Desde que descubriera por primera vez su capacidad de echar
fuego por la boca, durante la pelea con Durza -al lanzarse en
picado hacia ellos desde lo alto de Tronjheim-, Saphira estaba
insoportablemente orgullosa de su nuevo don. Se pasaba el rato
soltando llamitas y no dejaba pasar una sola oportunidad de pegarle
fuego a cualquier objeto.
Como Isidar Mithrim se había hecho añicos, Eragon y Saphira
ya no podían permanecer en la dragonera de las alturas. Los enanos
los habían alojado en un antiguo cuarto de guardia, en el nivel
inferior de Tronjheim. Era una habitación grande, pero tenía el
techo bajo y las paredes oscuras.
Eragon se angustió al recordar los sucesos del día anterior.
Se le empozaron los ojos y, cuando saltaron las lágrimas, atrapó
una con una mano. No habían sabido nada de Arya hasta última hora
de aquella misma tarde, cuando salió del túnel, débil y con los
pies doloridos. A pesar de sus esfuerzos y de su magia, los úrgalos
se le habían escapado.
-He encontrado esto -dijo. Luego les mostró una de las capas
moradas de los gemelos, rasgada y ensangrentada, y la túnica y los
guantes de piel de Murtagh-. Estaban tiradas al borde de un negro
abismo a cuyas profundidades no llega ningún túnel. Los úrgalos les
deben de haber robado las armaduras y las armas antes de echar sus
cuerpos al hoyo. Traté de invocar tanto a Murtagh como a los
gemelos, pero no vi más que las sombras del
abismo.
-Sus ojos buscaron los de Kragon-. Lo siento; han
desaparecido.
Ahora, en los confines de su mente, Eragon lamentaba la
desaparición de Murtagh. Era una aterradora y escalofriante
sensación de pérdida y horror, agravada por el hecho de que en los
últimos meses había empezado a acostumbrarse a
ella.
Mientras miraba la lágrima que sostenía su mano -una cúpula
pequeña, brillante-, decidió que también él invocaría a los tres
hombres. Sabía que era un intento desesperado y vano, pero tenía
que intentarlo para convencerse de que Murtagh había desaparecido
de verdad. Aun así, no estaba seguro de querer lograr lo que no
había conseguido Arya, pues no creía que la visión de Murtagh
destrozado al pie de un risco, por debajo de Farthen Dür, mejorara
su estado de ánimo.
Susurró: «Draumr kópa». La oscuridad envolvió el líquido y lo
convirtió en un pequeño botón de la noche sobre su palma plateada.
Un movimiento lo cruzó, como el aleteo de un pájaro ante la luna
que asoma entre las nubes… Y luego nada.
Otra lágrima se sumó a la primera.
Eragon respiró hondo, se recostó y esperó hasta recuperar la
calma. Después de recuperarse de la herida de Durza, se había dado
cuenta -por humillante que fuera- de que sólo había vencido por
pura suerte. «Si alguna vez me vuelvo a enfrentar a una Sombra, o
alos ra'zac, o a Galbatorix, he de ser más fuerte si quiero vencer.
Brom podría haberme enseñado más, bien lo sé. Pero sin él no me
queda otra elección: los elfos.»
La respiración de Saphira se aceleró, y la dragona abrió los
ojos y soltó un enorme bostezo.
Buenos días, pequeñajo. ¿Te parecen buenos! -Eragon bajó la
mirada y apoyó el peso en las manos, hundiendo el colchón-. Es…
terrible… Murtagh y Ajihad… ¿Por qué ningún centinela de los
túneles nos advirtió de la llegada de los úrgalos? No tenían que
haber podido seguir al grupo de Ajihad sin que los
viéramos…
Arya estaba en lo cierto: no tiene sentido.
Puede que nunca sepamos la verdad -respondió Saphira con
suavidad. Se levantó; sus alas rozaban el techo-. Tienes que comer,
y luego hemos de descubrir qué planean los vardenos. No hay tiempo
que perder; puede que escojan a un nuevo líder en las próximas
horas.
