16.
Apostado tras una columna en el interior de la iglesia, Corso trataba de seguir el hilo de los argumentos finales del conde sin perder de vista a quienes debía espiar, pero su mente se entretenía con la muchacha rabiosa que había dejado fuera junto a Surano. Sus ojos, vivaces, y sus expresivos labios habían captado su atención desde el primer momento. Para alguien sin escrúpulos como él —acostumbrado desde pequeño a los gritos, las peleas y la sangre, a actuar siguiendo órdenes para saquear o matar— la imprevista e intermitente sensación de serenidad que le había suscitado la contemplación de la joven lo había cogido desprevenido. Por primera vez en mucho tiempo, sus pensamientos, normalmente oscuros, y sus instintos, siempre alerta, habían relajado su persistente actividad.
Quizás necesitaba una mujer, concluyó. Surano había tomado la precaución de no detenerse en ningún prostíbulo hasta llegar a los límites de Orrun y el viaje había sido muy largo. Cuantas menos sospechas levantaran dos desertores, mejor. La cosa cambiaría, le había dicho, cuando se acercasen a las montañas. Allí volvería a hacer lo que le diera la gana y nadie lo encontraría. Y en efecto, a medida que se habían ido aproximando a Monçón, la actitud de su amigo había ido cambiando, volviéndose más atrevido y desafiante hasta olvidarse casi completamente del miedo de la huida, aunque, por razones que Corso ignoraba, no deseaba encontrarse con esos dos a los que había mandado vigilar.
Observó a los dos hombres, que habían conseguido sentarse en uno de los bancos traseros cercanos a la capilla izquierda de la iglesia. El tal Medardo recorría con la mirada los rostros de los nobles al otro lado del altar y de vez en cuando saludaba con una imperceptible inclinación de cabeza. Jayme de Cuyls, con una inamovible sonrisa ladina, no perdía palabra de lo que decía el conde —en un tono demasiado comedido, a juicio de Corso, para alguien que pretendía defender lo suyo, según había comprendido de las explicaciones de la joven Brianda—. Centró su atención en el tal Jayme y, por un momento, le pareció que el hombre no dedicaba su sonrisa al conde, sino a uno de los hombres que lo acompañaban, al más alto con el cabello oscuro que mantenía los puños apretados.
Un profundo silencio llenó la sala cuando el conde terminó de hablar y el monarca se incorporó con lentitud en su asiento. Meditó unos minutos que a Corso le resultaron demasiado largos antes de responder y, por fin, habló:
—Vaya inconveniente sería para la poca seguridad de las haciendas y vidas de las personas como vos, don Fernando, conde de Orrun, que siempre habéis sido leales a la Corona, si premiásemos a algunos por desobedecer. Creed nuestras palabras y nuestra preocupación por la inquietud y las alteraciones de los vasallos de señores de este Reino —lanzó una mirada a Johan—, pues en estas Cortes de Monçón aprobamos la ordenación que llamamos De rebellione vasallorum, en la que establecemos y ordenamos que los vasallos que tomaran las armas rebelándose contra sus señores ipso facto incurren en pena de muerte natural. Asimismo, establecemos que todos aquellos vasallos que no acudieran a defender y a servir a su señor serán tratados de rebeldes y traidores. Con esto dejamos claro que no queremos que sean perjudicadas en nada las preeminencias, derechos, usos y costumbres que los señores de vasallos han tenido y tienen en este Reino de Aragón, en sus lugares y vasallos. Mañana por la tarde tendréis por escrito mi resolución. —Señaló a su secretario—. El conde de Chinchón la redactará.
El rey Felipe hizo un gesto a su secretario y dio por finalizado el tema. Mientras un murmullo de aprobación se extendía por los bancos, un ujier se acercó a los hombres de Orrun para que se retiraran. Don Fernando y los suyos, un tanto aturdidos y visiblemente insatisfechos por la rapidez con la que el monarca había zanjado el asunto, recorrieron el pasillo entre las gradas hacia la salida.
