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Ya había anochecido y naturalmente que también Alonso tenía prisas ahora, no sólo porque su biorritmo, acostumbrado a las horas canónigas, le estaba gritando que la campana del claustro estaba a punto de llamar a vísperas, la oración que precede a la cena, sino también porque ahora su avisada anatomía posterior, receptora de las consecuencias de sus faltas, le empezaba a picar más que el hambre.
Monje y estudiante entraron en el recinto monacal con paso rápido, sin apenas prestar atención al portero, viejo prudente que sabe recoger recados y dar las respuestas, al que interrumpieron cuando se disponía a cerrar el portón, creyendo finalizada su función de aburrir horas al día.
Al llegar al patio, de forma casi refleja, fray Dominico cambió su paso rápido y trotón por otro más pausado y acorde con la dignidad de las personas que habitan en este lugar, y en recogido silencio, precediendo al estudiante, cruzaron la plazoleta, conscientes de que iban a llegar tarde a los oficios, pero ¡no hay excusas!, a pesar de que la regla exige diligencia en el cumplimiento de las obligaciones el paso digno del Cister nunca puede ser vivo o precipitado, aunque suponga llegar tarde al coro; ya está previsto para ello el correspondiente correctivo.
No había mucha gente en la plaza, sólo un grupo de soldados con el escudo del rey de Castilla bordado en el amplax, posiblemente la escolta de algún personaje principal albergado en el monasterio. Si no hubiesen entrado tan precipitadamente, habrían visto a la puerta el pendón de don Bernabé, el recientemente investido obispo de Osma, un inquieto, enjuto y moreno religioso de acusado acento portugués y cuidadas maneras pulidas en casa de la reina doña María de Molina, de la que fuera su médico y consejero.
Accedieron a la iglesia cuando los monjes ya habían terminado los cuatro salmos de rigor y se disponían a cantar el magníficat. Hubiesen podido disimular su falta si no fuese porque la religiosidad cisterciense invita a saludar al entrar en la casa a la Señora del lugar, y ambos se postraron de rodillas en el altar de la entrada, desde donde la Virgen con el Divino Niño sentado en su regazo da la bienvenida al visitante.
Cuando Alonso se disponía a cerrar con humildad los ojos, observó, quizás por primera vez, que el Niño estaba sentado sólo sobre una pierna de la Madre, con el cuerpo girado hacia el orante y los brazos extendidos en actitud de abrazarle, poniendo así al descubierto los rasgos de la Virgen, ¡tan dulces, tan maternales!, que se inundó de sensaciones.
De recuerdos. Del día que su padre le encontró compitiendo con los hijos de los serranos, pugnando por mantener más tiempo el brazo extendido lastrado con una piedra.
—Ejercicios propios de arqueros —le recriminó.
Y desde entonces, y con su sorda complicidad ante las protestas maternas, empezó a tirar a espada y a cabalgar guiando al caballo con la presión de sus piernas.
De instantes. El del momento en que su madre, María la morisca, se despidió de su padre vestido de hierro, al que no había logrado retener a su lado, porque como Héctor, era prisionero de su dignidad.
—Prométeme, Jerónimo, que nuestro hijo nunca será guerrero.
Inesperadamente, durante su ausencia, la que murió fue ella y su padre quedó prisionero de su promesa.
De emociones. Isabel de Castejón, su compañera de siempre, con la que se juró amor eterno delante del altar de la Virgen, y de la que este convento, la promesa de su padre y los imponderables sociales le han separado.
Qué pena de tanta amistad rota, decía la gente de la alta sierra soriana, refiriéndose a la que mantenían el poderoso hidalgo de Ágreda don Martín Castejón y don Jerónimo Caballero, miembro muy destacado del estamento pechero. Tan grande, que el matrimonio Caballero apadrinó a Isabel, y a la muerte de la mujer de don Martín, se encargaron de su educación, lo que posibilitó que los dos chicos vivieran muy juntos, hasta que por cosas de la política, o quizás de la guerra, en donde antes había sinceridad, ahora sólo quedaba malquerencia.
Fue después de la muerte de su madre. Apenas tendría trece años y ella diez, cuando ocurrió ese famoso incidente que se pregonó por toda la sierra soriana. Fue por San Juan, una fecha muy importante en el reino, porque anualmente en ese día se renuevan los concejos en las ciudades de realengo. En virtud del fuero, todos los hombres libres y bautizados de Ágreda, se reúnen en asamblea libre y democrática en el atrio de la Iglesia de San Martín para votar a las personas que optaban a ocupar los cargos. Ese año la máxima dignidad ciudadana, la de alcalde-juez, recayó sobre el padre de Isabel, don Martín Castejón.
Este día además, en la Castilla mesteña se cierran los tratos de la próxima campaña de la trashumancia y los pastores cobran su sueldo anual por la pasada, celebrándose a lo grande en todos los lugares que jalonan las cañadas reales. Aquí, en la sierra soriana, es costumbre reunirse alrededor de grandes hogueras y celebrar una fiesta. Al llegar la media noche, los hombres que presumen de amar a su dama, demuestran sus sentimientos andando descalzos encima de las ascuas, cargados con ella a caballo, porque el bálsamo del amor supera al efecto de las llamas. Y como ellos tenían promesa ante la Virgen de amor para siempre... pues eso, sin encomendarse a nadie, robó a Isabel de la mano de don Martín, que se quedo paralizado por la sorpresa, y siguiendo la costumbre traspasó la mayor hoguera, la más larga, cargando con ella, caminando más despacio y más orgulloso que nadie, resultando más ileso que ninguno del efecto de las ascuas, pero no del de los resentimientos familiares.
