Algunos decían que, como Carvahall estaba condenada de todos
modos, bien podían matar a los ra'zac y a los soldados que quedaban
para, al menos, tomarse su venganza. Otros opinaban que, si de
verdad Carvahall estaba condenada, la única salida lógica era
rendirse y confiar en la piedad del rey, incluso si eso implicaba
la tortura y la muerte para Roran y la esclavitud de todos los
demás. Y aun quedaban otros que, en vez de secundar cualquiera de
esas opiniones, se sumían en una amarga furia negra dirigida contra
quien hubiera provocado aquella calamidad. Muchos hacían todo lo
posible por esconder su pánico en las profundidades de una jarra de
cerveza.
Al parecer, los ra'zac se habían percatado de que, tras la
muerte de once soldados, ya no tenían suficientes fuerzas para
atacar Carvahall, y se habían retirado más allá del camino, donde
se contentaban con plantar centinelas en el valle de Palancar y
esperar.
-Si queréis mi opinión -dijo Loring en una reunión-, están
esperando que lleguen las pulgosas tropas de Ceunon o de
Gil'ead.
Roran escuchó eso y muchas cosas más, evitó las discusiones y
analizó en silencio todos los planes. Todos parecían peligrosos.
Aún no le había dicho a Sloan que se había comprometido con
Katrina. Sabía que era estúpido esperar, pero temía la reacción del
carnicero cuando se enterase de que él y Katrina se habían saltado
la tradición, minando de paso su autoridad. Además, el exceso de
trabajo distraía su atención; se convenció de que el refuerzo de
las fortificaciones de Carvahall era, en ese momento, su tarea
principal.
Conseguir que la gente ayudara resultó más fácil de lo que
había imaginado. Después de la última batalla, los aldeanos estaban
más predispuestos a escucharlo y obedecerlo; al menos, aquellos que
no lo culpaban a él de la situación en que se hallaban. Estaba
fascinado por su nueva autoridad, hasta que se dio cuenta de que
procedía del asombro, respeto y tal vez incluso miedo que había
generado su capacidad de matar. Lo llamaban
Martillazos.
Roran Martillazos.
Le gustaba el nombre.
Cuando la noche envolvió el valle, Roran se apoyó en una
esquina del comedor de Horst con los ojos cerrados. La conversación
fluía entre los hombres y mujeres sentados a la mesa, a la luz de
una vela. Kiselt estaba explicando el estado de las provisiones de
Carvahall.
-No nos moriremos de hambre -concluyó-, pero si no podemos
atender pronto nuestros campos y rebaños, cuando llegue el próximo
invierno haríamos bien en cortarnos el cuello.
Sería un destino más agradable. -¡Comilón! -exclamó
Horst.
-Tal vez lo sea -concluyó Gertrude-, pero dudo que podamos
averiguarlo. Cuando llegaron los soldados, éramos diez por cada uno
de ellos. Perdieron once hombres; nosotros, doce,más otros nueve
heridos que tengo a mi cuidado. ¿Qué pasará, Horst, cuando haya
diez de ellos por cada uno de nosotros?
-Daremos a los bardos una razón para recordar nuestros
nombres -respondió el herrero.
Gertrude meneó la cabeza con tristeza. Loring dio un puñetazo
en la mesa.
-Pues yo digo que nos toca atacar a nosotros, antes de que
nos superen en número. Sólo necesitamos unos cuantos hombres,
escudos y lanzas para librarnos de esa peste. ¡Podríamos hacerlo
esta misma noche!
Inquieto, Roran cambió de posición. Había oído todo eso
antes, y como en cada ocasión, la propuesta de Loring provocó una
discusión que dejó al grupo exhausto. Al cabo de una hora, no había
señal de que fuera a resolverse el debate, ni se había presentado
alguna idea nueva, salvo por la sugestión de Thane de que Gedric se
fuera a freír espárragos, que estuvo a punto de provocar una pelea
a puñetazos.
Al fin, cuando amainó la conversación, Roran se acercó
cojeando a la mesa, tan deprisa como le permitía su muslo
herido.
-Tengo algo que decir.
