkar sabía que los hombres de Korthac entrarían por las puertas que tenía detrás, espada en mano.

—Que no salgan —gritó Eskkar, con la esperanza de que los arqueros de Mitrac pudieran contener la amenaza. Después, por encima de aquel clamor, Eskkar oyó la voz de Grond, llamándolo a gritos.

—Capitán, por aquí.

Al oír el tono urgente, Eskkar abandonó su asalto a la puerta principal y corrió hasta donde se encontraba su guardaespaldas. La puerta de la cocina estaba abierta. Un sirviente medio dormido la había abierto, ya fuera para dejar entrar a los agresores o para averiguar qué sucedía. Fuera cual fuese el motivo, Grond ya se había abierto camino hacia el interior, y Eskkar lo siguió. Los dos hombres cruzaron la cocina, apartaron un taburete de una patada y se dirigieron hacia el oscuro corredor que conducía al cuarto principal. Apenas habían pasado el área de la cocina cuando dos sombras salieron al pasillo de una de las recámaras.

Una de ellas dio un grito cuando Grond derribó al primer hombre y se enfrentó al segundo. Eskkar no les prestó atención y los echó a un lado. Conocía la casa incluso en la oscuridad y corrió más allá de las otras dos puertas, dobló una esquina y subió de dos en dos los escalones que había junto a la pared. En el rellano de la escalera empujó la puerta del cuarto de trabajo, pero la encontró trabada. Sin embargo, volvió a lanzarse contra ella, pero esta barrera, tan fuerte como la del piso inferior, apenas tembló. Llamando a gritos a Trella, golpeó la puerta con el pomo de su espada.

Para su sorpresa, escuchó la voz de una mujer que lo llamaba. Oyó cómo se deslizaba la tranca, por lo que empujó los pesados tablones y la puerta se abrió. La luz del cuarto superior iluminaba el rellano, y vio allí a Annok-sur forcejeando con alguien que se lanzaba para intentar cerrar la entrada de un portazo. Eskkar empujó la puerta con el hombro y forzó la entrada.

El hombre dio un paso atrás, derribando a Annok-sur con el puño, a la vez que alzaba la espada con la otra mano. Sólo una lámpara de aceite ardía en la primera cámara, pero la titilante llama daba luz más que suficiente para que Eskkar reconociera a su oponente.

—¡Ariamus! —Toda la furia y el odio estaban contenidos en ese nombre. Había despreciado a aquel hombre cada día que estuvo a su servicio, y ahora Ariamus estaba frente a él, en el cuarto personal de Eskkar. Lanzó una estocada, en línea recta, que debería haber atravesado el corazón de su enemigo.

Pero Ariamus saltó hacia atrás y luego respondió con un fuerte mandoble. Otro hombre de barba negra y piel oscura, sin duda uno de los guardias de Korthac, apareció junto a Ariamus y también lanzó una estocada. Eskkar lo echó a un lado, pero retrocedió un paso, pues su larga espada, al no haber suficiente espacio para blandirla, resultaba incómoda para aquel tipo de lucha. Ambos atacantes avanzaron contra Eskkar, quien, blandiendo su espada entre ambos, tuvo que retroceder otro paso mientras los rechazaba. Un paso más y estaría en el rellano, con la puerta nuevamente cerrada ante sí.

De repente Ariamus gritó de dolor, tropezó y cayó de rodillas con una maldición. Annok-sur se aferraba a la pierna de Ariamus y le mordía la pantorrilla. Esa distracción le brindó a Eskkar el momento que necesitaba. Retrocedió medio paso, se agachó y luego se lanzó hacia delante. El extranjero se hizo a un lado para parar el golpe, pero Eskkar alargó el brazo y se abalanzó con todas sus fuerzas. El guardia pudo desviar el mandoble que apuntaba hacia su estómago, pero el filo se le hundió en el costado, y el hombre gimió de dolor. Eskkar intentó retirar su arma, pero el guardia se tambaleó contra la pared, su cuerpo ensartado en la espada.

Eskkar retorció el filo y el hombre aulló de agonía, dejando caer su espada mientras sus manos se aferraban al filo que ardía en su interior. Eskkar se lanzó hacia delante, bajando el hombro contra el hombre herido y haciéndolo caer de espaldas. Simultáneamente, Ariamus golpeó la cabeza de Annok-sur con el pomo de su espada, liberándose de sus brazos. Sacó la espada, pero antes de poder golpear, Eskkar saltó hacia él. Se estrelló contra Ariamus, liberando al mismo tiempo su gran espada del egipcio moribundo.

