24.

Un ruido insistente, fuerte, repetitivo, como el de una extraña campana, trató de abrirse paso entre sus sueños y llevarla de vuelta a un estado consciente. Brianda identificó por fin los molestos timbrazos del teléfono rompiendo el silencio de la noche. Se incorporó y oyó a Esteban conversar con alguien unos segundos. Encendió la luz de la mesilla del dormitorio y miró la hora: eran las seis de la mañana. En cuanto Esteban colgó, adormilada pero alarmada, Brianda le preguntó:

—¿Qué sucede?

—Era tu madre, Brianda, no sé cómo decirte esto…

—¿Decirme qué? —En un segundo, vinieron a su mente los nombres de sus seres queridos y se le encogió el corazón.

—Tu tío Colau ha muerto.

—Pero ¿cómo…? —Brianda parpadeó varias veces aturdida.

—No sé más —respondió él—. Tus padres vienen para aquí.

Esteban la rodeó con sus brazos para confortarla. Ella agradeció el gesto y se cobijó en su pecho, pero ninguna lágrima asomó a sus ojos. Colau nunca le había caído bien y su presencia le había provocado miedo; y en su viaje a Tiles le había quedado claro que él tampoco la soportaba y que desconfiaba de ella. En el fondo de su corazón se sintió mal por su fría reacción, pero el único sentimiento triste que surgía en su interior era la pena por la soledad a la que tendría que enfrentarse su tía Isolina a partir de entonces.

El timbre del portero automático anunció la llegada de sus padres y Brianda fue a abrir.

—¿Cómo ha sido? —preguntó en cuanto los vio. Era la pregunta más típica que podía formular, pero no se le ocurría otra.

—Se acostó como todas las noches, antes que Isolina —explicó Laura—. Cuando ella fue a dormir notó algo raro y se dio cuenta de que no respiraba. Claro, tanto tabaco, la vida sedentaria, el exceso de peso… —Sus ojos se humedecieron al pensar en su hermana—. Pobrecilla, qué sola se queda…

Daniel observó a su hija. Si en los últimos meses ofrecía un aspecto demacrado y frágil, ahora no podía parecer más desvaída.

—Nosotros subimos a Tiles para ayudar a Isolina —informó—. El entierro es mañana y nos quedaremos varios días.

Esteban se frotó la frente.

—Tengo juicios toda la semana… Hasta esta noche no sabré cómo arreglármelas para asistir al funeral.

—Yo puedo irme con mis padres ahora —propuso Brianda—, y así te quedas más libre. Estaré lista en quince minutos.

—De acuerdo —accedió Esteban.

Brianda se duchó y preparó el equipaje rápidamente, acordándose de incluir la ropa de abrigo que ya había recogido hasta el siguiente invierno en Madrid y asegurándose de que elegía algo oscuro para el funeral. Dudó si llevarse el anillo que le había quitado sin querer a Colau. Decenas de veces había pensado en llamarle y confesar su acto, pero el miedo y la vergüenza la habían disuadido. Al principio hubiera podido explicar fácilmente que no lo quería robar, que lo había cogido en un arrebato; pero cuanto más tiempo pasaba, más indefendible era su actitud. Se lo puso y acarició la esmeralda una vez más. Se sentía irremediablemente unida a ese pequeño y valioso objeto del que no quería separarse, ni en ese momento ni nunca. En todo ese tiempo había sabido que la única solución para enmendar la situación era devolverlo a su sitio sin llamar la atención, pero la muerte inesperada de Colau cambiaba las cosas: si él no lo había reclamado, tal vez fuera porque no lo había echado de menos. Lo guardó en una bolsita de tela y lo escondió entre la ropa de la maleta mientras se preguntaba si Isolina sabría de su existencia…

Regresó a la cocina. Esteban había preparado café y ella aceptó uno bien cargado. Luego se despidió de él con inusitada premura, sin atreverse a mirarle a los ojos para que no descubriera en ellos el brillo que los iluminaba ante la posibilidad de reencontrarse con Corso, y siguió a sus padres hasta la calle cercana donde habían aparcado el coche.