Para él era como pisar un largo espino y luego arrancarlo sin
detenerse a pensar en el dolor; había que hacerlo, y cuanto antes
mejor.
Todas las miradas -duras, suaves, amables, indiferentes o
curiosas- recayeron en él. Roran respiró hondo.
-La indecisión nos matará tan fácilmente como una espada o
una flecha. -Orval puso los ojos en blanco, pero los demás
siguieron escuchando-. No sé si hemos de atacar o huir… - ¿Adonde?
-resopló Kiselt. -… pero sí sé una cosa: hay que proteger del
peligro a nuestros niños, madres y heridos.
Los ra'zac han cortado el camino hasta Cawley y las demás
granjas del valle. ¿Qué más da?
Conocemos estas tierras mejor que nadie de Alagaésia, y hay
un lugar… Hay un lugar en el que nuestros seres queridos estarán a
salvo: las Vertebradas.
Roran se encogió bajo el asalto de un aluvión de voces
airadas. La más sonora era la de Sloan, que gritaba: -¡Antes de
poner un pie en esas malditas montañas, dejaré que me
cuelguen!
-Roran -dijo Horst, imponiéndose a la conmoción-. Deberías
saber mejor que nadie que las Vertebradas son demasiado peligrosas.
¡Allí encontró Eragon la piedra que nos trajo a los ra'zac! Hace
frío en esas montañas, y están llenas de lobos, osos y otros
monstruos. ¿Cómo se te ocurre mencionarlas?
«¡Para mantener a salvo a Katrina!», quería gritar Roran. En
vez de eso, dijo:
-Porque, por muchos soldados que convoquen los ra'zac, nunca
se atreverían a entrar allí.
Sobre todo desde que Galbatorix perdió allí medio
ejército.
-Hace mucho tiempo de eso -dijo Morn,
dubitativo.
Roran se apresuró a aprovechar el comentario: -¡Y las
historias se han vuelto aún más aterradoras de tanto contarlas! Hay
un camino trazado hasta las cataratas de Igualda. Lo único que
tenemos que hacer es mandar allí a los niños y a los demás. Apenas
estarán al borde de las montañas, pero estarán a salvo. Si toman
Carvahall, pueden esperar hasta que se vayan los soldados y luego
refugiarse en Therinsford.
-Es demasiado peligroso -gruñó Sloan. El carnicero se
agarraba al borde de la mesa con tanta fuerza que las puntas de los
dedos se le volvían blancas-. El frío, las bestias. Ningún hombre
en su sano juicio enviaría allí a su familia.
-Pero… -Roran titubeó, desequilibrado por la respuesta de
Sloan. Aunque sabía que el carnicero odiaba las Vertebradas más que
la mayoría (porque su mujer había muerto al despeñarse por un
acantilado cerca de las cataratas de Igualda), había contado con
que su rabioso deseo de proteger a Katrina tuviera la fuerza
suficiente para imponerse a su animadversión. En ese momento, Roran
entendió que debía convencerlo, igual que a todos los demás. Adoptó
un tono aplacador y siguió hablando-: No es tan grave. La nieve ya
se está derritiendo en los picos. En las Vertebradas no hace más
frío que aquí mismo hace unos pocos meses. Y dudo que los lobos y
los osos se atrevan con un grupo tan numeroso.
Sloan hizo una mueca de dolor, apretando los labios sobre los
dientes, y negó con la cabeza.
-Lo único que vas a encontrar en las Vertebradas es la
muerte.
Los demás parecían estar de acuerdo, lo cual no hizo sino
reforzar la determinación de Roran, pues estaba convencido de que
Katrina moriría si no los convencía. Estudió los amplios rostros
ovalados en busca de una sola expresión
comprensiva.
-Delwin, sé que es cruel por mi parte decírtelo, pero si
Elmund no hubiera estado en Carvahall, seguiría vivo. Estoy seguro
de que estarás de acuerdo en que es lo mejor que podemos hacer.
Tienes la ocasión de evitar que otros padres sufran como
tú.
Nadie respondió.
