Allí se precipitaba en la escarpada cresta de una ola
espumosa antes de lanzarse hacia delante y bajar corriendo por la
otra cara hacia el seno negro que lo esperaba abajo. Jirones de
niebla pegajosa recorrían el gélido aire cuando el viento gemía y
aullaba como un espíritu monstruoso.
Roran se aferraba a las jarcias de estribor, a media eslora
del barco, y vomitaba por encima de la borda; no le salía más que
amarga bilis. Se había ufanado de no sentir ninguna molestia de
estómago en las barcazas de Clovis, pero la tormenta a que se
enfrentaban ahora era tan violenta que incluso a los hombres de
Uthar -todos ellos curtidos marineros- les resultaba difícil
conservar el whisky en las tripas.
Roran sintió como si una roca de hielo lo golpeara entre los
omóplatos cuando una ola barrió el barco de costado, empapando la
cubierta antes de escurrirse por los imbornales y volver al
espumoso, malhumorado y furioso océano de donde había salido. Roran
se secó el agua salada de los ojos con unos dedos torpes como
pedazos de madera congelados, y los entrecerró para mirar el
negruzco horizonte que se alzaba más allá de la
popa.
«Tal vez así no puedan olisquear nuestro rastro.» Tres
balandros de velas negras los habían seguido desde que pasaran los
acantilados de Hierro y doblaran lo que Jeod llamaba Edur
Carthungavé y Uthar identificó como el cabo de
Rathbar.
-Sería como la cola de las Vertebradas -le había dicho Uthar,
con una sonrisa.
Los balandros eran más rápidos que el Ala de Dragón, cargado
con el peso de todos los aldeanos, y le habían ganado terreno al
barco mercante hasta acercarse tanto como para intercambiar una
oleada de flechas. Peor aún, parecía que el primero de los
balandros llevaba un mago, pues sus flechas tenían una puntería
sobrenatural y habían cortado cuerdas, destro-zado catapultas y
atascado plataformas. Por aquellos ataques, Roran dedujo que al
Imperio ya no le importaba capturarlo vivo y sólo quería impedir
que encontrara refugio entre los vardenos. Acababa de preparar a
los aldeanos para repeler abordajes cuando las nubes se hincharon
hasta adquirir un tono amoratado, cargadas de lluvia, y una furiosa
tempestad empezó a soplar desde el noroeste. En aquel momento,
Uthar llevaba el Ala de Dragón de través al viento, en dirección a
las islas del Sur, donde esperaba eludir a los balandros entre los
bancos de arena y las caletas de Beirland.
Una lámina de relámpagos horizontales tembló entre dos
nubarrones con forma de bulbo, y el mundo se convirtió en un
retablo de mármol blanco antes de que volviera a reinar de nuevo la
oscuridad. Cada relámpago cegador imprimía en los ojos de Roran una
escena inmóvil que luego permanecía allí, palpitando hasta mucho
después de desaparecer el claro rayo.
Luego vino otra serie de relámpagos bifurcados, y Roran vio
-como si presenciara una secuencia de dibujos monocromos- que el
palo de mesana crujía y se desmoronaba hacia el mar revuelto,
cruzado a medio barco por el lado de babor. Aferrado a una cuerda
de salvamento, Roran se lanzó hacia el alcázar y, con la ayuda de
Bonden, cortó a tajos los obenques quemantenían el mástil unido al
Ala de Dragón y hundían la popa bajo el agua. Los cables se
sacudían como serpientes al cortarlos.
Luego Roran se deslizó hasta la cubierta con el brazo derecho
enganchado en la regala para mantenerse firme en su lugar mientras
el barco descendía seis…, nueve metros, entre una ola y la
siguiente. Una ola le pasó por encima, absorbiéndole el calor de
los huesos. Los escalofríos le recorrían el cuerpo
entero.
«No me dejes morir aquí -suplicó, aunque no sabía a quién se
dirigía-. En estas crueles olas, no. Aún no he terminado mi tarea.»
Durante aquella larga noche se aferró a los recuerdos de Katrina y
obtuvo consuelo en ellos cuando se sintió débil y la esperanza
amenazó con abandonarlo.
