Capítulo 2

Una hora después del amanecer, los acadios se marcharon de Dilgarth. Los pobladores se quedaron por allí, taciturnos, viéndolos partir y esperando hasta que los soldados estuvieran lejos para volver a sus tareas. Algunos hombres fueron hacia los sembrados, otros, hacia el río. Las mujeres pronto siguieron a los hombres por la destruida entrada, arrodillándose en el barro para reparar las vitales acequias que llevaban la preciosa agua del río hasta los sembrados siempre sedientos. Una delgada columna de humo se elevó desde el taller del herrero, y el martillo del carpintero se dejó oír mientras otro día de trabajo en la reconstrucción de la villa daba comienzo. Al igual que los bandidos, los soldados habían llegado y se habían marchado. Sin otra opción, los pobladores volverían a intentar recomenzar sus vidas.

La mañana pasó sin sobresaltos. Llegó el mediodía y los pobladores regresaron a sus hogares, a comer una escasa ración y a descansar brevemente antes de volver a sus labores. A media tarde, a pesar de que el sol todavía estaba alto en el cielo, comenzaron a volver a la villa, llevando sus fardos o herramientas, caminando lentamente, las cabezas gachas, los ojos exhaustos fijos en el polvo.

Cuando el último de ellos cruzó la entrada, Eskkar se alejó del borde de la plaza. Desde allí podía ver la entrada de la villa. Volvió hasta la casa de la anciana de la villa y abrió la puerta. Durante la mayor parte del día había montado guardia sobre la casa y sus dieciocho ocupantes, la mayoría niños, o demasiado viejos o enfermos para trabajar, asegurándose de que sólo sus soldados hubieran salido a los campos. Eskkar no quería arriesgarse en modo alguno a que los pobladores lo traicionaran, ya fuera voluntariamente o con un cuchillo en la garganta. Sus hombres se habían mantenido cerca de las mujeres que se llevaron consigo a los sembrados. Únicamente aquellos de quienes Nisaba daba garantías recibían permiso para partir, y eso sólo en compañía de los hombres de Eskkar.

Los demás hombres de Dilgarth, vestidos con ropa de soldado, habían marchado con el resto de las fuerzas de Eskkar aquella mañana. El soldado más alto de la columna vestía la túnica de Eskkar y montaba el caballo del capitán. Ese soldado había avanzado a la cabeza de la columna, entre Grond y Sisuthros, cuando los acadios salieron de la villa y continuaron su marcha hacia el norte. Si los bandidos habían dejado a un espía, éste informaría de que Eskkar, personalmente, encabezaba la columna.

Si el espía podía contar, también podría declarar que todos los soldados habían partido hacia el norte. Al menos Eskkar confiaba en que su partida fuera relatada en esos términos. Entretanto, los soldados marcharían hacia el norte hasta levantar campamento al atardecer. Entonces, los veinte jinetes darían media vuelta y comenzarían su regreso volviendo sobre sus pasos hacia la villa. Con suerte, llegarían antes de medianoche, aunque Eskkar esperaba que todo hubiera concluido para entonces.

Eskkar se había quedado junto con diez hombres, el único número que podía igualar al de hombres capaces en Dilgarth. Pero había seleccionado a algunos de los mejores guerreros y arqueros de su tropa, todos ansiosos de probarse junto a Eskkar, para hacerse dignos del clan del Halcón.

En el ascenso de Eskkar al poder, muchas de las antiguas costumbres se habían dejado de lado y se habían creado otras nuevas. Después de una de las primeras batallas, Eskkar había establecido un nuevo tipo de clan, un clan no de sangre o lugar, sino de hermanos de batalla. Desde entonces, cada miembro del clan del Halcón había hecho un juramento de lealtad, primero a Eskkar y luego a sus hermanos.

En las subsiguientes batallas contra los bárbaros, el clan del Halcón había crecido en número, aunque muchos murieron en el asalto final. Sólo aquellos que habían demostrado su habilidad en el campo de batalla podían ser propuestos como candidatos a ingresar en el clan del Halcón. De ser aceptados, su pasado, su tierra natal, su antiguo clan carecerían de importancia. Ahora, hombres de los cuatro rincones de la tierra, muchos sin hogar y sin amigos, tenían un clan propio, una nueva familia, en donde todos eran iguales en el honor. El símbolo del halcón se convirtió en una marca de valor y prestigio y cualquier soldado digno de su espada ansiaba llevar el emblema del halcón. Aunque su número no llegaba a los treinta, estos soldados de élite constituían la base de los lugartenientes y guardaespaldas de Eskkar, el corazón de los guerreros que sostenían a Eskkar en el poder.

Cada miembro del clan del Halcón llevaba con orgullo su emblema en el hombro izquierdo, para que todos pudieran ver la marca de bravura y distinción. Cualquiera de los soldados de Eskkar saltaría ante a la oportunidad de demostrar su coraje y valor, y qué mejor modo que hacerlo peleando junto a Eskkar. Cinco de los diez soldados que se quedaron con Eskkar pertenecían al clan del Halcón. Los demás confiaban en obtener dicho honor en alguna batalla futura.

Sin modo de saber si la villa había permanecido bajo la mirada de los bandidos, Eskkar ordenó a sus hombres que regresaran temprano de los campos. No quería que los bandidos irrumpieran mientras sus escasos soldados se encontraban desperdigados en el campo, o regresando a la villa, y los mataran o capturaran de uno en uno. Además, sus hombres necesitarían tiempo para descansar, preparar sus armas y ocupar sus puestos. Eskkar confiaba en que los bandidos, de estar observando, no sospecharan que su temprano regreso tuviera la más mínima importancia.

Hamati, el único soldado mayor del grupo, caminó junto a su capitán. Hamati se había detenido sólo para tomar un largo trago de agua en el pozo y para limpiarse el barro y la suciedad de las manos y el rostro.

—Que todas las maldiciones de Marduk caigan sobre estos granjeros, capitán, y su apestoso estilo de vida. Hacía años que no trabajaba tan duro.

La leyenda contaba que Marduk, señor de los cielos y padre de los dioses, había creado al primer granjero con barro del río para que arara la tierra. Los granjeros le pedían su bendición para las cosechas, aunque lo maldecían por haber hecho de la labranza una tarea tan agotadora.

—Estás blando por la vida regalada que llevas, Hamati —dijo Eskkar con una carcajada—. No has pasado ni un día entero en el campo y ya te quejas. Da las gracias por no tener que hacerlo todos los días. ¿Algún problema con las mujeres?

—No, pero no hacían más que mirar por encima del hombro en dirección a las colinas. La mitad quería regresar a la carrera a la villa y la otra mitad quería esconderse en los sembrados o a lo largo de la ribera.

Unas cuantas mujeres nerviosas no levantarían sospechas. Después de lo que Dilgarth había sufrido, era natural que se mantuvieran ojo avizor en busca de señales de bandidos o ladrones.

—Asegúrate de que tus hombres estén alimentados y listos, Hamati. Si yo fuera un bandido, estaría aquí una o dos horas antes del atardecer. Eso les daría tiempo suficiente antes de la oscuridad para juntar lo que necesiten y marcharse.