Lucharon cuerpo a cuerpo. Demasiado cerca para usar su espada, Eskkar dejó caer el arma y agarró a Ariamus con ambos brazos, inmovilizándolo; éste no dejaba de retorcerse, pero no podía usar su arma. Algo bloqueó la luz por un instante, y Eskkar vio a alguien moviéndose a sus espaldas. Todavía abrazando a Ariamus, Eskkar giró, manteniendo a Ariamus entre él y cualquiera que fuese el peligro.

Eskkar vio a la luz de la lámpara el relampaguear de una espada, y Ariamus gritó cuando ésta le atravesó la parte superior del brazo. Levantando a Ariamus en un arranque de ira, Eskkar lo lanzó contra el nuevo agresor, deteniendo el avance del tercer hombre por un instante, hasta que empujó con fuerza a Ariamus contra la pared. El antiguo capitán de la guardia cayó al suelo, mareado y agarrándose el brazo.

Para entonces, Eskkar se había agachado y recuperado su espada. Ése debía de ser Korthac. Nadie más estaría en esas habitaciones. Sólo Korthac se encontraba entre él y Trella, pero la puerta estaba abierta y los hombres de Korthac podían llegar en cualquier momento. Eskkar alzó su espada ensangrentada y avanzó.

***

En la cima de la torre, las estrellas y la luna daban luz apenas suficiente para que Drakis viera a sus enemigos, sombras movedizas contra el cielo nocturno. Vociferando como un demonio, golpeó a diestra y siniestra, atacando a cualquiera que no gritara el nombre de Eskkar. Sus hombres se abrieron paso a sus espaldas, lanzando gritos de guerra. Habían rechazado a los confundidos defensores escaleras arriba, fuera de la torre y hacia el parapeto, pero aún había que acabar con los seguidores de Korthac. Drakis no tenía otro pensamiento que no fuera blandir su espada, gritando el nombre de Eskkar a viva voz, mientras golpeaba y volvía golpear a los enemigos que tenía delante, sin importarle dónde diera su espada.

Los defensores, aterrorizados y creyéndose sobrepasados en número, perdieron la voluntad de luchar. Tomados por sorpresa en la noche, sólo pensaron en huir. Un hombre murió, luego otro, antes de que el resto soltara las espadas y escapara. Se tropezaban al tratar de huir, suplicando piedad y saltando hacia el parapeto que terminaba contra el costado de la torre, una caída de cinco metros. Los que pudieron hacerlo salieron a la carrera, dando gracias a los dioses por poder escapar. Un hombre cayó de la pared hacia el foso, casi ocho metros. Un grito de dolor siguió a su caída.

Respirando agitadamente, Drakis sacudió la cabeza para aclarar sus pensamientos. Habían tomado la torre. Mirando a su alrededor, vio cuerpos caídos. Una flecha le pasó cerca de la cabeza y se dio cuenta de que provenía de la torre vecina. Su excitación desapareció a la vez que se agachaba. La otra torre seguía en manos enemigas, custodiada por hombres con arcos.

Se escuchaban, abajo, más gritos de batalla. Ahora la mayoría de sus hombres habían alcanzado la parte alta de la torre.

—¡Bajad! Cuidado con los arqueros enemigos de la otra torre —les dijo Drakis mientras agarraba a uno de sus hombres y lo arrastraba para que se protegiera bajo el parapeto. La frustración se materializó un instante después cuando se dio cuenta de que Enkidu no había conseguido tomar la otra torre.

—¡Usad los arcos para despejar la otra torre, y cubrid después la puerta! Aseguraos de que permanezca cerrada. Voy a bajar. —Abriéndose paso a empujones en dirección a la oscuridad del interior de la torre, Drakis avanzó con cuidado por los ahora sangrientos escalones, procurando pisar bien. Llegó abajo rápidamente, y tropezó en los últimos peldaños.

La base de la torre no tenía puerta, y poco en su interior, aparte de los escalones que llevaban a las almenas. Vio a Enkidu y a sus hombres de pie en la entrada, usando los arcos y disparando a cualquier cosa que se moviera.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué no…?