Corso se fijó entonces en que el secretario del rey, sustituido por otro para el siguiente caso, abandonaba discretamente el altar por un lateral hacia la nave de la izquierda y con una leve indicación de la cabeza indicaba a Medardo y Jayme que lo siguieran hasta una pequeña capilla. Con sigilo, Corso recorrió la distancia que separaba dos columnas y se aproximó todo lo que pudo hasta los hombres.
—Prepararé una oferta —escuchó que decía el conde de Chinchón—. Cuando las cosas se pongan más difíciles, venderá el condado.
—Eso ya lo habéis dicho otras veces, pero todo sigue igual —respondió Medardo—. Vuestra única preocupación es negociar la incorporación del territorio de manera que no resulte muy oneroso para el erario real. ¿Y qué hay de nosotros? Los hombres se cansan y dudan de que cumpláis vuestras promesas.
—Todo llegará. Su majestad no olvidará vuestros servicios.
—Lo que tiene que hacer es empezar a recordarlos ahora. Si hoy mismo no recibo algo…
—¿No tenéis ya más poder ahora que nunca?
—Un poder incierto, querréis decir… Ganamos más por los botines de las escaramuzas que por el encargo, que está envenenado. Los partidarios del conde siguen siendo muchos y no reblan. Si al final ganaran ellos, ¿qué garantías tendríamos de que nos protegería la gracia de su majestad? Esperaré aquí hasta que me entreguéis alguna prueba que respalde la rebelión. De otro modo, no os garantizo nada.
—Lo planteáis de una manera equivocada —replicó el secretario—. Gozáis del favor del pueblo, cansado de ese don Fernando que pasa más tiempo en sus propiedades lejanas que aquí.
—¿Sabéis qué opinan algunos? —dijo por fin Jayme de Cuyls con voz ronca—. Que tampoco el rey vive en Orrun… Existe el temor de desvestir a un santo para vestir a otro…
La conversación se detuvo en ese punto. Tras unos segundos, el conde de Chinchón añadió:
—Volved esta tarde. Veré qué puedo hacer.
Corso se apresuró a marcharse de allí. Salió al exterior y buscó con la mirada a Surano. Descubrió que el grupo de los hombres de la montaña se alejaba caminando con Brianda junto al hombre alto al que Jayme no había dejado de observar. Al final de la plaza unos lacayos acercaron un caballo al conde y este se fue por otro camino. Tal como habían convenido, Corso se dirigió a la parte trasera de la iglesia, donde se encontró con Surano y le repitió la conversación que había escuchado.
—Sé que a mi hermano le gustará saber esto… —murmuró Surano.
—Los de Orrun se han marchado ya hacia el este. No creo que sea difícil encontrar dónde se alojan. Llaman la atención.
Surano sintió un impulso de ir en busca de Pere, pero se contuvo. Su hermano siempre le había ayudado y él tenía ahora la ocasión de responderle. Sin embargo, antes tendría que explicarle la razón de su temprano regreso y había pensado hacerlo en Aiscle, a solas y con calma. No había contado con que la casualidad los uniría en Monçón. Su mente se desplazó a aquella noche, cuatro años atrás, cuando tuvo que huir tras ser acusado injustamente de dos muertes en una disputa. Los jurados del condado lo condenaron a muerte, y el rey y la Inquisición pusieron precio a su cabeza. Si no hubiera sido por Pere, que le aconsejó refugiarse en Francia mientras mediaba con el monarca para que Surano fuera contratado como espía de los hugonotes, ahora probablemente estaría muerto. En agradecimiento a sus servicios, le habían conmutado la pena de muerte por la obligación de enrolarse en los tercios imperiales y servir en Sicilia como capitán de infantería. Resopló. Sin duda alguna, necesitaría un buen rato para que Pere entendiera lo sucedido a partir de ahí. A saber qué equivocadas conclusiones extraería cuando esa joven, Brianda, le contara que lo había visto, si no lo había hecho ya…
—Dices, Corso, que mañana tendrán la respuesta del rey. Entonces esperaremos a mañana. —Surano esbozó una sonrisa pícara—. Tanto a ti como a mí no nos irá nada mal una noche de diversión antes de que se complique todo.
