19.

Corso presintió que algo no iba bien con Brianda en cuanto todos se juntaron para acampar y pasar la noche junto al estanque de Fons. El espíritu de la joven traviesa e impetuosa se había apagado, al igual que el color de sus mejillas, y ninguna palabra había salido de su boca ni antes de acostarse ni al continuar viaje pronto por la mañana. Acostumbrado a observar, dedujo que también se había producido algún enfado entre el joven Marquo y ella porque él no se dignaba mirarla; y eso era algo que el mozo no había dejado de hacer en Monçón, con un destello de posesión en sus ojos. Si Brianda le perteneciera, pensó Corso fugazmente, nada podría evitar que la mirara a todas horas y, en vez de un destello, sus ojos producirían llamaradas en su presencia. Pero sabía que una muchacha como ella jamás se fijaría en alguien como él, un hombre embrutecido por las guerras sin más oficio que matar a cambio de un sueldo. Otros soldados luchaban convencidos de servir a una tierra, a un rey, a un Dios. Él no. Nunca había tenido nada personal por lo que luchar o creer porque nunca había tenido nada. Cuando Surano le salvó la vida en una reyerta contra varios hombres, se sorprendió de que por primera vez en su vida alguien le ayudara sin pedirlo y sin querer nada a cambio, y eso fue motivo suficiente para deberle fidelidad. Hiciera lo que hiciese Surano, allí estaría él para acompañarlo, apoyarlo, defenderlo o salvarlo.

Dejaron atrás los campos dorados y el aire se tornó más fresco al vibrar sobre las hojas secas de los quejigales y las bayas rojas y azules oscuras de los viburnos y las gayubas y, a media tarde, comenzaron a ascender por un roquedo sombrío y húmedo donde crecían pequeñas plantas de hojas pilosas y arrugadas y helechos. El camino era tan estrecho y escarpado que tenían que cabalgar en parejas. Sin apartar en ningún momento la vista de Brianda, Corso hizo lo posible para que Surano y él se situaran detrás de las mujeres y delante del resto de los lacayos. La distribución del grupo hacía difícil que alguien más se diera cuenta de la situación de los otros. Además, bastante complicado de por sí era conseguir que todos los caballos sin montura siguieran sin problemas. No sería la primera vez, había dicho un criado, que alguno caía por el despeñadero a la izquierda, tan profundo que hasta la gitana había preferido recorrer esa parte del camino a pie por el vértigo que sentía.

Corso veía que los hombros de Brianda se hundían cada vez un poco más, como si le costara mantenerse erguida, y que el balanceo sobre la montura se hacía más acentuado, como si no pudiera siquiera resistir un movimiento tan suave. Reconocía en esa postura la de los hombres heridos poco antes de dejarse caer inánimes. De repente temió por su vida y, sin pensárselo, situó su caballo entre el de ella y el precipicio, justo antes de que Brianda se abandonase por completo hacia un lado. Corso extendió un brazo, la sujetó por la cintura con una mano y con la otra agarró las riendas para detener el caballo. Entonces, la levantó en volandas y la colocó sobre la cruz de su montura, desmayada entre sus brazos. Surano acudió en su ayuda y se hizo cargo del caballo de Brianda.

—Te has arriesgado mucho por una mujer —le dijo antes de situarse delante de él—, pero le has salvado la vida. Ahora ella está en deuda contigo.

Corso aprovechó esos momentos de intimidad con el cuerpo de Brianda para observarla detenidamente. Pudo recorrer con su mirada todos los ángulos de su pálido rostro, la manera en que las finas cejas y los párpados enmarcaban y cubrían suavemente sus ojos, las líneas que perfilaban su nariz, el color levemente morado de sus labios ligeramente entreabiertos… Recordó la manera enérgica en que le había suplicado que intercediera por la gitana y el puñetazo que le había asestado en el pecho. Sin duda alguna prefería a la Brianda llena de vida antes que a ese cuerpo débil que se amoldaba a sus brazos, pero deseó que tardara en despertar porque nunca más la tendría tan cerca. Así que aprovechó y la acarició, recorriendo con su mano el trayecto que antes solamente había mirado, que percibió demasiado caliente, y atreviéndose a enredar el suave cabello oscuro entre sus ásperos dedos hasta que un leve aleteo de sus pestañas le indicó que estaba despertando, lo cual solo podía significar que para él, a partir de entonces, ella tendría que volver a formar parte de sus sueños.