—Han bloqueado la entrada con una mesa antes de que pudiéramos alcanzarla, Drakis. Hablan un idioma extraño…, deben de ser hombres de Korthac. He perdido dos de mis hombres tratando de abrirme paso. —Enkidu hizo una pausa para recuperar el aliento—. Entonces he ordenado a mis hombres que entraran aquí.

—Malditos sean los dioses.

Gruñendo de ira, Drakis miró por la abertura. El plan para tomar ambas torres había fracasado, pero todavía podía controlar la entrada desde una sola torre, si podía mantenerla. Al menos tendría a todos sus hombres juntos.

La fogata, fuera, seguía ardiendo, pero las llamas habían comenzado a menguar. Enkidu le había dado una idea. Si pudiera levantar una barricada en la puerta, podría defender la torre y la puerta. Esta torre no tenía mesa; no había nada, de hecho, salvo unas pocas mantas tiradas en el suelo. Drakis echó un vistazo hacia fuera. En la calle, en dirección norte desde la muralla, podía ver los habituales carros y mesas, arrimados durante la noche contra las casas de sus dueños. Un objeto se perfilaba aún más grande, incluso en la tenue luz: una carreta de campo, con unas ruedas casi tan grandes como un hombre. Si la pudiera acercar, se convertiría en una barrera formidable.

—¿Ves aquel carro calle arriba? Lo arrastraremos hasta aquí y lo usaremos para bloquear la entrada.

Enkidu miró hacia la entrada.

—Nos estarán disparando. Los guerreros de Korthac ya se están congregando alrededor de la otra torre. Sus arqueros ya están apuntando hacia esta entrada. —Como para dar énfasis a las palabras de Enkidu, una flecha se clavó ruidosa en el marco de la entrada.

—Yo iré a por él. Me llevaré a tres hombres. Envía a algunos de tus hombres arriba. Cubridnos desde allí. Apresúrate.

Haciendo caso omiso de las protestas de Enkidu, Drakis llamó a tres hombres y les dijo lo que planeaba. Dejando su arco, se acercó a la entrada y examinó la calle. Se escuchaban gritos confusos por todas partes y los hombres corrían por el espacio abierto, pero nadie todavía se había atrevido a acercarse a la torre y la calle hacia el norte parecía vacía. Así y todo, no pasaría mucho tiempo hasta que alguien asumiera el mando y comenzara el contraataque.

—¡Vamos! —dijo, y salió a la carrera, tan rápido como podía. Mirando hacia atrás, Drakis vio que sus hombres lo seguían, e incluso pudo ver a Enkidu y a otro hombre de pie junto a la entrada, con los arcos preparados.

El carro se encontraba por lo menos a cien pasos de la torre, y una vez allí tendrían que empujar el tosco vehículo. Respirando agitadamente, llegó hasta el carro y descubrió que estaba orientado en la dirección contraria. Tendrían que darle la vuelta, o sería todavía más difícil moverlo. Drakis lo sobrepasó, luego se arrodilló y alzó la pesada lanza de madera, jadeando bajo su peso.

Uno de sus hombres se le unió y juntos levantaron la lanza y la empujaron cada vez más alto, hasta que cayó hacia atrás con un fuerte estrépito. Sus otros hombres ya se habían acercado pegados a los muros de las casas y comenzaban a empujar. Drakis agarró el borde de la rueda delantera y añadió su peso. Lentamente, con muchos chirridos y protestas, el pesado artefacto comenzó a moverse.

Tan pronto como lo separaron de la pared, Drakis ordenó a sus hombres que se pusieran en la parte trasera del carro. Los cuatro lo alzaron en vilo, mientras se quejaban de su peso, y simplemente le dieron la vuelta de modo que el frente del carro apuntara hacia la torre.

—Apoyad los hombros contra él —dijo Drakis, respirando agitadamente por el esfuerzo, y lanzó su cuerpo contra el tosco carro.

Entre crujidos, el carro comenzó a moverse. Drakis se maldijo por no haber llevado más hombres; dos bueyes adultos movían habitualmente un carro de ese tamaño. Después de unos pasos, giró más fácilmente, pero no podían moverlo con más rapidez y, por mucho esfuerzo que hicieran, la velocidad era constante. Así y todo, recorrieron la mitad de la distancia hasta la torre antes de tener la primera señal de que alguien percibía sus movimientos. Una flecha impactó contra el carro con un redoble; por el ángulo con el que se había clavado, Drakis supuso que provenía de la otra torre.