Pere se detuvo ante una construcción de adobe de dos plantas de altura, sencilla pero muy grande, ubicada en una calle estrecha de la parte alta de la villa.
—Espero que al dueño no se le ocurra poner ninguna objeción —les dijo—. El muy bribón me ha pedido trescientos reales de alquiler al mes por una casa que vale cuarenta reales al año. Con la celebración de las Cortes Generales, la ciudad se ha vuelto loca. —Se secó el sudor que perlaba su frente—. Este maldito calor… Ya hay casos de tabardillo. Solo nos falta una epidemia. —Soltó un suspiro—. ¡Cómo echo de menos el fresco de allá arriba! ¿Verdad que nevó el 29 de agosto? Desde aquí las montañas se veían blancas, para maravilla de todos…
Johan puso una mano en su hombro.
—Todos estamos cansados, Pere.
—No es el cansancio, Johan. Es la desconfianza. Parece que el rey le ha dado la razón a nuestro conde, pero no me fío…
Entró y llamó a voces con insistencia. Al poco, un muchacho de tez morena llamado Azmet acudió y se encargó de alojarlos. Johan y Brianda dispusieron de una sala y dos alcobas separadas en la planta superior, cerca de las estancias reservadas para Bringuer y Marquo. Desde la ventana de la sala, que daba a un patio interior, Brianda pudo ver que Pere y Nunilo ocupaban una parte de la primera planta, cerca de la sala común donde comerían todos juntos. En la planta baja, los criados y soldados compartirían un amplio espacio único.
Después del viaje y la intervención en las Cortes, Brianda estaba agotada. Ayudada por una huérfana gitana llamada Cecilia se bañó y pasó el resto de la tarde en la casa. Como los tres eran de la misma edad, Azmet y Cecilia no dejaron de acribillarla con preguntas sobre la vida en la montaña, los osos y los lobos. No podían comprender que una muchacha como ella pudiera vivir en medio de los bosques y tener ese aspecto elegante y esos gestos educados propios de la nobleza. A Marquo no le hacía ninguna gracia que Brianda perdiese su tiempo con esa pareja de piel aceitunada, con indudables rastros de judaísmo el uno —por muy integrado que pareciera estar en la villa a la vista de la familiaridad con la que lo trataban en esa casa— y con evidencias de su mal vivir la otra, de hábitos y lengua extraños. Por su parte, a Brianda no le importaba estar con ambos, pues nunca antes había tenido ocasión de hablar con jóvenes de su edad tan diferentes a los hijos de los campesinos o de los señores de las montañas. Le atraía sobre todo la frescura de sus risas espontáneas y la despreocupación de sus actos.
—¿Sabéis que el rey ha estado muy enfermo de fiebre y gota? —le contaba Cecilia—. Mientras se recuperaba, varios de su séquito, muy cercanos a él, fallecieron. Ahora dice que Monçón es el sepulcro de sus fieles criados. ¡Jamás había visto tantas reliquias de santos juntas! Llegaban de todas partes para su curación, pero el único ungüento que ha funcionado ha sido el aceite que mana desde muy antiguo en el monasterio de San Salvador de Fraga.
Brianda permaneció pensativa. Harían falta muchas reliquias para protegerlos si el rey no cumplía su palabra dada. Ojalá el documento sellado y firmado satisficiera al conde porque, como había apuntado Surano, de la satisfacción de don Fernando dependía que hubiera una guerra civil o no.
Por la noche, antes de acostarse, Brianda entró en la alcoba de su padre inquieta. Sentía curiosidad por preguntarle un par de cosas que habían rondado por su cabeza todo el día.
—Padre…, ¿por qué le tiene tanto odio el de Chinchón al conde?
