Oromis negó con la cabeza.
-Lethrblaka. El nombre se lo pusimos nosotros. Y así como las
crías son de mente estrecha, aunque astutas, los Lethrblaka tienen
tanta inteligencia como los dragones. Como un dragón cruel, vicioso
y retorcido. -¿De dónde vienen?
-De la tierra que abandonaron tus antepasados, sea cual
fuese. Acaso fuera su depredación lo que obligó al rey Palancar a
emigrar. Cuando nosotros, los Jinetes, nos dimos cuenta de la
presencia malvada de los ra'zac en Alagaésia, hicimos todo lo
posible por erradicarlos, como hubiéramos hecho con una plaga que
infestara nuestras hojas. Por desgracia, sólo triunfamos en parte.
Dos Lethrblaka escaparon y ellos, con sus larvas, son los que te
han provocado tanto dolor. Después de matar a Vrael, Galbatorix los
buscó y negoció sus servicios a cambio de protección y una cantidad
garantizada de su comida favorita. Por eso les permite vivir cerca
de Dras-Leona, una de las ciudades más grandes del
Imperio.
Eragon apretó las mandíbulas.
-Han de responder de muchas cosas.
«Y si lo consigo, responderán.»
-Eso sí.
Oromis se mostró de acuerdo.
De regreso a la cabaña, el elfo cruzó la oscura sombra del
umbral y reapareció cargado con media docena de tablas de unos
quince centímetros de ancho por treinta de alto. Le pasó una a
Eragon.
-Abandonemos esos temas tan desagradables por un rato. Me ha
parecido que podría gustarte aprender a hacer un fairth. Es una
manera excelente de concentrar tu pensamiento.
La tabla está impregnada con la tinta suficiente para
cubrirla con cualquier combinación de colores. Sólo tienes que
concentrarte en la imagen que quieres capturar y luego decir: «Que
lo que veo en el ojo de mi mente se duplique en lá superficie de
esta tabla». -Mientras Eragon examinaba la lisa tabla, Oromis
señaló hacia el claro-. Mira a tu alrededor, Eragon, y busca algo
que merezca ser conservado.
Los primeros objetos que percibió Eragon parecían demasiado
obvios: un lirio amarillo a sus pies, la destartalada cabaña de
Oromis, el arroyo blanco y el propio paisaje. Nada de eso era
único. Nada hubiera dado a quien lo observara una idea profunda del
fairth o de su creador. «Las cosas que cambian y se pierden, eso es
lo que merece ser conservado.» Su mirada aterrizó en unos botones
verdosos de brotes primaverales en la punta de una rama del árbol y
luego en la herida estrecha y profunda que hendía el tronco allá
donde una tormenta había arrancado una rama, arrastrando con ella
una tira de corteza. Unas bolas de resina translúcida cubrían la
hendidura como una costra, y en ellas se refractaba la
luz.
Eragon se posicionó junto al tronco de tal modo que su visión
resaltara las siluetas de la rotunda hiél de la sangre congelada
del árbol, enmarcadas por un grupo de agujas nuevas y brillantes.
Luego fijó la visión en su mente tan bien como pudo y pronunció el
hechizo.
La superficie de la tabla gris se iluminó y florecieron en
ella estallidos de color que se fundían y mezclaban para crear los
tonos convenientes. Cuando al fin dejaron de moverse los pigmentos,
Eragon se vio ante una extraña copia de lo que había intentado
reproducir. La resina y las agujas se habían copiado con un
detallismo vibrante, afilado como una navaja, mientras que todo lo
demás se veía borroso y diluido, como si alguien lo mirara con los
ojos medio cerrados. No tenía nada que ver con la claridad
universal del fairth que Oromis había reproducido de
Ilirea.
Respondiendo a un gesto de Oromis, Eragon le pasó la tabla.