Brianda abrió los ojos lentamente y, después de varios parpadeos, descubrió el cielo sobre ella. Durante unos segundos sintió una agradable placidez y un cómodo abandono en el balanceo, el sonido repetitivo de los cascos contra las piedras, el aire fresco sobre sus mejillas y el blando apoyo sobre el que descansaba su nuca. Giró ligeramente la cabeza y su mirada se deslizó por las nubes del atardecer hasta toparse con la mirada honda y penetrante de un hombre, al que no tardó en reconocer. Entonces el sosiego desapareció y comenzó a recordar. El cansancio. El dolor por todo su cuerpo. El progresivo dolor de cabeza. Las náuseas. La pena por lo que había visto en el hospital. Los escalofríos…

—¿Cómo he llegado hasta aquí, Corso? —preguntó.

—Te desmayaste sobre el caballo cuando pasábamos por el precipicio —respondió él, mentalmente agradecido de que la primera reacción de ella al verlo no hubiera sido la de incorporarse violentamente.

—Y llegaste a tiempo de cogerme…

—Sí. Estoy acostumbrado a reaccionar rápido.

—Me alegro. Gracias. —Suspiró profundamente—. No me encuentro bien.

—Creo que tienes fiebre.

—Sí.

Brianda cerró los ojos y se mantuvo así un buen rato, al cabo del cual frunció el ceño en un gesto de dolor.

—¿Quieres cambiar de postura? —preguntó Corso.

—No lo sé. Me duele todo.

Con suavidad, Corso la ayudó a erguirse. Ella apoyó entonces la cabeza en su pecho. Y aunque ahora él no podía verle el rostro, la sintió tan cerca que hubiera hecho cualquier cosa por retenerla así para siempre. Pero también percibió el excesivo calor y la debilidad del cuerpo de la joven y se preocupó.

—¿Cuánto falta para Aiscle? —preguntó ella al cabo de un rato.

—No lo sé.

—Es verdad. No has estado nunca. Me cuesta tener los ojos abiertos. ¿Dónde estamos?

—El camino se ha estrechado y tenemos que ir en fila.

—Entonces pronto llegaremos arriba y verás las montañas al fondo y el valle a tus pies, con todos los colores del otoño derramados por los bosques. Avísame…

Brianda se durmió y Corso agradeció el silencio. Por un momento había sentido pánico al pensar que ahora que la acababa de conocer, ahora que la acababa de salvar, ella pudiera ponerse gravemente enferma y morir. Brianda le había hablado como si fuera un hombre normal y no un animal. No le había gritado, ni se había asustado, ni había mostrado desagrado por su aspecto ni por el hecho de que la tuviera entre sus brazos. Tal vez la fiebre nublara un tanto sus reacciones, pero no hasta el extremo del delirio, ya que habían conversado amablemente. Le había pedido que la avisara en cuanto divisara el valle y las montañas y lo haría, porque a partir de ahora él haría todo lo que ella le pidiera, que sería poco, muy a su pesar, porque sus vidas se separarían al finalizar el viaje.

El ascenso terminó, pero los jinetes de delante no se detuvieron. Corso dedujo que temían que la noche se les echara encima por esa zona y por eso optaban por acelerar para llegar al valle cuanto antes. Allí podrían refrescar a Brianda con el agua del río. Mientras tanto, él podría sostenerla entre sus brazos un rato más.

Susurró su nombre varias veces hasta que ella respondió.

—Empezamos a descender, Brianda. Tendré que sujetarte más fuerte porque la pendiente es pronunciada.

—Dime qué ves.

—En el horizonte, altas montañas…

—¿Ya hay nieve en las cumbres?

—Algo, sí. Y más cerca, una gran montaña solitaria…

—El monte Beles, que reina sobre Tiles. ¿Sabes? Yo vivo en un lugar llamado Lubich. Es muy bonito. Te gustará conocerlo…

—Tal vez algún día… —Tendría que encontrar una buena excusa para hacerlo, pensó, y cuanto más pronto mejor—. Por las laderas soleadas de las montañas se ven pequeños grupos de casas entre los bosques y a sus pies prados, tierras de labor y rebaños.

—Ya se preparan para llevar el ganado a la tierra baja. Es triste.

—¿Triste? ¿Por qué?

—Por las despedidas. Los hombres se van y no volverán hasta la primavera. Las mujeres se quedan solas. Una de las criadas de mi casa, Gisabel, se casó hace dos años y se pasa casi todo el tiempo sin su marido. A mí no me sucederá.