Un hermoso epílogo para su corta historia de amor. Al día siguiente don Jerónimo llorando todavía el luto por María, le trajo a este monasterio.
De soledades. No volvió a ver a Isabel ni tampoco a su padre, que dicen que paga con sangre enemiga el recuerdo de su esposa María y el amor que no sabe, no quiere, o no puede darle al hijo.
También los Castejón viven en Soria, han unido fuerzas e influencias políticas con don Rodrigo Morales, cabeza del poderoso linaje de tal nombre y procurador en las Cortes de Castilla de 1313 y 1315.
¿La distancia social y el tiempo habrán borrado su recuerdo del corazón de Isabel?
De un acuerdo. Al que llegó don Jerónimo con el abad, depositando su herencia materna en el monasterio, un legado que debía cubrir su formación médica y la dote, si es que en el futuro opta por ingresar en la orden, o en caso contrario, para serle devuelto un importante remanente, asegurando así los inicios de su vida profesional.
Y a tenor de que fray Tirso, el médico del monasterio, tenía licentia. docendi, se planificó su educación de acuerdo con los expresos deseos de doña María. Afortunadamente, tanto su maestro como su superior, el obispo de Osma, del que depende el tribunal que juzgaría los conocimientos que hubiese adquirido, eran enemigos del método monacal tradicional —la fe se nos da para vivirla, no para discutirla— y proclives al método de las escuelas de Toledo, Sigüenza, Burgo de Osma, Palencia o León, defendiendo el uso de la dialéctica aristotélica.
Alonso se sumergió en el estudio de las siete artes liberales isidorianas, y empezó disciplinándose con el Trivium, estudiando gramática, retórica y dialéctica, porque el médico debe hacerse entender, investigar la causa de las enfermedades de manera inteligente y curar de manera agradable. Después accedió al Quadrivium, con aritmética, geometría, música y astronomía, porque el médico debe conocer la ciencia de la medida, contar las horas y el ritmo de los días críticos, ser técnico en las proporciones y desproporciones y conocer de qué forma nuestro organismo está regulado por los astros. Finalmente se dedicó de pleno a su formación médica en el hospital monacal como pupilo del citado don Tirso. A fe que a plena satisfacción de su maestro, pues no sólo le confiaba la práctica quirúrgica que corresponde a un buen barbero o cirujano, sino que ya está en vías de solicitar al obispo de Osma la convocatoria del tribunal que deberá juzgar sus méritos.
En estos momentos, el abad inicia el canto del padrenuestro. Alonso cierra los ojos y reza in mente su propia oración:
Salve Regina, mater misericordiae
Vita, dulcedo, et spes nostra, salve...
Una salve para cantar en días señalados, en Pentecostés o Adviento, una oración de despedida... A la niñez, a la dependencia, porque hoy ha dado el gran paso de la adultez, priorizar sus propias decisiones con conciencia del precio que debe pagar por ellas.
...O clemens,
O pia. O dulcis Virgo Maria.
Porque ya se sabe capaz de planificar su vida. Porque ya ha decidido su futuro fuera de este lugar. Porque quiere buscar a Isabel y saber si recuerda su promesa.
Al terminar su rezo se acerca al coro, quedándose en la puerta, junto a los hermanos novicios, ya que sólo tienen derecho de acceso en fiestas muy especiales. Se arrodilla y espera. Espera a que fray Dominico, siguiendo las prescripciones que marca la regla para los monjes que regresan de un viaje, se postre en el suelo, como hará mañana al finalizar cada uno de los oficios, y pida a todos los hermanos que le tengan presente en sus oraciones por las faltas en las que haya podido incurrir en los caminos, incluyendo las culpas que observó en el muchacho, y a fe que han sido demasiadas. Una pelea, aunque la causa haya sido buena, la ayuda a una anciana desvalida...
Y a pesar de que ha silenciado, quizás por caridad, sospechas, sólo sus infundadas sospechas, acerca del origen de la sabiduría de la tía Giba, Alonso ha aceptando in mente el precio que debe pagar. Por decisión propia y antes de que nadie se lo indique, se adentra en el claustro en busca del custos monachorum, el monje que por viejo y por sabio se encarga de la educación de los muchachos, pero desde luego no el más dulce, porque a tenor de la norma de que la letra con la sangre entra, será el encargado de señalar su penitencia.
Mientras espera junto a la puerta de la sala capitular, entraron en ella el prior y fray Tirso con dos clérigos desconocidos. Al hacerles la reverencia de respeto se le desprendió del pecho el talismán de la tía Giba, que se le quedó colgando de la cadena, balanceándose con un ligero tintineo metálico. Posiblemente la oscuridad o la mirada altiva de los superiores, le salvó por esta vez, se dijo, respirando con alivio cuando los cuatro desaparecieron por la puerta de la sala capitular. Y no tuvo que esperar mucho para ver llegar por la panda del refectorio al custos monachorum blandiendo su vara de fresno, dispuesto a propinar un castigo que, por su naturaleza ejemplarizante, debía administrarse en presencia de todos los estudiantes.
Y este fue el epílogo a su niñez.