6.

A Brianda le costó unos segundos acostumbrar su vista a la oscuridad de la húmeda iglesia. Escuchó el murmullo monótono de las voces de los feligreses que esperaban a que el sacerdote saliera de la sacristía y empezara la misa de seis. Delante de ella, Isolina se detuvo, buscando con la mirada un banco donde sentarse. En el más próximo a la puerta había sitio libre. El murmullo cesó mientras se dirigían a él y la señora a cuyo lado se situó Colau se deslizó furtivamente al banco delantero.

Brianda se sintió incómoda. Con descaro, algunos giraban la cabeza para observarla y luego cuchicheaban entre sí. Se arrepintió de haber accedido a acompañar a sus tíos esa tarde. Ella no era religiosa, pero le había parecido de mala educación quedarse en casa cuando sabía que en una ocasión tan señalada en el calendario católico como el día de Todos los Santos la misa se convertía, en un lugar como Tiles, en un acto social. De hecho, había oído a Isolina decirle a Colau en un tono que no aceptaba réplica que al menos ese día y el de Navidad no podía faltar ni él. En ningún momento se hubiera imaginado que solo por poner los pies dentro del edificio ya tuviera ganas de salir corriendo. Seguro que todos se extrañaban, como Neli, de su presencia en un lugar como Casa Anels. Buscó con disimulo la rojiza melena de la joven, pero no la localizó.

Miró el reloj. Todavía faltaban quince minutos para que comenzara la celebración. No entendía por qué habían tenido que ir tan pronto. Una mujer subió al altar y comenzó a rezar el rosario. Las voces se aunaron ahora en un quedo e intermitente rumor que adquiría una especial proyección bajo la bóveda de la nave central y las capillas laterales, ocupadas por las imágenes de santos y vírgenes con miradas perdidas hacia las alturas. La mujer pronunciaba un nombre y la congregación respondía, pero, en lugar de relajarla, la repetición del ora pro nobis retumbaba en su pecho agobiándola.

Deslizó la mirada por la pequeña capilla que había a su derecha y un objeto llamó su atención.

Sobre la fría losa de piedra de un estrecho altar había una virgen de unos tres palmos de altura tallada en madera con restos de carcoma que sostenía a un niño de pelo rizado al que le faltaba un brazo. Se fijó en la perfección de los pliegues de su ropa y en la ausencia de expresión de su rostro. De una fina tira de cuero enrollada alrededor de su cuello pendía una simpática y diminuta llave clásica. La talla en conjunto era una pieza preciosa cuyos restos de policromía indicaban que era muy antigua.

Isolina acercó el rostro a su sobrina.

—Tendrías que haber visto cómo estaba hace unos años —susurró—. Si no llega a ser por Neli, ahora sería polvo, por la carcoma.

—Es preciosa —dijo Brianda, admirando para sus adentros la profesionalidad de Neli—. ¿Y siempre ha estado aquí?

—La encontró Jonás buscando piedras viejas para terminar una ventana de su casa entre las ruinas de la antigua iglesia, la que vimos al lado del cementerio. Las piedras habían formado una cueva sobre ella, como para protegerla. No me digas que no parece un milagro… No se sabe cuándo fue derruida la iglesia, o si se quemó, lo más probable; sería antes de hacer esta nueva, que es de principios del XVII. El caso es que allí estaba la pobre, con su llavecita colgando del cuello.

—¿Se sabe de qué siglo es?

—Más o menos del XVI.

Brianda hizo un gesto de asombro. ¿Cuántas personas habían desfilado ante ella desde que alguien la tallara con tanta delicadeza y pericia? ¿Cuántas palabras se habrían pronunciado en su presencia? Seguro que decenas de cambios se habían producido en la historia de ese lugar ante su mirada vacía. Agachó la cabeza en un gesto que podría parecer de recogimiento, pero que en realidad intentaba ocultar las lágrimas que llenaban sus ojos. Otra vez. Odiaba esa sensibilidad permanente a flor de piel. No quedaba ningún rincón donde pudiera estar relajada emocionalmente, donde ningún detalle desatase una asociación estrambótica de ideas que la dejaban exhausta.

—Hace un tiempo quisieron llevársela a un museo —añadió Isolina—, y nos pusimos en pie de guerra. No creo que nadie se atreva a dejar a los de Tiles sin su virgen. Otra cosa igual no, pero tenemos mucho carácter, el cual, por cierto, es hereditario…

Alguien chistó pidiendo silencio.

