Brillante como un sol en llamas, el dragón quedó suspendido
ante Eragon y todos los reunidos en los riscos de Tel'naeír,
abofeteándolos con las ráfagas que provocaban sus poderosos
aletazos. El cuerpo del dragón parecía incendiarse porque el
brillante amanecer iluminaba sus escamas doradas y desparramaba en
la tierra y en los árboles astillas de luz cegadora. Era bastante
mayor que Saphira, tanto que podía tener varios cientos de años y,
en proporción, el cuello, las patas y la cola parecían aún más
gruesos. A su grupa iba montado el Jinete, con la ropa de un blanco
cegador entre el brillo de las escamas.
Eragon cayó de rodillas, con el rostro alzado. «No estoy
solo…» El asombro y el alivio lo recorrieron. Ya no tendría que
cargar a solas con la responsabilidad de los vardenos y de
Galbatorix. Ahí estaba uno de los guardianes de antaño, resucitado
de entre las profundidades del tiempo para guiarle, un símbolo
viviente, un testamento de las leyendas que le habían contado al
crecer. Ahí estaba su maestro. ¡Era una leyenda!
Cuando el dragón se acercó a la tierra, Eragon dio un
respingo: la pata izquierda delantera de la criatura había recibido
un terrible tajo y un muñón blanco ocupaba el lugar de lo que
antaño fuera una poderosa extremidad. El Jinete descendió con
cuidado de su corcel por la pierna derecha, intacta, y se acercó a
Eragon con las manos entrelazadas. Era un elfo de cabello plateado,
anciano de incontables años, aunque el único rastro de su edad era
la expre-sión de gran compasión y tristeza que mostraba su
rostro.
-Osthato Chetowá -dijo Eragon-. El Sabio Doliente… He venido
como me pediste. Sobresaltado, recordó las buenas maneras y se
llevó dos dedos a los labios-. Atra ester ní ono
thelduin.
El Jinete sonrió. Tomó a Eragon por los hombros, lo levantó y
lo miró con tal bondad que Eragon no podía ver otra cosa: lo
consumían las infinitas profundidades de la mirada del
elfo.
-Mi verdadero nombre es Oromis, Eragon Asesino de
Sombras.
-Lo sabías -murmuró Islanzadí con una expresión herida que
pronto se transformó en una tormenta de rabia-. ¿Sabías de la
existencia de Eragon y no me lo dijiste? ¿Por qué me has
traicionado, Shur'tugal?
-Guardé silencio porque no estaba seguro de que Eragon y Arya
vivieran lo suficiente para llegar hasta aquí; no tenía intención
de proporcionarte una frágil esperanza que en cualquier momento
podía truncarse.
Islanzadí se dio la vuelta con brusquedad. Su capa de plumas
de cisne se inflaba como si tuviera alas. -¡No tenías ningún
derecho a ocultarme esa información! Podía haber enviado guerreros
para proteger a Arya, Eragon y Saphira en Farthen Dür y para
escoltarlos a salvo hasta aquí.
Oromis sonrió con tristeza.
-No te he escondido nada, Islanzadí, salvo lo que tú misma
escogiste no ver. Si hubieras escrutado la tierra, como es tu
obligación, habrías detectado la causa del caos que recorría
Alagaésia y habrías descubierto la verdad sobre Arya y Eragon. Que
en tu dolor te olvidaras de los vardenos y los enanos es
comprensible, pero ¿de Brom? ¿De Vinr Álfakyn? ¿Del último amigo de
los elfos? Has permanecido ciega al mundo, Islanzadí, y te has
relajado en el trono. No podía arriesgarme a alejarte todavía más
sometiéndote a otra pérdida.
La furia de Islanzadí amainó y la reina quedó con el rostro
blanco y los hombros caídos.
-Ya no soy nada -susurró.
Una nube de aire caliente y húmedo rodeó a Eragon cuando el
dragón dorado se agachó para examinarlo con unos ojos que brillaban
y emitían chispas.
Celebro conocerte, Eragon Asesino de Sombras. Yo soy Glaedr.
Su voz, inconfundiblemente masculina, recorrió la mente de Eragon y
la agitó como si fuera el rugido de un alud en la
montaña.
Eragon no pudo hacer más que tocarse los labios y decir: -Es
un honor.
Luego Glaedr centró su atención en Saphira. Ella se quedó
quieta por completo, con el cuello rígidamente arqueado mientras
Glaedr le olisqueaba la mejilla y el borde de un
ala.
Eragon vio que los tensos músculos de las patas de Saphira se
agitaban en un temblor involuntario.
Hueles a humanos -dijo Glaedr- y sólo sabes de tu raza lo que
te ha enseñado el instinto, pero tienes corazón de auténtico
dragón.
Durante ese silencioso intercambio, Orik se presentó a
Oromis.
-Ciertamente, esto va más allá de lo que me hubiera atrevido
a esperar o desear. Eres una agradable sorpresa en estos tiempos
oscuros, Jinete. -Se llevó un puño al corazón-. Si no es demasiado
presuntuoso, quiero pedirte un gran favor en nombre de mi rey y mi
clan, tal como es costumbre entre los nuestros. Oromis
asintió.