La tormenta duró dos días enteros y se disipó en las primeras
horas del anochecer. La mañana siguiente trajo consigo un amanecer
de pálido verde, cielos claros y tres velas negras que navegaban al
norte por el horizonte. Al suroeste, la brumosa costa de Beirland
quedaba bajo un saledizo de nubes reunidas en torno a la escarpada
montaña que dominaba la isla.
Roran, Jeod y Uthar se reunieron en la pequeña cabina de proa
-pues el camarote del capitán se había destinado a los enfermos-,
donde Uthar desenrolló las cartas de navegación sobre una mesa y
señaló un punto por encima de Beirland.
-Ahora estamos aquí -dijo. Sacó un mapa más grande de la
costa de Alagaésia y señaló la desembocadura del río Jiet-. Y éste
es nuestro destino, porque la comida no nos va a alcanzar hasta
Reavstone. De todos modos, no veo cómo podemos llegar hasta allí
sin que nos atrapen. Sin la vela de mesana, esos malditos balandros
nos pillarán mañana al mediodía, o al anochecer si somos capaces de
manejar bien las velas. -¿Podemos sustituir el mástil? -preguntó
Jeod-. Las naves de este tamaño suelen llevar palos para
reparaciones de ese tipo.
Uthar se encogió de hombros.
-Podríamos si hubiera entre nosotros un buen carpintero de
barcos. Como no lo tenemos, prefiero no dejar que manos inexpertas
monten un palo, porque sólo serviría para que se nos desplomara en
cubierta y podría haber algún herido.
Roran contestó:
-Si no fuera por el mago, o los magos, yo diría que podemos
ofrecerles pelea, pues nuestra tripulación es mucho más numerosa
que la de los balandros. Tal como están las cosas, preferiría
evitar la confrontación. Parece poco probable que podamos vencer,
teniendo en cuenta cuántos buques enviados en ayuda de los vardenos
han desaparecido.
Uthar gruñó y trazó un círculo en torno a su
situación.
-Mañana por la noche podríamos llegar hasta aquí, suponiendo
que no nos abandone el viento. Podríamos atracar en algún lugar de
Beirland o de Nía si quisiéramos, pero no sé de qué nos serviría.
Quedaríamos atrapados. Los soldados de los balandros, los ra'zac o
el propio Galbatorix nos darían caza a discreción.
Roran frunció el ceño mientras cavilaba las diversas
opciones; la lucha con los balandros parecía
inevitable.
Durante varios minutos reinó el silencio en la cabina, salvo
por el lametazo de las olas contra el casco. Luego Jeod puso el
dedo en el mapa, entre Beirland y Nía, miró a Uthar y preguntó: -¿Y
el Ojo del Jabalí?
Para asombro de Roran, el curtido marinero se puso
literalmente blanco.
-Por mi vida que preferiría no correr ese riesgo, maestro
Jeod. Prefiero enfrentarme a esos balandros y morir mar adentro que
ir a ese lugar maldito. Se ha tragado una cantidad de barcos
equivalente a la mitad de la flota de Galbatorix.
-Creo recordar que una vez leí -dijo Jeod, recostándose en la
silla- que el paso es absolutamente seguro con la marea alta o baja
del todo. ¿No es así?
Con mucha y evidente reticencia, Uthar
admitió:
-Sí. Pero el Ojo es tan ancho que para cruzarlo sin destruir
el barco, se requiere la más precisa sincronización. Tendríamos
muchas dificultades para conseguirlo con los balandros siguiendo
nuestra estela.
-Sin embargo, si lo consiguiéramos -insistió Jeod-, si
pudiéramos planificarlo bien, los balandros encallarían o, si les
faltara el coraje, se verían obligados a circunnavegar Nía. Eso nos
daría tiempo para encontrar un lugar donde escondernos en la costa
de Beirland.
-Sí, sí… Si fuera por usted, iríamos a parar al fondo del
mar.
-Vamos, Uthar. Tu miedo no tiene razón de ser. Lo que
propongo es peligroso, lo admito, pero no más de lo que lo era huir
de Teirm. ¿O acaso dudas de tu capacidad de cruzar el paso? ¿No
eres lo bastante hombre?