Brianda captó la indirecta de su tía. Sonrió agradecida y se propuso un objetivo: intentaría con todas sus fuerzas salir de ese agujero emocional en el que había caído. Aprendería a controlar su miedo; se apuntaría a clases de yoga, tai-chi, meditación o lo que hiciera falta con tal de dejar las pastillas; y se forzaría a salir más de casa, a socializar más…

Entonces, las mujeres sentadas en los primeros asientos anunciaron el comienzo de la misa con un canto en tono agudo:

—Yo también quiero resucitar; ser feliz, toda la eternidad; y vivir, con los que tanto amé, una paz que no terminará…

El sacerdote, un hombre alto de unos cuarenta años y acento suramericano, explicó en el sermón que la fiesta de Todos los Santos era un día importante de alegría, esperanza y agradecimiento porque celebraba la gloria inefable y perpetua de la que gozaban los santos en el Cielo a la vez que hacía desear a las personas ir un día a compartirla. Instaba a los creyentes a que, por medio de sus oraciones, pidieran a todos los santos que los defendieran, los protegieran e intercedieran por ellos.

Brianda se concentró en la impecable oratoria del sacerdote. Su descripción del Edén eterno —ilustrada con una cita de san Agustín que admitía que cambiaría todas las riquezas y delicias de un millón de años por una hora en ese paraíso sin pena ni sufrimientos, ni cansancio, ni problemas— fue tan visual que ella deseó que realmente pudiera existir un lugar así.

—Para llegar ahí —decía—, tenemos que luchar como ellos, resistir nuestras pasiones y tentaciones, soportar nuestras pruebas, con fe, paciencia, renuncia y amor. La pena es momentánea; la alegría que sigue no terminará nunca.

Esta última frase le gustó a Brianda especialmente. Ella quería que su pena desapareciese con la misma rapidez con la que había surgido en su alma y que ocupase su lugar aquella alegría que había perfilado su carácter hasta hacía unos meses para compartirla con Esteban.

De nuevo, el sacerdote preguntó en voz alta y clara:

—Cuando estemos en la hora de la muerte, ¿cuáles serán nuestros sentimientos? ¿Habremos sido flojos, débiles, tibios, negligentes o combativos para merecer el Cielo, para gozar del Paraíso toda la eternidad? —Hizo una pausa para que los presentes pudieran analizarse interiormente y concluyó—: ¿Nos sentiremos satisfechos o reconoceremos que hubiésemos querido haber vivido de otro modo?

Brianda frunció el ceño. Se preguntó si ella se sentía satisfecha con su vida, o si querría vivir de otro modo. El silencio que siguió le hizo preguntarse también cuántos de los allí presentes les estarían dando las mismas vueltas que ella a las palabras finales de la homilía. Los más ancianos, ¿se sentirían satisfechos de sus vidas ahora que se aproximaba su momento final? Isolina y Colau, ¿se sentían a gusto con sus diferentes existencias?

Continuó con sus elucubraciones mientras la ceremonia procedía con la celebración de la eucaristía. Cuando el sacerdote tomó el cáliz entre sus manos, Brianda no pudo evitar recuperar la imagen del peculiar altar de la habitación de Neli y se preguntó qué estaría haciendo en ese momento.

El movimiento de personas al dejar sus asientos le indicó que comenzaba el rito de la comunión. Las mujeres de las dos primeras filas acompañaron el acercamiento de los fieles para recibir el pan y el vino con un canto en un tono alto:

—Yo quiero ser, Señor, amado, como el barro del alfarero. Toma mi vida, hazla de nuevo, yo quiero ser un vaso nuevo…

Entonces, le vinieron a la mente las palabras de la echadora de cartas, aquella tarde con Silvia y Ricardo. Le había dicho que emprendería un viaje y que necesitaba un cambio. No comprendía cómo lo había sabido, pero tenía que ser mera casualidad. Cerró los ojos y dejó que las palabras del canto resonaran en su interior. Empezar de cero. Un vaso nuevo. Una vida nueva…

De repente, la invadió una extraña y desagradable sensación de irrealidad. El altar, las paredes, las capillas, las personas y el sacerdote comenzaron a desdibujarse, como si alguien estuviera frotando sobre ellos un algodón empapado en trementina. Oía voces, pero no comprendía el significado de las palabras. No era capaz de explicarse por qué percibía que se distanciaba de sí misma, por qué sentía tan vagamente que era ella, una tal Brianda, esa joven demacrada vestida de manera extraña y con el cabello largo a la que alguien señalaba con el dedo desde el altar y le gritaba.