-Y yo te lo concedo si está en mi poder.
-Entonces, dime: ¿por qué has permanecido escondido tantos
años? Te necesitábamos mucho, Argetlam.
-Ah -dijo Oromis-. Hay muchas penurias en el mundo, y una de
las mayores es no ser capaz de ayudar a los que sufren. No podía
arriesgarme a abandonar este santuario, pues si hubiera muerto
antes de que prendiera alguno de los huevos de Galbatorix, no
habría quedado nadie que pudiera pasar nuestros secretos al nuevo
Jinete y aún hubiese resultado más difícil derrotar a Galbatorix.
-¿Ésa fue tu razón? -espetó Orik-. ¡Ésas son las palabras de un
cobarde! Los huevos podrían no haber prendido
nunca.
Todo el mundo guardó un silencio absoluto, salvo por un leve
gruñido que brotó de entre los dientes de Glaedr.
-Si no fueras mi huésped -dijo Islanzadí-, yo misma te
golpearía por este insulto.
Oromis abrió los brazos.
-No, no me ofende. Es una reacción válida. Entiende, Orik,
que Glaedr y yo no podemos pelear. Glaedr está discapacitado, y yo
-se tocó un lado de la cabeza- también estoy
mutilado.
Los Apóstatas me partieron algo por dentro cuando era su
cautivo y, aunque todavía puedo enseñar y aprender, ya no controlo
la magia, salvo algunos hechizos menores. El poder se me escapa,
por mucho que me esfuerce. En una batalla sería algo peor que un
inútil, alguien fácil de capturar, y luego podrían usarme contra
vosotros. Por eso me alejé de la influencia de Galbatorix, por el
bien de la mayoría, pese a que ansiaba enfrentarme a él
abiertamente.
-El Lisiado que está Ileso -murmuró Eragon.
-Perdóname -dijo Orik. Parecía golpeado.
-No tiene ninguna importancia. -Oromis apoyó una mano en el
hombro de Eragon-.
Islanzadí Dróttning, con tu permiso…
-Id -dijo ella, cansada-. Id y dejadme sola.
Glaedr se agachó hasta el suelo y Oromis trepó con agilidad
por la pierna hasta la silla de la grupa.
-Venid, Eragon y Saphira. Tenemos mucho que
hablar.
El dragón dorado abandonó el risco de un salto y trazó un
círculo en lo alto, llevado por una corriente de
aire.
Eragon y Orik entrechocaron los brazos con
solemnidad:
-Honra a tu clan -dijo el enano.
Mientras montaba en Saphira, Eragon se sentía como si
estuviera a punto de embarcarse en un largo viaje y debiera
despedirse de quienes dejaba atrás. Sin embargo, se limitó a mirar
a Arya y sonreír, permitiendo que se notaran su asombro y su
alegría. Ella frunció el ceño a medias, como si estuviera
preocupada, pero para entonces él ya se había ido, alzado hacia el
cielo por el entusiasmo del vuelo de Saphira.
Los dos dragones resiguieron juntos el blanco acantilado
hacia el norte durante varios kilómetros, acompañados tan sólo por
el sonido de su aleteo. Saphira flotaba al lado de Glaedr. Su
entusiasmo se colaba en la mente de Eragon y acrecentaba sus
propias emociones.
Aterrizaron en otro claro al borde del acantilado, justo
antes de que el muro de piedra se desplomara en la tierra. Un
sendero pelado iba del precipicio al umbral de una baja cabaña
crecida entre los troncos de cuatro árboles, uno de los cuales
quedaba a horcajadas sobre un arroyo que salía de las lúgubres
profundidades del bosque. Glaedr no cabía; la cabaña medía
tranquilamente menos que su costillar.
-Bienvenidos a mi casa -dijo Oromis, mientras saltaba al
suelo con una inusual facilidad-.
Vivo aquí, al borde de los riscos de Tel'naeír, porque me
brinda la oportunidad de pensar y estudiar en paz. Mi mente
funciona mejor lejos de Ellesméra y de las distracciones de la
gente.
Desapareció dentro de la cabaña y regresó con dos taburetes y
unas jarras de agua clara y limpia para él y Eragon. Éste bebió un
sorbo y admiró la vista espaciosa de Du Weldenvarden, con la
intención de disimular su asombro y su nerviosismo mientras
esperaba que el elfo hablara. «¡Estoy en presencia de otro Jinete!»
A su lado, Saphira se acurrucó con la mirada fija en Glaedr,
amasando lentamente la arena que le quedaba entre las
zarpas.
La pausa en la conversación se fue alargando más y más.
Pasaron diez minutos…, media hora…, una hora entera. Llegó un punto
en que Eragon empezó a medir el tiempo transcurrido según el
progreso del sol. Al principio las preguntas y los pensamientos
rebullían en su mente, pero terminaron por ceder el lugar a una
tranquila aceptación. Se limitaba a observar el día y
disfrutar.
Sólo entonces habló Oromis:
-Has aprendido a apreciar el valor de la paciencia. Eso está
bien.
A Eragon le costó encontrar la voz para
contestar.
-Si tienes prisa, no puedes acechar a un
ciervo.