El elfo la estudió un momento y dijo:
-Tienes una extraña manera de pensar, Eragon-finiarel. A la
mayor parte de los humanos les cuesta alcanzar la concentración
suficiente para crear una imagen reconocible. Tú, en cambio,
pareces observar prácticamente todo aquello que te interesa. Sin
embargo, la mirada es estrecha. Tienes el mismo problema con esto
que con la meditación. Has de relajarte, ampliar el campo de visión
y permitirte absorber todo lo que te rodea sin juzgar qué es
importante y qué no lo es. -Dejó la pintura a un lado, recogió de
la hierba otra tabla y se la dio-. Pruébalo otra vez con lo que yo…
-¡Hola, Jinete!
Sorprendido, Eragon se dio la vuelta y vio que Orik y Arya
salían juntos del bosque. El enano alzó un brazo para saludar.
Tenía la barba recién recortada y trenzada, el cabello peinado
hacia atrás en una limpia cola, y llevaba una túnica nueva
-cortesía de los elfos-, roja y marrón, con bordados de oro. En su
aspecto no había rastro alguno de la condición en que se hallaba la
noche anterior.
Eragon, Oromis y Arya intercambiaron el saludo tradicional y
luego, abandonando el idioma antiguo, Oromis preguntó: -¿A qué debo
atribuir esta visita? Ambos sois bienvenidos a mi cabaña; pero como
podéis ver, estoy en pleno trabajo con Eragon, y eso es más
importante que cualquier otra cosa.
-Lamento haberte interrumpido, Oromis-elda -dijo Arya-,
pero…
-La culpa es mía -intervino Orik. Miró a Eragon antes de
continuar-: Hrothgar me envió aquí para que me asegurara de que
Eragon recibe la instrucción que necesita. No tengo dudas de que
así es, pero tengo la obligación de presenciar su formación con mis
propios ojos para que, al volver a Tronjheim, pueda ofrecer a mi
rey un relato fiel de los sucesos.
-Lo que le enseño a Eragon -dijo Oromis- no puede compartirse
con nadie más. Los secretos de los Jinetes son sólo para
él.
-Y lo entiendo. Sin embargo, vivimos tiempos inciertos; la
piedra que antaño era fija y sólida es ahora inestable. Hemos de
adaptarnos para sobrevivir. Son tantas las cosas que de261 penden
de Eragon que los enanos tenemos derecho a verificar que su
formación procede como se prometió. ¿Te parece que nuestra petición
es irrazonable?
-Bien hablado, Maestro enano -dijo Oromis. Juntó las puntas
de los dedos, inescrutable como siempre-. Entonces, ¿debo entender
que para ti se trata de un deber?
-Un deber y un honor. -¿Y nada permitirá que cedas en este
asunto?
-Me temo que no, Oromis-elda -respondió
Orik.
-Muy bien. Puedes quedarte a mirar durante el resto de la
lección. ¿Te das por satisfecho?
Orik frunció el ceño. -¿Estáis cerca del fin de la
lección?
-Acabamos de empezar.
-Entonces sí, me doy por satisfecho. Al menos de
momento.
Mientras hablaban, Eragon trató de captar la mirada de Arya,
pero ella mantenía toda su atención en Oromis.
-¡Eragon!
Pestañeó y salió de la ensoñación con un sobresalto. -¿Sí,
Maestro?
-No te despistes, Eragon. Quiero que hagas otro fairth.
Manten la mente abierta, como te decía antes.
-Sí, Maestro.
Eragon sopesó la tabla, con las manos algo húmedas ante la
idea de que Orik y Arya juzgaran su desempeño. Quería hacerlo bien
para demostrar que Oromis era un buen maestro. Aun así, no pudo
concentrarse en las agujas de pino y la resina; Arya tiraba de él
como un imán y atraía su atención cada vez que pensaba en otra
cosa.
Al fin se dio cuenta de que era inútil resistirse a la
atracción. Compuso una imagen mental de la elfa -lo cual apenas le
costó un instante, pues conocía sus rasgos mejor que los propios- y
pronunció el hechizo en el idioma antiguo, derramando toda su
adoración, su amor y su miedo en la corriente de aquella fantasía
mágica.
El resultado lo dejó sin habla.