No sabía por qué le gritaba.

Ella no había hecho nada.

Decenas de rostros inexpresivos pero a la vez hostiles comenzaron a girarse hacia ella. Apretó sus manos con fuerza. Tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no romper a llorar abiertamente delante de todos. De manera súbita, sintió un intenso miedo, agudizado por el convencimiento de que se iba a morir en ese mismo instante y una necesidad imperiosa de alejarse de allí. Tenía que salir, correr, huir…

¡Pero ella no había hecho nada!

Alguien la sujetó con fuerza y se puso tensa. Su inmediata reacción fue volverse en actitud defensiva.

—Brianda, hija… —escuchó que decía Isolina.

Brianda se sintió aturdida. La gente regresaba tranquilamente de recibir la comunión y nadie la miraba de manera extraña. Había tenido una visión, o una alucinación… Razonó que podrían ser efectos secundarios de los tranquilizantes. Instintivamente se llevó una mano a la nuca, como si quisiera comprobar que su melena no era una larga mata de pelo hasta la cintura. Reconoció que era un gesto absurdo.

Sintió las manos húmedas y temió que la avisaran de un nuevo ataque de ansiedad. Necesitaba unos momentos de soledad para recuperarse de la extraña vivencia de los minutos anteriores. Se levantó y salió.

Sin saber qué hacer o adónde ir, recorrió el perímetro de la iglesia. La bruma que había cubierto el monte Beles todo el día comenzaba a disolverse con la llegada de la noche, extendiéndose primero como el líquido derramado de un vaso caído y convirtiéndose luego en humo antes de desaparecer. Permanecían, sin embargo, la quietud, el silencio y el frío que se habían apoderado del paisaje, como si reconocieran los días dedicados a los difuntos. La tierra rezumaba humedad.

Una voz suave llegó hasta ella. Aguzó el oído y distinguió que procedía del patio trasero de la casa junto a la iglesia. Reconocía haberlo visto antes desde una ventana mientras tomaba una infusión de frutos rojos.

Era la casa de Neli.

Después de su último encuentro no tenía muy claro si le apetecía encontrarse con ella, pero la voz que oía no formaba parte de ninguna conversación. Era un bisbiseo uniforme, insistente, hipnótico. Recordó entonces lo que había descubierto en su casa y sintió un cosquilleo de curiosidad por saber qué estaría haciendo en ese momento. Avanzó con sigilo unos pasos procurando que el crujir de la gravilla bajo sus pies no delatara su presencia y se apostó tras el robusto tronco de un enorme nogal de ramas retorcidas y hojas temblorosas, confiando en que también las sombras del anochecer la ocultaran. Hasta ella llegaba un intenso olor a incienso, pino y canela. Se asomó y vio a Neli, envuelta en un chal oscuro y con el largo cabello suelto, trazando en el suelo un círculo alrededor de una mesita con el cuchillo de mango negro que ella había llamado athame. Estaba tan cerca que temió que su nerviosa respiración la delatara.

La mesita cubierta por una tela oscura le recordó al altar que Neli tenía en su dormitorio. Vio manzanas, granadas, frutos secos y crisantemos. El humo de una vela violeta bailaba sobre un pequeño caldero en el que ardía un débil fuego. Neli se sentó frente a él en posición de meditación. Permaneció con los ojos cerrados varios minutos. La débil luz de las velas y el fuego producían un efecto fantasmagórico sobre su rostro. Después, cogió unos papeles y los quemó en el caldero murmurando unas frases que Brianda no pudo comprender. Tras un nuevo silencio, tomó una pequeña varita de madera, elevó las manos a ambos lados de su cuerpo, miró al cielo y habló en voz alta y clara:

—En esta noche de Samhain, celebro la memoria de mis ancestros y de aquellos que me precedieron en esta senda. Señor de los bosques, honro tu memoria y aguardo tu retorno desde el vientre de la Diosa. Señora de la Luna Menguante, guía mis pasos en lo más oscuro, protégeme y muéstrame que así como de la noche nace la Luz, el ciclo eterno renace, eterno, por siempre.