Oromis bajó la jarra.
-Muy cierto. Déjame ver tus manos. Me parece que dicen mucho
de la persona. -Eragon se quitó los guantes y permitió que el elfo
le cogiera por las muñecas con sus dedos finos y secos. Examinó los
callos de Eragon y dijo-: Corrígeme si me equivoco. Has sostenido
el azadón y el arado más a menudo que la espada, aunque sí estás
acostumbrado a usar el arco.
-Sí.
-Y has escrito y dibujado muy poco, tal vez
nada.
-Brom me enseñó las letras en Teirm.
-Mmm. Aparte de tu uso de las herramientas, parece obvio que
tiendes a ser imprudente y a olvidar tu propia seguridad. -¿Qué te
hace pensar eso, Oromis-elda? -preguntó Eragon, usando el título
honorífico más respetuoso y formal que se le
ocurría.
-Elda, no -lo corrigió Oromis-. Puedes llamarme maestro en
este idioma y ebrithil en el idioma antiguo, nada más. Usarás la
misma fórmula de cortesía para Glaedr. Somos vuestros profesores;
vosotros sois nuestros alumnos y debéis actuar con la deferencia y
el respeto debidos.
Oromis hablaba con amabilidad, pero también con la autoridad
de quien espera obediencia absoluta.
-Sí, maestro Oromis.
-Y tú también, Saphira.
Eragon percibió lo mucho que le costaba a Saphira superar el
orgullo para decir:
Sí, Maestro.
Oromis asintió.
-Bueno. Para tener esa colección de cicatrices, hay que haber
tenido muy mala suerte, haber peleado como un loco o haber
perseguido el peligro deliberadamente. ¿Peleas como un
loco?
-No.
-Tampoco parece que tengas mala suerte; más bien al
contrario. Sólo nos queda una explicación. Salvo que tú opines de
otro modo.
Eragon repasó mentalmente sus experiencias en el pueblo y a
lo largo del camino con la intención de cualificar su
comportamiento.
-Yo más bien diría que, una vez me decido por un camino o
proyecto concreto, me empeño en lograrlo a cualquier precio… Sobre
todo si corre peligro alguien a quien amo.
Desvió la mirada hacia Saphira. -¿Y te metes en proyectos que
supongan un reto para ti?
-Me gustan los retos.
-Así que necesitas enfrentarte a la adversidad para comprobar
tus habilidades.
-Me gusta superar retos, pero me he enfrentado a suficientes
penurias para saber que es una estupidez hacer las cosas más
difíciles de lo que ya son por sí mismas. Es lo máximo que puedo
hacer para sobrevivir, tal como está todo.
-Y sin embargo, escogiste perseguir a los ra'zac cuando
hubiera sido más fácil permanecer en el valle de Palancar. Y has
venido aquí.
-Era lo que tenía que hacer…, Maestro.
Nadie habló durante unos minutos. Eragon trató de adivinar
qué pensaba el elfo, pero no logró sonsacar ninguna información de
su rostro, inexpresivo como una máscara. Al fin, Oromis se removió:
-¿Te dieron, tal vez, una alhaja en Tarnag, Eragon? ¿Una joya, una
pieza de armadura, o quizás una moneda?
-Sí. -Eragon rebuscó por debajo de la túnica y sacó el collar
con el minúsculo martillo de plata-. Gannel me hizo esto cumpliendo
órdenes de Hrothgar, para evitar que alguien pudiera invocar a
Saphira o a mí. Temían que Galbatorix pudiera haber descubierto mi
aspecto físico… ¿Cómo lo has sabido?
-Porque -explicó Oromis- desde entonces no podía
percibirte.
-Alguien trató de invocarme cerca de Sílthrim la semana
pasada. ¿Eras tú?
Oromis negó con la cabeza.
-Después de invocaros a Arya y a ti, ya no necesité recurrir
a esos métodos tan crudos para encontrarte. Mi mente se acercaba a
la tuya y entraba en contacto, como hice cuando estabas herido en
Farthen Dür. -Alzó el amuleto, murmuró varias frases en el idioma
antiguo y lo soltó-. No detecto que tenga ningún otro hechizo.
Llévalo siempre contigo; es un regalo valioso. -Apretó las yemas de
los dedos, con unas uñas redondas y brillantes como escamas de
pescado, y miró hacia el blanco horizonte entre los arcos formados
por sus dedos. -¿A qué has venido, Eragon?
-A completar mi formación. -¿Y qué crees que implica ese
proceso?
Eragon se movió, incómodo.
-Aprender más sobre la magia y la lucha. Brom no pudo
terminar de enseñarme todo lo que sabía.
-La magia, el arte de la espada y las demás habilidades no
sirven para nada salvo que sepas cómo y cuándo aplicarlas. Eso es
lo que te voy a enseñar. Sin embargo, tal como ha demostrado
Galbatorix, el poder sin dirección moral es la fuerza más peligrosa
del mundo. Por eso, mi principal tarea es enseñaros, a ti y a
Saphira, a entender los principios que os guían para que no toméis
las opciones apropiadas por las razones equivocadas. Tenéis que
aprender más de vosotros mismos, quiénes sois y qué sois capaces de
hacer. Por eso estais aquí. ¿Cuándo empezamos? -preguntó
Saphira.