—Mantened el carro entre nosotros y la torre —ordenó a sus hombres, que giraron un poco más hacia la izquierda. Otra flecha más silbó sobre sus cabezas.

Luego se oyó una voz por encima de ellos:

—¡Cuidado, por la espalda!

El aviso provenía del tejado que había detrás de ellos, adonde los medio dormidos ciudadanos de Akkad se habían retirado, algunos por seguridad, otros para observar el espectáculo. Drakis miró por encima del hombro y vio a cuatro hombres que corrían hacia ellos blandiendo sus espadas.

—¡A nuestras espaldas!

Sacó su espada de la vaina y la levantó en alto mientras se preparaba. Unos pocos pasos antes de que llegaran los agresores, uno de ellos tropezó y cayó, profiriendo un grito de dolor que resonó en la noche. Drakis vio que tenía una flecha clavada en la pierna. Eso significaba un hombre menos contra el que pelear, y provocó en sus atacantes un momento de duda antes de iniciar la lucha; para entonces Drakis y sus hombres ya estaban listos.

Chocaron las espadas. Drakis, la furia bélica todavía en él, gritó el nombre de Eskkar con todas sus fuerzas, blandiendo la espada mientras atacaba a su oponente, combinando una estocada con un mandoble con tal salvajismo que aterrorizó a su agresor. Éste dio media vuelta y huyó. Otro yacía muerto o agonizante, y el último atacante también dio media vuelta y desapareció en la oscuridad.

Drakis ni siquiera hizo una pausa para respirar. Espada en mano, apoyó la espalda contra el carro y empujó. Sus talones dejaron profundas huellas en la tierra, resbalando una y otra vez, pero al menos podía vigilar su retaguardia.

Les llevó un buen rato volver a poner el carromato en movimiento, y ahora tenían que dirigirlo un poco hacia la izquierda, de modo que apuntara a la entrada de la torre. Éste se desplazó aún más lentamente al girar. De pronto, comenzó a moverse más rápido, y Drakis se dio cuenta de que dos arqueros más habían llegado desde la torre y empezaban a empujar desde la rueda delantera izquierda, ayudando al renuente carro y guiándolo derecho hacia la entrada de la torre.

Eso los volvía blancos fáciles. El frente del carro estaba expuesto no sólo a los arqueros de Korthac de la otra torre, sino a los hombres que Drakis vio congregándose al otro lado de la plaza. Oyó que una flecha golpeaba en la base de la torre y se estrellaban dos más contra el carro mismo.

Luego el carro pasó frente a la abertura.

—¡Todos adentro! —Drakis los siguió; le temblaban tanto las piernas por el esfuerzo que tropezó y por poco se cae. La pelea y el pesado carro habían agotado sus fuerzas, y necesitaba un momento para recuperar el aliento. Oyó a Enkidu dar órdenes y, por un instante, se limitó a observar.

Su segundo al mando tenía a seis hombres lidiando con el carro, esta vez esforzándose por trabar una de las grandes ruedas de madera en la entrada. Un hombre se deslizó por debajo del carro hacia la calle y luego se subió a la plataforma del mismo. Drakis había supuesto que el carro estaría vacío, pero ahora pudo ver que había dos grandes planchas de madera, sin duda utilizadas para destrabar el carro si se quedaba atrapado en el barro o en la arena. El soldado, con las flechas silbando a su alrededor, se las alcanzó a Enkidu, antes de lanzarse de cabeza de regreso a la torre. Las dos planchas de madera, tan altas como un hombre, servirían para sujetar el carro contra el muro.

Drakis se inclinó contra el marco. El carro bloqueaba la entrada y proporcionaba un escudo de protección a sus arqueros. Sus hombres podrían defender la torre, al menos por ahora. Respiró hondo para llevar más aire a sus pulmones.

—Prepara a tus arqueros, Enkidu —dijo Drakis. A diferencia de la turba a la que había tomado por sorpresa y espantado de la torre, Drakis sabía que ahora se enfrentarían a egipcios disciplinados y que la verdadera lucha estaba a punto de comenzar—. Pronto vendrán a por nosotros.

