8.

Brianda reconoció el coche de Esteban aparcado frente a la verja de Casa Anels. La inesperada visita le causó sorpresa y alegría y se apresuró a abrir el pasador de la cancela y cruzar la era. Seguramente había hecho un esfuerzo para poder librarse unos días del trabajo a mitad de semana porque ya no podía aguantar más sin ella. Sintió el deseo de regresar a Madrid con él, de recuperar su rutina diaria, de alejarse de ese lugar desapacible donde sus aprensiones no habían sino aumentado.

De pronto sintió una punzada de desazón en el pecho y se detuvo.

Marcharse de Tiles significaría alejarse de Corso…

Solo había estado con él una vez, pero no podía dejar de pensar en ese hombre a todas horas, hasta tal punto que temía que se estuviera convirtiendo en una obsesión. En cuanto cerraba los ojos, ahí estaba su rostro; ahí estaba su mirada oscura, penetrante, atormentada. Daría cualquier cosa con tal de volver a cabalgar a lomos de su caballo, agarrada a su cintura para no caer, con su espalda protegiéndola del frío de la noche. Quería saberlo todo sobre él: por qué vivía en Tiles; cómo se había hecho la cicatriz; cómo se llamaba su caballo; de dónde venía; si tenía familia… Estuvo tentada de interrogarle cuando se despidieron a las puertas de Casa Anels, pero le pareció inoportuno mostrarse tan curiosa la primera vez que se veían, y menos cuando él tampoco lo había hecho. Pero había otra razón más sutil que la prudencia en su decisión de no formularle preguntas. Después de la magia del paseo nocturno, algo en su interior temía que unas respuestas rápidas, generales, incluso banales, rompieran el hechizo. De algún modo, la abrupta despedida dejaba abiertas las puertas a la emoción de volver a verlo.

Durante cuatro días, el recorrido de Casa Anels hasta el desvío de Lubich se había convertido en su sagrado ritual, mañana y tarde. Cruzaba la era empedrada donde Luzer la miraba ya con indiferencia; pasaba el gran tilo junto a la fuente; caminaba cuesta abajo escoltada por paredes de piedra secas y plantas de tomillo, romero y lavanda, adormecidas por la cercanía del invierno; y tomaba el desvío de Lubich, dejando el tenebroso contorno del cementerio, sus viejos pinos y su iglesia derruida a la derecha. Luego caminaba unos metros, deseando oír el sonido de unos cascos de caballo que anunciasen la presencia de una negra silueta. Continuaba un poco más hasta el límite donde la vegetación comenzaba a espesarse; donde los pequeños matorrales de plantas aromáticas cedían el paso a arbustos familiares —enebros, endrinos, acebos, avellanos y bojes— y estos a árboles —abedules, serbales, fresnos, algún nogal, algún arce…—. Y en cuanto las hiedras y madreselvas desfiguraban el paisaje, entonces esperaba unos minutos, dudando si adentrarse más en el bosque, hasta que finalmente regresaba hacia el terreno conocido con el corazón embargado de desilusión por no haberse encontrado con Corso y por no haberse atrevido a seguir adelante. Justo al inicio del bosque recordaba las prohibiciones de su infancia: más allá solo había peligro. Era un aviso absurdo e ilógico, lo sabía, pero tan absurdo e ilógico como el miedo que causaba los odiosos síntomas físicos que ahora identificaba tan bien.

Ella misma se asustaba de sus propios pensamientos. Siempre había sido una mujer racional, centrada en los estudios propios de la ingeniería, de las leyes del movimiento, de la estructura de la materia, del comportamiento de los fluidos, de la transformación de la energía y de otros muchos fenómenos del mundo físico. Su mundo mental estaba formado por dispositivos, estructuras y procesos complejos. Nunca le había llamado la atención nada que no tuviera que ver con el mundo tangible, estructurado, controlado y controlable. Y sin saber cómo, ahora sentía una inexplicable atracción hacia el hombre que vivía al otro lado de la frontera que separaba Tiles de un bosque misterioso.

Entró en la casa, deseando que el encuentro con Esteban la liberase de sus obsesiones y su zozobra, convenciéndose a sí misma de que lo necesitaba más que nunca para controlar su ánimo desbocado.