Eragon asintió, mientras pensaba en cómo habían dejado a los
demás el día anterior: Orik partía a toda prisa para llevar las
últimas noticias al rey Hrothgar; Jórmundur se llevaba el cuerpo de
Ajihad a un lugar donde pudiera permanecer hasta el funeral, y Arya
se había quedado sola, contemplando el ajetreo de los
demás.
Eragon se levantó, se ató con correa a Zar'roc y el arco y
luego se agachó para levantar la silla de Nieve de Fuego. Una
punzada de dolor le recorrió el torso y lo tumbó al suelo, donde se
retorció, al tiempo que se hurgaba en la espalda. Sentía como si lo
serraran por la mitad.
Saphira gruñó al percibir aquella sensación lacerante. Trató
de calmarlo con la fuerza de su mente, pero no conseguía aliviar su
sufrimiento. Alzó la cola instintivamente, como si fuera a
pelear.
Hubieron de pasar varios minutos para que se calmara el
ataque; tras la última punzada, Eragon quedó con la respiración
entrecortada. El sudor le empapaba la cara, le apelmazaba el pelo y
le picaba en los ojos. Llevó una mano a la espalda y se tocó la
cicatriz con cautela.
Estaba caliente, inflamada y sensible al tacto. Saphira
agachó el morro y le tocó un brazo.
Ay, pequeñajo…
Esta vez ha sido peor-dijo él, tambaleándose para ponerse en
pie.
Aprovechó el apoyo que Saphira le brindaba mientras se secaba
el sudor de la frente con un trapo y luego dio un paso vacilante
hacia la puerta. ¿ Te sientes con fuerzas para
salir?
Tenemos que hacerlo. Como dragón y Jinete, estamos obligados
a elegir en público al nuevo líder de los vardenos, tal vez incluso
a influir en la selección. No voy a despreciar la fuerza de nuestra
posición; sabemos que contamos con gran autoridad entre los
vardenos. Al menos, no están los gemelos para quedarse con el
cargo. Es lo único bueno de la situación.
Muy bien, pero Durza debería sufrir mil años de tortura por
lo que te hizo.
Tú quédate a mi lado -gruñó Eragon.
Se abrieron paso por Tronjheim hacia la cocina más cercana.
En los pasillos y vestíbulos, la gente se detenía, hacía
reverencias y murmuraba: «Argetlam», o «Asesino de
Sombras».
Hasta los enanos repetían ese gesto, aunque no con la misma
frecuencia. A Eragon le llamó la atención la expresión sombría y
torturada de los humanos, así como la ropa oscura que llevaban para
demostrar su tristeza. Muchas mujeres vestían completamente de
blanco, e incluso se cubrían los rostros con velos de
encaje.
En la cocina, Eragon llevó una bandeja de piedra llena de
comida hasta una mesa baja.
Saphira lo vigilaba con atención por si le daba otro ataque.
Algunas personas trataron de acercarse a él, pero ella estiró un
labio y gruñó, y todos se alejaron corriendo. Eragon picoteóla
comida y trató de ignorar a quienes lo molestaban. Al fin, en un
intento por dejar de pensar en Murtagh, preguntó: ¿Quién crees que
dispone de los medios suficientes para hacerse con el control de
los vardenos ahora que Ajihad y los gemelos han
desaparecido?
Ella dudó.
Tal vez tú podrías hacerlo, si interpretamos las últimas
palabras de Ajihad como una bendición para que te asegurases el
liderazgo. Casi nadie se opondría a ti. En cualquier caso, no
parece que ésa sea la opción más sabia. Por ese lado, no veo más
que problemas.
Estoy de acuerdo. Además, Arya no lo aprobaría, y podría ser
una enemiga peligrosa. Los elfos no pueden mentir en su lenguaje
antiguo, pero en el nuestro no tienen esa inhibición; si le
conviniera, ella podría negar que Ajihad pronunciara esas últimas
palabras. No, yo no quiero ese cargo… ¿Y
Jórmundur?
Ajihad lo consideraba su mano derecha. Por desgracia, sabemos
poco de él y de los otros líderes de los vardenos. Ha pasado muy
poco tiempo desde que llegamos aquí. Tendremos que decidir a partir
de nuestras sensaciones e impresiones, sin poder analizar la
historia.
Eragon empujó el pescado en torno a un montón de tubérculos
machacados.