—Ah, ¿no? ¿Por qué?

—Porque yo no me casaré con un campesino.

Corso permaneció en silencio. «Ni con un campesino ni con un soldado», pensó con amargura. Al cabo de unos segundos, dijo con sorna:

—Alguna preferirá perderlo de vista…

—No se me había ocurrido, pero es posible. —Brianda rio la broma, pero la risa le provocó un ataque de tos tan fuerte que la dejó agotada y volvió a quedarse adormilada un buen rato.

Quedaba poco para que el descenso llegara a su fin cuando ella le dijo de pronto:

—En la puerta de la iglesia, uno de los harapientos que me molestaban se acercó tanto que sentí su aliento. Tenía costras negras en la boca y manchas en la piel. Igual me contagió la peste.

—Eso no es peste. Si fuera peste, habrían cerrado las puertas de la ciudad y el rey se habría marchado.

—Pues tifus, tabardillo, o lo que sea que también mata.

—Tú no te vas a morir.

—En el hospital vi cosas horribles por esta enfermedad… Todos iban a morir entre terribles sufrimientos.

—¿Y qué hacías tú en el hospital?

—Entré a buscar a mi padre porque tardaba. ¿Cuándo fue eso…? Ayer… Allí me contagié. Pero no se lo puedo decir a mi padre. Me dijo que no entrara y le desobedecí.

—Eso no aparece de un día para otro… —Corso intentó aliviar la evidente preocupación de Brianda—. Lo tuyo será un simple resfriado y tu padre no tiene por qué enterarse de lo de ayer…

—¿Has visto morir a mucha gente, Corso?

«He visto morir a muchos y matado a más», pensó él.

—¿Por qué lo quieres saber?

—Porque no puedo quitarme de la cabeza lo que vi. Es horrible. Soy muy joven para morir. Ni siquiera me he casado y tengo que tener hijos que hereden Lubich.

—Eres joven y fuerte. Quítate esas cosas de la cabeza.

—No puedo. Están ahí. Fray Guillem le decía a uno que morir es algo bueno porque nos acerca a Dios, pero esos pobres no parecían felices. Ojalá hubiera algo que me ayudara a olvidar sus rostros.

Probablemente tuviera que arrepentirse de lo que iba a hacer, pero Corso hizo más caso a su instinto que al sentido común.

—Mírame, Brianda —pidió.

Ella alzó la cabeza, él se inclinó y besó sus labios ardientes y resecos por la fiebre. No fue un beso dulce, ni suave, ni delicado, sino todo lo contrario. Lo que él quería era morderla, succionar su calor, despertarla del letargo, traerla de nuevo a una vida en la que solo hubiera fuerza, energía, músculos en tensión y venas palpitantes. Ese cuerpo no iba a morir, no podía morir; y esa alma no iba a languidecer, no mientras él estuviera cerca.

Brianda no se apartó. Ni tenía fuerzas para hacerlo ni quiso hacerlo. Todos los besos de Marquo juntos no igualaban el ímpetu de aquel contacto. Momentáneamente, sus sentidos se olvidaron de su cuerpo dolorido y sus pensamientos se vaciaron de temor. Pero en cuanto él se separó, la consciencia plena y sus reflexiones regresaron.

—No deberías haberlo hecho —susurró ella mirándolo a los ojos.

—Lo sé.

—Ahora tú también enfermarás…

—Si solo es eso lo que te preocupa, estoy dispuesto a repetirlo mil veces.

Corso se inclinó y volvió a besarla, esta vez con una ternura que a él mismo sorprendió.

Cuando se separaron, Brianda, exhausta, apoyó la palma de la mano en el pecho de él y se abandonó a otro momento de sopor dominado por el recuerdo de lo que acababa de suceder.

—Cuando cierres los ojos —le susurró él—, ahora solo me verás a mí.

Johan vio a su hija sobre el caballo de Corso nada más llegar al llano y supo que algo malo había sucedido. Cabalgó rápidamente hacia ellos. El aspecto de Brianda lo alarmó, pues no la había visto en ese estado febril desde que era niña. Dio órdenes a los criados de que detuvieran al numeroso grupo, dejaran pastar a los caballos junto al río y prepararan un lecho improvisado sobre el que pudiera descansar la joven. Corso no se movió hasta que Johan se acercó de nuevo y la cogió entre sus brazos para tumbarla. Cecilia, con los pies destrozados por la caminata, se olvidó enseguida de su dolor y se sentó junto a Brianda para mojarle la cara, las muñecas y los tobillos con una tela empapada en el agua fría del río. Después de refrescarse, también fray Guillem se acercó y murmuró unos rezos. Johan, que tan reciente tenía en su mente la extremaunción que había presenciado, sintió un escalofrío al pensar que el religioso pudiera estar rezando ya por el alma de su hija y se sentó, abatido, sobre una roca junto a los demás, a pocos pasos de las muchachas.