Durante el trayecto, una vez fuera de la autovía, no pudo evitar recordar su anterior viaje a Tiles a principios de noviembre. Entonces huía de sus pesadillas, de sus sueños recurrentes, del contacto físico con Esteban… Huía de sí misma y, absorta tanto en sus propios problemas como en la conducción de su vehículo, no había prestado demasiada atención al paisaje. Ahora no podía decir que sus problemas hubieran terminado ni mucho menos —seguía deprimida, no tenía trabajo, su relación con Esteban se había resentido por su apatía y la muerte de Colau era un golpe para su tía—, pero algo estaba cambiando. No sabía a qué atribuirlo o cómo explicarlo, pero una moderada alegría comenzó a aletear en su pecho al reconocer los alrededores de Aiscle, las pequeñas colinas arcillosas, los barrancos de margas, el pedregoso cauce del río, las cerradas curvas antes del amplio valle a los pies del monte Beles, con su puntiaguda cima cubierta de nieve, el cementerio, el desvío hacia Lubich y el gran tilo de la fuente cerca de Casa Anels.

No podía comprender por qué se sentía tan animada de pronto. El motivo de su retorno era triste y, sin embargo, percibía un saludo de bienvenida en el temblor de las hojas de los arbustos, en el crujir de los guijarros bajo sus pisadas desde el lugar donde habían aparcado hasta la pequeña verja de entrada, en los restos de corteza de leña por el suelo y en la humedad de los rincones umbríos de la era empedrada irregularmente a lo largo de la fachada principal de la antigua casa, donde fácilmente podría visualizar una escena sucedida siglos atrás en la que alguien como Corso cepillaba un magnífico caballo negro mientras una joven convaleciente salía al exterior por primera vez tras una larga enfermedad…

Frenó su imaginación de inmediato.

Aquel era el momento menos apropiado para evocar escenas irreales, por mucho que su mente buscase cualquier excusa para centrarse en Corso y preguntarse por él; y por mucho que su corazón admitiese, con una insignificante pincelada de vergüenza, que gracias a la muerte de Colau ella había tenido que regresar al lugar por el que había sentido una nostalgia inexplicable.

Sus padres se apresuraron a entrar en la vivienda y Brianda permaneció unos segundos en el exterior. A su llegada a Tiles el noviembre anterior, un aire frío la había recibido con ráfagas que parecían querer golpearla. Ahora, con la primavera mostrando tímida sus primeros ensayos sobre los prados, soplaba un aire extrañamente caliente para finales de marzo, y más sabiendo que viajaba desde las cumbres nevadas. El viento la envolvía, jugaba con su cuerpo arremolinándose en sus manos, en su cara y en su cabello y se alejaba un instante para volver a lamerla. Cerró los ojos y disfrutó de la agradable sensación hasta que un prolongado aullido la asustó. Esperó a oírlo de nuevo y distinguió que provenía del cobertizo próximo al huerto, a pocos pasos de distancia. Enseguida se acordó de alguien a quien no había echado de menos y que no había acudido a saludarla.

Luzer.

Desde luego, no pensaba comprobar si era él, pensó mientras apoyaba su mano en el picaporte de la puerta. Entonces, un movimiento captó su atención y se giró. El enorme perro negro de su tío había salido del cobertizo y la miraba fijamente. Afortunadamente, no podía acercarse a ella porque una cadena se lo impedía. A salvo de su alcance, Brianda le sostuvo la mirada. Parecía un animal diferente. En sus ojos no había ni rastro de su ferocidad y agresividad. Todo lo contrario: Luzer transmitía pena, incluso desinterés por ella, como si, una vez muerto su amo, la necesidad de vigilar lo hubiera abandonado. Lanzó otro triste aullido, breve, y se tumbó.

Brianda entró en la casa, cruzó el zaguán y se dirigió al salón. Varias personas desconocidas ocupaban los bancos de madera frente a la chimenea, donde no crepitaba ningún fuego. En cuanto Isolina la vio, se deshizo de los brazos de Laura y caminó hacia ella. Brianda se asustó al verla. Su tía estaba desorientada, consternada y desalentada. De la noche a la mañana su rostro había envejecido años y su voz era apenas un murmullo ininteligible y quejumbroso.