Esteban la esperaba en el zaguán. Brianda lo encontró muy guapo. Se había cortado el pelo en capas alborotadas y se había dejado crecer un poco la barba, lo cual le daba un aspecto juvenil. Llevaba un jersey tostado de punto grueso y unos tejanos desgastados.

En cuanto la vio, él la estrechó entre sus brazos y la besó en los labios.

—Te he echado de menos —le susurró.

Brianda sonrió y se pegó a él.

—Yo también.

—Isolina me ha dicho que habías bajado a Aiscle con un taxi del seguro para recoger el coche del taller.

—El sábado se me estropeó —explicó Brianda sin entrar en detalles sobre la aventura nocturna. A sus tíos simplemente les había dicho que había regresado andando—. Una tontería sin importancia.

Isolina los avisó de que la comida ya estaba en la mesa. Pasaron al comedor, un cuarto junto a la cocina con una gran alacena con pequeños ganchos de los que colgaban tazas antiguas, y vieron a Colau intentando abrir una botella de vino. El sacacorchos parecía minúsculo entre sus grandes manos. Esteban se ofreció a ayudarle, pero Colau se opuso. Entonces se oyó un sonido seco y un grito de dolor seguido de varios juramentos.

La sangre que brotaba de la mano de Colau caía sobre el inmaculado mantel de lino formando una mancha roja brillante y creciente. Isolina reaccionó con rapidez. Sin dudar ni mostrar desagrado, cogió las servilletas que tenía más a mano, se acercó a su demudado marido, le arrancó un trozo grande de cristal de la palma, tapó la mano sin presionar y se lo llevó al cuarto de baño para limpiar la herida de restos de cristales y valorar si necesitaban ir a urgencias.

Brianda no podía apartar la vista de la sangre fresca sobre el mantel. Una cortina de puntitos negros nubló sus ojos. Se tambaleó y tuvo que apoyarse en el respaldo de una silla para no caer. Esteban se acercó, preocupado, y la ayudó a sentarse. Brianda cerró los ojos y la cortina de puntos se abrió como el telón de un cine antiguo para mostrar imágenes vertiginosas e inconexas que le producían una dolorosa punzada en el pecho.

Veía fragmentos de cuerpos, heridas abiertas, rostros crispados emitiendo gritos silenciosos, muecas grotescas…

—Ahora vuelvo —consiguió balbucir.

Echó a correr escaleras arriba hacia el cuarto de baño. Se arrodilló junto al retrete y vomitó. Habían pasado horas desde el desayuno, así que tenía el estómago vacío, pero las arcadas se encadenaban una con otra, como si sus entrañas pretendieran liberarse de alguna indeseada presencia. Cuando le pareció que remitían, respiró profundamente aplicando las básicas instrucciones de yoga de su tía.

Oyó que alguien abría la puerta y pronunciaba su nombre.

—¿Brianda? —preguntó Esteban desde la entrada—. ¿Estás bien?

Ella no quería que la viera en esa situación. Hizo acopio de fuerzas, se levantó, presionó el pulsador de la cisterna, abrió el grifo del lavabo y respondió:

—Enseguida salgo.

Esteban entreabrió la puerta.

—¿Ha sido por la sangre? —preguntó él—. No sabía que te impresionara.

—Solo un poco. Es que había mucha…

—Sí, ha sido bastante aparatoso… —Observó el reflejo de la ojerosa joven en el espejo—. ¿Te espero?

—No hace falta. Me cambio de jersey y bajo en nada.

Cualquier segundo que pudiera ganar a solas era vital para borrar de su mente las terribles e intermitentes imágenes que había visto.

Entró en su dormitorio, se sentó en la cama y lloró todo lo silenciosamente que pudo para que no la oyeran. Necesitaba que las lágrimas apagaran esos destellos breves e intensos que insinuaban visiones del mal. En lo que había visto había daño, dolor, sufrimiento y miseria. Solo eran eso; fotogramas parpadeantes, insinuaciones breves, tal vez su imaginación nuevamente en marcha.

Pero ella sentía esas visiones como propias.