***

A diferencia del resto de los dueños de tabernas, En-hedu se despertó mucho antes del amanecer, hábito que había adquirido desde que comenzara a vigilar las casas de Korthac. Desde que el egipcio había dejado la casa el día en que tomó el poder, En-hedu había dejado de vender sus mercancías. La necesidad de vigilar a Korthac había pasado; ahora tenía el poder, al menos hasta que regresara Eskkar. Hasta que llegara ese momento, Tammuz y ella esperaban, contentos, por primera vez, de que casi nadie conociera sus verdaderas actividades.

Sin embargo, el hábito de despertar temprano continuó, aunque ahora ella empleaba ese tiempo con otros propósitos. En-hedu se puso de costado, de cara a Tammuz, que aún dormía. Ella no podía salir del lecho sin pasar por encima de él, por lo que decidió despertarlo. Ésa se había vuelto una nueva experiencia para ella. No despertar a un hombre es algo que había hecho muchas veces con su antiguo amo. En las últimas semanas, despertar a Tammuz se había convertido en un placer en vez del comienzo de un nuevo día de humillaciones.

Ella se acercó a él, apoyándose sobre un codo y dejando que uno de sus pechos rozara el pecho suyo. Él se movió, pero no se despertó, por lo que ella buscó entre sus piernas y comenzó a acariciarlo. Todavía dormido, en instantes estuvo erecto, y cuando ella apretó su creciente hombría, él gimió de placer.

—Despierta, amo —le dijo, susurrando las palabras en su oído—. Está amaneciendo.

Sorprendido, levantó la cabeza, pero la mano de ella, sosteniéndolo todavía, hizo que no se levantara.

—¿Qué…? En-hedu… —suspiró satisfecho y dejó caer la cabeza en la cama nuevamente. Ella apretó con más fuerza, y empezó a mover la mano de arriba abajo. Desde que ella salvara su vida el día en que Korthac tomó el poder, sus sentimientos por él habían cambiado, profundizándose y haciéndose más fuertes. Ahora ella quería complacerlo, cuidar de él, mantenerlo cerca todo lo posible. Todavía se maravillaba de su gentileza, y ella se había vuelto más y más atrevida cada vez que hacían el amor. A diferencia de su antiguo amo, Tammuz era diferente, tenía otro sabor. Lo que antes había sido degradante, ahora se había vuelto algo tan excitante como placentero.

Después de unos días de hacer el amor, ella se descubrió tan húmeda que sus jugos le corrían por los muslos. Ahora volvió a apretarlo, y luego se inclinó sobre él, apartando la manta. Le besó la erección, rozándola con los labios antes de introducírsela en la boca. Los sonidos que él hacía entonces siempre la excitaban, y ella disfrutaba de su poder sobre él, de su necesidad de caricias y de su cuerpo. Esa mañana sería especial, decidió, y se sintió excitada por anticipado.

De pronto se detuvo y se sentó en la cama.

—¿Qué ha sido eso?

—¿Qué? Nada…, nada…, no te detengas…

—No, ha sido algo —insistió, dejando a Tammuz—. Hombres gritando… —El ruido se repitió, esta vez más fuerte.

Tammuz se sentó en la cama y tiró la manta al suelo; ahora ambos oían un clamor de hombres, seguido por el toque de una trompeta distante dando la alarma.

Arriba, oyeron que Gatus se movía y supieron que él también había oído los mismos ruidos.

Tammuz puso los pies en el suelo y se apartó de la cama.

—Gatus —llamó en voz baja hacia el escondite—, ¿qué ha sido eso?

Ella oyó el crujido de la escalera, luego las estrellas desaparecieron cuando el cuerpo del soldado bloqueó por un momento la entrada, antes de que Gatus bajara hasta el cuarto.

—Peleas —dijo Gatus bajando el último escalón—. Hombres peleando cerca de los barracones. He oído a alguien gritar el nombre de Eskkar.

Ese nombre no había sido pronunciado en voz alta desde hacía tiempo, desde el sanguinario edicto de Korthac.

Para cuando Gatus descendió la escalera, En-hedu ya había salido de la cama. Tanteando en la oscuridad, encontró el cuchillo que Tammuz le había dado. El delgado filo de cobre, envainado en suave cuero, se ajustaba en un cinturón en torno a su cuerpo, debajo de sus pechos. Se puso el vestido por encima de la cabeza. Si caminaba con los brazos cruzados, el cuchillo quedaba bien oculto.