—Él lo sabía… —decía—. Lo presentía…

Brianda la abrazó sin comprender a qué se refería. Le pareció que ese cuerpo que se convulsionaba contra el suyo pertenecía a otra persona muy diferente a la que ella conocía. El animoso espíritu de la tía Isolina —habladora pero prudente, risueña pero contenida, solícita pero nada agobiante— había sido absorbido por la muerte y transmutado en un desconocido y desmadejado elemento, como si la decrepitud de la casa se hubiera apoderado de ella. Le resultaba muy extraño pensar que alguien como Colau pudiera despertar esos sentimientos tan amargos en nadie.

Brianda se contagió del llanto, que se intensificó al preguntarse si la ausencia definitiva de Esteban provocaría en ella tanta desolación, y no estar segura de la respuesta.

—El cuerpo está en el despacho —oyó que decía su madre—. ¿Quieres pasar con nosotros a verlo?

Brianda negó con la cabeza. Bastante difícil le resultaría conciliar el sueño esa noche en su habitación azul sabiendo que había un muerto en la casa, como para ver el rostro de su tío. Isolina los acompañó y Brianda se refugió en la cocina para no tener que conversar con los desconocidos del salón. Allí se encontró con Petra, afanada en preparar una gran olla de judías.

—¿Lo has visto? —le preguntó tras saludarla. Brianda movió la cabeza a ambos lados—. Mejor. He visto muchos muertos en mi vida y en sus rostros había paz. —Se frotó los brazos—. No me lo puedo quitar de la mente. La expresión de Colau es horrible. Tiene el rictus de alguien que ha muerto sufriendo.

A la mañana siguiente, el aire se convirtió súbitamente en un infernal viento del norte que hacía crujir las maderas de los cobertizos, se deslizaba rugiendo a traición bajo las losas de los tejados y las forzaba a emitir un desquiciante castañeteo. Como era costumbre en Tiles, el sacerdote acudió a Casa Anels para acompañar a Colau en la despedida del hogar que había compartido con Isolina durante años. Daniel, Jonás, Bernardo, Zacarías y otros dos hombres sacaron el féretro a hombros y lo introdujeron en el coche fúnebre que lo llevó hasta la iglesia. Allí, Brianda buscó a Neli con la mirada, pero no la vio. Tenía ganas de conversar con ella, y no solo para disculparse por haberse marchado de Tiles sin despedirse.

Después de una sencilla ceremonia en la que los sollozos de Isolina rompieron con frecuencia los momentos de respetuoso silencio, se dirigieron finalmente al pequeño cementerio donde Brianda había acompañado a su tía a colocar flores el día de Todos los Santos. Inclinados para resistir las fuertes ráfagas de viento, cruzaron la verja, sortearon las cruces de hierro de las tumbas del suelo y se detuvieron ante el pequeño panteón en forma de casita de los de Anels. Los hombres introdujeron el féretro de Colau en uno de los nichos y Jonás se encargó de taparlo con una placa de escayola.

Brianda observó todo el ritual con detenimiento. Las escenas se sucedían con la precisión del ensayo general de una obra de teatro. De manera metódica, Jonás amasaba el yeso con agua para fijar el cerramiento de la tumba mientras el viento levantaba una polvareda blanca; Petra colocaba gruesas piedras en las cintas de las escasas coronas y centros de flores para que se mantuvieran en pie; y los acompañantes desfilaban lentamente ante su tía para darle el pésame y regresar a sus viviendas huyendo del desapacible día. Todos aquellos a quienes había conocido durante su estancia allí —que no eran muchos— habían acudido a despedir a Colau y a acompañar a la abatida y ausente Isolina. También Neli, a la que había distinguido nada más entrar en el recinto sagrado por su larga melena rojiza alborotada y su ropa informal y que, extrañamente, había permanecido todo el tiempo apartada de la gente junto a Mihaela.

Estaban todos menos Corso.

Se preguntó por qué no habría asistido al funeral. Tal vez se encontrase de viaje. Con su mujer. Las ganas de verlo y la incertidumbre le producían una gran ansiedad. Cuando todo terminase, hablaría con Neli.