-Y tú, Birgit. -Roran se arrastró para llegar a su lado,
agarrándose a los respaldos de las sillas para no caerse-. ¿Quieres
que Nolfavrell tenga el mismo destino que su padre? Se tiene que
ir. ¿No lo entiendes? ¿No ves que es la única manera de que esté a
salvo…? -Aunque hacía cuanto podía por contenerlas, notó que las
lágrimas bañaban sus ojos-. ¡Es por los niños! -gritó
enfadado.
La sala permaneció en silencio mientras Roran se quedó con la
mirada fija en la madera que tenía bajo las manos, luchando por
controlarse. Delwin fue el primero en reaccionar.
-No abandonaré Carvahall mientras los asesinos de mi hijo
sigan aquí. Sin embargo -hizo una pausa y luego continuó con
dolorosa lentitud-, no puedo negar la verdad de lo que dices; hay
que proteger a los niños.
-Como dije yo desde el principio -declaró
Tara.
Entonces habló Baldor:
-Roran tiene razón. No podemos permitir que nos ciegue el
miedo. La mayoría hemos ascendido hasta las cataratas alguna vez.
Es bastante seguro.
-También yo -añadió Birgit al fin- he de estar de
acuerdo.
Horst asintió:
-Preferiría no hacerlo, pero teniendo en cuenta las
circunstancias… Creo que no nos queda otra
elección.
Al cabo de un rato, aquellos hombres y mujeres empezaron a
aceptar la propuesta con reticencia. -¡Tonterías! -estalló Sloan.
Se puso en pie y dirigió un dedo acusatorio a Roran-. ¿De dónde
sacarán la comida para esperar durante semanas y semanas? No pueden
cargar con ella. ¿Cómo van a calentarse? Si encienden un fuego, los
verán. ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo? Si no se mueren de hambre, se
congelarán. Si no se congelan, se los comerán. Si no se los comen…
Quién sabe. ¡Podrían caerse!
Roran abrió los brazos.
-Si ayudamos todos, tendrán comida abundante. El fuego no
será un problema si se meten en el bosque, cosa que por otra parte
han de hacer porque junto a las cataratas no hay espacio suficiente
para acampar. -¡Excusas! ¡Justificaciones! -¿Qué quieres que
hagamos, Sloan? -preguntó Morn, mirándolo con
curiosidad.
Sloan soltó una risa amarga.
-Esto no. -¿Y entonces?
-No importa. Ésta es la única elección
equivocada.
-Nadie te obliga a participar -señaló Horst.
-Y no lo haré -contestó el carnicero-. Adelante, si queréis,
pero ni yo ni los míos entraremos en las Vertebradas mientras me
quede tuétano en los huesos.
Cogió su gorra y se fue tras fulminar con la mirada a Roran,
quien le devolvió el gesto con la misma
intensidad.
Tal como lo veía Roran, Sloan estaba poniendo en peligro a
Katrina con su tozudez. «Si no consigo convencerlo para que acepte
las Vertebradas como refugio -decidió-, se convertirá en mi enemigo
y tendré que ocuparme yo mismo del asunto.»
Horst se inclinó hacia delante, apoyando los codos, y
entrelazó los gruesos dedos.
-Bueno… Si vamos a seguir el pan de Roran, ¿qué hará falta
preparar?
El grupo intercambió miradas de extenuación, y luego
empezaron a discutir el asunto.
Roran esperó hasta quedar convencido de que había logrado su
objetivo antes de abandonar el comedor. Avanzando por la oscura
aldea, buscó a Sloan en el perímetro interior del muro de árboles.
Al fin localizó al carnicero agachado bajo una antorcha, con el
escudo aferrado a las rodillas. Roran se dio la vuelta sobre un
pie, echó a correr hasta la carnicería y fue directo a la cocina,
en la parte trasera.
Katrina, que estaba poniendo la mesa, se quedó parada y lo
miró con asombro. -¡Roran! ¡A qué has venido! ¿Se lo has dicho a mi
padre?
-No. -Se acercó, le tomó un brazo y disfrutó del contacto. Le
bastaba con estar en la misma habitación que ella para que lo
invadiera la alegría-. Te tengo que pedir un gran favor. Se ha
decidido enviar a los niños, y a otros, a las cataratas de Igualda,
en las Vertebradas. -Katrina dio un respingo-. Quiero que vayas con
ellos.