—Hace unos años, el hermano de don Fernando, casado con una pariente del de Chinchón, asesinó a su esposa al sospechar de su infidelidad. El asesino huyó a los estados de Ferrara, pero fue capturado y ajusticiado. A él le dieron garrote y a sus criados los quemaron por cómplices. Parece que eso no fue suficiente para el de Chinchón. No pierde ocasión de propagar la mala fama de la casa del conde de Orrun, desautorizándolo a él y cuestionando el prestigio de la casa con el único objeto de arruinarla para siempre. Temo que no parará hasta que termine con el condado.
Brianda permaneció pensativa. Le parecía incomprensible y absurdo que por una venganza se enfrentaran los hombres de una misma tierra.
—¿Y quién es Jayme de Cuyls?
—¿Por qué lo preguntas? —Johan alzó una ceja.
Brianda le contó que lo había visto entrar en las Cortes con Medardo cuando esperaba con Surano, el hermano de Pere.
—¿Surano…? —se extrañó Johan—. ¿Por qué no nos lo has dicho antes?
Brianda se encogió de hombros.
—Me ha parecido que no quería que se supiera que estaba aquí, pero luego le ha pedido a uno que iba con él que espiara a Medardo y a Jayme. —¿Cómo habría conocido a Corso?, pensó en ese momento la joven. Recordó entonces la actitud de este, siempre atenta a los movimientos de Surano, como si velara por su seguridad—. A Surano le ha extrañado que yo no conociera a ese Jayme de Cuyls. ¿Quién es? ¿Por qué debería conocerlo?
Johan tardó en responder. Dudaba con cuánta franqueza responder a su hija. Presentía que ese altanero y envidioso de Jayme no pararía hasta acabar con él. Ya lo había intentado en una cacería cuando Brianda era niña, pero los jueces creyeron que se había tratado de un accidente. Jayme deseaba ocupar el lugar de Johan de Lubich, aunque no siempre había sido así… Recordó con cierta tristeza cómo habían compartido juegos en la infancia y en la adolescencia, cuando Jayme lo admiraba como a un hermano mayor. Entonces, un día todo cambió y la amistad se convirtió en una aversión creciente, tenaz, palpable.
—Es uno de mis primos. Nunca nos hemos llevado bien, por eso no mentamos ni su nombre en casa. —Posó sus manos con cariño en las mejillas de su hija para asegurarse de que lo miraba fijamente y añadió—: Hasta ayer eras demasiado joven para entender de odios, pero ahora te pido que recuerdes una cosa: debes guardarte de él.
A la mañana siguiente, los hombres de Orrun decidieron hacer más llevadera la espera de la respuesta escrita del rey yendo a los mercados para adquirir mercancías que subirían de vuelta a las montañas. Aunque no lo dijeron abiertamente, Brianda supuso que cerrarían también algún trato de caballos porque Johan no puso ninguna objeción a que Marquo se encargara de entretenerla. Seguidos de Azmet y Cecilia, recorrieron las calles abarrotadas de la ciudad y Brianda pudo disfrutar de la riqueza de las ropas de los invitados a las Cortes, de la abundancia de productos en los puestos de las calles, de los magníficos caballos de la guardia real, de las brillantes armas de los soldados y de la vida en movimiento. Antes de comer, Marquo sugirió dar un paseo a caballo hasta el castillo que presidía la ciudad y ella aceptó. Acompañados de dos criados fueron a las caballerizas y subieron por un camino de tierra.
—Me pregunto si quienquiera que viviese en esta fortaleza conocía el jaleo que recorre las calles —comentó Brianda mientras cruzaban el arco de entrada al abandonado recinto, donde el eco devolvía de manera desproporcionada el ruido de los cascos de los caballos sobre el empedrado—. Si no fuera así, aquí arriba se tendría que sentir muy solo.