O puede que no volvieran. Eskkar se preocupaba ante la posibilidad de que pudieran estar ya lejos o planeando regresar dentro de varios días, o una semana. Había intentado ponerse en su lugar y esperaba que ellos hicieran lo que él habría hecho. Si no estaba en lo cierto, si habían seguido su marcha…, a tres días de haber partido de Akkad, aparecería como un tonto ante sus hombres, burlado por unos pocos bandidos perezosos. Apartó con fuerza esas ideas. El sol de la tarde prometía varias horas más de luz. Si no regresaban hoy, sus jinetes volverían esa noche y él podría salir en su busca al día siguiente.

Si Hamati tenía alguna duda, no lo hizo saber. En cambio, se dirigió a ocuparse de los otros soldados.

Eskkar se volvió y se encontró a Nisaba de pie frente a él. Ella, como Hamati, estaba cubierta de la tierra de los sembrados. Las mujeres habían reconstruido una acequia a unos cientos de pasos de la villa. Incluso en los mejores tiempos, los canales necesitaban de reparaciones constantes mientras llevaban el agua dadora de vida a los sembrados.

—¿Qué es lo que necesitas, anciana?

—Nada, noble. Ya he ofrecido oraciones para que triunfes en la batalla. Mátalos a todos, noble. Venga a mis hijos.

Eskkar le sonrió.

—Llévate a las mujeres más valientes y ponlas a trabajar cerca de la entrada de la villa, anciana. A los bandidos les podría parecer extraño no ver a nadie fuera de la villa. A la primera señal de alarma, regresa a esta casa y atranca la puerta.

En el mismo momento en que aquellas palabras sin sentido salieron de sus labios, quiso retirarlas. Si él y sus hombres fracasaban, un palo de madera trabando una puerta no detendría a bandido alguno.

Ella hizo una reverencia y partió. Él cruzó rápidamente la pequeña plaza, asegurándose de que los hombres estuvieran listos y que todos comprendieran el plan. Eso le valió una mirada de reproche de Hamati, pues acababa de hacer exactamente lo mismo. Sin embargo, Eskkar no quería correr ningún riesgo, y su preocupación le mostraba a cada hombre lo importantes que eran sus órdenes.

En sus triunfos contra Alur Meriki, Eskkar había aprendido que ningún detalle era nimio para dejarlo al azar, así como ninguna orden tan sencilla como para que algún tonto no la olvidara en la excitación de la batalla. Sólo cuando estuvo seguro de que todos estaban preparados y en su sitio se dirigió a su propio puesto cerca de la entrada principal. Le había asignado los mejores arqueros a Hamati. Aunque Eskkar podía lanzar una flecha con bastante precisión, nunca había sido capaz de alcanzar el rápido lanzamiento de sus mejores hombres. Mejor apostarse a la entrada, donde su espada podría ser de utilidad.

En el pasado había allí una tosca puerta para cerrar el paso, más para mantener a los animales domésticos dentro y a los salvajes fuera por la noche, pero los bandidos no querían que hubiera nada que les impidiera entrar o salir rápidamente de la villa. Así que la habían derribado y habían usado la madera como leña.

Después de unos momentos de espera, Eskkar se dio cuenta de que no tenía paciencia para esperar allí, donde no podía ver casi nada. Maldiciendo por lo bajo, volvió a la casa de la anciana, entró y trepó por la escalera de madera que llevaba al tejado.

Mitrac, el más joven de los arqueros de Eskkar, levantó la mirada al ver llegar a su capitán. El joven estaba reclinado sobre su arco, observando los alrededores de la villa, con una manta bajo su cuerpo y su arco y dos aljabas con flechas a su lado. Una larga daga, casi tan larga como las espadas cortas que llevaban los soldados, descansaba sobre la manta. Su poderoso arco era unos treinta centímetros más largo que cualquiera de los que llevaban los soldados, y las flechas de Mitrac no sólo eran tres pulgadas más largas, sino algo más gruesas, todas marcadas de rojo cerca de las plumas.

El rostro del muchacho parecía más joven de lo que era y Eskkar tuvo que recordarse que nadie que hubiera matado a un enemigo en el campo de batalla podía ser considerado un niño, y mucho menos alguien que hubiera matado tantos como Mitrac.

—¿Sucede algo, capitán? —preguntó Mitrac, sorprendido por la intempestiva visita de Eskkar—. Creí que estaría en la entrada.

Eskkar se sentó al borde del tejado.

—No, Mitrac, sólo quería ver lo que pasa, y no podía ver nada desde la puerta. —Mirando por encima de la endeble empalizada, Eskkar vio a media docena de mujeres trabajando en uno de los canales de riego más próximos. Parte de los laterales había caído, ya fuera por sí solo o porque algunos bandidos habían pasado con sus cabalgaduras por encima de él.

Tres mujeres estaban de pie en el canal, con las aguas pardas hasta las rodillas, mientras sacaban barro del canal y lo depositaban a un lado. Sólo una tenía una pala. Las otras usaban pedazos de arcilla o incluso las manos para sacar el barro y ponerlo en su lugar. Mientras Eskkar observaba, Nisaba se puso a la vista, de pie al borde del canal. Estaría intentando dar aliento a las mujeres y mantenerlas ocupadas. La villa tenía que parecerles a los bandidos tan normal como fuera posible.

—Las mujeres están asustadas, capitán —comentó Mitrac—. No dejan de mirar a las colinas.

—Bueno, las han violado y golpeado suficientes veces. —Se volvió al joven arquero—. ¿Tú también estás nervioso, Mitrac?

—No, capitán, no mientras usted esté aquí. A donde vaya, yo lo seguiré. Usted siempre sabe qué hay que hacer.

Eskkar sonrió ante la confianza del muchacho. Mitrac y su arco habían acabado, probablemente, con más bárbaros que cualquier otro en Akkad. Eskkar esperaba que la confianza del joven en su jefe no hubiera sido mal depositada.

—Esperemos que la suerte nos acompañe, Mitrac. —Parte de la reputación de Eskkar consistía en su habilidad para anticiparse a sus enemigos. La suerte lo había favorecido más de una vez en los últimos meses. Trella había sugerido la idea de intentar pensar como sus enemigos, ponerse en el lugar de ellos e intentar anticiparse a sus acciones. Sin duda, esos esfuerzos habían ayudado a que los dioses pusieran la buena suerte sobre él y sus seguidores. Ahora que Eskkar pensaba en el asunto, su joven esposa había resultado ser la pieza de mayor fortuna de toda su vida.

Los agudos chillidos de las mujeres hicieron que girara la cabeza hacia la campiña, por donde las vio corriendo hacia la entrada. Le llevó un instante distinguir a la banda de jinetes. Los bandidos estaban acercándose más desde el sur que desde el este, de donde Eskkar había anticipado que vendrían. Los miró acercarse a la villa con un trote calmo, cortando por los campos en ángulo hacia el sendero que conducía al poblado.

Estarían en el camino en unos momentos, y luego estarían a sólo unos quinientos pasos de la entrada de la villa. Cabalgaban al estilo bárbaro, lanzando sus gritos de guerra mientras galopaban, intentando asustar y aterrorizar a los campesinos todo lo posible. Eskkar permaneció inmóvil lo suficiente para contar el número exacto de jinetes.

—¡Malditos sean los dioses! He contado dieciocho. Buena caza, Mitrac.