Brianda abrió los ojos estupefacta. O mucho se equivocaba, o estaba asistiendo a algún ritual de magia. Era imposible que esa palabra, wiccana, pudiera referirse a otra cosa. Neli era una… ¡hechicera! Le costaba incluso pensar la palabra. Sabía que había gente rara en el mundo, pero aquello le extrañaba todavía más porque Neli parecía una joven agradable y absolutamente normal. No obstante, aunque reconocía que las connotaciones que surgían en su mente al pensar en ciencias ocultas eran negativas, el sencillo ritual que estaba presenciando secretamente le parecía sugestivo y magnético. No podía apartar la vista de la expresión plácida y dulce de Neli. No quería que callase.

Neli partió un trozo de manzana y otro de granada y dijo:

—Ofrezco esta comida en honor de mis ancestros. Su memoria perdura y sus enseñanzas viven en mí. Benditos fueron en su existencia y benditos son en las Tierras del Eterno Verano. Abandonaron este plano por otro mejor. Lo físico no es nuestra única realidad y las almas no mueren.

De pronto, Neli se llevó una mano al pecho y se encogió como si hubiera recibido una puñalada. Su respiración se agitó como si tuviera problemas para respirar y profirió unos lamentos que le llegaron a Brianda al alma. Dudó si acercarse a ayudarla, pero no se atrevió. Neli comenzó a sacudir la cabeza de un lado a otro, como si algún espíritu maligno quisiera apoderarse de su cuerpo. Entonces se detuvo en seco, abrió los ojos, miró a su alrededor con expresión confundida y finalmente focalizó su atención en un punto del nogal que crecía junto a la parte trasera de la iglesia.

Brianda no tuvo tiempo de esconderse. Se quedó paralizada, sin respiración, con la profunda e incisiva mirada de Neli clavada en la suya. Las hojas del nogal dejaron de moverse. El tiempo se detuvo.

Neli no mostró asombro, enfado ni vergüenza. Por el contrario, en sus ojos había serenidad y certeza. Esbozó una sonrisa, cerró los ojos, hizo un leve gesto de asentimiento y, cruzando las manos sobre su vientre, retornó a una plácida posición de recogimiento.

Brianda se alejó de allí a toda prisa, avergonzada porque Neli la hubiera descubierto espiando, nerviosa por lo que había visto y alterada por la reacción de la otra. Había sentido la intensidad de su mirada recorriendo su interior, su mente y su corazón; y pensar en ello, evocar esa sensación aunque solo fuera por un segundo, le producía un terrible miedo.

Se detuvo al doblar la esquina de la iglesia y se apoyó contra la pared gris y mojada para recuperar el aliento y la tranquilidad.

—¿Estás bien? —preguntó una voz seca.

Brianda dio un respingo. Colau estaba tan cerca de ella que echó un paso atrás, atemorizada por el gesto contrariado que acentuaba sus grandes y rígidas facciones.

—Tu tía me ha enviado a buscarte —dijo Colau—. Temía que te encontraras mal otra vez.

Ella creyó distinguir en ese «otra vez» un ligero tinte mordaz.

—Estoy bien. Solo necesitaba un poco de aire. Me agobian los sitios cerrados llenos de gente. —Pensó que esa sería una explicación plausible.

Colau escudriñó su rostro y frunció el ceño, pero no dijo nada. Se dio la vuelta y se dirigió a la iglesia con su andar pesado.

Brianda lo siguió mientras una insistente vocecita aguda comenzaba a repetirle en su interior los versos pegadizos de una estrofa una y otra vez.

Ella también quería ser feliz, decía la voz, tan familiar que podría ser la suya. Toda la eternidad.

La mayoría de la gente se había marchado ya, algo que agradeció Brianda para no verse obligada a saludar en medio del frío y la oscuridad frente a la que la pequeña bombilla del pórtico de la entrada de la iglesia poco podía hacer.

—Aquí estás. —Isolina la recibió con una sonrisa de alivio.

Brianda repitió la explicación que le había dado a Colau.

Una mujer de pelo corto teñido de rubio a la que reconoció como la que se había ofrecido a ir a buscar a Neli el día anterior se acercó a su tía y la animó a que se pasaran por el bar a tomar algo. Isolina miró a su marido, que esperaba unos pasos más allá.