Después de comer, Esteban propuso dar un paseo por los alrededores con la intención de estar a solas con Brianda. Para evitar el camino que desembocaba en el desvío de Lubich, Brianda lo guio hacia los barrancos que limitaban con el municipio vecino de Besalduch, al este. Por primera vez desde su llegada, Luzer comenzó a seguirlos. Le gritaron para que regresara a casa, pero el desagradable guardián de mirada torva no les obedeció, aunque se mantuvo a unos metros de distancia.

El tenue sol de ese atardecer de noviembre intentaba calentar sus espaldas sin éxito, impregnando a la vez el paisaje de un aura dorada que se extendía sobre los campos incultos llenos de matas y malezas a la izquierda del camino y sobre los pastos cercados por filas de álamos a la derecha.

—Tiles me ha parecido más despoblado y desangelado de lo que me había imaginado —dijo Esteban—. Seguramente es el lugar ideal para descansar, pero ¿qué se puede hacer aquí después de dormir y comer bien tres días seguidos? Me imagino que ya tendrás ganas de volver a Madrid.

Brianda dudó si confesarle la verdad. Todavía no se encontraba bien. Ya no sabía qué era peor, si el exceso de trabajo o el aburrimiento. De momento, prefirió mostrarse animosa.

—Sí, contigo. Y seguro que el regreso a la oficina me sienta bien.

Esteban permaneció pensativo unos minutos.

—¿Qué pasa? —preguntó Brianda.

Él extrajo una carta del bolsillo trasero del pantalón.

—Anteayer llegó esto. No quería decírtelo por teléfono. Espero que no te importe que la haya abierto.

Brianda reconoció el membrete de su empresa y tuvo una sospecha de qué era. Aun así, quiso corroborar sus temores y leyó el documento. Efectivamente, era una carta de despido. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Ya solo le faltaba esto. Por la mañana había sopesado que lo mejor era retomar su vida en Madrid, su trabajo, sus horarios y sus obligaciones y, de repente, tampoco eso iba a ser posible. Las palabras le dolieron como nunca se imaginó que podrían hacerlo. Sentían comunicarle que estaban haciendo una reestructuración de plantilla. Le aseguraban que no tenía nada que ver con su valía. Argumentaban que los encargos habían descendido, que no eran buenos tiempos para nuevos proyectos tecnológicos y que las potenciales empresas no se arriesgaban. Se despedían repitiendo su pesar y deseándole buena suerte. Buena suerte. Con lo que le estaba pasando. Con lo difícil que estaban las cosas para encontrar otro trabajo nuevo. Con la pereza que le daba todo…

Se sintió débil, física y mentalmente.

—No te preocupes —dijo Esteban en tono animoso—. Saldremos adelante. He pensado que igual podríamos aprovechar el momento para… —Tosió antes de reformular la frase—: ¿No te gustaría tener un bebé?

Brianda cerró los ojos. Estuvo a punto de soltar una carcajada. Casi no podía con su propia vida, como para encargarse de crear otra… Recordó la conversación con Silvia en aquel restaurante o after-work, cuando ella le había confesado sus temores a perder su independencia económica. Eso había sido justo antes de que una pitonisa le advirtiese de que estaba viviendo momentos de confusión emocional, de que su mundo familiar y social la estaba debilitando; antes de que le augurase que necesitaba encontrar un camino y un cambio, que viviría una transformación profunda y radical.

Que viviría y renacería, le había dicho. Que la transformación se haría de todos modos. Que todo llegaba, antes o después. Y que el espíritu dominaría la materia.

¡Cómo deseaba que eso llegara a convertirse en realidad! Pero cada vez veía más lejano el día que la paz regresara a su espíritu y que el sosiego aplacara los síntomas de su enfermedad.

En medio de su incertidumbre, surgió un pensamiento sarcástico: qué lástima que la bruja Neli le hubiera asegurado que no echaba las cartas. Hubiese podido contrastar con ella las predicciones sobre su futuro.

—Ya veo que no te parece buena idea… —oyó que decía Esteban un tanto decepcionado.

—No es eso… —Unas lágrimas se deslizaron por las mejillas de la joven—. Pero antes necesito recuperar la ilusión…

Esteban frotó su espalda para consolarla.

—Siento lo que te está pasando. Sé lo importante que es para ti tu trabajo. Pero yo estoy a tu lado, pase lo que pase. —La atrajo hacia sí.

