30.
Corso abrió los ojos lentamente, convencido de que su mente le había jugado una mala pasada al trasladarle desde aquel hospital, donde el tiempo no transcurría, hasta un bosque que le resultaba familiar. Parpadeando, deslizó su mirada por el cielo gris del atardecer, los árboles y las rocas de ese lugar hasta detenerse en el rostro de esa mujer que lloraba su nombre. Los volvió a cerrar. Repasó mentalmente su situación. Le dolía todo el cuerpo, sobre todo la cabeza, y un agudo dolor en el costado le indicaba que la herida se había vuelto a abrir. No sabía por qué veía árboles desde ese jergón en el que llevaba semanas postrado. Ignoraba qué hechicería le hacía confundir el rostro de aquel joven que lo cuidaba con el de Brianda. Se preguntaba por qué sentía el cuerpo empapado, por qué soplaba tan fuerte el viento y por qué no oía lamentos, suspiros, oraciones y chapoteos de agua en jofainas y aguamaniles.
—¡Corso! —De nuevo aquella voz que rememoraba en sus sueños—. ¡Has vuelto a mí!
Entonces, él comenzó a ser consciente, poco a poco, de todo lo que había sucedido y de su huida con el único deseo de llegar a Tiles. Lo había conseguido. La había encontrado.
—¿Qué te pasó, Corso? —oyó que preguntaba Brianda—. ¿Dónde has estado?
—En el infierno… —consiguió responder él. Humedeció sus labios resecos con la punta de la lengua y esbozó una débil sonrisa—. Pero te prometí que volvería.
Brianda se inclinó y se abrazó a él con fuerza.
—¡Pensé que habías muerto! —Se sentía tan feliz de tenerlo junto a ella que solo quería seguir abrazada a él y contarle todo lo que había pasado en su larga ausencia, pero la cordura regresó a su cabeza—. Tengo que sacarte de aquí…
Lo ayudó a incorporarse y esperó unos segundos a que el color regresara al rostro de Corso. Estaba más delgado y el cabello y la barba le habían crecido tanto que parecía un salteador de caminos. Brianda se puso en pie con decisión y extendió la mano para ayudarle. Con dificultad, Corso se puso de rodillas y se levantó, pero se mantuvo encorvado con el rostro crispado.
—¿Qué tienes? —preguntó Brianda, recorriendo con sus manos su torso en busca de alguna lesión.
Bajo su corazón descubrió una gran mancha más oscura que las provocadas por el agua. Desató los cordeles del jubón, le levantó la camisa y descubrió una herida de medio palmo abierta como un higo maduro. Sin dudar, arrancó un trozo de tela de su saya interior, la plegó y se la colocó sobre el corte, indicándole que la mantuviera bien apretada. Luego le pidió que esperara mientras iba en busca del caballo. El frisón negro había permanecido todo el tiempo quieto a unos pasos de ellos. Brianda se acercó con cuidado y tomó las riendas sin dejar de susurrarle palabras amables en voz baja. De pronto, percibió que el caballo se ponía tenso y abría sus enormes ojos oscuros presa del miedo.
—Brianda… —El tono de la voz de Corso, bajo, seco, la advirtió del peligro. En cuanto supo qué sucedía, se quedó paralizada.
Muy cerca de Corso había un lobo negro que le enseñaba los afilados dientes emitiendo un gruñido gutural apenas perceptible. Hombre y animal se miraban fijamente, prolongando la angustiosa duda de cuánto tardaría el segundo en arrojarse sobre el primero. La mente de Brianda se puso rápidamente en movimiento. Corso estaba herido y desarmado. No podría defenderse. Y ella no soportaría perderlo de nuevo.
Con el rabillo del ojo vio que la espada de Corso sobresalía del aparejo del caballo. Sigilosamente, ató las riendas al árbol que había a su lado. Calculó el tiempo del que disponía y se abalanzó sobre la espada. En cuanto la tuvo entre sus manos emitió un fuerte grito para atraer la atención del lobo mientras se acercaba sin apartar la mirada de él. El animal se olvidó de Corso y aumentó la intensidad de sus amenazantes gruñidos en dirección a la joven.
Brianda se detuvo a unos tres o cuatro pasos de distancia sin dejar de gritarle. Por nada del mundo quería que volviera a tentarle el olor de la sangre de Corso. Se aseguró de que tenía los pies convenientemente separados para conservar el equilibrio y esperó a que el lobo decidiera su próximo paso. Sabía que los lobos no siempre atacaban; pero también era cierto que rara vez se acercaban tanto a los lugares habitados. Probablemente la inusual dureza de ese invierno estuviera mermando su alimento en las alturas, lo cual solo podía significar que no abandonaría su propósito. Sujetó la empuñadura con ambas manos y mantuvo la espada ligeramente alzada. De pronto, el lobo se abalanzó sobre ella. Instintivamente, Brianda levantó las manos por encima de su cabeza y descargó un único golpe. La afilada arma se abrió camino fácilmente por la carne del animal. Escuchó un último aullido de dolor y el lobo cayó a sus pies. En cuanto se dio cuenta de que lo había matado, comenzó a temblar.
Permaneció quieta hasta que Corso llegó hasta ella y la abrazó, en silencio. Una extraña sensación la invadió. Ojalá mostrara la misma valentía para enfrentarse a esa otra bestia carroñera que pretendía robarle Lubich.
Brianda guio al caballo por la parte alta de los bosques de Tiles. El camino era más largo e incómodo para Corso, que apenas podría sujetarse a la silla, pero quería evitar pasar cerca de Lubich. Solo se sentiría tranquila una vez llegaran a Casa Anels.