Oromis empezó a contestar, pero se puso rígido y soltó la
jarra. Su rostro se volvió encarnado y los dedos se convirtieron en
zarpas que rasgaban sus vestiduras como espinas de un zarzal.
Eragon apenas tuvo tiempo de dar un respingo y el elfo ya se había
relajado, aunque todo su cuerpo delataba ahora su
cansancio.
Preocupado, Eragon se atrevió a preguntar: -¿Estás
bien?
Una chispa de diversión tiró de la comisura de los labios de
Oromis.
-Menos de lo que quisiera. Los elfos nos tenemos por
inmortales, pero ni siquiera nosotros podemos evitar ciertas
enfermedades de la carne; su curación queda más allá de nuestro
co-nocimiento de la magia, y sólo podemos retrasarlas. No, no te
preocupes… No es contagioso, pero no puedo librarme. -Suspiró-.
Llevo décadas protegiéndome con cientos de pequeños y débiles
hechizos que, superpuestos como capas, imitan el efecto de encantos
que ahora me resultan inalcanzables. Me protejo con la intención de
vivir lo suficiente para presenciar el nacimiento de los últimos
dragones y alimentar la resurrección de los Jinetes de la ruina de
nuestros errores. -¿Cuánto falta para…?
Oromis alzó una fina ceja. -¿Cuánto falta para mi muerte? Hay
tiempo suficiente, pero para ti y para mí es muy escaso, sobre todo
si los vardenos deciden solicitar tu ayuda. En consecuencia, para
contestar tu pregunta, Saphira, empezaremos vuestra instrucción de
inmediato y te entrenarás más deprisa de lo que lo haya hecho o lo
vaya a hacer jamás ningún otro Jinete, pues debo condensar cuatro
decenios de conocimiento en meses, o semanas. -¿Sabes… -dijo
Eragon, luchando contra la vergüenza que ardía en sus mejillas- lo
de mi… enfermedad? -Casi enterró la última palabra porque odiaba su
sonido-. Estoy tan lisiado como tú.
La compasión atemperó la mirada de Oromis, aunque su voz sonó
firme.
-Eragon, sólo estás lisiado si tú mismo lo consideras así.
Entiendo cómo te sientes, pero has de ser optimista, pues la mirada
negativa discapacita más que una herida física. Te hablo por mi
experiencia personal. La autocompasión no os sirve de nada, ni a ti
ni a Saphira. Yo y los demás hechiceros estudiaremos tu enfermedad
para ver si podemos encontrar un modo de aliviarla, pero mientras
tanto, tu formación proseguirá como si todo estuviera en buenas
condiciones.
A Eragon se le retorcieron las tripas y saboreó la bilis al
plantearse lo que eso implicaba.
«Seguro que Oromis no querrá hacerme pasar otra vez por ese
tormento.»
-El dolor es insufrible -dijo con gran agitación-. Me
mataría. Yo…
-No, Eragon. No te matará. Eso es lo que sé de tu maldición.
En cualquier caso, los dos tenemos deberes: tú con los vardenos, y
yo contigo. No podemos evadirlos por un mero
dolor.
Hay demasiado en riesgo, y no podemos permitirnos fallar.
-Eragon no pudo más que negar con la cabeza mientras el pánico
amenazaba con superarlo. Intentó negar las palabras de Oromis, pero
era evidente que decían la verdad-. Eragon, has de aceptar
libremente esta carga. ¿No hay nada ni nadie por cuya causa estés
dispuesto a sacrificarte?
Primero pensó en Saphira, pero no lo hacía por ella. Ni por
Nasuada. Ni siquiera por Arya. ¿Qué lo impulsaba, entonces? Al
jurar su lealtad a Nasuada, lo había hecho por el bien de Roran y
de los demás que habían quedado atrapados en el Imperio. Pero
¿significaban tanto como para pasar por semejante angustia? Sí,
decidió. «Sí, significan tanto porque soy el único que tiene
ocasión de ayudarles y porque no me libraré de la sombra de
Galbatorix si no se libran también ellos. Y porque es mi único
propósito en la vida. ¿Qué otra cosa puedo hacer?» Se estremeció al
pronunciar la espantosa frase:
-Lo acepto por el bien de aquellos por quienes lucho: la
gente de Alagaésia, de todas las razas, que ha sufrido la
brutalidad de Galbatorix. A pesar del dolor, juro que estudiaré más
que cualquier alumno que hayas tenido hasta ahora.
Oromis asintió con gravedad.
-No pido menos. -Miró a Glaedr un momento y luego dijo-:
Levántate y quítate la túnica.
Déjame ver de qué estás hecho.
Espera -dijo Saphira-. ¿Brom sabía de tu existencia aquí,
Maestro?
Eragon se detuvo, sorprendido por esa
posibilidad.
-Claro -contestó Oromis-. De niño fue alumno mío en Ilirea.
Me alegro de que lo enterráseis como debe ser, pues tuvo una vida
dura y recibió pocas muestras de amabilidad. Espero que encontrara
la paz antes de entrar en el vacío.