—Los reyes nunca están solos —repuso Marquo—. ¿No has visto la corte que acompaña a su majestad? Todos quieren ganar su favor. Esto es como Lubich, pero a lo grande. ¿Es posible sentirse solo alguna vez en Lubich?
Brianda pensó en el desfile de personas que pasaban continuamente por su casa. Además de las criadas y criados, mozos de cuadra, pastores, jornaleros y caballeros, la mayoría eran campesinos que acudían a entregar los tributos sobre las propiedades arrendadas a su padre y los pagos de los derechos que este tenía sobre casi todos los asuntos de las tierras de Lubich. A veces también acudían el bayle y el justicia para resolver conflictos entre vecinos, o el procurador general del condado si la cuestión era muy seria. Exceptuando las visitas de Nunilo y Bringuer, en las que su padre sacaba su mejor vino y la casa se llenaba de ruidosas carcajadas, Brianda apenas podía evocar imágenes en las que Johan no tuviera el ceño fruncido, un gesto de preocupación, una mirada perdida en la distancia o una expresión absorta, algo que, con frecuencia, criticaba su madre en un tono a medio camino entre la resignación y el desprecio contenido.
—Sí, es posible —se limitó a responder ella.
Marquo la miró de reojo y se extrañó al descubrir que el rostro de la joven se ensombrecía. Deseó que la emoción de Brianda fuera solamente un destello pasajero de tristeza. Su padre le había advertido de que la mayor desgracia para un hombre y su patrimonio era una mujer afligida por el llanto, la congoja y la melancolía. Por tanto, si la mujer era joven, sana, hermosa y de buena casa, como Brianda, ¿qué podía aguardarle a uno sino una vida placentera? Inmediatamente decidió buscar la ocasión de devolver la sonrisa al rostro de la joven, siempre y cuando pudiera librarse de la molesta presencia de los criados de Lubich, ahora que había conseguido zafarse de Azmet y Cecilia.
A lo largo de la empinada rampa cruzaron sucesivas puertas de entrada y, desde sus caballos, recorrieron con la vista las sobrias edificaciones de gruesos muros y estrechas ventanas hasta llegar a la parte superior del recinto, una extensa explanada con varios torreones dispersos y una impactante vista sobre la ciudad. Marquo pidió a los criados que sujetaran los caballos para que él y Brianda pudieran descubrir y disfrutar con comodidad de los sorprendentes rincones de ese lugar abandonado. Para su satisfacción, la puerta de una alta torre cedió fácilmente al primer empujón y entraron en una pequeña sala cuadrada. Marquo distinguió enseguida unas escaleras de piedra que desaparecían en el muro.
—¿Te atreves a subir? —propuso tendiendo la mano a Brianda.
Ella aceptó sin pensarlo. Tomó la mano de Marquo y lo siguió por el ascendente y oscuro pasadizo hasta que llegaron a la cima, un pequeño cuadro sin protección. El mundo dejó de existir durante unos instantes y el cielo ocupó su lugar.
—¡Parece que estamos volando! —exclamó Brianda extendiendo los brazos—. Y nuestras montañas… ¡Qué lejos se ven!
—¿Ya las echas de menos? —preguntó Marquo.
—¡Claro que sí! ¿Tú no?
—Yo espero no tener que marcharme nunca de allí…
—¿Y por qué habrías de hacerlo?
Brianda se giró hacia él impulsivamente y enseguida agachó la cabeza, avergonzada por su absurda pregunta. Como segundo hijo de Bringuer no tendría derecho a heredar la casa. Las opciones sobre su futuro eran bastante limitadas: la iglesia, el ejército del rey, trabajar para su hermano o casarse con una heredera.
—¿Te molestaría que lo hiciera? —preguntó él fingiendo un tono lastimero. Si ella había respondido tan rápidamente a su pregunta existía una gran probabilidad de que sí le molestara.