Sin levantarse, Eskkar se deslizó por la escalera y corrió hacia la entrada principal. Sus diez hombres iban a ser superados en número. Ese día iba a necesitar toda la suerte que los impredecibles dioses pudieran dispensar. Eskkar llegó a la puerta en el momento en que la última de las mujeres, respirando con agitación, entraba tambaleándose en la aldea.

Después llegó Nisaba caminando, secándose las manos en el vestido. Le hizo un gesto de asentimiento al pasar, para comunicarle que todas las mujeres habían regresado. Eskkar tomó un arco e hizo un gesto a los dos soldados al otro lado de la entrada. Uno de ellos tenía un arco en las manos, con una flecha ya preparada, mientras que el otro estaba inclinado sobre un carro bajo, de los que los granjeros utilizaban para presentar sus frutas y verduras en el mercado. Eskkar se arrodilló detrás de un carro similar, apoyando un hombro contra los maderos sin pulir de la empalizada, y espió a través de una hendidura que había entre los troncos. Bajó la cabeza y puso una flecha en su arco. Los bandidos estaban a punto de llegar. La excitación de la batalla le provocó un cosquilleo, y sintió que se le aceleraba el corazón, como sucedía siempre antes de una pelea.

Con un agudo grito de guerra, el primer jinete se abrió paso por la puerta a trote veloz, blandiendo la espada con facilidad. Eskkar permaneció agachado, contando los caballos mientras entraban en la villa. Los jinetes aflojaron el paso de sus agitadas monturas a medida que entraban en Dilgarth. No esperaban ninguna resistencia y los gritos de pánico de las mujeres ya se habían desvanecido. Finalmente, el último caballo entró apenas al trote, su jinete aparentemente más preocupado por las riendas de su animal que por el entorno.

En cuanto el último jinete cruzó la entrada, Eskkar se puso de pie y tensó el arco. Al mismo tiempo que disparaba la flecha hacia la espalda del hombre, un gran griterío se escuchó al fondo de la villa, seguido por los relinchos de caballos asustados y heridos. El blanco de Eskkar estaba a menos de veinte pasos, pero el caballo se encabritó con los ruidos, por lo que el proyectil fue a dar en la parte baja de la espalda del jinete en vez de entre sus omóplatos. Sin embargo, a aquella distancia, el dardo penetró con la suficiente fuerza como para derribar al bandido de su caballo.

En el instante mismo en que dejó escapar la flecha, Eskkar se giró y, con el arco en la mano izquierda, empujó con fuerza el carromato que lo había ocultado hasta colocarlo en el espacio delante de la entrada. Del otro lado, el segundo carro fue empujado contra el suyo, bloqueando la salida de la villa.

Dos carros de poca altura no constituían una gran barricada. Un buen caballo y su jinete podían incluso saltar semejante obstáculo, pero Eskkar estaba decidido a no darle a ningún bandido la oportunidad de probar su habilidad como jinete.

Para cuando Eskkar tuvo preparada otra flecha, el segundo arquero ya había lanzado cuatro veces hacia los jinetes distantes, apuntando y despidiendo las flechas con una velocidad que Eskkar no tenía esperanza alguna de emular. Pero dar en un blanco que se movía y se retorcía era otro asunto. El polvo se levantaba por doquier en el camino. Al fondo del pueblo, los sorprendidos bandidos se habían encontrado con Hamati y seis de sus hombres al entrar en la plaza. Los soldados continuaron lanzando sus flechas sobre los confundidos blancos tan rápidamente como podían.

Eskkar sabía que el jefe de los bandidos contaba con apenas un instante para tomar una decisión. Si desmontaba y urgía a sus hombres a avanzar, a atacar a los arqueros de Hamati, la situación se tornaría muy sangrienta. Pero los guerreros que iban a caballo rara vez querían pelear a pie, y el atacar a un número indeterminado de hombres detrás de una barricada de carros y maderas no era muy tentador.

Un grupo de caballos desbocados apareció por entre la polvareda en dirección a la entrada. Por el ruido de los cascos de los caballos, Eskkar supo que el jefe de los bandidos había decidido huir, no luchar. Eskkar se concentró en el cabecilla, agachado sobre el cuello de su animal, gritándoles a sus hombres y obligando a su cabalgadura a volver hacia la entrada del poblado.

Mitrac, de pie, sobre el borde del tejado, causaba estragos con casi todas las flechas que lanzaba. Sólo tres jinetes permanecieron en sus monturas mientras volvían hacia la puerta principal. Desentendiéndose de los otros dos, Eskkar apuntó al jefe y lanzó su flecha contra el caballo, un blanco fácil contra el que ni siquiera Eskkar podía errar a tan corta distancia. El animal relinchó y se revolvió sobre sí antes de detenerse abruptamente, y su jinete, abrazado al cuello de la bestia, no pudo sostenerse y cayó al suelo. Un segundo bandido cayó también, pero el último jinete enfiló su caballo directamente hacia los carros, y el animal se elevó por encima. Caballo y jinete pasaron por encima de los carromatos y aterrizaron limpiamente al otro lado de la empalizada. Entonces, una de las pesadas flechas de Mitrac se hundió en el hombro de aquel hombre, y el bandido cayó de su montura en el mismo momento que el caballo volvía a tocar el suelo.

—Detened a ese hombre —gritó Eskkar—. Que no huya. —Eskkar desenvainó su espada. El jefe de los bandidos se había golpeado al caer, pero ya estaba en pie, espada en mano, decidido a correr hacia la entrada. Los caballos sin jinete daban media vuelta al toparse con los carros, y las torpes bestias se volvían corriendo por donde habían llegado. Por el momento, la zona de la entrada estaba libre. Viendo el caballo a unos pasos fuera de la entrada, el jefe de los bandidos se lanzó hacia la puerta.

Eskkar bloqueaba el paso.

—¡Baja tu espada!

El jefe de los bandidos demostró ser un verdadero guerrero y se lanzó contra Eskkar con toda la velocidad y fuerza de que fue capaz, blandiendo la espada hacia su cabeza. Atrapado, el hombre sabía que podría tener una oportunidad de escapar si lograba salir de la villa.

La espada de Eskkar, hecha del más fino bronce, brilló al elevarse para bloquear el golpe, y el fuerte ruido de las armas al entrechocar se sobrepuso al resto de los ruidos de la batalla. En el mismo instante, antes de que el hombre pudiera recobrarse, Eskkar bajó su hombro y se lanzó contra el pecho del jefe de los bandidos.

Los dos hombres chocaron entre sí. El bandido, moviéndose deprisa, cobró velocidad, pero Eskkar era más grande y puso toda la fuerza de su cuerpo detrás del golpe. Boqueando a la vez que el aire se le escapaba de los pulmones, el bandido cayó, y antes de poder levantarse, uno de los soldados de la puerta saltó a su lado, atrapando el brazo en el que sostenía la espada hasta que Eskkar pudo pisar la hoja con su sandalia, a la altura de la empuñadura. El hombre dejó escapar el arma ahora inútil y buscó un cuchillo en su cinto, pero Eskkar le puso la punta de la espada en el cuello. El hombre dejó de moverse, aunque dirigía la mirada alternativamente de Eskkar a la espada.