—No sé si Colau querrá —murmuró.

—Podemos llevarlo a casa y volver —sugirió rápidamente Brianda.

Le apetecía librarse aunque solo fuera por un rato de todo aquello que la asfixiaba. Todavía faltaba un rato para la hora de cenar. La velada en la casa rodeada de noche le resultaría demasiado larga; los silencios de Colau, incómodos; los gruñidos de Luzer, desquiciantes.

Isolina la miró de una manera extraña, pero asintió.

Después de dejar a Colau en casa, se dirigieron al bar en el coche de Brianda.

—A Colau le cansan el ruido y las voces —dijo Isolina.

—¿Hay algo que no le canse? —soltó Brianda sin pensar. Después de varios días, ya tenía claro que ese hombre había nacido para vivir solo, pero le irritaba la manera en que su tía lo defendía o excusaba, empleando un tono incluso cariñoso. Sin embargo, lamentó la poca delicadeza que acababa de tener—: Lo siento. Ya sé que es un hombre solitario, pero…

—Te extraña que yo lo soporte… —Isolina terminó la frase por ella. Dejó que su mirada vagara por los campos oscuros. Luego, se arregló un mechón con un gesto nervioso y se giró—. No ha sido siempre así. Tampoco tuvo la culpa de nacer en un lugar odiado por todos…

—¿Te refieres a Casa Cuyls? —Brianda no quiso revelar que algo había escuchado en boca de Neli—. ¿Por qué?

—No lo sé, ni me importa. Los pueblos tienen estas cosas. Algo debió pasar en algún momento que marcó a los suyos para siempre. Supongo que los nuevos herederos de las casas recibían las tierras junto con la advertencia de guardarse de los de Cuyls.

—¿Tus padres no te contaron nada?

Isolina negó con la cabeza.

—Se limitaron a rechazarlo. Pero estaban equivocados. Conmigo siempre ha sido bueno.

Brianda detuvo una mueca sarcástica. Las explicaciones de Isolina no conseguían cambiar la percepción que ella tenía de Colau.

—Me advirtieron de que me pasaría como a las otras generaciones de Casa Cuyls que recordaban los más viejos —continuó Isolina—. Tenían varios hijos, pero solo sobrevivía el primer varón. Pasó lo mismo con la familia de Colau, pero como ves, con nosotros no ha sucedido nada de eso. Por tonterías siempre lo han rechazado.

—Has dicho que Colau no ha sido siempre así. ¿Cómo era?

Por el rabillo del ojo, percibió que Isolina esbozaba una triste sonrisa.

—De niño me perseguía por esos prados. Recuerdo nuestras risas cuando me cogía y me hacía cosquillas. Esa cabeza no paraba de idear planes. Era muy alegre. Cuando tenía unos diez años murió su hermana mayor. Un par de años después fallecieron los gemelos, tres años más jóvenes que él. Su madre volvió a quedarse embarazada y tuvo un quinto hijo, varón, que falleció a los pocos meses. Con cada muerte en su familia, Colau se iba volviendo más taciturno. Empezó a odiar la casa y lo que significaba para él: un enorme ataúd de piedras. Estudió para no tener que trabajar en la tierra y no se fue de aquí porque yo se lo pedí. Poco a poco fue recuperando parte de su vitalidad, hasta que este verano cambió… —Se detuvo de golpe—. Pero ¿por qué te cuento estas cosas? Menos mal que ya hemos llegado.

Brianda aparcó en un pequeño aparcamiento junto a la gasolinera. Mientras recogía su bolso y se arreglaba el fular, pensó que las explicaciones de su tía justificaban el difícil carácter de Colau, pero ella presentía que había algo más. Por mucho que hubiera sufrido y que no agradara a los demás, ella pertenecía a la familia, no era un enemigo, y sin embargo, sentía que él la trataba con demasiada frialdad y hostilidad, como si desconfiara de ella. Le extrañaba que Isolina no se percatara de cómo la observaba y analizaba, de cómo murmuraba cuando estaba cerca de ella. Aunque tal vez solo fueran imaginaciones suyas.