El fairth representaba la cabeza y los hombros de Arya sobre
un fondo oscuro e indeterminado. Bañada por la luz de un fuego
desde el lado derecho, miraba a quien contemplara el retrato con
ojos de sabiduría, con un aspecto que no sólo representaba lo que
ella era, sino lo que él pensaba de ella: misteriosa, exótica, la
mujer más bella que había visto jamás. Era un retrato fallido,
imperfecto, pero poseía tal intensidad y pasión que provocó en
Eragon una respuesta visceral. «¿De verdad la veo así?» Quienquiera
que fuese, aquella mujer era tan sabia, tan poderosa y tan
hipnótica que podía consumir a cualquier hombre de menor
talla.
Desde lejos, oyó suspirar a Saphira:
Ten cuidado… -¿Qué has creado, Eragon? -preguntó
Oromis.
-No… No lo sé.
Eragon dudó al ver que Oromis extendía una mano para coger el
fairth, reticente a la idea de que los demás examinaran su obra,
sobre todo Arya. Al cabo de una pausa larga y aterradora, Eragon
desprendió los dedos de la tabla y se la entregó a
Oromis.
La expresión del elfo se volvió seria cuando miró al fairth y
luego de nuevo a Eragon, que se echó a temblar por el peso de su
mirada. Sin decir palabra, Oromis pasó la tabla a
Arya.
Cuando ella agachó la cabeza para mirarla, el pelo le
oscureció la cara, pero Eragon vio cómo las venas y los tendones se
marcaban en sus manos de tanto apretar. La tabla se agitó entre sus
manos.
-Bueno, ¿qué es? -preguntó Orik.
Arya alzó el fairth sobre la cabeza, lo lanzó al suelo y el
retrato se partió en mil añicos.
Luego se irguió y, con gran dignidad, pasó andando al lado de
Eragon, cruzó el claro y desapareció en las enmarañadas
profundidades de Du Weldenvarden.
Orik recogió un fragmento de la tabla. Estaba vacío. La
imagen se había desvanecido al romperse la tabla. Se dio un tirón
de la barba.
-Hace decenios que conozco a Arya, y nunca había perdido el
temple de esta manera.
Nunca. ¿Qué has hecho, Eragon?
Aturdido, Eragon contestó:
-Su retrato.
Orik frunció el ceño, claramente desconcertado. -¿Un retrato?
¿Y eso por qué…?
-Creo que será mejor que te vayas -intervino Oromis-. En
cualquier caso, la lección ha terminado. Vuelve mañana, o pasado,
si quieres tener una idea más clara de los progresos de
Eragon.
El enano miró fijamente a Eragon y luego asintió y se sacudió
el polvo de las manos.
-Creo que eso haré. Gracias por tu tiempo, Oromis-elda. Lo
agradezco. -Echó a andar hacia Ellesméra y luego volvió la cabeza y
se dirigió a Eragon-: Si quieres hablar, estaré en la sala común de
Tialdarí.
Cuando se fue Orik, Oromis levantó los bajos de su túnica, se
puso de rodillas y empezó a recoger los restos de la tabla. Eragon
lo miró, incapaz de moverse. -¿Por qué? -preguntó en el idioma
antiguo.
-A lo mejor -dijo Oromis- has asustado a Arya. -¿Asustarla?
Ella nunca se asusta. -Incluso al decirlo, Eragon se dio cuenta de
que no era verdad. Lo que pasaba era que escondía mejor que los
demás su miedo. Hincó una rodilla en el suelo, recogió un fragmento
de fairth y lo depositó en la palma de la mano de Oromis-. ¿Por qué
habría de asustarse? -preguntó-. Dímelo, por
favor.
Oromis se levantó y caminó hasta la orilla del arroyo, donde
esparció los fragmentos de la tabla, dejando que las piezas grises
se derramaran entre sus dedos.
-Los fairth no muestran sólo aquello que quieres. Es posible
mentir con ellos, crear una imagen falsa, pero tú no tienes
suficiente habilidad para lograrlo. Arya lo sabe. Por lo tanto,
también sabe que tu fairth era una representación ajustada de lo
que sientes por ella. -¿Y por qué se asusta?