Antes de que el prisionero pudiera cambiar de idea, el soldado de Eskkar arrancó el cuchillo del cinto del prisionero, y luego usó el pomo para golpearle con fuerza en la frente. Esto aturdió al bandido por unos momentos y, antes de que pudiera resistirse, el soldado cortó las tiras de las sandalias del bandido, las hizo girar sobre su estómago y comenzó a atarle las manos a la espalda. Eskkar mantuvo la espada contra el cuello del bandido hasta que sus manos estuvieron atadas.

—¡Capitán! Por aquí.

Eskkar se volvió para ver al otro soldado que había ayudado a defender la puerta. Había pasado por encima de los carros y tenía al bandido herido de pie, la flecha sobresaliendo por el hombro del prisionero. Éste hacía un gesto de dolor, ya fuera por la flecha o por el hecho de que el centinela le había retorcido el otro brazo por la espalda y le había puesto un cuchillo al cuello.

Eskkar empujó uno de los carros fuera del camino, para que ambos pudieran entrar.

Entonces llegó Hamati, arco en mano, con una flecha tensada, el paso firme como si caminara por el campo de entrenamiento de Akkad. Una amplia sonrisa le cruzaba el rostro.

—Vi cómo quiso asestarte un sablazo, capitán —dijo—. Pocos hombres habrían podido parar semejante golpe.

Eskkar echó una mirada al arma que sostenía en su mano, y luego la alzó hacia Hamati. Una pequeña muesca en el metal se veía allí donde los dos filos se habían encontrado, pero sin consecuencias, aunque Eskkar sabía que una espada corriente podría haberse roto bajo el impacto de un golpe tan feroz.

—El regalo de Trella me mantiene a salvo.

La gran espada, dificultosamente construida con el bronce más resistente por los mejores artesanos de Akkad, había tardado meses en forjarse. Trella la había encargado especialmente para él, y le había salvado la vida una vez más.

—¿Cómo fueron las cosas, Hamati? —preguntó Eskkar.

—Tal como esperábamos. En cuanto entraron en el mercado, clavamos siete flechas en sus caballos. Eso hizo que les entrara pánico. Las pobres bestias comenzaron a encabritarse y caracolear, y dos de los hombres cayeron de sus monturas. Mis hombres continuaron disparando. Cada uno lanzó al menos cinco flechas. Eso les quitó las ganas de pelear.

Eskkar no era particularmente adepto a los cálculos, pero algunos números le venían con más facilidad que otros. Caballos, hombres, flechas, esa clase de cosas las podía contar con la suficiente rapidez. Treinta y cinco flechas de Hamati y sus seis hombres, en unos doce o quince segundos. En esos mismos quince segundos, Mitrac, de pie sobre el tejado, había lanzado por lo menos siete flechas, puesto que era mucho más veloz que los demás. Casi cuarenta y cinco flechas en un grupo de dieciséis bandidos, puesto que unos pocos no habían alcanzado a llegar a la plaza antes de que comenzara la emboscada.

—¿Hemos perdido a alguien?

Hamati gruñó disgustado.

—Uno de los bandidos finalmente consiguió llevar una flecha a su arco y Markas la recibió en su brazo. Pero fue mal disparada y ni siquiera le atravesó el brazo. Las mujeres lo están atendiendo. Estará bien en unos días.

Ajustar la flecha al arco mientras simultáneamente se intentaba controlar un caballo desbocado a veces significaba que uno no podía tensar el arco todo lo que quería. Con los arcos más pequeños que usaban los jinetes, eso podía dar como resultado una flecha débil. Los arcos que los hombres de Eskkar utilizaban eran mucho más grandes, armas más poderosas, que lanzaban flechas más pesadas, y eran útiles tanto para cazar animales como hombres. Su punto débil consistía en que eran demasiado grandes para ser utilizados desde un caballo. Esa desventaja no preocupaba a Eskkar, puesto que no contaba con muchos caballos, ni con hombres que supieran combatir con ellos.

El jefe de los bandidos, tendido en el suelo, se quejó y Hamati lo pateó en las costillas con aire despreocupado, pero no con la fuerza suficiente como para romperle nada.

—Capitán, salvo por un bandido que cayó inconsciente en la plaza cuando su caballo fue muerto, estos dos son los únicos que quedan con vida. Los demás están muertos o agonizando allá atrás.

El otro prisionero fue empujado al suelo, junto al hombre con quien Eskkar se había enfrentado. El hombre herido quedó sin aliento por el dolor debido al impacto. Un pedazo de la flecha que le salía por la espalda había rozado el suelo, retorciendo la punta dentro del hombro y causándole, sin duda, una oleada de dolor en todo el cuerpo.

—Será mejor que se la saques —ordenó Eskkar, mirando la herida.

La flecha de Mitrac había impactado en el hombro derecho del hombre, pero parecía una herida lo bastante profunda para resultar mortal. Lo más probable era que el hombre muriera, pero viviría lo suficiente para responder a algunas preguntas.

—Tráelos a ambos a la plaza y veremos qué podemos obtener de ellos. —Eskkar alzó la vista al sol y vio que apenas se había movido. Toda la escaramuza había durado unos momentos.

Hamati, entretanto, se acercó al prisionero herido. Antes de que éste se diera cuenta de lo que estaba a punto de suceder, Hamati agarró la flecha y se la arrancó del hombro. El herido profirió un penetrante grito; después se desmayó a causa del dolor y la conmoción.

Eskkar volvió a la plaza. Contó nueve cuerpos, muchos con múltiples flechas que les brotaban del pecho y el cuello. El resto de los animales, algunos de ellos heridos, desorbitados todavía los ojos por el miedo y los nervios ante el olor de la sangre, habían sido rodeados y llevados al mismo corral de cuerdas que había albergado a los animales de los soldados la noche anterior. Se elevaba el hedor a sangre, orines y excrementos de hombres y bestias. A Eskkar no le molestaba ese olor familiar. Sabía que uno tenía que estar vivo para notarlo.

Jinete desde que tenía edad para sentarse en una montura, Eskkar detestaba la idea de matar tan buenos caballos. Pero, a pesar del familiar momento de dolor por sus muertes, sabía que, en la batalla, uno hacía lo que debía hacer. Los hombres recordaban su entrenamiento: disparar primero al caballo. Cuando uno le dispara al caballo, aunque éste esté sólo herido, el animal se asusta y el jinete no puede controlarlo. Cuando el caballo cae, el jinete suele estar atontado o herido por la caída. Primero se detiene la carga, luego se mata al jinete desmontado. Los veteranos de Hamati habían peleado todos durante el asedio de Akkad y habían aprendido muy bien esa lección. Esa noche habría abundante carne fresca para todos y Eskkar se había ganado otras ocho o nueve cabalgaduras para sus hombres.

El otro espectáculo no era tan agradable. Una mujer, con el rostro y los brazos salpicados de sangre, sollozaba mientras se arrodillaba contra el muro de la casa de la anciana. Nisaba y otra mujer la atendían, abrazándola, intentando consolarla. El bandido capturado en la plaza estaba muerto; aquella mujer, aún temblorosa, le había cortado el pescuezo. Ella había esperado a que los hombres, después de atar al prisionero, salieran para atrapar los caballos sueltos.