El único bar de Tiles era un local desangelado y frío cuya decoración no se había actualizado en décadas. Brianda no recordaba ningún lugar de su entorno en el que aún existiera ese pavimento de trozos de mármol amarillento aglomerados con cemento al que le faltaba más de un pulido. Una larga barra de madera de color castaño con azulejos decorativos se extendía desde la entrada hasta el fondo; y una docena de mesas cuadradas ocupaban todo el campo visual, acompañadas de sillas con asiento de anea. El sonido de la música compartía espacio con los tintineos de una pinball y una máquina de azar, la televisión y las voces de los jugadores de cartas.

Nada más entrar, Brianda volvió a enfrentarse a la desagradable sensación de que rostros desconocidos la escudriñaran. Se preguntó si habría sido buena idea acudir allí. Además, no había pensado en la posibilidad de encontrarse con Neli. Un rápido vistazo le confirmó que la joven pelirroja no estaba y sintió alivio.

Desde el fondo, la mujer de pelo corto que las había invitado al salir de la iglesia llamó la atención de Isolina para que acudieran a su lado, junto a un grupo de mujeres. Isolina se la presentó como Petra y, por cómo hablaba y sonreía, a Brianda le pareció que era amiga de su tía. Llevaba un jersey de cuello vuelto con varias cadenas y medallitas de oro con las que sus manos de recios dedos jugaban sin parar.

La dueña del bar, una delgada mujer de aspecto descuidado llamada Berta, se acercó y ambas pidieron una tónica. Luego regresó y se sentó con ellas. Brianda decidió relajarse un poco observando a las otras personas del grupo y del local. La distribución le pareció simple. Los hombres jugaban a las cartas mientras las mujeres hablaban de sus cosas.

—Ya solo falta Neli para que estemos todos hoy —dijo Berta.

—No tardará —aseguró Petra—. Hoy tiene a los suegros para hacerse cargo de los niños. —Alzó la vista y sonrió—. ¿Qué os decía? Ahí está.

Brianda se encogió en su silla. Se preguntó cómo podría tratar con ella con normalidad después de lo de esa tarde. Confiaba en que el hecho de que hubiera más personas a su alrededor la ayudara a no tener que conversar directamente con ella.

Para su intranquilidad, Neli se sentó justo a su lado.

—Buenas tardes a todas —dijo—. ¿Cómo estás, Brianda?

—Bien, gracias —murmuró ella.

Neli se integró cómodamente en la conversación. Actuaba con absoluta normalidad, pero Brianda se sentía un poco tensa. Hasta esa tarde hubiera jurado que no tenía prejuicios, que se consideraba una persona abierta a las novedades y a lo diferente, pero ya no estaba tan segura. Rechazaba a Neli por haberla descubierto actuando como una hechicera, en una escena irracional, pero de no ser por eso, seguiría siendo la misma joven que tan bien le había caído al principio. En realidad, poco sabía de ella, así que probablemente la hubiera juzgado con demasiada antelación.

En un momento en que las otras mujeres se dedicaron a dar consejos a una joven rumana llamada Mihaela sobre la vida en Tiles, Neli le preguntó:

—Esta tarde, ¿venías a verme por algo?

—He acompañado a mis tíos a misa —respondió Brianda helada por la pregunta directa de Neli—. Luego me ha apetecido dar una vuelta por los alrededores de la iglesia.

—Supongo que te habrá extrañado lo que has visto…

—Un poco sí, la verdad.

—Ayer te dije que era una wiccana y…

Brianda la interrumpió:

—Sí, y me dijiste que no sabías si yo estaba preparada todavía para que me lo explicases. ¿Lo estoy ahora?

—Me hubiera gustado que hubiera sido de otra manera, pero supongo que habrás deducido que soy una bruja.

Brianda parpadeó perpleja. En pleno siglo XXI, en la era posmoderna, en el mundo de la electrónica y de la tecnología de la información, Neli se consideraba una bruja. Una cosa era que las televisiones estuvieran plagadas de adivinos y echadoras de cartas de aspecto peculiar, la mayoría de las veces ridículo; o que apareciesen videntes, espiritistas y ocultistas que pretendiesen contactar con el más allá y con el mundo de los muertos; o que existieran pitonisas que se ganasen unos euros inventándose el futuro como la de aquel día con su amiga Silvia. Y otra cosa era que una joven aparentemente normal y corriente como Neli, con su trabajo, su marido y sus hijos, se dedicase a esas hechicerías. Recordó el ritual que había presenciado y sintió un escalofrío. Se preguntó si educaría a sus hijos en esa doctrina, o lo que fuera. Primero la maldición sobre la casa de su tío, y ahora esto. Tenía que alejarse de ese lugar de locos.