Brianda le dio la espalda y se concentró en las caricias del suave aire de la tarde otoñal sobre su rostro. De pronto, el corazón le latía con fuerza. Nunca había estado a solas tanto tiempo con un joven. Con un hombre. Con el hombre más atractivo de todos los lugares de la parte alta del condado de Orrun que ella conociera. Era fuerte, valiente, trabajador y de buena familia. Y a sus padres les gustaba. Se preguntó si podía empezar a ilusionarse.
No tenía muy claro cómo continuar ahora. Deberían regresar con los criados, que estarían impacientes. Por otro lado, ¿qué mejor ocasión que aquella para saber si Marquo era realmente la elección correcta? Las muchachas de Lubich reían como tontas cuando se veían con los jóvenes del valle, y más cuando estaban a punto de casarse. Aunque luego cambiaban y algunas dejaban de reír. Su propia madre apenas lo hacía… Ella no quería eso: quería sentirse siempre como lo había hecho desde la infancia por las tierras de sus antepasados: ligera como un gorrión; alegre como un ruiseñor; despierta como un halcón; fuerte como un águila y tranquila como un búho. Esa era su ambición. Marquo parecía valiente y risueño. No le costaba imaginarse compartir su vida y su lecho con él. Quizás pudiera en ese momento dar un paso más.
Sintió que Marquo se acercaba. Visualizó su rizado cabello castaño, sus ojos inquisitivos, la tensión de su cuerpo, siempre alerta a ruidos, movimientos o peligros… Se imaginó cómo sería sentir sus brazos alrededor de su cintura y se preguntó si le agradaría que él la besara.
—No has respondido a mi pregunta —le oyó susurrar.
—Ni tú a la mía —dijo ella, girándose para mirarlo directamente a los ojos—. ¿Por qué habrías de irte?
Marquo comprendió la invitación y se acercó, sin tocarla, hasta situar su rostro a unos centímetros del de ella.
—¿Te han besado alguna vez? —preguntó.
Ella hizo un leve gesto negativo con la cabeza.
—¿Puedo hacerlo yo?
Brianda asintió y él posó sus labios tiernamente sobre los de ella, ejerciendo una ligera presión durante unos segundos. Luego se apartó, observó el rostro de la joven y le gustó lo que vio. Las mejillas sonrosadas. Los ojos cerrados. La expresión plácida y expectante. Esperó a que ella abriera los ojos y lo invitara con la mirada a continuar y entonces acercó un poco más su cuerpo al de ella, apoyó las manos en sus caderas y la volvió a besar, abriendo esta vez los labios lo suficiente como para humedecer los de ella sin forzarla demasiado.
Brianda respondió elevando la mano hasta el cuello de Marquo y acariciando su nuca, su oreja, su sien, con la misma delicadeza que tocaría la suave pelusa de un cachorro recién nacido, admirando la calidez del tacto de otra piel y la ternura de la cercanía.
Saboreó el beso con calma, consciente de que era el primero de su vida y que por eso nunca lo olvidaría, aunque algún día se terminaran los días de alegría entre los dos. Permitió que el beso se hiciera más profundo y que las manos de Marquo recorrieran, audaces, su cuerpo. Y respondió a la sonrisa satisfecha de él con otra cuando se separaron para tomar aire.
—¿Y ahora? —preguntó ella.
—Cuando tú me digas, hablaré con nuestros padres.
—Aquí no. Están todos tensos. Esperaremos a regresar a Tiles. Mientras tanto, podemos aprovechar para conocernos un poco mejor.
—Buena idea. —Marquo esbozó una sonrisa maliciosa—. Me encantará descubrir tus misterios…
Descendieron de la torre hablando con naturalidad, describiendo la maravillosa vista que se disfrutaba desde lo alto, para no levantar sospechas en los criados, como si allá arriba no hubiera sucedido nada especial entre ambos.
Cuando él se ofreció a ayudarla a subir a su caballo, Brianda aprovechó para susurrarle:
—Solo una cosa, Marquo. Quien se case conmigo lo hará también con Lubich.
—Lo sé —dijo él.
—Bien. Porque será para siempre.