No te olvides de Hrothgar y los clanes de enanos; no se van a
callar. Aparte de Arya, los elfos no tienen nada que decir sobre la
sucesión: para cuando se decida, ni siquiera se habrán enterado. En
cambio, nadie puede ignorar a los enanos. Hrothgar está a favor de
los vardenos; pero si se le oponen muchos clanes, podrían forzarlo
a dar su apoyo a alguien que no esté preparado para mandar. ¿ Y
quién podría ser?
Alguien fácil de manipular. -Eragon cerró los ojos y se
recostó en el asiento-. Podría ser cualquiera de Farthen Dür,
absolutamente cualquiera.
Durante un largo rato, los dos reflexionaron sobre los
asuntos que tenían por delante.
Luego Saphira dijo:
Eragon, hay alguien que ha venido a verte. No consigo
asustarlo para que se vaya. ¿Eh?
Eragon abrió los ojos de golpe y los achinó para
acostumbrarse a la luz. Había un joven de aspecto pálido junto a la
mesa. El muchacho miraba a Saphira como si temiera que se lo fuese
a comer. -¿Qué pasa? -preguntó Eragon, no sin cierta
brusquedad.
El chico empezó a hablar, se aturulló y finalmente hizo una
reverencia:
-Argetlam, te han convocado para hablar ante el Consejo de
Ancianos. -¿Quiénes son?
La pregunta confundió aún más al muchacho.
-El… El consejo es… Son… gente que nosotros, o sea, los
vardenos, escogemos para que hablen con Ajihad en representación
nuestra. Eran sus consejeros de confianza y ahora quieren verte.
¡Es un gran honor! -terminó con una rápida sonrisa. -¿Me vas a
llevar ante ellos?
-Sí.
Saphira lanzó una mirada interrogativa a Eragon. El se
encogió de hombros, dejó la comida intacta e hizo señas al muchacho
para que le indicara el camino. Mientras caminaban, el muchacho
admiraba a Zar'roe con los ojos bien abiertos, y luego desvió
tímidamente la vista. -¿Cómo te llamas? -le preguntó
Eragon.
-Jarsha, señor.
-Es un buen nombre. Has entregado tu mensaje correctamente;
deberías estar orgulloso.
Jarsha se iluminó y echó a andar a saltos.
Llegaron a una puerta convexa de piedra, y Jarsha la abrió de
un empujón. Dentro había una sala circular, con una bóveda azul
celeste decorada con constelaciones. En el centro había una mesa
redonda de mármol con la cresta del Dürgrimst Ingeitum incrustada:
un martillo en pie, rodeado por doce estrellas. Sentados en torno a
ella, estaban Jórmundur y otros dos hombres, uno alto y uno muy
grueso; una mujer con los labios prietos, los ojos muy juntos y las
mejillas laboriosamente maquilladas; y otra mujer con un inmenso
montón de cabello gris que le caía sobre un rostro de expresión
maternal que se contradecía con la empuñadura de la daga asomada
entre las vastas colinas de su corpino.
-Puedes retirarte -dijo Jórmundur a Jarsha, quien de
inmediato hizo una reverencia y se fue.
Consciente de que lo miraban, Eragon repasó la sala y luego
se sentó en medio de una zona de sillas vacías, de tal modo que los
miembros del consejo se vieron obligados a volver sus sillas para
poderlo mirar. Saphira se agachó tras él; Eragon notaba su cálido
aliento en la coronilla.
Jórmundur se levantó a medias para hacer una leve reverencia
y volvió a sentarse.
-Gracias porvenir, Eragon, a pesar de la pérdida que has
sufrido. Éste es Umérth -el hombre alto-; Falberd -el grueso- y
Sabrae y Elessari -las dos mujeres.
Eragon agachó la cabeza y preguntó: -¿Y los gemelos?
¿Formaban parte de este consejo?
Sabrae negó con la cabeza bruscamente y tamborileó con sus
largas uñas sobre la mesa.
-No tenían nada que ver con nosotros. Eran bazofia. Peor que
bazofia, sanguijuelas que sólo buscaban su propio beneficio. No
tenían ninguna intención de servir a los vardenos. O sea, que no
había lugar para ellos en este consejo.