—En otra época te hubieran quemado por decir eso —bromeó, sin saber muy bien cómo continuar la conversación.

—Lo sé. Ahora ya no pasa, afortunadamente.

—¿No me dijiste que trabajabas en la iglesia? ¿Cómo puedes pisarla sin comenzar a arder? —El tono de Brianda adquirió un matiz impertinente por tener que verbalizar lo que a ella le parecía incuestionable. Su concepto de Neli no mejoraba. Y pensar que había sopesado la posibilidad de abrirle su corazón…—. Las brujas no existen.

—Las viejas con verrugas y nariz ganchuda que viajan en escoba no. Pero las brujas existen… Existimos. Hay miles en el mundo. Yo soy una bruja wicca.

—¿Y echas las cartas y todo eso?

Neli rio, pero enseguida adoptó una expresión grave.

—Yo no. Esto es mucho más serio. Practico una religión neopagana que es oficial en algunos lugares. Mira, ya me imagino que esto te parecerá muy extraño. De hecho, casi nadie lo sabe y yo no te lo habría dicho si no me hubieras descubierto. Así que te pido que no vayas contando por ahí… —se inclinó hacia adelante, abrió los ojos y fingió una voz gutural, un tanto irónica— que pretendo iniciarte en un conventículo a la luz de la luna…

Unas voces interrumpieron la conversación. Provenían de la mesa donde jugaba Jonás.

—¡Joder, Bernardo!, ¿no has visto que te marcaba con el caballo? —protestó un joven rubio de rostro curtido—. ¡Pues sal con un as, hombre! ¡La partida era nuestra!

—¿Y de dónde querías que sacara el as si no tenía más que miseria, Zacarías? —se defendió el otro.

Brianda temió que aquello desembocara en discusión, pero la tranquila actitud de Petra, cuyo marido era el tal Bernardo, y las risas de Neli e Isolina la convencieron de que no había por qué preocuparse.

Con el revuelo sobre el final de la partida de cartas, nadie se percató de que un hombre entraba en el bar, se apostaba en la barra y pedía algo de beber. Cuando las aguas volvieron a su cauce, Berta susurró en tono confidencial:

—¿Habéis visto quién ha venido?

Automáticamente, unas dirigieron la vista hacia la entrada y otras giraron la cabeza de una manera tan descarada que Brianda la tildó mentalmente de maleducada. Ella desde luego esperaría un rato para satisfacer su curiosidad.

Los cuchicheos se extendieron por toda la mesa.

—Hacía semanas que no lo veíamos por aquí —comentó Berta.

—En la mansión tiene mucha faena —dijo Petra.

Brianda dio un respingo. ¿La mansión? Tuvo que controlarse para no girarse de golpe. Ahora sí que le picaba la curiosidad.

—¿Es de Tiles? —preguntó Mihaela con su fuerte acento.

—No —respondió Petra—. Llegó hace unos meses y por lo visto lleva idea de quedarse. Es italiano. Mi marido me ha dicho que es poco hablador. Viene, le pide lo que necesita y ya está. Eso sí, es buen pagador.

—Bernardo es carpintero —explicó Isolina a su sobrina—. Un artista de la madera.

Petra sonrió complacida.

—En este caso tiene que serlo, porque le pide cosas muy especiales.

—¿Como qué? —quiso saber Neli.

—Cosas que a ti te gustarían, Neli, porque son réplicas de antigüedades o arreglos de puertas antiguas… ¡Qué sé yo lo que se está gastando en ese lugar!

Brianda se giró disimuladamente, pero varios hombres le tapaban la visión del desconocido.

—Yo sería incapaz de vivir allí —dijo Berta—, en los bosques de Lubich…

—Yo también —reconoció Isolina—. No sé qué tiene ese lugar, pero a nadie de aquí le gusta ir. Creo que mucha culpa la tienen nuestros padres. —Se dirigió a Brianda—. No sé si te ha contado alguna vez tu madre que cuando éramos pequeñas, los mayores bajaban la voz cuando hablaban de esa zona. Mi madre, tu abuela, decía que tenía algo que ver con el dichoso monte Beles y sus historias.