La sangre aún le brotaba al hombre por los ojos y la nariz, así como por el cuello y el pecho. Eskkar supuso que ella había apuñalado al hombre una docena de veces antes de que alguien la apartara del cuerpo. La víctima debió de causarle algún daño a ella o a alguno de los suyos. Eskkar no podía hacer nada al respecto. Se volvió a Hamati, pero el soldado, después de sacudir la cabeza en señal de disgusto hacia el descuido de sus hombres, ya había dado órdenes de que cuidaran de los dos prisioneros restantes.

Eskkar fue hasta el pozo y sacó un cubo de agua fresca, bebió hasta saciarse y se arrojó el resto en el rostro. Una vez más, se sorprendió de encontrarse tan sediento después de una pelea, incluso una tan breve como aquélla. «Así era con la mayoría de las batallas —pensó—, una repentina e intensa explosión de actividad sin tiempo para pensar o temer».

Después recordó las largas batallas por los muros de Akkad. Esas batallas le parecieron interminables y los hombres terminaron completamente exhaustos al final. Recordaba a hombres de rodillas, intentando recuperar el aliento, algunos con lágrimas corriéndoles por el rostro, repentinamente incapaces de controlar sus emociones o siquiera de alzar los brazos. Eskkar apartó de sí visión tan sombría, volvió a llenar el cubo y bebió una vez más. Satisfecha la sed, entró de nuevo en la casa, cogió el mismo taburete que había usado la noche anterior y lo llevó afuera.

Se sentó bajo un pequeño árbol apenas lo bastante grande para proporcionar un poco de sombra. Los hombres de Hamati arrastraron a los dos prisioneros ante Eskkar. Ambos sangraban y estaban cubiertos de polvo. Les obligaron a ponerse de rodillas, con el implacable sol dándoles directamente en el rostro. Sin duda estaban aún más sedientos que Eskkar. Habían dado un buen rodeo para regresar a Dilgarth, en donde encontraron a la muerte aguardándolos, en vez de agua y comida.

—¿Cómo os llamáis? —pregunto Eskkar con seriedad.

El hombre herido contestó de inmediato:

—Me llamo Utu, noble. —Su voz se quebró al hablar, y se movía un poco de lado a lado. La pérdida de sangre le había demudado el rostro—. Agua, noble, ¿podría tomar un…?

—¡Silencio, maldito cobarde! —Su jefe había escupido las palabras, aunque su voz se oía igualmente quebrada. Antes de que nadie pudiera detenerlo, el jefe de los bandidos golpeó con el hombro el cuerpo de Utu, tirándolo al suelo y arrancando otro largo quejido de dolor del hombre herido, que yacía retorciéndose en el polvo.

Esta vez Hamati pateó al jefe enemigo con fuerza, usando el talón de su sandalia. Una vez. Dos veces. Y una tercera vez hasta que el hombre lanzó un quejido por entre sus dientes apretados.

—Lleva a Utu a la casa, Hamati, y dale un poco de agua. Trátalo bien. Que el otro se quede aquí y ¡que se calle! —Eskkar se puso de pie, cogió el taburete y lo llevó de regreso a la casa.

Dentro, los muros de barro y el techo servían de refugio contra el calor del día. Eskkar se sentó nuevamente mientras Hamati y uno de sus hombres llevaba a Utu al interior y luego acercaba a sus labios un cucharón con agua. Eskkar estudió al hombre mientras bebía. Su rostro se había puesto tan pálido como pan sin leva, y su herida todavía sangraba, aunque no tanto como antes. El hombre había perdido mucha sangre y Eskkar estimó que no le quedaba mucho tiempo. Utu terminó el agua y pidió más. Eskkar asintió y luego esperó a que el herido vaciara el segundo cucharón.

—Utu, estás sufriendo, y probablemente estés muerto en menos de una hora. Quiero que me hables de tu jefe y de lo que habéis estado haciendo en las últimas semanas. Si lo haces, tendrás abundante vino y agua para sufrir menos. Si no, te torturaremos. Puedo incluso entregarte a las mujeres de ahí fuera y dejar que se entretengan contigo. Esta vez no tendrán prisa.

El hombre emitió un sollozo y brotaron lágrimas de sus ojos.

—Entonces, ¿voy a morir? —Susurró esas palabras con voz temblorosa.

—Te estás muriendo, Utu. La flecha penetró hondo. Nada puede salvarte, ni siquiera los dioses. Sólo puedes elegir el modo de morir. —Eskkar habló con la certeza de quien ha visto morir a muchos. Después esperó, sin decir nada. El agonizante necesitaba algo de tiempo para comprender su situación.

A Utu le llevó sólo unos instantes decidirse.

—¡Vino, noble! Para el dolor.

—Desatadle las manos y ponedle algo bajo la cabeza —ordenó Eskkar. Había hecho esto muchas veces con anterioridad. Decirles la verdad, que se estaban muriendo o que serían ejecutados. No importaba cuál. En semejante estado de ánimo, la mayoría de los heridos apreciaría cualquier comodidad. Hamati desató al hombre, luego lo acomodó sobre el suelo de tierra, la cabeza elevada con una colcha doblada. Hamati reunió el vino que les quedaba a los soldados y acercó la bota a los labios de Utu, dejando que el hombre bebiera hasta toser y escupir algo del áspero líquido.

—Ahora dime, Utu —preguntó Eskkar—, ¿cómo se llama tu jefe y cuántos más han estado atacando estas tierras?

—Shulat, noble. Se llama Shulat. —Utu volvió a toser, pero se aclaró la garganta y tragó saliva. Giró los ojos en dirección a Hamati.

Eskkar volvió a hacer un gesto con la cabeza y Hamati escanció más vino en la boca del hombre.

—¿Cuántos más, Utu? —repitió Eskkar.

Utu tragó dos veces antes de poder hablar, e incluso entonces apenas pudo alzar la voz por encima de un susurro.

—Hay otra banda de hombres al norte, en Bisitun. Hay muchos hombres allí… Shulat es el hermano de su líder, Ninazu. Él es el líder de Bisitun. —La voz de Utu se quebró y miró lastimeramente a Hamati, quien le dio otro trago de vino—. Ninazu…, Ninazu quería conocer las tierras del sur y Shulat quería atacar las granjas, así que vinimos aquí hace unas semanas. —El hombre hizo una pausa para tomar aliento, con esfuerzo, y cerró los ojos durante un largo instante.

—Dale más vino —dijo Eskkar, mientras utilizaba el tiempo para pensar. Bisitun era una villa mucho más grande, a unos cinco o seis días de marcha, al norte de Dilgarth. Bisitun estaba ubicada en el límite norte de las tierras que bordeaban Akkad, justo donde el Tigris dobla bruscamente hacia el norte. Marcaba los límites exteriores de las tierras que Eskkar intentaba tener bajo su dominio.

Pensaba dejar a Sisuthros al frente de Bisitun, después de terminar de recorrer los alrededores para deshacerse de bandidos y merodeadores. Con Akkad y Bisitun trabajando coordinadamente, más de la mitad de las mejores tierras a este lado del Tigris estarían bajo control de Eskkar. El plan de Eskkar, elaborado junto con los ancianos de Akkad, dependía de conseguir el control de Bisitun.