Eragon frunció el ceño lentamente. -¿También conocías a
Morzan?
-Fue aprendiz mío antes que Brom. -¿Y a
Galbatorix?
-Yo fui uno de los Ancianos que le negamos otro dragón cuando
murió el primero, pero no, nunca tuve la desgracia de enseñarle. Se
aseguró de perseguir personalmente y matar a todos sus
mentores.
Eragon quería seguir preguntando, pero sabía que era mejor
esperar, de modo que se levantó y desanudó la parte alta de su
túnica.
Parece - le dijo a Saphira- que nunca descubriremos todos los
secretos de Brom.
Sintió un escalofrío al quitarse la túnica bajo el frío aire
y luego echó los hombros atrás y sacó pecho.
Oromis rodeó a Eragon y se detuvo con una exclamación de
asombro al ver la cicatriz que cruzaba su espalda. -¿No te ofreció
Arya, ni ninguno de los sanadores vardenos, quitarte este
verdugón?
-Arya me lo ofreció, pero… -Eragon se detuvo, incapaz de
poner palabras a sus sentimientos. Al fin, se limitó a decir-:
Ahora forma parte de mí, igual que la cicatriz de Murtagh forma
parte de él. -¿La cicatriz de Murtagh?
-Él tenía una marca similar. Se la infligieron cuando su
padre, Morzan, le lanzó a Zar'roc, cuando sólo era un
niño.
Oromis lo miró con seriedad un largo rato antes de asentir y
proseguir.
-Tienes una buena musculatura y no estás torcido, como la
mayoría de los espadachines. ¿Eres ambidiestro?
-En realidad, no, pero tuve que aprender a pelear con la
izquierda cuando me rompí la muñeca en Teirm.
-Bien. Así ahorramos tiempo. Junta las manos detrás de la
espalda y levántalas todo lo que puedas. -Eragon hizo lo que le
pedía, pero aquella postura le provocaba dolor en los hombros y
apenas logró juntar las manos-. Ahora dóblate hacia delante, pero
mantén las rodillas rectas. Intenta tocar el suelo. -A Eragon le
costó todavía más; terminó encorvado como un jorobado, con los
brazos colgados inútilmente junto a la cabeza y con los corvejones
retorcidos y ardientes-. Al menos puedes estirarte sin que te
duela. No esperaba tanto. Puedes hacer una serie de ejercicios para
ganar flexibilidad sin extenuarte. Sí.
Luego Oromis se dirigió a Saphira:
-Debería conocer también tus habilidades,
dragona.
Le encargó una serie de posturas complejas que la llevaron a
contorsionar cada palmo de su sinuoso cuerpo de maneras
fantásticas, culminando con una serie de acrobacias aéreas que
Eragon no había visto jamás. Sólo unas pocas cosas superaban su
capacidad, como trazar un mortal hacia atrás mientras volaba en
tirabuzones.
Cuando aterrizó, fue Glaedr quien habló:
Me temo que mimábamos demasiado a los Jinetes. Si nuestras
criaturas se hubieran visto obligadas a cuidar de sí mismas en la
naturaleza (como tú y como nuestros antepasados), tal vez tendrían
la misma habilidad que nosotros.
-No -dijo Oromis-. Saphira sería una voladora extraordinaria
incluso si se hubiera criado en Vroengard con los métodos
establecidos. Pocas veces he visto un dragón tan adaptado al cielo
de manera natural. -Saphira pestañeó, luego agitó las alas y se
ocupó de limpiarse una zarpa de tal manera que su cabeza quedaba
escondida-. Tienes que mejorar, como todos nosotros, pero poca
cosa, poca cosa.
El elfo volvió a sentarse con la espalda perfectamente
recta.
Durante las cinco horas siguientes, según el cálculo de
Eragon, Oromis se sumergió en todos los aspectos de su
conocimiento, así como del de Saphira, desde la botánica a la talla
de madera, pasando por la metalurgia y la medicina, aunque se
concentró sobre todo en su dominio de la historia y del idioma
antiguo. El interrogatorio reconfortó a Eragon y le recordó los
tiempos en que Brom lo asaltaba a preguntas durante sus largas
excursiones a Teirm y Dras-Leona.
Cuando pararon para comer, Oromis invitó a Eragon a su casa y
dejaron solos a los dos dragones. Los aposentos del elfo eran
austeros salvo por lo necesario para alimentarse, mantener la
higiene y procurarse una vida intelectual. Había dos paredes
enteras sembradasde huecos en los que se guardaban cientos de
pergaminos. Junto a la mesa había una funda dorada -del mismo color
que las escamas de Glaedr- y una espada a juego, cuya hoja tenía el
color del bronce iridiscente.
En la cara interior de la puerta, encajado en el corazón de
la madera, había un panel liso de un palmo de altura por dos de
anchura. Representaba una hermosa ciudad elevada, construida contra
un monte escarpado y atrapada en la luz rojiza de una luna llena de
otoño.
