44.
»Corso encontró a Pere en su casa, aquel lugar que él había conocido destrozado por los rebeldes de Medardo cuando el conde quiso tomar posesión del condado, el mismo día que habían ahorcado a Nunilo. Le parecía que había transcurrido una eternidad de todo aquello. Había pasado de ser un soldado sin fortuna a tenerlo todo, para perderlo después.
»Pere no se atrevía a mirarlo. Corso sintió lástima por él. El hombre alto, delgado y rubio que una vez tuvo los mismos rasgos y la misma pose gallarda de Surano era ahora un viejo calvo y encogido. Su prudencia y seriedad se habían convertido en una mezcla de nerviosismo y atolondramiento.
»—Pensé que si me callaba conseguiría liberar a María —musitó con voz apagada—. Primero fallé a Brianda y luego a mi esposa. Ningún castigo será suficiente para mitigar mi vergüenza.
»—El amor nos vuelve cobardes, pero no he venido a por tus excusas, sino a por tu ayuda —le dijo Corso. ¿Qué no hubiera hecho él por salvar a Brianda?—. Me voy de Tiles y necesito que hagas algo por mí. Te encargarás de vender Anels, y cuanto saques lo dedicarás a comprar Lubich. —Le entregó un papel—. Estas son mis instrucciones. Sabrás de mí, dondequiera que esté.
»—Si es lo que quieres, mi familia comprará Anels para el segundo hijo de mi hermano —dijo Pere con extrañeza—, pero no comprendo para qué quieres Lubich si te vas…
»—Tú hazlo. Cuento con tu palabra.
»Corso se marchó de la casa de Pere y se dirigió a la taberna de Aiscle, un antro sucio y oscuro del que salió poco después acompañado de un par de hombres de aspecto descuidado y rudo y mirada violenta.
»—Haréis lo convenido —les entregó sendas bolsas de cuero con dinero— y cuando acabemos recibiréis el resto.
»Regresó a Anels y ordenó a una de las criadas que preparara para esa misma noche un par de fardos con las ropas imprescindibles tanto de él como del pequeño Johan para un corto viaje, otro fardo con comida, y que hiciera ensillar a los tres mejores caballos de la casa.
»Cuando anocheció, se reunió en el lavadero con los dos hombres que había contratado.
»—¿Traéis lo que os he pedido?
»Uno de ellos dio una palmada a sus alforjas en señal de asentimiento.
»—Toda la trementina que hemos podido encontrar.
»Cabalgaron hasta la iglesia. Al llegar, Corso ordenó que cogieran varios de los botes de cuero con trementina, una cuerda y que le siguieran. Encontró a fray Guillem rezando de rodillas frente al altar. Corso sintió un estremecimiento al recordar el último día que vio a Brianda con vida, expuesta ante sus vecinos, allí mismo, como un animal en una feria. Una nueva llamarada de rabia ardió en su interior.
»—Corso —dijo fray Guillem al reconocerlo—. La misa terminó hace rato.
»Sin decir nada, Corso cogió uno de los botes y comenzó a derramar el líquido por los bancos de madera. Los otros lo imitaron. Fray Guillem, alarmado, se dirigió hacia la puerta, pero Corso fue más rápido y lo agarró del brazo.
»—Atadle —ordenó.
»Mientras lo hacían, tomó un par de velas encendidas de la capilla de Casa Anels y acercó la llama a la sustancia inflamable en uno de los bancos, que prendió rápidamente, ante la mirada horrorizada de fray Guillem.
»—Mi juicio comienza ahora —escupió Corso—. Y te declaro culpable.
»Salieron los tres. Corso cerró la puerta con llave y la arrojó lejos, sordo a los gritos de fray Guillem suplicando auxilio entre amenazas de castigos que a Corso le parecieron leves comparados con el sufrimiento que retorcía y deformaba su alma.
»Caminó hasta la tumba de Brianda y se arrodilló ante ella.
»—Perdóname, amor mío —murmuró—. Debería haber hecho esto mucho antes.
»Leyó por última vez la inscripción, regresó con los hombres, montó en su caballo y lo espoleó en dirección a Lubich. No sentía el frío sobre su rostro. No veía sino oscuridad ante él. Ante el gran portalón se detuvo y se ocultó entre las sombras mientras los hombres entraban a voz en grito en el patio:
»—¡Se quema la iglesia! —repitieron hasta quedarse afónicos—. ¡Ayuda, por Dios! ¡Fray Guillem está dentro!
»En unos instantes, la era se llenó de hombres que portaban cubos y azadas y preparaban mulas, caballos y antorchas a las órdenes de Remon.
»—Sabemos quién ha sido —dijo uno de los hombres a Remon—. ¿Dónde está tu señor?
»—Estaba en la sala —dijo Remon, tras indicar a los demás que se adelantasen—. Pero habrá escuchado el jaleo…
»En ese momento, Jayme de Cuyls salía por la puerta principal con expresión adormilada.
»—¿Qué sucede, Remon? ¿Adónde han ido todos?
»—¡Un incendio en la iglesia, señor! ¡Estos hombres dicen saber quién lo ha provocado!
»Los hombres descendieron y se acercaron a él. Instintivamente, Jayme de Cuyls echó mano a su espada y se dio cuenta de que iba desarmado.
»—¿Y quién ha sido? —preguntó intercambiando una mirada de alarma con Remon.
»Corso apareció ante sus ojos, saltó del caballo con la espada desenvainada, que clavó en el abdomen de Remon antes de que tuviera tiempo de reaccionar, y apoyó la punta en el pecho de Jayme.
»—Subamos a la torre. Quiero que veas cómo se ilumina la noche.