—¿Cuántos hombres tiene ese Ninazu en Bisitun? —El hombre se quejó, pero no dijo nada. Eskkar puso las manos sobre el hombro sano de Utu y lo sacudió levemente, sabiendo que incluso el más leve movimiento provocaría una oleada de dolor que mantendría al hombre consciente—. ¿Cuántos hombres, Utu? —Habló con severidad, para asegurarse de que sus palabras penetraran la debilitada mente de Utu—. ¡Dímelo! ¡O no habrá más vino!

Utu volvió los ojos hacia Eskkar; en su rostro había una mezcla de miedo y dolor. Pero el moribundo quería el vino, quería cualquier cosa que le aliviara el dolor y el temor a la muerte.

—Setenta u ochenta…, tal vez noventa…, no lo sé…, tal vez más. —Se le fue apagando la voz.

—¿Planean quedarse allí o continuar su marcha?

Los ojos de Utu volvieron a cerrarse y no respondió. Eskkar miró a Hamati, que dejó caer con cuidado una gotas más de vino en la boca del hombre. Otro espasmo de tos sacudió a Utu y se atragantó con el vino. Tardó un poco en normalizársele la respiración y en poder hablar otra vez.

Eskkar esperó paciente.

—Utu, ¿piensan quedarse allí o continuar la marcha? —Eskkar tenía que acercarse para oír las palabras del hombre.

—Ninazu tiene intención de… quedarse en Bisitun. Dice que la villa es ahora suya. Desde allí… controla los alrededores.

Eskkar apretó furioso los dientes. Había surgido otro reyezuelo. Con ochenta o noventa hombres decididos y bien armados, habría sido sencillo controlar Bisitun, ya devastado tras el paso de Alur Meriki. Una vez en el poder, las fuerzas de Ninazu crecerían cada día más, mientras hombres desesperados se le unieran, ya fuera por codicia o simplemente como una forma de conseguir alimento. De nuevo, Eskkar maldijo en silencio a los bárbaros y su invasión. Por dondequiera que pasaran sólo dejaban caos tras ellos. Esperaba encontrarse con problemas en y alrededor de Bisitun, pero no un poblado repleto de guerreros que superaban a los suyos en número.

Eskkar tenía más preguntas, pero la mente de Utu divagaba, débil la voz por el esfuerzo de respirar. Las vagas respuestas eran cada vez más lentas. La sangre manchaba la tierra que el hombre tenía debajo. El rostro de Utu estaba aún más blanco que antes y sus labios empezaban a verse azulados. Finalmente, la única palabra que Eskkar pudo sonsacarle fue «vino».

Hamati, que aún sostenía la bota, miró a Eskkar, quien al verla casi vacía negó con la cabeza.

—No, puede que necesitemos el vino con el otro. Dale agua. No notará la diferencia.

Eskkar se puso de pie, cogió el taburete y salió. El sol seguía brillante en el cielo de la tarde, y tuvo que hacerse sombra con la mano cuando dejó la casa.

La plaza rebosaba de actividad. Drakis, uno de los hombres de Hamati, estaba sentado en tierra junto al prisionero, asegurándose de que permaneciera vivo y callado. Antes de que Eskkar pudiera hablar, Drakis comenzó.

—He puesto un centinela en la entrada principal, capitán, y Mitrac mantiene su puesto en el tejado —dijo, indicando la casa que Eskkar había dejado—. Los cadáveres están siendo llevados a un carro y serán arrojados al río. El resto de los hombres está ayudando a las mujeres a cortar los caballos muertos o a buscar leña. Tendremos carne en abundancia para los próximos días.

Mientras Eskkar observaba, dos soldados alzaron el último cuerpo desnudo y lo echaron al carro. Ya les habían quitado a los muertos toda la ropa y cualquier artículo de valor que llevaran. Se apartó un poco más de la casa y miró hacia el tejado.

—¡Mitrac! —llamó—. ¿Ves algo?

El joven arquero se dejó ver.

—Nada, capitán. Los campos están desiertos. Ni siquiera hay viajeros en los caminos.

Era demasiado tarde para los pocos viajeros que se atrevían a viajar.

—Vale. Mantente alerta, Mitrac —dijo Eskkar. Caminó de regreso a la sombra del árbol, acomodó el taburete y se sentó, con los pies casi tocando el cuerpo de Shulat.

—Bien, Shulat, ¿tienes sed? —El hombre tenía un golpe reciente en el rostro, sin duda un recordatorio de Drakis para que se mantuviera en silencio—. Es hora de que tú y yo hablemos de tu hermano.

—No te diré nada, Eskkar. No tengo miedo a morir.

—Como le dije a Utu, tu muerte está decidida. Sólo queda por decidir el modo en que morirás.

Hamati salió de la casa, llevando la bota de vino en la mano, y se quedó de pie al lado de Eskkar.

—El otro ha muerto, capitán.

—Ya ves, Shulat, tu hombre, Utu, está muerto —dijo Eskkar—. Al menos ha muerto lleno de vino, para calmar el dolor. ¿Me vas a hablar de tu hermano?

—Tendré mi venganza cuando mi hermano te corte la cabeza —dijo Shulat escupiendo las palabras como una maldición—. A él le gusta matar a granjeros tontos y comerciantes.

Eskkar sonrió ante las palabras del hombre, pero detectó los primeros atisbos de miedo detrás de sus bravuconadas.

—Yo también soy bárbaro, Shulat. Y mis tontos granjeros capturaron a tus hombres con facilidad. Así que no estés tan seguro de tu venganza. —Eskkar se volvió a su lugarteniente—. Hamati, este hombre necesita cambiar de actitud. Átalo a unos postes aquí en el patio. Dejaremos que las mujeres pasen un rato con él.

Alzando la vista, Eskkar vio a Nisaba de pie en las sombras, observándolo. Las mujeres ya habían despojado el cuerpo de Utu. Ahora la carreta estaba allí, aguardando solamente el cuerpo de Shulat. Cerca, las demás mujeres, ansiosas por un bocado de carne, se acercaron algo más deprisa y trabajaron con habilidad para construir fogones para los caballos despedazados. Eskkar se acercó a Nisaba.

—¿Has oído lo que he dicho?

—Sí, noble. —Sus manos jugueteaban con un pequeño puñal con forma de hoja que había cogido de uno de los muertos. La sangre salpicaba el opaco filo de cobre.

Eskkar vio el gesto.

—Sin cuchillos, Nisaba. Y de momento sólo las manos y los pies. ¿Entiendes? —El ocuparse sólo de las manos y los pies ayudaría a prevenir una muerte prematura.

—Sí, noble, entiendo. —Ella miró hacia el grupo de mujeres y luego a Shulat—. Shulat mató al marido de Nitari delante de ella y de sus hijos y luego la forzó. Y después…

—Basta, Nisaba —la interrumpió Eskkar. Sin duda el hombre había forzado a todas las mujeres de la villa—. Sólo tú y otras dos mujeres, para empezar. No tiene que morir, sólo sentir dolor. ¿Podrás hacerlo?

—Sí, noble. —Su mano apretó con fuerza el cuchillo que tenía en ella.

—Lo digo en serio, Nisaba. Si una de las mujeres se deja llevar… No quiero que muera todavía. Puedes vengarte de él una vez que hable. Asegúrate de que lo entiendan, Nisaba.