A Eragon le llegaba su perfume desde el otro lado de la mesa.
Era espeso y grasiento, como el de una flor podrida. Disimuló una
sonrisa.
-Basta. No estamos aquí para hablar de los gemelos -dijo
Jórmundur-. Nos enfrentamos a una crisis y debemos resolverla
rápida y eficazmente. Si no escogemos al sucesor de Ajihad, alguien
lo hará. Hrothgar ya se ha puesto en contacto con nosotros para
hacernos llegar sus condolencias. Aunque estuvo más que cortés,
seguro que mientras hablamos, él ya está preparando sus planes.
También hay que tener en cuenta a Du Vrangr Gata, los que dominan
la magia. La mayoría son leales a los vardenos, pero es difícil
predecir sus acciones, incluso en las mejores circunstancias.
Podrían decidir oponerse a nuestra autoridad en busca de algún
beneficio propio. Por eso necesitamos tu ayuda, Eragon, para que
quienquiera que obtenga el lugar de Ajihad lo haga con la mayor
legitimidad.
Falberd se levantó, apoyando sus carnosas manos encima de la
mesa.
-Nosotros cinco ya hemos decidido a quién apoyar. Entre
nosotros no hay la menor duda de que se trata de la persona
adecuada. Sin embargo -alzó un dedo muy grueso-, antes de que
revelemos quién es, nos tienes que dar tu pala-lira de que, tanto
si estás de acuerdo como si no, nada de lo que aquí hablemos saldrá
de esta sala. ¿ Y por qué quieren eso? -preguntó Eragon a
Saphira.
No lo sé -contestó ella con un resoplido-. Tal vez sea una
trampa. A mí no me han pedido que jure nada. Siempre puedo contarle
a Arya lo que hayan dicho, si es que hace falta. Qué tontos, se han
olvidado de que soy tan inteligente como cualquier
humano.
Satisfecho con esa idea, Eragon dijo:
-Muy bien, tenéis mi palabra. Bueno, ¿quién queréis que
lidere a los vardenos?
-Nasuada.
Sorprendido, Eragon bajó la mirada y pensó a toda prisa. No
había pensado en Nasuada para la sucesión, por su juventud: apenas
era unos pocos años mayor que él. Por supuesto, no había ninguna
otra razón que le impidiera tomar el mando; pero ¿por qué el
Consejo de Ancianos quería que fuese ella? ¿Qué beneficio
obtendrían? Recordó las palabras de Brom y trató de examinar el
asunto desde todos los ángulos posibles, sabedor de que tenía que
decidir deprisa.
Nasuada está hecha de hierro -observó Saphira-. Sería como su
padre.
Tal vez, pero ¿por qué razón la eligen a
ella?
Con la intención de ganar tiempo, Eragon preguntó: -¿Por qué
no tú, Jórmundur? Ajihad te consideraba su mano derecha. ¿No
significa eso que deberías ocupar su lugar ahora que él ya no
está?
Una corriente de incomodidad recorrió al consejo: Sabrae se
puso todavía más tiesa, con las manos entrelazadas por delante;
Umérth y Falberd intercambiaron miradas oscuras, mientras que
Elessari se limitó a sonreír, y la empuñadura de la daga se sacudió
en su pecho.
-Es que -respondió Jórmundur, escogiendo con cuidado las
palabras- Ajihad lo decía única y exclusivamente en un sentido
militar. Además, soy miembro de este Consejo, que sólo tiene poder
porque nos apoyamos entre nosotros. Sería temerario y peligroso que
uno de nosotros se alzara sobre los demás.
Cuando terminó de hablar, el Consejo entero se relajó, y
Elessari dio una palmada a Jórmundur en el
antebrazo.
Ja! -exclamó Saphira-. Probablemente, habría tomado el poder
si hubiera sido capaz de forzar el apoyo de los demás. Fíjate en
cómo lo miran. En medio de ellos, parece un lobo.
En todo caso, un lobo en una manada de chacales. -¿Y Nasuada
tiene suficiente experiencia? -inquirió Eragon.
Elessari se apretó contra el borde de la mesa al inclinarse
hacia delante.