Brianda asintió débilmente. Se limpió las lágrimas y se refugió en el abrazo de Esteban.

A lo lejos, oyó el ruido de un caballo galopando y sus sentidos se pusieron en alerta.

Luzer comenzó a ladrar amenazante y salió disparado como un rayo.

Al poco, Corso detuvo el enorme frisón junto a ellos. El caballo mantenía las orejas echadas hacia atrás y los ojos muy abiertos. Estaba inquieto por los persistentes gruñidos de Luzer, que merodeaba entre sus patas, acercándose y alejándose sin dejar de mostrar sus afilados dientes.

—¿Es tuyo este perro? —preguntó Corso mirándola fijamente—. Me parece que no le caigo bien.

Brianda se ajustó el cuello de la gruesa chaqueta para controlar el escalofrío que le había producido la mirada de Corso; un gesto con el que, a la vez, intentaba ocultar el calor que quemaba sus mejillas. Esteban se acercó y la tomó de la mano.

—En realidad no, pero no hemos podido evitar que nos siguiera.

Corso lanzó una rápida mirada a las manos entrelazadas y Brianda percibió una sutil pincelada de irritación en su rostro.

—Es un caballo magnífico —comentó Esteban.

Corso hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza. Lanzó una última mirada a Brianda, hincó los talones en el animal y se marchó al galope, levantando una nube de polvo a su paso, seguido de Luzer.

—¿Quién era ese tipo tan amable? —preguntó Esteban—. Nunca había visto una cicatriz tan horrible.

Brianda permaneció en silencio. El encuentro no podía haber resultado más extraño. Corso parecía nervioso, como si le hubiera molestado tener que detenerse para hablar con ellos, como si algo muy interesante le estuviera esperando dondequiera que tuviera que ir. Su actitud había sido completamente diferente a la del otro día, aunque tal vez no fuera la palabra impaciencia la que la describiera.

Corso se había mostrado hostil.

—Déjame adivinarlo. En este bucólico mundo pastoril, el diablo es ese tipo a caballo —añadió Esteban en un tono ligeramente sarcástico.

—¿Corso? No… —Brianda se dio cuenta de que había respondido de manera demasiado impetuosa.

—¿Así se llama? Vaya nombre…, no sé, raro, oscuro. Le pega. —Esteban hizo una pausa antes de preguntar en un tono neutro—: ¿Lo conoces?

Brianda se encogió de hombros.

—No mucho. Lo he visto un par de veces.

—Pero habrás hablado con él, si sabes cómo se llama…

—Es posible que me lo dijera mi tía. Hemos cruzado solo un par de frases de cortesía —mintió ella—. Ya has visto que es muy seco.

A Brianda no le estaba gustando nada el cariz receloso de la conversación. Por primera vez desde que conocía a Esteban le pareció que no hablaban ni con franqueza ni espontaneidad. Ella no quería que él sospechara de su especial interés por Corso y juraría que Esteban no quería que ella pensara que la estaba interrogando.

Faltaba poco para que el azul turquí de la oscuridad envolviera completamente el paisaje. La cercanía de la ausencia de luz deprimía los prados y convertía los árboles, arbustos y matorrales en difuminadas sombras de diferentes tamaños y volúmenes. Algunas farolas lucían aquí y allá, donde había casas habitadas, ensayando la fantasmagórica estampa en la que se convertiría el valle en unos minutos.

Brianda sintió otro escalofrío y se frotó los antebrazos.

Esteban, solícito, pasó un brazo por los hombros de la joven y la atrajo hacia sí. Brianda agradeció el gesto con una media sonrisa que él no devolvió. Lo notó extraño, no sabía si cansado por el largo día, decepcionado, molesto o una combinación de las tres cosas. Quizás ella tuviera la culpa, pensó. Reconocía que había estado ensimismada, poco habladora y algo distante con él y, sin embargo, había bastado ese corto encuentro con Corso para que en su interior surgiera una llamita de euforia controlada, una sutil ansiedad en el momento del encuentro y en el de la separación.

Rogó para que Esteban no se hubiera percatado de cómo se habían iluminado sus ojos y su corazón al ver al otro.