Se encaminó hacia Hamati, que vigilaba mientras sus hombres ataban al prisionero. Le cortaron las ropas y luego lo ataron con las piernas y los brazos abiertos en el suelo. Un martillo y unas estacas de madera provenientes de la herrería, y los hombres enterraron los postes donde atarían las sogas con las que lo inmovilizarían.

Eskkar se puso de pie por encima de él.

—Asegúrate de que las sogas estén apretadas, Hamati. No quiero que se retuerza. —Si el hombre podía moverse, aunque sólo fuera un poco, podía ocurrir una muerte accidental. Eso le recordó a Eskkar otra cosa—. Y primero rómpele los pulgares. —Eskkar había visto una vez a un hombre atado como Shulat agarrar la mano de una mujer y quebrarle la muñeca. No tenía sentido correr riesgos. Con los pulgares rotos, no podría agarrar nada—. No pierdas de vista a las mujeres. No quiero que muera.

—Sí, capitán —respondió Hamati con paciencia. Esperó hasta que sus hombres tuvieron a Shulat atado con firmeza y luego se arrodilló sobre la muñeca derecha de Shulat, apresando la mano del prisionero con su rodilla contra el suelo. Shulat apretó el puño con fuerza, pero otro soldado agregó su peso y entre ambos forzaron la mano de Shulat, haciendo caso omiso de sus maldiciones y forcejeos. Requirió algo de esfuerzo, pero Hamati pudo finalmente coger el pulgar del hombre. Un giro rápido, acompañado de un ruido como el de una botella al destaparse, y estaba hecho. El dolor obligó al hombre a emitir un quejido bajo, a la vez que disminuía su resistencia. El otro pulgar costó mucho menos.

Eskkar miró a Shulat. Eskkar sabía que su presencia le daría al hombre motivos para resistir, así que volvió a entrar a la casa y trepó por la escalera hasta el tejado. Allí arriba soplaba una suave brisa y el aire parecía libre del olor a sangre y orines que flotaba por abajo. Mitrac se volvió al oír llegar a Eskkar.

—Nada que ver, capitán. ¿Hay más bandidos en las colinas?

—No lo creo, pero hay un grupo numeroso en Bisitun y no sé qué es lo que traman. Quiero volver con nuestros hombres tan pronto como sea posible. —Miró hacia las colinas, tomándose su tiempo, recorriendo lentamente con la mirada cada punto del horizonte y observando con detenimiento el paisaje. Eskkar sabía bien cómo buscar enemigos en tierra. Todo parecía en calma. Pensó que no había nada más que se pudiera hacer. Sus veinte jinetes llegarían esa noche, más tarde, y al día siguiente se juntarían con Sisuthros y el resto de los soldados—. Quédate y vigila hasta que esté demasiado oscuro, Mitrac. Con suerte, nuestros hombres regresarán poco después.

Mitrac asintió y Eskkar descendió las escaleras. Una de las mujeres de Dilgarth había limpiado el cuarto y las señales de la muerte de Utu habían desaparecido. Volviendo a entrar en la plaza, Eskkar escuchó el primer grito de dolor de Shulat. Dos mujeres trabajaban sus pies, cada una sentada sobre una de las piernas de Shulat. Las mujeres sostenían piedras en las manos, y habían comenzado a aplastarle los dedos haciendo chocar las rocas entre sí. Nisaba estaba inclinada sobre la muñeca derecha de Shulat, haciendo lo mismo con los dedos de la mano. Eskkar observó que las manos de Nisaba parecían tan fuertes como las de las dos mujeres jóvenes.

Con todos los huesecillos de los dedos de los pies y de las manos rotos, el dolor de cada golpe subsiguiente aumentaría, y pronto las extremidades del hombre le provocarían oleadas de dolor por todo el cuerpo. Eskkar se quedó sólo el tiempo suficiente para asegurarse de que las mujeres no se dejaban llevar y de que Hamati se mantenía vigilante.

Eskkar abandonó la plaza y volvió caminando a la entrada principal. Allí un soldado montaba guardia, sentado en uno de los carros, con el arco en el regazo y mirando desde la puerta hacia el horizonte. Todos sus guerreros parecían cansados. Habían dormido poco la noche anterior mientras se preparaban para la emboscada. Después habían tenido que trabajar en el campo durante el día para concluir con una ardua batalla por la tarde. No sería necesaria una gran distracción para que se relajaran o se quedaran dormidos en sus puestos.

Sin embargo, el centinela parecía alerta. Eskkar habló con él, recordándole que siguiera vigilando. Eskkar sabía que cuanto más tiempo pasara con cada hombre, cuanto más mostrara su confianza en ellos, más probable sería que cada soldado cumpliera adecuadamente su cometido.

Incluso antes de que Eskkar volviera a la plaza, pudo oír los gritos de Shulat. Otras cinco mujeres de la villa permanecían de pie a unos pasos, sólo mirando o tal vez esperando su turno. Las mujeres habían terminado con los dedos de pies y manos de Shulat y habían avanzado hasta las rodillas y muñecas. Habían adquirido un ritmo. Primero una lo golpeaba con las piedras, luego hacía una pausa para que el dolor le recorriera el cuerpo. Después la segunda mujer lo golpeaba, luego la tercera, para volver otra vez a la primera. Pronto llegarían a los genitales y, para entonces, Eskkar esperaba que Shulat comenzara a hablar.

Eskkar se paró junto a la cabeza del hombre y observó durante un momento. Había visto cómo torturaban a muchos hombres. Cinco años atrás, en los tiempos en los que él era un bárbaro, podría haber sido uno de los estacados y torturados. Eskkar hizo un gesto a Hamati y se apartó unos pasos, para que Shulat no pudiera oírlo.

Hamati se le acercó.

—Es duro, capitán. Pero creo que hablará.

—No dejes que las mujeres pierdan la cabeza. Estará esperando que ellas lo maten.

—Nisaba entiende lo que quieres. Shulat violó a ambas mujeres y mató al marido de una de ellas. Nisaba está manteniendo a las mujeres bajo control. Yo permaneceré atento.

—Ambos lo haremos —dijo Eskkar. Regresó caminando hacia el prisionero, cruzó los brazos y se detuvo. No le daba placer alguno el sufrimiento del hombre. Pero tenía que hacerse. Shulat poseía información que Eskkar necesitaba, y había que obtenerla. La parte difícil sería separar la verdad de las mentiras que diría cuando hablara.

El hombre resistió como el que más, hasta que empezó a pedir piedad. Para entonces sus manos, pies y rodillas estaban destrozados, hinchados y sangrantes. Nisaba ahora trabajaba sola, arrodillada entre las piernas abiertas del hombre, sosteniendo los testículos en sus manos. Dos veces había cerrado su puño, arrancando cada vez un largo grito de agonía de su víctima mientras se retorcía inútilmente contra las ataduras. Ahora ella miró a Hamati y a Eskkar y esperó.

Eskkar cogió el taburete y se sentó cerca de la cabeza de Shulat.

—¿Estás listo para hablarme de tu hermano? —Antes de que pudiera responderle, Eskkar continuó—: ¿Quieres un poco de vino, Shulat?

Hamati ya estaba arrodillado al otro lado con la bota en las manos, que sacudió sobre la nariz del prisionero por un instante. Los ojos de Shulat permanecían abiertos por el dolor y el odio, pero sus ojos siguieron la bota cuando Hamati la retiró.