Oromis sonrió con tristeza.
-Porque le ha revelado la profundidad de tu atracción. -Juntó
las yemas de los dedos, formando con ellos una serie de arcos-.
Vamos a analizar la situación, Eragon. Aunque tienes edad
suficiente para ser considerado un hombre entre los tuyos, a
nuestros ojos no eres más que un niño. -Eragon frunció el ceño,
pues oía el eco de las palabras que le había dirigido Saphira la
noche anterior-. Normalmente, yo no compararía la edad de un hombre
con la de un elfo, pero como tú compartes nuestra longevidad,
también debes ser juzgado con nuestros criterios. »Y eres un
Jinete. Confiamos en ti para que nos ayudes a derrotar a
Galbatorix; si te distraes de tus estudios, puede ser desastroso
para todos en Alagaésia.
«Entonces -prosiguió Oromis-, ¿cómo podía responder Arya a tu
fairth? Está claro que la ves con ojos románticos, pero si bien no
tengo duda de que ella te aprecia, la unión entre vosotros dos es
imposible por tu edad, tu cultura, tu raza y tus responsabilidades.
Tu interés pone a Arya en una situación incómoda. No se atreve a
enfrentarse a ti por miedo a interrumpir tu formación. Pero como
hija de la reina, no puede ignorarte y arriesgarse a ofender a un
Jinete, y menos a uno de quien dependen tantas cosas… Incluso si
fuera conveniente vuestra unión, Arya evitaría alentarte para que
pudieras dedicar todas tus energías a la tarea que tienes
pendiente. Sacrificaría su felicidad por el bien común. -La voz de
Oromis se volvió más grave-. Has de entender, Eragon, que matar a
Galbatorix es más importante que cualquier persona. Nada más
importa. -Hizo una pausa, con una mirada amable, y
añadió-:
Dadas las circunstancias, no es extraño que a Arya le asuste
que tus sentimientos por ella puedan poner en peligro todo aquello
por lo que ha trabajado.
Eragon meneó la cabeza. Le avergonzaba que su comportamiento
hubiera inquietado a Arya, y se desanimaba al comprobar lo infantil
e insensato que había sido. «Si supiera controlarme mejor, habría
podido evitar este lío.»
Oromis le tocó un hombro y lo guió de vuelta a la
cabaña.
-No creas que no siento compasión por ti, Eragon. Todo el
mundo experimenta pasiones como las tuyas en algún momento de la
vida. Forma parte de la experiencia de hacerse mayor. También sé lo
duro que es para ti negarte los consuelos habituales de la vida,
pero es necesario que lo hagas si queremos
sobrevivir.
-Sí, Maestro.
Se sentaron a la mesa de la cocina, y Oromis empezó a
preparar material de escritura para que Eragon practicara el Liduen
Kvaedhí.
-No es razonable esperar que olvides tu fascinación por Arya,
pero sí espero que impidas que vuelva a interferir en mi
instrucción. ¿Me lo puedes prometer?
-Sí, Maestro, te lo prometo. -¿Y Arya? ¿Qué sería honroso
hacer con su situación?
Eragon dudó.
-No quiero perder su amistad.
-No.
-Por lo tanto… Iré a verla, le pediré perdón y le aseguraré
que pretendo no volver a provocarle jamás un apuro como
éste.
Le costó decirlo, pero una vez dicho, sintió alivio, como si
al reconocer su error se hubiera librado de él.
Oromis parecía complacido.
-Sólo con eso ya demuestras que has
madurado.
Eragon alisó las hojas de papel contra la mesa y notó en las
manos la suavidad de su superficie. Se quedó un momento mirando el
papel blanco, luego hundió una pluma en el tintero y empezó a
transcribir una columna de glifos. Cada línea irregular era una
cinta de noche sobre el papel, un abismo en el que podía perderse
para tratar de olvidar sus confusos sentimientos.