La cara picada de la luna estaba partida en dos por el
horizonte y parecía descansar sobre la tierra como una cúpula
manchada, grande como una montaña. La imagen era tan clara y llena
de detalles que Eragon la tomó al principio por una ventana mágica;
sólo al comprobar que era estática pudo apreciarla como obra de
arte. -¿Dónde está eso? -preguntó.
Los rasgos sesgados de Oromis se tensaron por un
instante.
-Harás bien en memorizar ese paisaje, Eragon, pues ahí está
el corazón de tu desgracia.
Estás viendo lo que en otro tiempo fue nuestra ciudad de
Ilirea. Fue quemada y abandonada durante el Du Fyrn Skulblaka, se
convirtió en capital del reino de Broddring y ahora es la ciudad
negra de Urú'baen. Hice este fairth la noche en que, con otros
Jinetes, nos vimos obligados a huir de nuestro hogar antes de que
llegara Galbatorix. -¿Tú pintaste este… fairth?
-No, no pinté nada. Un fairth es una imagen fijada por medio
de la magia en un recuadro de pizarra pulida que se prepara antes
con capas de pigmentos. El paisaje de la puerta es exactamente como
se me presentó Ilirea en el momento en que pronuncié el
encanto.
-Y… -dijo Eragon, incapaz de detener el fluir de preguntas-
¿qué era el reino de Broddring?
Oromis abrió los ojos, desanimado. -¿No lo sabes? -Eragon
negó con la cabeza-. ¿Cómo puede ser que no lo sepas? Teniendo en
cuenta las circunstancias y el miedo que Galbatorix genera entre tu
gente, puedo entender que te criaras en la oscuridad e ignores tu
legado. Pero no puedo creer que Brom fuera tan relajado en tu
instrucción como para olvidar asuntos que conoce hasta el enano más
joven.
Los niños de vuestros vardenos podrían decirme más cosas que
tú sobre el pasado.
-A Brom le preocupaba más conservarme vivo que enseñarme
cosas de gente que ya murió -respondió Eragon.
Eso provocó el silencio de Oromis. Al fin,
dijo:
-Perdóname. No pretendía poner en duda el juicio de Brom,
pero es que la impaciencia me ciega la razón; tenemos muy poco
tiempo, y cada nueva cosa que debes aprender reduce la cantidad de
las que puedes dominar durante tu estancia aquí. -Abrió una serie
de armarios escondidos en el interior de la pared curva, sacó
bollos de pan y cuencos de fruta y los llevó a la mesa. Se detuvo
un momento encima de la comida con los ojos cerrados antes de
empezar a comer-. El reino de Broddring era el país de los humanos
antes de que cayeran los Jinetes.
Después de matar a Vrael, Galbatorix fue a Ilirea con los
Apóstatas, destronó al rey Angrenost y se quedó su trono y sus
títulos. El reino de Broddring formó entonces el núcleo central de
las conquistas de Galbatorix. Luego añadió Vroengard y otras
tierras que quedaban al este y al sur de sus territorios para crear
el imperio que tú conoces. Técnicamente, el reino de Broddring
todavía existe, aunque, a estas alturas, dudo que sea mucho más que
un nombre en algún decreto real.
Por temor a molestar al elfo con más preguntas, Eragon se
concentró en la comida. Sin embargo, debió de traicionarlo la cara
porque Oromis dijo:
-Me recuerdas a Brom cuando lo escogí como aprendiz. Era más
joven que tú, pues sólo tenía diez años, pero su curiosidad era
igual que la tuya. Creo que durante un año entero no oí de él más
que cómo, qué, cuándo y, sobre todo, por qué. No te dé vergüenza
preguntar cualquier duda que lleves en tu corazón.
-Es que necesito saber tantas cosas… -murmuró Eragon-. ¿Quién
eres? ¿De dónde eres? ¿De dónde era Brom? ¿Cómo era Morzan? Cómo,
qué, cuándo y por qué. Y quiero saberlo todo de Vroengard y de los
Jinetes. Tal vez entonces vea más claro el camino.
El silencio se interpuso entre ellos mientras Oromis
desarmaba meticulosamente una frambuesa, sacando las bolitas de una
en una. Cuando el último corpúsculo desapareció entre sus labios
enrojecidos, se frotó las manos -se las pulió, como solía decir
Garrow- y dijo:
-Entonces, has de saber esto de mí: nací hace unos siglos en
nuestra ciudad de Luthivíra, que se hallaba en los bosques cercanos
al lago Tüdosten. A los veinte, como a todos los elfos jóvenes, me
presentaron ante los huevos que los dragones habían dado a los
Jinetes y Glaedr prendió ante mí. Nos entrenamos como Jinetes y,
durante casi un siglo, viajamos por todo el mundo cumpliendo la
voluntad de Vrael. Al final, llego el día en que se consideró
necesario que nos retiráramos y pasáramos nuestra experiencia a la
siguiente generación, de modo que nos instalamos en Ilirea y
enseñamos a los nuevos Jinetes, de uno en uno, o dos a la vez como
mucho, hasta que nos destruyó Galbatorix. -¿Y
Brom?
-Brom era de una familia de iluminadores de Kuasta. Su madre
se llamaba Nelda, y su padre, Holcomb. Kuasta queda tan aislado del
resto de Alagaésia por las Vertebradas que se ha convertido en un
lugar peculiar, lleno de antiguas costumbres y supersticiones.