Impresionada, Katrina se deshizo de su contacto y se volvió
hacia la chimenea, donde se cruzó de brazos y se quedó mirando
fijamente el lecho de pulsátiles ascuas. No dijo nada durante un
largo rato. Luego:
-Mi padre me prohibió acercarme a las cataratas cuando murió
mi madre. En los últimos diez años, lo más cerca que he estado de
las Vertebradas ha sido la granja de Albem. -Se estremeció, y su
voz sonó acusadora-. ¿Cómo puedes sugerir que os abandone a mi
padre y a ti? Éste es mi hogar, tanto como el tuyo. ¿Por qué tengo
que irme si Elain, Tara y Birgit se quedan?
-Katrina, por favor. -Puso una mano tentativa en su hombro-.
Los ra'zac han venido a por mí, y no quiero que sufras ningún daño
por eso. Mientras tú corras peligro, no podré concentrarme en lo
que hay que hacer: defender Carvahall. -¿Y quién va a respetarme
por huir como una cobarde? -Alzó la barbilla-. Me daría vergüenza
plantarme ante las mujeres de Carvahall y decir que soy tu esposa.
-¿Cobarde? No hay ninguna cobardía en vigilar y proteger a los
niños en las Vertebradas.
En todo caso, requiere más valor entrar en las montañas que
quedarse aquí.
-¿Qué horror es éste? -susurró Katrina. Se retorció entre sus
brazos, con los ojos brillantes y la boca firme-. El hombre que iba
a ser mi esposo ya no me quiere a su lado.
El negó con la cabeza.
-No es verdad. Yo… -¡Es verdad! ¿Y si te matan mientras yo no
estoy?
-No digas… -¡No! Hay muy pocas esperanzas de que Carvahall
sobreviva, y si hemos de morir, prefiero que muramos juntos y no
acurrucada en las Vertebradas sin vida y sin corazón. Que los niños
se cuiden solos. Lo mismo haré yo.
Una lágrima rodó por su mejilla.
La gratitud y el asombro invadieron a Roran al comprobar la
fuerza de su devoción. La miró a los ojos.
-Si quiero que te vayas, es por amor. Sé cómo te sientes. Sé
que es el mayor sacrificio que cualquiera de los dos puede hacer, y
te lo estoy pidiendo.
Katrina se estremeció, con todo el cuerpo rígido, las manos
blancas apretujadas en torno al fajín de gasa que llevaba
puesto.
-Si hago esto -dijo con voz temblorosa-, has de prometerme,
aquí y ahora, que nunca me volverás a pedir algo así. Has de
prometer que incluso si nos enfrentamos al mismísimo Galbatorix y
sólo uno de los dos puede escapar, no me pedirás que me
vaya.
Roran la miró desesperado.
-No puedo.
Entonces, ¿cómo esperas que yo haga lo que no quieres hacer
tú? -exclamó Katrina-. Ése es mi precio, y ni el oro ni las joyas
ni las palabras bonitas pueden reemplazar tu juramento. ¡Si no te
importo tanto como para sacrificarte, Roran Martillazos, puedes
irte ahora mismo y nunca más querré ver tu cara!
«No puedo perderla.» Aunque casi le dolía más de lo que era
capaz de soportar, inclinó la cabeza y dijo:
-Tienes mi palabra.
Katrina asintió, se dejó caer en una silla -con la espalda
tiesa y rígida- y se secó las lágrimas con la manga. En voz baja,
dijo:
-Mi padre me odiará por ir. -¿Cómo se lo vas a
decir?
-No se lo diré -contestó, desafiante-. Nunca me dejaría
entrar en las Vertebradas, pero tiene que entender que la decisión
es mía. Además, no se atreverá a perseguirme por la montaña; le
tiene más miedo que a la mismísima muerte.
-Puede que aún tema más perderte.
-Ya lo veremos. Si llega… Cuando llegue el momento de volver,
espero que ya hayas hablado con él sobre nuestro compromiso. Así
tendrá tiempo de resignarse a ese hecho.
Roran asintió para indicar que estaba de acuerdo, sin dejar
de pensar que habrían de tener mucha suerte para que el asunto
acabara así.