-Cuando Ajinad se unió a los vardenos, yo ya llevaba aquí
siete años. He visto el cambio de Nasuada, de la niña mona que era
a la mujer que es ahora. A veces actúa un poco a la ligera, pero es
una buena figura para liderar a los vardenos. La gente la adorará.
Y tanto yo - aquí se dio un sentido golpe en el pecho- como mis
amigos estaremos aquí para guiarla a través de estos tiempos tan
complicados. Nunca le faltará alguien que le muestre el
camino.
La falta de experiencia no debe ser un obstáculo para que
ocupe la posición que merece.
Eragon lo entendió de golpe. «¡Quieren un
títere!»
-Dentro de dos días se celebrará el funeral de Ajihad
-intervino Umérth-. Justo después, planeamos designar a Nasuada
como nuestra nueva líder. Aún se lo tenemos que proponer, pero
seguro que lo acepta. Queremos que estés presente en el
nombramiento y que jures lealtad a los vardenos; así nadie, ni
siquiera Hrothgar, podrá quejarse. Eso devolverá a la gente la
confianza que perdió por la muerte de Ajihad y evitará que nadie
intente dividir esta organización. ¡Lealtad!
Saphira se puso de inmediato en contacto con la mente de
Eragon.
Fíjate en que no te piden que jures lealtad a Nasuada, sino
sólo a los vardenos.
Sí, y quieren ser ellos quienes propongan a Nasuada, lo cual
implicaría que el Consejo es más poderoso que ella. Podían haberle
pedido a Arya que la propusiera ella, o nosotros, pero eso
significaría reconocer a quien lo hiciera como superior entre los
vardenos. De esa manera, reafirman susuperioridad sobre Nasuada,
obtienen control sobre nosotros por medio del juramento de lealtad
y además logran el beneficio de conseguir que un Jinete apoye a
Nasuada en público. -¿Qué ocurre -preguntó- si decido no aceptar
vuestra propuesta? -¿Propuesta? -respondió Falberd, aparentemente
sorprendido-. Bueno, nada, claro.
Aunque supondría un terrible desaire que no estuvieras
presente cuando se elija a Nasuada.
Si el héroe de la batalla de Farthen Dür la ignora, qué va a
pensar, sino que un Jinete la ha despreciado y no ha considerado
que los vardenos merezcan su servicio. ¿Quién podría soportar tal
vergüenza?
El mensaje no podía ser más claro. Eragon apretó la
empuñadura de Zar'roe por debajo de la mesa, deseoso de gritar que
no hacía ninguna falta forzarle para que diera su apoyo a los
vardenos, que lo pensaba hacer de todos modos. Ahora, sin embargo,
deseaba instintivamente rebelarse, eludir los grilletes que le
intentaban colocar.
-Como los Jinetes son tan respetados, podría decidir que
sería mejor dedicar mis esfuerzos a liderar yo mismo a los
vardenos.
El ambiente de la sala se tensó.
-Eso no sería muy inteligente -afirmó
Sabrae.
Eragon forzó la mente en busca de una salida de la
situación.
En ausencia de Ajihad -dijo Saphira-, tal vez no sea posible
mantener la independencia con respecto a todos los grupos, tal como
él deseaba. No podemos molestar a los vardenos y, si este consejo
va a controlarlos cuando Nasuada ocupe el cargo, tenemos que
complacerlos. Recuerda que actúan en defensa propia, igual que
nosotros.
Pero ¿ qué nos pedirán que hagamos cuando ya estemos en su
poder? ¿Respetarán el pacto de los vardenos con los elfos y nos
enviarán a Ellesméra para la formación, u ordenarán lo contrario?
Jórmundur me parece un hombre honrado, pero ¿ qué pasa con el resto
del Consejo? No lo sé.
Saphira le rozó la coronilla con el mentón.
Acepta estar presente en la ceremonia con Nasuada; creo que
eso sí debemos hacerlo. En cuanto al juramento de lealtad, trata de
evitar un compromiso. Tal vez antes de que llegue el momento ocurra
algo que nos haga cambiar de postura… Acaso Arya tenga la
solución.
Sin previo aviso, Eragon asintió y dijo:
-Como queráis; estaré presente en el nombramiento de
Nasuada.
Jórmundur parecía aliviado.