Ante el lugar donde reposarían para siempre los restos de Colau, Brianda pensó que la muerte era la despedida más concreta de todas las despedidas. Era definitiva, concluyente, inequívoca, amarga y cierta. Todo lo demás tenía remedio y solución. Supo que todo lo que le había pasado hasta entonces no era nada comparado con lo que tenía que estar sufriendo su tía y, por primera vez en meses, sintió la urgencia de hacer algo que no fuera compadecerse de sí misma. Isolina necesitaba ahora todo el apoyo y el cariño del mundo y no el alma en pena en la que Brianda se había convertido. ¿Cómo iba a lamentarse, a llorar y a quejarse si nada de lo que le había sucedido en su vida podía ser comparable con la profunda tristeza que tenía que embargar a la mujer? Se marcó un objetivo inmediato y preciso y se prometió a sí misma cumplirlo con todas sus fuerzas. Cuidaría de ella y de la casa. Irían a pasear. Plantarían el huerto y las flores del jardín. La mejor manera de corresponderle por sus cuidados del otoño anterior sería quedarse en Tiles el tiempo que hiciera falta hasta que la vida de ambas volviera a una normalidad aceptable.

Finalizado el entierro, los más allegados, entre ellos Neli, acompañaron a la viuda a Casa Anels. Con intención de que su hermana no tuviera que enfrentarse de inmediato a la novedosa y cruel soledad, Laura había preparado comida y bebida suficiente para el resto del día y, como ella hacía años que no subía a Tiles, se encargó también de que la conversación fluyera en el salón, recordando viejos tiempos y poniéndose al día de la vida de unos y otros.

En cuanto tuvo ocasión, Brianda buscó a Neli. Hacía rato que se había ausentado del salón y tardaba en regresar. Deseó que no se hubiera marchado sin decirle nada. La había observado y la notaba huidiza. Era posible que estuviera molesta con ella, pero lo cierto era que tampoco se esforzaba por hablar con los demás. La encontró en la cocina, sola, bebiendo un vaso de agua mientras miraba ensimismada a través de la ventana.

—Aunque no te lo creas, me he acordado mucho de ti estos meses…

Neli dio un respingo y se giró.

—¿Y por qué no habría de creerte? —preguntó.

—Por cómo me fui y por no haberte llamado en todo este tiempo. —Dudó si añadir algo más, miró a sus espaldas para asegurarse de que nadie entraba y, finalmente, optó por demostrarle que sus palabras eran ciertas—: Te hice caso. Compré los libros que me recomendaste y los leí. No solo eso. También acudí a unas sesiones de hipnosis regresiva.

Los ojos de Neli brillaron.

—¿Y…?

—No sé qué decirte…

—¿Qué tal si empiezas por el principio?

Brianda le habló en voz baja de las primeras escenas sueltas que había visualizado, de las siguientes más completas y de cómo había ido encajándolas hasta formar una historia que tenía sentido pero que pecaba de inverosímil.

—¿Inverosímil? ¿Por qué crees eso? —preguntó Neli.

—Porque en realidad son escenas ambientadas en un pasado lejano. Dudo que sean regresiones de verdad. Simplemente, no me lo puedo creer.

—Y esas escenas… ¿las viviste como reales? No me refiero a recordar. Quiero decir revivir.

—Solo algunas muy concretas. —Brianda pensó en cómo había conocido a Corso y en cómo se había despedido de él junto al río del monasterio de Besalduch, pero no hizo ningún comentario sobre ello—. Las demás parecían más bien un sueño o el recuerdo de alguna película o novela. ¿Por qué me lo preguntas?

Neli permaneció unos segundos pensativa. Luego dijo:

—Es posible que tu imaginación haya procesado toda la información de una manera simbólica, inspirada por recuerdos o deseos, pero siempre hay que dejar una puerta abierta a lo irracional. Lo que está más allá de la razón no significa que sea imposible. Los antiguos creían que por las cosas que se veían aparecer en los sueños y alucinaciones se podía conocer más perfectamente la esencia del alma. Tal vez en esas visiones o reconstrucciones del pasado, como quieras llamarlas, haya alguna pista que puedas rastrear ahora…

Brianda negó con la cabeza. Las imágenes que habían surgido en las sesiones seguían siendo retazos que brotaban de algún rincón oculto de su mente y que algún día podrían encajar o no. Lo más probable era que su fértil imaginación pretendiera elaborar una reconstrucción fabulada inspirada en su recuerdo siempre presente de Corso y en su curiosidad por aquella Brianda de Anels ejecutada por la que había empezado a leer libros sobre la historia, la vida, los conflictos y los miedos de cuatro siglos atrás en el tiempo. ¡Qué sugestiones no inventaría su mente para evadirla de su presente!