—No lo entiendo —se lamentó—. Cuando partimos de Monçón estaba como una rosa. Tal vez solo sea cansancio.

Bringuer sacudió la cabeza.

—Tiene mucha fiebre y no llevamos nada para tratarla.

Fray Guillem se acercó y dijo:

—Son los síntomas del tifus de las Cortes. He estado semanas en el hospital y he visto casos parecidos…

—Pero muchos la han pasado y se han salvado —se apresuró a apuntar Bringuer— y otros ni siquiera la hemos cogido.

—Pero si ella está ahora enferma, todos corremos peligro —intervino nuevamente Johan—. Tú el primero, Corso.

Marquo, a su lado, se retiró un par de pasos al escuchar el comentario.

—Ya le dije que no entrara en el hospital, pero no me hizo caso.

Johan alzó la vista:

—¿Entró?

—A buscarte, porque tardabas. Le advertí que en un lugar así no se podía coger nada bueno.

—Me contó que eso fue ayer —comenzó a defenderla Corso—, y que solo se asomó a la entrada. Además, el contagio no va tan rápido. Con tantos enfermos por las calles cualquiera podía cogerlo en cualquier momento.

Nunilo se frotó la barbilla pensativo:

—¿Y ahora qué hacemos? Falta poco para Aiscle, pero entrar todos allí es peligroso. Tampoco sé si alguien nos acogería en su casa en su estado, por miedo…

Pere le interrumpió:

—En mi casa podéis…

—Gracias, Pere, pero aun así es muy arriesgado. —Nunilo continuó con las opciones—: Lubich queda aún lejos y ella está muy débil. Quedarnos aquí no sé si nos conviene, pues estamos demasiado expuestos a los bandoleros de Medardo y no tenemos ni una maldita jarra de vinagre para bajarle la fiebre.

Fray Guillem le recriminó el juramento con un chasquido de la lengua y una mirada severa, pero Nunilo no le hizo caso.

Entonces, Surano regresó con su caballo de inspeccionar la zona y de un salto se plantó ante ellos:

—¿A que no sabéis quién se está acercando? —No esperó a que le respondieran—: Medardo y su cuñado Jayme, acompañados de una docena de hombres.

Como movidos por un resorte, todos se levantaron en busca de sus armas. Pere calculó la distancia que los separaba y se dio cuenta de que no les daría tiempo a huir sin abandonar los caballos. Tras unos segundos de indecisión, optaron por agruparse y plantarles cara al pie del descenso. Entre todos los triplicaban en número.

Johan se dirigió a Marquo:

—Tú no te muevas del lado de Brianda.

—Prefiero luchar —respondió Marquo dándole unos golpecitos a su arcabuz.

Corso comprendió que el joven actuaba así no tanto por valentía como por mantenerse alejado de la joven enferma. Se acercó a Johan y le dijo:

—Yo me encargaré de ella.

—La ayudaste el otro día y le has salvado la vida hoy. —Johan lo miró a los ojos agradecido. De pronto, descubrió en el rostro de ese joven rudo, receloso y sucio una mirada noble—. Espero que su vida no corra peligro.

—Conmigo no —aseveró Corso.

Uno de los lacayos de Medardo que se había adelantado para asegurarse de que no había peligro los había informado de que Pere y los suyos se habían detenido a la entrada del valle y de que los acompañaban dos mujeres y un hombre de iglesia. Jayme y Medardo decidieron continuar adelante. Estaban convencidos de que con la resolución del rey, los hombres del conde, que pecaban de ser demasiado prudentes, no se arriesgarían a mancharse de sangre, al menos de momento. No obstante, se aseguraron de que todos los arcabuces estuvieran cargados.

Llegaron a la altura de los hombres del conde, que empuñaban sus arcabuces con la tensión reflejada en el rostro.