—¿Puede haber vuelto tan pronto? —preguntó Tammuz, poniéndose la túnica y cogiendo su propio cuchillo.

Gatus rió mientras se agachaba y ajustaba las sandalias.

—Eskkar sabe cómo moverse rápido cuando tiene que hacerlo. Ningún otro podría despertar a estos cobardes. Debía de estar en camino cuando se enteró.

—Los hombres de Korthac han estado vigilando las rutas —dijo En-hedu—. Habrían dado aviso.

—Eskkar puede haberse colado entre ellos —gruñó Gatus—. Conoce los alrededores mejor que nadie…, pero mientras esté aquí, no importa cómo lo haya conseguido. Es hora de luchar. Me voy hacia los cuarteles. Vosotros quedaos aquí. —Abrió la puerta que daba al cuarto principal y se dirigió con rapidez hacia la entrada de la taberna.

—Ni hablar —dijo Tammuz, y se fue detrás del viejo soldado después de atarse las sandalias. En-hedu ayudó a Tammuz a ajustarse el cinturón. Para cuando Tammuz y En-hedu salieron de su cuarto, la mitad de los que estaban durmiendo habían partido, despertados por los crecientes ruidos de pelea que casi tapaban las voces que gritaban el nombre de Eskkar. Sólo quedaron los borrachos, todavía embotados de tanta cerveza. Fuera, varios de los clientes de Tammuz estaban de pie junto a la puerta de la taberna preguntándose qué sería toda esa conmoción y hablando con excitación a cualquiera dispuesto a escuchar.

—¿Adónde vamos? —preguntó En-hedu, al lado de Tammuz, junto a la entrada.

—A casa de Trella. Tal vez allí seamos de alguna ayuda. Tú deberías quedarte…

—Voy contigo —dijo En-hedu. Ella sabía que Tammuz no quería que fuese, pero eso era algo que ya habían discutido. Adondequiera que él fuese, ella estaba decidida a permanecer a su lado. Sin más palabras, pasó por delante de él y comenzó a caminar por la calle, en dirección a la casa de Trella.

—Si alguno de vosotros quiere, que venga con nosotros —dijo Tammuz por encima del hombro, mientras seguía a su mujer.

Mirando las estrellas, que empezaban a apagarse, En-hedu se dio cuenta de que la aurora estaría pronto sobre ellos. A su alrededor oía a la gente hablando con excitación, preguntándose qué estaba sucediendo, qué hacer. Y por encima de todo el ruido, oían a la gente gritando el nombre de Eskkar y de vez en cuando el entrechocar de las armas.

Tammuz alcanzó a En-hedu y se puso delante, abriéndose camino entre la multitud cada vez mayor. Tres de los hombres de Korthac salieron de una taberna y tropezaron en la calle, en la misma dirección. La calle pronto dio a una intersección, y el primer hombre dobló hacia la izquierda, hacia los barracones. Hacia la derecha era la dirección de la casa de Eskkar.

Ella vio horrorizada cómo Tammuz salía a la carrera, se acercaba al último de los tres y le hundía el cuchillo en la espalda. Sin detenerse, Tammuz giró hacia la izquierda, dejando al hombre herido tambaleándose unos pasos antes de caer a tierra, gritando de dolor. Sus dos compañeros desaparecieron en la oscuridad sin darse cuenta siquiera.

En-hedu corrió todo lo deprisa que pudo y se las arregló para seguir a Tammuz. Juntos doblaron la calle y vieron, frente a ellos, la casa de Eskkar. Tammuz se detuvo repentinamente. La calle estaba repleta de hombres de Korthac, la mayoría egipcios, salidos de las casas de los alrededores, donde habían estado alojados. Vio cómo se lanzaban hacia el patio de la casa de Eskkar, y los sonidos de la lucha y de los hombres gritando se propagó a lo largo de los muros.

Ella cogió a Tammuz del brazo y lo apretó contra sí con toda su fuerza.

—No puedes. Son demasiados. —Ella había temido que él saliera a la carrera a enfrentárseles, con su inútil cuchillo frente a tantas espadas.

—Ya lo veo —dijo con una maldición—. Volvamos.

Dieron media vuelta y volvieron sobre sus pasos por la calle, alejándose de la casa. En lo alto, las estrellas empezaban a extinguirse, mientras los primeros rayos de la alborada comenzaban a brillar. Había hombres corriendo por todas partes, y ella vio a otros dos invasores, espada en mano, abriéndose camino a través de la multitud, en dirección a la casa de Eskkar.