—Supongamos que en todo esto pudiera haber algo de verdad, ¿de acuerdo? —continuó Neli—. Piensa si ahora sabes algo que antes no supieras. Por ejemplo, el confesionario de Besalduch…

—Lo construyó un carpintero y talló los símbolos de los dos bandos en guerra. Pero esto podría haberlo leído en algún sitio.

—¿Y algo sobre las tumbas del cementerio?

—No tengo explicación para eso porque no las he visto más.

Neli hizo un gesto de decepción. A ella le encantaría saber más sobre la historia de aquellas lápidas y, especialmente, sobre lo que le iba a preguntar a continuación:

—¿Y qué hay de los documentos que encontré? ¿Ejecuciones? ¿Brujería?

—Nada. —Brianda se había hecho las mismas preguntas que ahora le hacía Neli. También se había preguntado por aquel documento del archivo de Besalduch en el que un marido solicitaba la exhumación del cadáver de su esposa. Pero no había visto nada de todo eso.

—¿Alguna frase que se repita?

Brianda entrecerró los ojos.

—El que aparece como mi padre en el pasado, un tal Johan, me pide que mantenga vivo el nombre de Lubich, algo que no comprendo. ¿Qué tengo que ver yo con Lubich? —Se abstuvo de decir que su deseo de estar con Corso podría haber diseñado un guion en el que ella fuera la heredera de esa magnífica propiedad—. En la entrada a Lubich hay una piedra donde aparece su nombre tallado. Igual saqué la idea de allí.

—Aquí podrían ser útiles los estudios de genealogía de Colau. —Neli suspiró al nombrarlo, y Brianda se preguntó si realmente él habría compartido esa información con ellas—. ¿Algún objeto especial?

Brianda recordó una escena en la que se había vestido con ropas antiguas.

—En todo caso un colgante, una especie de relicario de cristal y plata con los bordes grabados, en cuyo interior hay unas flores de nieve secas.

Neli emitió una exclamación de triunfo.

—¿Sabes qué significado tienen esas flores? —No esperó a que Brianda respondiera—: Representan el honor, el mundo de los sueños y el amor eterno que nunca se secará.

—Eso es muy bonito, pero no aporta nada.

—La flor de nieve vive en lugares recónditos e inaccesibles. Al igual que es difícil encontrarla a ella, pero no imposible, sé que tú encontrarás algo.

—¡Claro, porque eres bruja! —Brianda soltó una carcajada nerviosa. No podía creerse que estuviera hablando de todo aquello con tanta naturalidad. Era la primera vez que verbalizaba sus experiencias de las últimas semanas, lo cual le producía cierto alivio. Aunque se movieran en el terreno de las hipótesis, Neli era la única persona del mundo con la que podía compartir ese diálogo. Ella nunca la juzgaría ni la trataría de loca—. ¿Y no podrías ser más concreta?

—Cada búsqueda tiene su protagonista y en este caso eres tú. Piensa en ello. Seguro que das con algo.

—Lo único que se me ocurre es rebuscar en los papeles de Colau… —murmuró. Tal vez allí encontrara alguna pista que pudiera verificar sus regresiones.

Laura se acercó con una bandeja de canapés, interrumpiendo su conversación. Cuando la retomaron, Brianda decidió comentar, por fin, aquello que llevaba horas deseando saber.

—Ha asistido bastante gente, ¿verdad? Aunque he echado en falta a Corso…

Era un comentario casual, pero su cuerpo la traicionó. Sintió que las mejillas le ardían y su respiración se aceleraba. Quería escuchar que Neli lo había visto hacía poco y que le había preguntado por ella…

—Se fue a Italia a ver a su familia, pero le dijo a Jonás que volvería pronto. —Neli la miró fijamente—. Esteban tampoco ha venido…

—Ha sido todo tan rápido que no ha podido reorganizar su agenda.

—¿Va todo bien entre vosotros?

Brianda se encogió de hombros, pero no respondió. No se había acordado de él desde que había llegado a Tiles. Al igual que el monte Beles imponía su presencia al resto del mundo a sus pies, el ansia por reencontrarse con Corso anulaba cualquier otro sentimiento en su corazón.