-Bien, bien. Entonces sólo nos queda un asunto que debatir
antes de que te vayas: la aceptación de Nasuada. No hay razón para
retrasarla, ya que estamos todos aquí. La mandaré llamar de
inmediato. Ya Arya también: antes de hacer pública esta decisión,
necesitamos la aprobación de los elfos. No tendría que ser difícil
conseguirla: Arya no puede oponerse a todo el Consejo y a ti,
Eragon. Tendrá que estar de acuerdo con nuestra
opinión.
-Espera -ordenó Elessari, con una mirada de hierro-. ¿Qué
pasa con tu palabra, Jinete? ¿Le jurarás lealtad durante la
ceremonia?
-Sí, eso hay que hacerlo -insistió Falberd-. Los vardenos
caerían en desgracia si no pudieran brindarte toda su protección.
¡Vaya manera de decirlo!
Valdría la pena intentarlo -afirmó Saphira-. Me temo que
ahora ya no tienes elección.
Si me negara, no se atreverían a
perjudicarnos.
No, pero podrían causarnos males sin fin. No te digo que lo
aceptes por mi bien, sino por el tuyo.
Hay muchos males de los que no puedo protegerte, Eragon. Con
Galbatorix en contra de nosotros,necesitas rodearte de aliados, no
de enemigos. No podemos permitirnos pelear al mismo tiempo contra
el Imperio y contra los vardenos.
-Daré mi palabra -concedió al fin.
En torno a la mesa abundaron las muestras de relajación;
incluso Umérth dejó escapar un mal disimulado suspiro. ¡Nos
temen!
Y bien que hacen -apostilló Saphira.
Jórmundur llamó a Jarsha y, tras unas pocas palabras, lo
envió a la carrera en busca de Nasuada y Arya. En su ausen-c ia, la
conversación decayó en un incómodo silencio. Eragon ignoró al
Consejo y prefirió concentrarse en buscar una salida a su dilema.
No se le ocurrió ninguna.
Cuando se abrió de nuevo la puerta, todos se volvieron con
expectación. Entró primero Nasuada, con el mentón bien alto y la
mirada firme. Llevaba un vestido bordado del más oscuro negro, más
oscuro incluso que su piel, apenas partido por un brochazo de
púrpura real que iba del hombro a la cadera. Tras ella iba Arya,
con pasos ágiles y ligeros como una gata, y un Jarsha claramente
abrumado.
Despidieron al muchacho, y luego Jórmundur invitó a Nasuada a
tomar asiento. Eragon se apresuró a hacer lo mismo con Arya, pero
ella ignoró la silla que se le ofrecía y se mantuvo a distancia de
la mesa.
Saphira -dijo Eragon-, cuéntale todo lo que ha pasado. Tengo
la sensación de que el Consejo no le va a informar de que me han
obligado a jurar lealtad a los vardenos.
-Arya -saludó Jórmundur con una inclinación de cabeza. Luego
se concentró en Nasuada. Nasuada, hija de Ajihad, el Consejo de
Ancianos desea transmitirte su más sentido pésame por esta pérdida
que tú has sufrido más que nadie… -En voz más baja, añadió-: Cuenta
también con nuestra comprensión. Todos sabemos lo que representa
que el Imperio te mate un familiar.
-Gracias -murmuró Nasuada, al tiempo que apartaba sus ojos
almendrados.
Permaneció sentada, tímida y recatada, y con un aire de
vulnerabilidad que provocaba a Eragon deseos de reconfortarla. Su
comportamiento era trágicamente distinto del de la joven enérgica
que los había visitado, a él y a Saphira, en la dragonera antes de
la batalla.
-Aunque estás en momentos de duelo, hay un dilema que debes
resolver. Este Consejo no puede liderar a los var-denos. Y alguien
debe reemplazar a tu padre a partir del funeral. Te pedimos que
ocupes esa posición. Como heredera suya, te corresponde ese
derecho; los vardenos esperan que lo aceptes.
Nasuada inclinó la cabeza con los ojos brillantes. Cuando
habló, el dolor era evidente en su voz:
-Nunca pensé que, siendo tan joven, me vería llamada a ocupar
el lugar de mi padre. Sin embargo…, si insistís en que es mi deber…
Aceptaré el cargo.