—El vino hará que el dolor se vaya —sugirió gentilmente Eskkar—. Tomar un poco de vino no te hará ningún daño, ¿verdad? ¿O debo decir a las mujeres que continúen? —Los ojos del hombre se movieron, pero no dijo nada. Eskkar se volvió a Nisaba y asintió. La mujer volvió a apretar la mano.

Otro grito cortó el aire mientras el cuerpo del hombre se arqueaba, retorciéndose y temblando inútilmente en su lucha contra las cuerdas. Eskkar lo dejó, esperando con tranquilidad a que el hombre se rindiera. No llevó mucho tiempo. Shulat comenzó a gritar que hablaría. Eskkar llamó a Nisaba, y ella abrió la mano. Esta vez vio sangre en la palma y en los dedos de Nisaba.

Eskkar esperó hasta que el dolor disminuyera y el hombre pudiera hablar otra vez.

—Si me mientes, aunque sea una vez, Shulat, sufrirás largo tiempo. Responderás a mis preguntas al instante o habrá más dolor. ¿Entiendes?

—Sí… sí. ¡Vino!…, ¡dame vino!

Hamati comenzó a mover la bota de vino hacia la boca del hombre, pero Eskkar lo retuvo.

—Recuerda, Shulat. Si mientes, o dudas, lo lamentarás.

Hamati dejó que el vino cayera lentamente en la boca del hombre. Eskkar le dejó beber todo lo que pudo. A aquellas alturas, el vino le soltaría la lengua a la vez que le calmaría el dolor. Cuando el hombre comenzó a toser por el vino, Hamati apartó la bota de sus labios y Shulat empezó a hablar.

A Eskkar le llevó un tiempo enterarse de todo. Sólo una vez consideró necesario llamar a Nisaba para que ella volviera a cerrar el puño. Para entonces, Hamati había vaciado la bota y Shulat apenas estaba consciente. El vino, combinado con el dolor y el agotamiento, lo había debilitado completamente, y ahora perdía y recuperaba el conocimiento de forma intermitente.

—Creo que es todo lo que va a conseguir, capitán —dijo Hamati, mientras los dos hombres se encaminaban hacia la casa.

—Sí, ha terminado. Cuánto de todo eso es cierto, pronto lo sabremos. —Eskkar estaba pensativo, su rostro adusto. La noche había caído y las llamas de los fogones ya estaban encendidas, y el olor de la carne de caballo asada tapaba incluso el olor a muerte. Sin nada más que hacer, la mayoría de los soldados y pobladores estaban allí de pie, fascinados, mirando cómo Shulat era torturado, disfrutando del espectáculo, sin duda preguntándose qué harían en su lugar.

—¿Qué hago con él? —preguntó Hamati.

Eskkar lanzó una mirada por encima del hombro. Nisaba estaba arrodillada entre las piernas del hombre, esperando que le permitieran continuar. Una de las mujeres había encendido una antorcha, para que todos pudieran ver.

—Nada, Hamati. —Eskkar respiró hondo y dejó escapar el aire—. Entrégaselo a las mujeres. Se han ganado su venganza. Cuando terminen, cárgalo en la carreta con los otros y tíralos al río.

Se alejó caminando y entró en la casa, y luego subió la escalera hasta el tejado. Mitrac había permanecido allí, aunque la oscuridad hacía difícil que pudiera ver nada. Eskkar le dijo que bajara y comiera algo. En el momento en que Mitrac empezó a descender, el primero de una larga serie de gritos de Shulat atravesó la noche cuando las mujeres comenzaron a desatar su furia sobre él.

Eskkar se quedó solo en el tejado, sentado con la espada sobre las rodillas, mirando hacia el norte, aclarando las ideas. Las palabras de Shulat le habían dado mucho de lo que preocuparse y debía pensar largamente sobre los pasos a seguir. Eskkar debía considerar varias posibilidades. Podía volver a Akkad y esperar hasta contar con más hombres. Podía incluso permanecer donde estaba durante un tiempo y explorar los territorios hacia el norte y el este. O podía continuar hacia Bisitun.

Ir a Bisitun ahora significaba casi con certeza una contienda, no sólo unas escaramuzas persiguiendo a unos mal equipados y peor dirigidos bandoleros. Una batalla por la villa le costaría hombres y contaba con muy pocos. Los arqueros veteranos de Eskkar habían tenido meses de entrenamiento, una enorme inversión en tiempo y esfuerzo, y él no quería perder a ninguno, ciertamente no sin alguna certeza de triunfo. Pero regresar dejaría a los habitantes de Bisitun a merced de sus ocupantes, y por cada día que se demorara, más fuerte sería la posición de su enemigo. Le llevaría semanas o incluso un mes reclutar y entrenar a más hombres y, para entonces, Bisitun podría estar fuera de su alcance.

Las consecuencias para Akkad podían ser igualmente serias. Sin una campiña pacificada produciendo cosechas y rebaños, el crecimiento de la ciudad podía paralizarse y la construcción de la gran muralla podría verse demorada o incluso interrumpida. Eso sería el fin de los planes de Trella. Durante la mayor parte de su vida, Eskkar se había preocupado de sí y de sus problemas; ahora tenía que pensar y planificar para toda una ciudad, incluso para toda una comarca. Miles de personas podrían verse afectadas por lo que él decidiera, y la decisión equivocada podía lanzar nuevamente a la región al caos o a la guerra, tan devastadora para Akkad como una invasión de Alur Meriki.

Eskkar no se consideraba un hombre de pensamiento veloz, y Trella le había advertido que se tomara su tiempo, para así tener en cuenta todas las posibilidades. Ahora tenía muchas opciones y cada opción llevaba a su vez más posibilidades, todas con sus riesgos y beneficios. Tenía que revisarlas una y otra vez, sopesando las consecuencias y considerando todas las cosas que podían salir mal. Finalmente tomó una decisión. Con ella tomada, comenzó a trazar los planes, pensando cómo se desarrollaría toda la campaña. Cuando terminó, sabía lo que iba a necesitar y cómo proceder.

Finalmente, Eskkar se sintió satisfecho. Puede que no fuera la mejor estrategia, pero sólo el tiempo respondería a ese interrogante. Nunca había querido ese tipo de responsabilidades, nunca soñó que un día sus decisiones afectarían a las vidas de tanta gente. O que incluso les acarrearía la muerte. Sin embargo, Trella creía en él, y él no quería decepcionarla. Eskkar apartó de su mente los oscuros pensamientos. Equivocado o no, continuaría el camino que había elegido.

Se puso de pie y estiró los músculos agarrotados por la inmovilidad, mirando hacia el cielo estrellado. Los pequeños puntos luminosos que cruzaban el cielo nocturno lo habían fascinado desde que tenía memoria; su padre le había enseñado el nombre de las estrellas y cómo utilizarlas para viajar por la noche. La luna había salido, brindando su pálido brillo a la tierra. Por primera vez, se percató del silencio de la noche. Los gritos de Shulat habían terminado hacía ya mucho. Sin duda las mujeres de Dilgarth lamentaban que la venganza hubiera terminado tan pronto. La caída del bandido había sido la primera de esta campaña. Eskkar sabía que habría muchos más gritos de muerte en las próximas semanas. Cuántos dependería del plan que había elegido.