—¿Qué historias? —preguntó Brianda. Su intriga iba en aumento, aunque era imposible que nada la sorprendiera ya ese día—. No recuerdo que comentara nada.

Berta se inclinó hacia delante:

—En mi casa decían que el monte Beles era uno de los lugares favoritos de reunión de las brujas.

Instintivamente, Brianda dirigió la vista hacia Neli y sus miradas se cruzaron. Esta se sonrojó.

—En mi casa también lo decían —dijo Petra—, pero eso son tonterías. Creencias de antes.

—Pues yo recuerdo —comenzó Isolina— que mi abuela contaba que cuando subía a buscar hierbas a los campos al oeste de Beles a veces se encontraba ropas sobre las rocas…

—¿Mi bisabuela iba en busca de hierbas? —interrumpió Brianda—. No tenía ni idea…

Isolina continuó:

—Por lo visto conocía muchas. Empleaba sobre todo genciana para la tensión, bueno, para rebajar la sangre, como decía ella.

—¿Y de quién era la ropa? —preguntó Mihaela.

—Ella creía que de las brujas y los amigos del diablo. Como era muy creyente, decía que colocaba un crucifijo encima de las ropas, se iba a buscar sus hierbas y cuando volvía, ahí seguía el crucifijo sobre las piedras, pero las ropas habían desaparecido.

Nuevas voces indicaron que otra intensa partida acababa de finalizar. Entonces, sin disimulo alguno, Brianda se giró por fin en busca de la figura del hombre misterioso.

Estaba de espaldas, con un brazo apoyado en la barra. Parecía joven, más de lo que se había imaginado. Alto. Fuerte. Deslizó su mirada desde las botas de suela gruesa por sus tejanos desgastados hasta su amplia espalda, cubierta por una camisa roja de cuadros estilo leñador. Su cabello era oscuro; más que oscuro, completamente negro, de un negro brillante. Seguro que incluso despedía reflejos azulados. El cabello le cubría la nuca y parte del cuello y un inquietante mechón cubría su perfil.

Alguien le palmeó el brazo, pero ella no quería apartar la mirada de ese hombre. Solo quería que se diera la vuelta y ver su rostro. Su tía la llamó:

—Brianda, ¿qué miras tan fijamente?

«Maldita sea», pensó, mientras se giraba de nuevo hacia las mujeres.

—Es que me he quedado sorprendida por vuestras historias de brujas —improvisó—. ¿Tú sabías esto cuando te viniste a vivir aquí, Neli? —Al momento se arrepintió de sus palabras. No había previsto las implicaciones de la pregunta dirigida a Neli, precisamente a la bruja Neli—. Quiero decir…

Neli, amablemente, la sacó de su propio apuro:

—La verdad es que no, pero esto convierte Tiles en un lugar todavía más fascinante.

—¿Os apetece tomar algo más? —preguntó Brianda poniéndose en pie. Necesitaba una ocasión para acercarse a la barra y descubrir el rostro de ese hombre.

—Deja, ya voy yo —se ofreció Berta, haciendo ademán de ponerse también de pie.

—No hace falta. —Brianda la detuvo—. De paso voy al baño.

Solo Neli quiso una cerveza. Brianda fue directa al aseo, abrió el grifo y se mojó las muñecas. De pronto, se sentía nerviosa y excitada, como una adolescente a la que el chico de sus sueños le hubiera dirigido la palabra. Era una sensación muy diferente a la que precedía a la ansiedad: esta vez sí quería que el futuro inmediato sucediese. Respiró hondo y salió.

Se dirigió hacia la zona de la barra donde seguía el hombre, todavía de perfil, conversando con el dueño del bar. Pidió una cerveza y una tónica. Percibió un leve movimiento, una mano elevándose en el aire para acomodar un mechón de cabello tras la oreja. Ahora él se giraría y ella haría lo mismo. Le lanzaría la típica sonrisa cortés que haría alguien que espera a que un camarero le sirva su bebida. Así de sencillo. Calculó los segundos. El rostro comenzaba a girarse…

Ya.

Fue incapaz de esbozar la sonrisa.

La información que su cerebro pudo procesar no tenía nada que ver con la descripción de las facciones del hombre, sino con imágenes sueltas de un sueño en el que un hombre yacía en el lecho de un río, de una pesadilla con una confusa banda sonora:

Yo te conozco, te he visto antes…

Y unos ojos que me miran y me queman.