Uthar cruzó sus brazos desnudos.
-Nunca ha visto el Ojo, ¿verdad, señor?
-No puedo decir lo contrario.
-No es que yo no sea lo bastante hombre, sino que el Ojo
supera las fuerzas de los hombres; ridiculiza nuestros barcos más
grandes, nuestros mayores edificios y cualquier otra cosa que
quiera nombrar. Tentarlo sería como tratar de correr más que una
avalancha; se puede conseguir, pero también puedes quedar enterrado
en el polvo. -¿Qué es eso del Ojo de Jabalí? -preguntó
Roran.
-Las fauces del océano, que todo lo devoran -proclamó
Uthar.
En un tono más suave, Jeod dijo:
-Es un remolino, Roran. El Ojo se forma como consecuencia de
la corriente de las mareas que chocan entre Beirland y Nía. Cuando
baja la marea, el Ojo gira de norte a oeste. Cuando sube, de norte
a este.
-No suena tan peligroso.
Uthar meneó la cabeza y la coleta le golpeó los lados del
cuello, quemado por el viento. Se echó a reír:
-No tan peligroso, dice. ¡Ja!
-Lo que no puedes comprender -continuó Jeod- es el tamaño del
vértice. De promedio, el centro del Ojo mide cinco millas de
diámetro, mientras que los brazos del remolino pueden llegar a
tener entre diez y quince millas. Los barcos que tienen la
desgracia de ser tragados por el Ojo son arrastrados al fondo del
océano y lanzados allí contra las puntiagudas rocas. A menudo se
encuentran pecios de los restos de esas naves en las dos islas.
-¿Alguien espera que tomemos esa ruta? -preguntó
Roran.
-Nadie, y por buenas razones -gruñó Uthar.
Jeod negó con la cabeza al mismo tiempo. -¿Cabe al menos la
posibilidad de cruzar el Ojo?
-Sería una maldita estupidez.
Roran asintió.
-Ya sé que no quieres correr ese riesgo, Uthar, pero las
opciones son limitadas. No soy marinero, de modo que debo fiarme de
tu juicio. ¿Podemos cruzar el Ojo?
El capitán dudó.
-Tal vez sí, tal vez no. Habría que estar loco de remate para
acercarse a menos de cinco millas de ese monstruo.
Roran sacó el martillo y golpeó con él la mesa, dejando una
marca de varios centímetros de profundidad. -¡Pues yo estoy loco de
remate! -Sostuvo la mirada de Uthar hasta que el marinero se
removió, incómodo-. ¿Debo recordarte que sólo hemos llegado hasta
aquí por hacer lo que los quejicas angustiados afirmaban que no
podía o no debía hacerse? Nosotros, los de Carvahall, nos atrevimos
a abandonar nuestros hogares y cruzar las Vertebradas. Jeod se
atrevió a imaginar que podíamos robar el Ala de Dragón. ¿A qué te
atreverás tú, Uthar? Si conseguimos superar el Ojo y vivimos para
contarlo, te saludarán como a uno de los más grandes marineros de
la historia. Ahora, contéstame. Y hazlo con la verdad. ¿Se puede
hacer?
Uthar se pasó una mano por la cara. Cuando al fin habló, lo
hizo en voz baja, como si el estallido de Roran lo obligara a
abandonar las bravuconadas.
-No lo sé, Martillazos… Si esperamos a que el Ojo se reduzca,
los balandros podrían estar tan cerca de nosotros que si pasáramos,
también pasarían ellos. Y si amaina el viento, nos atrapará la
corriente y no podremos evitarla.
-Como capitán, ¿estás dispuesto a intentarlo? Ni Jeod ni yo
podemos dirigir el Ala de Dragón en tu lugar.
Uthar miró largamente las cartas de navegación, mano sobre
mano. Trazó un par de líneas desde su posición y realizó una serie
de cálculos numéricos de los que Roran no pudo deducir nada. Al fin
dijo:
-Temo que naveguemos hacia la destrucción, pero sí. Haré lo
posible por asegurarnos de poder cruzarlo.
Satisfecho, Roran apartó el martillo.
-Así sea.