Medardo descubrió a Surano y maldijo para sus adentros. ¿De dónde demonios había salido? Se fijó en que había prendido una ramita de boj en su jubón e hizo una mueca de repugnancia. Había terminado por detestar ese arbusto. Hasta para eso eran arrogantes los señores de Orrun: habían elegido como emblema de su causa el arbusto inmortal que permanecía siempre verde; seguro que hasta en el infierno helado, adonde él enviaría a aquellos, viviría bien.

De todo el grupo, el rostro de Surano era el que más odio reflejaba hacia Medardo. Debía de haberse puesto rápidamente al día, entonces, de los asuntos de Aiscle y de su boda con Lida, cansada de esperar a ese bandido, preocupada por su soltería y convencida por su hermano Jayme del acierto del compromiso. Medardo se preguntó si le habrían contado lo bien que se sentía ella como esposa del hombre más famoso del lugar. Lida valoraba su ambición, que no era otra que la defensa del pueblo contra la tiranía de un conde que ni siquiera vivía allí. Paso a paso su causa iba acumulando triunfos. Él era un hijo de campesino que ahora se codeaba con los ministros del rey, algo que nunca antes había sucedido. Nunca había estado tan cerca de cumplir su sueño de llegar a ser justicia o bayle general del condado, el primer plebeyo en lograrlo. Y si él lo conseguía, otros también podrían.

Surano acercó el arcabuz peligrosamente a su rostro y Medardo supo de inmediato que, si se llegara a efectuar un solo disparo, aunque fuera por descuido, nada ni nadie podría detener una carnicería y, desde luego, ellos serían los perdedores, así que indicó a sus hombres que bajaran sus armas.

Buscó a Pere con la mirada y se dirigió a él:

—No viajamos con intención de pelear. Como vosotros, regresamos de Monçón y queremos llegar pronto a casa después de varias semanas fuera.

—Tu palabra no es de fiar —repuso Pere—. La última vez que prometiste paz, el conde casi no sale vivo de Aiscle.

—Aquel día él provocó la situación con su actitud. —Medardo se apoyó en la cruz de su caballo—. Vino como señor al lugar donde menos se le quiere. Tantas veces como lo haga, tendrá el mismo recibimiento.

—Dice que no quiere pelear, pero aprovecha para amenazar —susurró Bringuer junto a Nunilo—. No encontraremos mejor ocasión para acabar con él que hoy.

Nunilo le hizo un gesto para que se mantuviera en silencio. Una cosa era actuar en defensa propia, o en una batalla declarada, pero matarlos a sangre fría no traería sino terribles consecuencias para los señoríos de los que allí estaban. Confiaba en Pere y en su habilidad para evitar un enfrentamiento, aunque también era verdad que con hombres como Medardo nunca se podía bajar la guardia. ¿Quién les aseguraba que no habían espiado su regreso para prepararles una emboscada con otro grupo de Aiscle?

Como si le hubiera leído el pensamiento, Pere dijo:

—Medardo, tú solo estás tranquilo cuando ocultas algo. Seguramente esperas encontrarte en este lugar con otros y lo que quieres es ganar tiempo.

Entonces Jayme descendió de su caballo.

—¿También dudaréis de mi palabra? —preguntó a todos, aunque centró su atención en Johan—. Peleamos en bandos opuestos, pero yo también soy noble y mi palabra vale tanto como la de cualquier otro.

—La palabra de un vendido no es de fiar, sea cual sea su cuna —repuso Johan incómodo por tener que encontrarse de frente con quien tantos recuerdos de infancia compartía y a quien había llegado a detestar por traidor.

Jayme se sintió tentado de preguntarle qué habría hecho él en su situación, pero se contuvo. Su padre, hermano menor del de Johan, había nacido en Lubich, y se había casado por amor con la heredera de Cuyls, un señorío venido a menos. Las relaciones entre ambos hermanos siempre fueron muy cordiales, y las infancias de los primos Johan y Jayme discurrieron con cercanía hasta que apareció Elvira, una joven alta, guapa y temperamental de una buena familia de Besalduch. Jayme y ella se enamoraron e hicieron planes en secreto: ella aportaría una buena dote y él trabajaría denodadamente para ampliar el patrimonio. En cuanto los padres de Elvira supieron de las intenciones de los jóvenes, hicieron todo lo posible por separarlos. A ella la enviaron con unos familiares a Francia y a él lo amenazaron para que se olvidara de ella. Después, concertaron su matrimonio con el heredero de Lubich. Johan y Elvira se casaron finalmente, para desesperación de Jayme, en cuyo interior nació un profundo odio contra quien él podría haber sido si su padre hubiera nacido unos años antes. Todo lo que Jayme deseaba lo tenía Johan: la magnífica casa, las tierras y bosques de Lubich y la única mujer a la que había amado y a quien no había visto desde que Johan le cerrara las puertas de su casa por lucir con descaro la ramita de aliaga de los reales, hacía ya de eso una década. Cuanto más admirado era Johan por los demás señores del condado y por el propio conde, más lo detestaba Jayme a él y a todos los demás. Pronto las tornas cambiarían, pensó, y el día que los presuntuosos partidarios del conde perdieran su poder, ahí estaría él para ocupar el lugar preferente que le correspondía…