Cuando acababa de llegar a Ilirea, Brom golpeaba tres veces el
marco de una puerta antes de entrar o salir de una habitación. Los
estudiantes humanos se burlaban de él por eso hasta que abandonó
esa práctica y algunos otros hábitos. »Morzan fue mi mayor fracaso.
Brom lo idolatraba. Nunca se alejaba de él, siempre le discutía y
nunca creyó que pudiera superarlo en ninguna empresa. Morzan,
aunque me avergüence admitirlo, pues yo podía haberlo evitado, se
daba cuenta de eso y se aprovechó de la devoción de Brom de cien
maneras distintas. Pero, sin que yo pudiera impedirlo, Morzan ayudó
a Galbatorix a robar una criatura de dragón, Shruikan, para reponer
el que éste había perdido, y en ese proceso mataron al Jinete
original de aquel nuevo dragón. Luego Morzan y Galbatorix huyeron
juntos y sellaron nuestra condena. »No puedes ni empezar a
imaginarte el efecto que la traición de Morzan tuvo para Brom hasta
que hayas entendido la profundidad del afecto que sentía por él. Y
cuando Galbatorix al fin se mostró y los Apóstatas mataron al
dragón de Brom, éste concentró toda su rabia y su dolor en aquel a
quien consideraba responsable de la destrucción de su mundo:
Morzan.
Oromis hizo una pausa, con rostro grave: -¿Sabes por qué
cuando muere el dragón o el Jinete, el superviviente suele morir
también?
-Me lo puedo imaginar -dijo Eragon. La mera idea le daba
pavor.
-El dolor ya es bastante, aunque no siempre interviene como
factor. Pero lo que realmente hace daño es sentir que una parte de
tu mente, una parte de tu identidad, se muere. Cuando le ocurrió a
Brom, temí que se volviera loco durante un tiempo. Cuando me
capturaron y logré escapar, traje a Brom a Ellesméra para que
estuviera a salvo, pero se negó a quedarse y salió con nuestro
ejército a las llanuras de Ilirea, donde habían matado al rey
Evandar. »La confusión que se produjo entonces era indescriptible.
Galbatorix estaba ocupado en consolidar su poder, los enanos se
retiraban, el suroeste era una masa de guerras porque loshumanos se
rebelaron para crear Surda, y nosotros acabábamos de perder a
nuestro rey.
Llevado por el deseo de venganza, Brom quiso obtener ventaja
de aquella confusión. Reunió a muchos de los que se habían exilado,
liberó a algunos presos y formó con ellos el grupo de los vardenos.
Los lideró durante unos cuantos años y luego cedió su posición a
otro y quedó libre para perseguir su auténtica pasión, que era la
derrota de Morzan. Brom mató personalmente a tres de los Apóstatas,
incluido Morzan, y fue responsable de la muerte de otros cinco. En
toda su vida pocas veces fue feliz, pero era un buen Jinete y un
buen hombre y para mí es un honor haberlo
conocido.
-Nunca oí que se relacionara su nombre con la muerte de los
Apóstatas -objetó Eragon.
-Galbatorix no quería que se hiciera público el hecho de que
aún existía alguien capaz de derrotar a sus siervos. Gran parte de
su poder reside en la apariencia de
invulnerabilidad.
Una vez más, Eragon se vio obligado a revisar su concepto de
Brom, desde aquel cuentacuentos de pueblo por quien lo había tomado
al principio, hasta el guerrero y mago con quien había viajado,
pasando por el Jinete que era y como al final se mostró; ahora,
líder activista y revolucionario, y asesino. Costaba reconciliar
todos aquellos papeles. «Me siento como si apenas lo conociera.
Ojalá hubiera tenido ocasión de hablar con él de todo esto al menos
una vez.»
-Era un buen hombre -concedió Eragon.
Miró por una de las ventanas redondas que daban al borde del
acantilado y permitían que la calidez de la tarde invadiera la
habitación. Miró a Saphira y se fijó en cómo se comportaba con
Glaedr, tímida y coqueta a la vez. Tan pronto se daba la vuelta
para examinar algo en el claro como movía las alas y dedicaba
pequeños avances al dragón grande, moviendo la cabeza de lado a
lado y agitando la cola como si estuviera a punto de lanzarse sobre
un ciervo. A Eragon le recordó una gatita que intentara seducir a
un viejo gato callejero para que jugase con ella, aunque Glaedr
asistía impasible a sus maquinaciones.
Saphira -le dijo. Ella respondió con un distraído temblor de
sus pensamientos, como si casi no fuera consciente de su
presencia-. Saphira, contéstame.
Ya sé que estás emocionada, pero no hagas
tonterías.
Tú has hecho tonterías un montón de veces -contestó la dra
gona bruscamente.
Era una respuesta tan inesperada que lo dejó aturdido. Era la
clase de comentario cruel e improvisado que suelen hacer los
humanos, pero jamás se le había ocurrido que se lo oiría a ella. Al
fin consiguió decirle:
Eso no arregla nada.