»Se oyó el sonido de un llanto y Corso miró hacia la puerta de entrada a la casa. Una criada curiosa observaba la escena con un niño poco mayor que Johan en los brazos. Algo en sus facciones le resultó familiar y supuso que era Lorién, el hermanastro de Brianda. No sintió compasión por él. Brianda había tenido que ver cómo su padre era asesinado, cómo le arrebataban su casa y luego la condenaban por bruja. Si el destino quería que ese niño tuviera que ser testigo de la venganza que debía caer sobre su padre, así sería.
»Jayme, con el terror velando sus ojos, se dirigió a la criada y le dijo:
»—Sabes dónde guardo mis cosas y documentos. ¡Cógelos y saca a Lorién de aquí!
»Corso ordenó a los hombres que subieran a Jayme a la torre. Lo cogieron de un brazo cada uno y entre tirones y empujones lo convencieron de que no podría liberarse.
»—¡Pagarás por esto, Corso! —gritaba Jayme una y otra vez—. ¡Correrás la misma suerte que la bruja de tu mujer! ¡Y vosotros también! —añadía con voz rabiosa y potente pero también desesperadamente suplicante, esperando convencer a sus captores con promesas de que cambiaran de amo.
»Corso lo siguió en silencio. Cuando llegaron arriba, mantuvo a Jayme entre su espada y el abismo.
»—Quisiste Lubich para ti… Pues muere como lo hizo el verdadero señor de esta casa.
»Sin darle tiempo a responder, Corso le atravesó el pecho con la espada que un día le entregara el propio rey hasta que la empuñadora tocó su cuerpo. Mantuvo su mirada colérica clavada en los ojos de Jayme, observando con placer su desconcierto, su miedo, su abandono, hasta que oyó su último aliento. Entonces, con un alarido inhumano que atemorizó a los dos hombres, empujó su cuerpo y lo lanzó al vacío.
»A lo lejos se veía el resplandor de la iglesia en llamas.
»Corso apoyó su frente sobre la áspera pared de piedra y permaneció así unos instantes antes de dirigirse a los hombres asqueado:
»—Quemadlo… todo.
»Los hombres comenzaron por los pajares y establos. Pronto comenzó un crepitar de llamas, paja y madera que fue extendiéndose de un edificio a otro con avidez. Entre gritos, las criadas abandonaron la casa, convertida en un infierno en el que la voz del diablo, envuelto en una capa negra y con el rostro deformado por una horrible cicatriz, aullaba:
»—¡Que no quede nada! ¡Antes, Brianda! ¡Si hubiera hecho arder Lubich antes, seguirías conmigo!
»Cuando se dio cuenta de que ni la más salvaje tormenta de agua podría ya salvar Lubich, Corso montó en su caballo y ordenó a los hombres que le siguieran. Pasaron por delante de un grupo de criadas que, envueltas en mantos, corrían hacia los prados y Corso distinguió a la que portaba al pequeño Lorién en brazos.
»—¡Llévalo a Cuyls, de donde nunca debió salir su sangre! —le gritó, mientras obligaba a su caballo a ponerse de manos—. ¡Que crezca y se pudra allí! ¡Que le enloquezcan los lamentos que retienen sus piedras!
»Lanzó una última mirada a Lubich, convertida en una inmensa hoguera cuyas llamas lamían el mismo cielo, carbonizándolo más aún, y soltó una carcajada horrible, antes de continuar hasta Anels.
»Hizo que los hombres le esperaran bajo el tilo de la fuente y regresó poco después con dos bolsas de cuero.
»—Es más de lo que ganaríais en dos vidas… Pero os lo advierto, si no termináis de cumplir vuestra parte del trato, volveré y os mataré con mis propias manos. Tened por seguro que lo sabré.
»—Cumpliremos, señor, con tal de no volver a veros —dijo uno de ellos antes de marcharse—. Los dos carceleros, el carpintero, el notario Arpayón y Marquo de Besalduch. Esta misma noche. Morirán con dolor.
»—Y quemaremos los archivos del notario… —añadió el otro.
»Corso comprobó que los caballos estaban preparados en la era, con los fardos de ropa y comida. Subió a su habitación, arrancó una manta de la cama y envolvió la arquimesa de Brianda con ella. La cogió y la ató sobre uno de los caballos. Era lo único que deseaba de aquel lugar. Siempre visualizaría a Brianda sentada con la melena suelta ante el escritorio, escribiendo sobre él, abriendo los pequeños cajones con sus delicadas manos, guardando sus más queridas pertenencias…
»Entró de nuevo en la casa, subió a la habitación de Johan y tomó al pequeño en brazos con cuidado de no despertar a la criada. Lo envolvió en una manta y lo ocultó en su pecho con su capa. Salió al exterior, ató la cuerda que unía los tres caballos a la silla del suyo, montó en el frisón negro que Nunilo le había regalado hacía siete años y se marchó de Casa Anels sin mirar atrás.
»Dudaba que Tiles fuera algún día un lugar gratamente recordado por su mente. Dudaba que Tiles permaneciera engarzado en su corazón como la piedra preciosa de un anillo. En su caso, los buenos momentos vividos junto a Brianda nunca conseguirían eclipsar los malos, ni siquiera ocultarlos tras una ligera bruma de resignada melancolía.
»Su ira nunca desaparecería.
»Alerta, prestaría atención cada día a cualquier señal de que el alma de su amada no lo había abandonado por completo.
»Una ráfaga de aire sobre la hierba. Un crujido a su lado. Un escalofrío. Un susurro en la noche. Una rama golpeando en la ventana…
»Y maldeciría todos los días de su vida, allí donde estuviera, porque su cuerpo mortal tuviera que vivir sin ella.