—Sabemos que viajáis con dos mujeres… —dijo.

Johan se puso tenso.

—… y por tu reacción supongo que será alguien cercano. ¿Tal vez tu mujer…? —Por un instante, Jayme se ilusionó ante la posibilidad de ver a Elvira—. No me importaría saludarla, después de tantos años.

—Lástima que ella no desee lo mismo. —Johan irguió la espalda, como si quisiera intimidarlo con la diferencia de estatura—. En cualquier caso, no es ella. Son mi hija, que está enferma, y su criada. Si realmente no deseáis luchar, seguid ya vuestro camino.

—¿Y es grave?

El rostro de Johan enrojeció de cólera. Conocía tan bien a Jayme que en su boca, cualquier palabra de preocupación por la salud de su única hija portaba el veneno de mil víboras. En su ausencia y en la de Brianda, el familiar más cercano para heredar era Jayme de Cuyls.

—¡Te lo dije una vez y te lo repito: antes de que Lubich fuera tuyo se lo regalaría al diablo!

El silencio que siguió fue tan profundo que todos pudieron oír el roce de la tela de las mangas de fray Guillem al santiguarse.

Medardo se fijó en él y le dijo:

—No os conozco, padre. Supongo que seréis el nuevo. Espero que vengáis bien entrenado porque me temo que os costará distinguir por qué bando corren los demonios. —Soltó una risotada—. Si me preguntarais a mí os ahorraríais faena.

Fray Guillem se adelantó hasta él.

—Satanás aparece donde menos se le espera —dijo con voz seria y en un tono lo suficientemente fuerte como para que todos lo oyeran—. No cuestionéis ni su habilidad… —levantó el dedo índice— ni la mía.

Jayme regresó a su caballo y montó.

—Nosotros nos vamos. No haremos nada. Decidid vosotros si nos dispararéis por la espalda.

Golpeó los flancos del animal e inició un trote ligero. Cuando Medardo se dispuso a seguirlo, Surano se puso delante y le dijo en un tono mordaz:

—Espero que Lida se encuentre tan bien como la recuerdo…

Medardo lo apartó de un empujón y marchó seguido de sus doce lacayos.

Hasta que no los perdieron de vista, Pere y los suyos no bajaron las armas. Sabían que la situación se había resuelto bien por el momento, pero ahora tenían más prisa que antes por desaparecer de ese lugar.

Regresaron junto a Brianda, a quien Corso y Cecilia habían envuelto en una manta porque no dejaba de tiritar.

—Dime, Nunilo, ¿qué se te ocurre? —preguntó Johan nervioso.

Nunilo meditó unos segundos. Finalmente respondió:

—Iremos todos juntos hasta el desvío de las montañas. Allí, Surano acompañará a Pere y se quedará con él. Los demás seguiremos juntos. Cuanto más arriba, menos peligro.

—¿Y Brianda?

—Habrá que llevarla, como ha hecho Corso, al menos hasta mi casa en Tiles.

Se produjo un leve murmullo. Todos sabían que para cargar con el cuerpo inerte de la joven había que estar no solo muy fuerte, sino también dispuesto a entrar en contacto con la enfermedad. Johan comprendió con cierta desazón que, por muy amigos que fueran, ninguno se ofrecería para semejante insensatez. Ni siquiera Marquo…

—Es mi hija. Yo lo haré.

—Y yo te ayudaré, Johan —dijo Nunilo—, pero no será suficiente.

Corso se acercó.

—La llevaré yo —propuso con firmeza—. Solo necesito otro caballo más rápido y fuerte.

Nunilo y Johan intercambiaron una rápida mirada. Nunilo señaló el grupo de caballos vigilado por los criados de Anels y Lubich y le dijo:

—Elige el que quieras.

Corso desapareció.

Unos minutos después regresó montado en un magnífico frisón negro.