Ella gruñó y le cerró la mente, aunque Eragon seguía notando
el hilo de emociones que los conectaba.
Eragon regresó a Oromis y se encontró sus ojos grises
concentrados en él. La mirada del elfo era tan perceptiva que
Eragon estaba seguro de que Oromis había entendido lo que acababa
de pasar. Forzó una sonrisa y señaló a Saphira:
-Aunque estamos unidos, no consigo predecir lo que va a
hacer. Cuanto más sé de ella, más me doy cuenta de lo distintos que
somos.
Entonces Oromis hizo la primera afirmación que a Eragon le
pareció verdaderamente sabia:
-A menudo amamos a quienes nos resultan más ajenos. -El elfo
se detuvo-. Es muy joven, como tú. A Glaedr y a mí nos costó
decenios entendernos del todo mutuamente. El vínculo de un Jinete
con su dragón no se parece a ninguna otra relación: es una obra en
permanente creación. ¿Te fías de ella?
-Con mi vida. -¿Y ella se fía de ti?
-Sí.
-Pues sigúele la corriente. Te criaste como huérfano. Ella
creció convencida de que era el único individuo sano y salvo de
toda su raza. Y ahora ha visto que se equivocaba. No te sorprendas
si han de pasar unos cuantos meses hasta que deje de acosar a
Glaedr y vuelva a concentrar su atención en ti.
Eragon rodó un arándano entre el pulgar y el índice; había
perdido el apetito. -¿Por qué no comen carne los elfos? -¿Por qué
habríamos de comerla? -Oromis sostuvo una frambuesa y la rodó de
tal modo que la luz rebotaba en su piel moteada e iluminaba los
pelillos que brotaban del fruto-.
Podemos obtener cantando cuanto queramos de los árboles y de
las plantas, incluida nuestra comida. Sería una barbaridad hacer
sufrir a los animales para tener más platos en la
mesa…
Dentro de poco le encontrarás más sentido a nuestra
opción.
Eragon frunció el ceño. Siempre había comido carne y no le
apetecía la perspectiva de vivir sólo de fruta y verduras mientras
estuviera en Ellesméra. -¿No echáis de menos el
sabor?
-No se puede echar de menos lo que no se ha
probado.
-Pero ¿qué pasa con Glaedr? No puede vivir de la
hierba.
-No, pero tampoco causa ningún sufrimiento innecesario. Los
dos hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. No puedes
evitar ser quien eres por nacimiento. -¿E Islanzadí? Su capa era de
plumas de cisne.
-Plumas sueltas recogidas a lo largo de muchos años. No se
mató a ningún ave para preparar su vestidura.
Terminaron de comer y Eragon ayudó a Oromis a limpiar los
platos con arena. Mientras los guardaba en el armario, el elfo
preguntó: -¿Te has bañado esta mañana? -La pregunta sorprendió a
Eragon, pero contestó que no, que no lo había hecho-. Por favor,
hazlo mañana, y todos los demás días. -¡Todos los días! El agua
está demasiado fría. Cogeré las fiebres palúdicas.
Oromis le lanzó una mirada extraña.
-Pues caliéntala.
Ahora le tocaba a Eragon volverse para mirarlo con
extrañeza.
-No tengo tanta fuerza como para calentar todo un arroyo con
magia -protestó.
El eco de la risa de Oromis resonó en la casa. Fuera, Glaedr
movió la cabeza hacia la ventana, echó un vistazo al elfo y volvió
a su posición anterior.
-Doy por hecho que anoche exploraste tus aposentos y viste
una pequeña habitación con un hueco en el suelo.
-Creí que sería para lavar la ropa o las
sábanas.
-Es para que te laves tú. Hay dos pitorros escondidos en un
lado de la pared, junto al hueco. Ábrelos y te podrás bañar con el
agua a la temperatura que quieras. Además -señaló la barbilla de
Eragon-, mientras seas mi alumno, espero que te mantengas bien
afeitado hasta que puedas dejarte una barba de verdad, si es que
decides hacerlo, y no con esa pinta de árbol al que se le han caído
la mitad de las hojas. Los elfos no nos afeitamos, pero haré que te
envíen una navaja y un espejo.
Con una mueca de dolor por el golpe atestado a su orgullo,
Eragon lo aceptó. Salieron al exterior, donde Oromis miró a Glaedr
y el dragón dijo:
Ya hemos decidido el programa para Saphira y para
ti.
El elfo dijo:
-Empezarás… … Mañana, una hora después de la puesta del sol,
a la hora de los Lirios Rojos. Para entonces has de estar
aquí.
-Y tráete la silla que Brom hizo para ti, Saphira -siguió
Oromis-. Hasta entonces, haced lo que queráis; hay muchas
maravillas en Ellesméra para alguien de fuera, si os apetece
verlas.
-Lo tendré en cuenta -dijo Eragon, al tiempo que agachaba la
cabeza-. Antes de irme, Maestro, quiero darte las gracias por
ayudarme en Tronjheim después de que matara a Durza. Dudo que
hubiera sobrevivido sin tu ayuda. Estoy en deuda
contigo.
Los dos estamos en deuda -añadió Saphira.
Oromis sonrió levemente e inclinó la cabeza.