—Quédate detrás de mí —le ordenó Tammuz.

En-hedu buscó dentro de su vestido, sacó el cuchillo de su funda y lo sostuvo contra su muslo. Sintió que el corazón le latía como un caballo desbocado contra las costillas.

Tammuz se apretó contra la muralla mientras pasaba a la carrera el primero de los hombres de Korthac, pero se abrió camino hacia la calle, cruzándose frente al segundo. Antes de que el egipcio, maldiciendo, pudiera empujar a Tammuz a un lado o alzar la espada, el cuchillo de éste relampagueó cuando lo alzó para clavárselo al hombre en el estómago, hasta las costillas. El hombre gruñó tanto de sorpresa como de dolor frente al inesperado golpe. Antes de que el egipcio cayera al suelo, Tammuz ya se había apartado, corriendo por la calle, con En-hedu a su lado, y mirando por encima del hombro para asegurarse de que nadie los seguía.

Llegaron a una puerta abierta y entraron. Fuera la multitud iba de un lado a otro, todos gritando y preguntándose qué hacer. Los ruidos de pelea eran cada vez más intensos y En-hedu se dio cuenta de que el sonido provenía de diferentes direcciones.

Después oyó voces furiosas gritando en egipcio, y al asomarse pudo ver a un grupo de hombres moviéndose por la calle, en dirección a la puerta. Reconoció la voz de Hathor alzándose por encima del tumulto. Su voz parecía calmada y controlada a pesar del caos, mientras daba órdenes y hacía avanzar a sus hombres.

—Alguien los está enviando hacia la puerta —dijo ella.

—También allí deben de estar peleando. —Se agacharon mientras el grupo de invasores pasaba por delante de la puerta, respirando agitados, maldiciendo y gritándose unos a otros. Antes de poder hacer nada, otra media docena de hombres pasó a la carrera, siguiendo al primer grupo en dirección a la puerta.

Tammuz le soltó la mano y En-hedu supo lo que él planeaba. Cuando el último de los hombres de Korthac pasó, Tammuz se escabulló detrás del rezagado, lo alcanzó de tres zancadas y lo apuñaló.

Con suficiente luz para poder verlo, para horror suyo, se dio cuenta de que se acercaban más extranjeros. Tammuz vio al primero, que gritó algo en egipcio mientras levantaba la espada y lanzaba un golpe.

Tammuz se agachó esquivando el golpe, retrocedió otro paso, y cuando el hombre se fue hacia él, elevando la espada con un grito, Tammuz se lanzó hacia delante como un remolino, extendiendo su brazo y clavándole el cuchillo en el pecho. El hombre gritó de dolor a la vez que dejaba caer la espada: el puñal de Tammuz le había arrancado la vida entrándole por debajo del esternón.

Pero el hombre mortalmente herido se precipitó hacia delante, tirando a Tammuz, que cayó de espaldas. En-hedu oyó el golpe que Tammuz se dio en la cabeza contra la base de la pared, lo que le dejó aturdido, con el hombre muerto o agonizante encima de él.

Aparecieron dos egipcios más, uno gritando al otro algo incomprensible. Uno esquivó a sus camaradas caídos y siguió corriendo. Ella vio a Tammuz, confundido, intentando apartar al hombre caído con su brazo sano. El segundo egipcio alzó la espada contra Tammuz, que aún sostenía el puñal y pugnaba por salir de debajo del otro cuerpo. El choque contra el muro de adobe lo había atontado, y el cuchillo cayó de sus temblorosos dedos.

En-hedu gritó y se lanzó hacia delante, levantando su puñal. El hombre la vio y se echó a un lado. Dio media vuelta, la espada en dirección a la cabeza de ella. Ella se tiró al suelo, y comenzó a rodar por la tierra hasta terminar junto a Tammuz, perdiendo, por el camino, su propio cuchillo. Se puso de rodillas y se lanzó sobre Tammuz, interponiéndose entre él y el egipcio. Tendría que matarla a ella primero. Cogió el cuchillo que se le había caído, pero se le resbaló la empuñadura; mirando con ojos horrorizados al hombre que se abalanzaba sobre ella, vio cómo se le venía la espada a la cabeza.