Empezaba a oscurecer cuando divisó la casa de Nunilo. No había vuelto allí desde su muerte. Leonor la había visitado en un par de ocasiones, pero su propio dolor le impedía proporcionar consuelo a Brianda.
Después de Lubich, la de Anels era la mejor hacienda del valle. Todos los buenos recuerdos de su vida fuera de Lubich pertenecían a escenas de ese lugar. Incluso durante su convalecencia tras el regreso de Monçón se había sentido como en casa.
La era estaba vacía. Llamó a gritos y esperó sobre el caballo a que alguien acudiera a ayudarle. Dos criados salieron de una de las cuadras y, al reconocerla, se acercaron rápidamente. Al mismo tiempo, la puerta de la vivienda se abrió y apareció Leonor, protegiéndose la cabeza con un manto negro.
—¡Señor Bendito! —exclamó la mujer—. ¿No es este el caballo de…? —Se llevó una mano al pecho—. ¡No puede ser!
—Corso ha vuelto, Leonor —dijo Brianda—. Está malherido y sin fuerzas. Solo se me ha ocurrido traerlo aquí.
—¿Y a qué otro lugar, si no? —Leonor indicó a los hombres que se hicieran cargo de Corso y lo llevaran a uno de los cuartos sobre la sala—. Esta es su casa.
—Entonces, lo del testamento… —murmuró Brianda.
—Fue la voluntad de Nunilo y también la mía. —Los ojos de Leonor se llenaron de lágrimas—. Doy gracias a Dios por este día. El hijo que creía muerto ha vuelto a casa.
Brianda descendió del caballo y siguió a Leonor adentro cojeando. Se levantó la saya y se percató de que el lobo había llegado a clavarle los colmillos. Había estado tan pendiente de Corso que se había olvidado de sí misma. Ahora se sentía tan agotada que apenas se mantenía en pie y tan aterida que no dejaba de temblar. Leonor se hizo cargo de la situación con presteza. Ordenó a las criadas que avivaran el fuego, calentaran agua caliente para los dos jóvenes empapados, buscaran ropa seca y limpia y prepararan una olla con caldo. Envió a un muchacho a Lubich para que avisara de que Brianda pasaría allí la noche y le ordenó que luego bajara a Aiscle en busca del boticario, aunque mucho se temía que no deberían esperarle hasta la mañana siguiente, pues solo los bandidos andaban por los caminos después de pasar el sol. Por último, dejó a Corso en manos de dos criados y ella misma se encargó de Brianda. En la cocina la ayudó a desvestirse ante el fuego del hogar y a sentarse dentro de un barreño de agua caliente. Esperó unos instantes a que la joven descansara antes de preguntarle:
—¿Cómo ha sucedido este milagro?
Brianda le contó todo desde el principio, desde la sorpresa y desagrado por la presencia del nuevo bayle general del condado, Jayme de Cuyls, en Lubich hasta el anuncio del futuro matrimonio entre él y Elvira y la frustración del suyo con Marquo. Le contó cómo había sentido la necesidad de huir y cómo había encontrado a Corso, a quien había salvado del lobo.
—No sé ni dónde ha estado ni qué ha hecho —terminó—. Solo me dijo que había estado en el infierno. —Se abrazó las rodillas contra el pecho y se quedó pensativa unos instantes. Su alegría por reencontrarse con Corso le había hecho olvidar su situación. La herencia que le correspondía por deseo de su padre peligraba. ¿Cómo podría vivir en Lubich a partir de ese momento, sabiendo los planes de Jayme?—. Temo que el mío comience ahora…
Leonor le acercó una tela de lino para que se secara.
—Estás viva, eres joven y estás sana. Saldrás adelante.
Cogió los recipientes que le entregaba su criada Aldonsa, una mujer de pelo blanco con el cuello anormalmente grueso y, mientras le explicaba qué iba haciendo, le limpió la mordedura del lobo con agua de saúco, tomillo y camomila, le aplicó un emplasto de cera, flor de malva y hojas de nogal y la vendó.
—Lo del hombre también está preparado —le dijo Aldonsa.
Leonor esperó a que Brianda terminara de vestirse y le pidió que las ayudara con unos cuencos y unos trapos. Las tres subieron por unas escaleras de madera hasta el cuarto donde habían acomodado a Corso, una estancia amplia desde la que se divisaba todo el valle, y entraron.
Corso permanecía tumbado con los ojos cerrados sobre una sábana de lino que cubría el colchón de lana de una alta cama. Le habían puesto una larga camisa de lienzo con una amplia apertura en el pecho que dejaba al descubierto su herida. Brianda no podía apartar los ojos de él. Había sentido la fuerza de sus brazos estrechándola, pero muchas veces se había preguntado cómo serían sus miembros sin telas que los cubrieran, si tendría mucho o poco vello, si su piel sería blanca o tostada. Ahora tenía la posibilidad de recorrer su cuerpo, desde los dedos de los pies hasta las rodillas, desde la cintura hasta el cuello, y lo que vio le agradó, produciéndole un cosquilleo en el estómago. Leonor ordenó a los criados que las dejaran a solas y la sacó de su embelesamiento.
—Hay que limpiarle la herida… —dijo tras sentarse junto a él y observarlo con atención.
Brianda se fijó en que Leonor procedía a lavarle con la misma mezcla con la que la había curado a ella, pero luego cogía un cuenco en el que había un ungüento diferente.
—¿Qué es?
—Azucena hervida en aceite de oliva, cola de caballo y celidonia… —respondió Leonor con el ceño fruncido.
—¿Qué sucede? —Brianda se alarmó.
—No deja de sangrar… —Aldonsa se acercó e intercambió una mirada con Leonor. Esta hizo un gesto de asentimiento y la criada salió. Al poco regresó portando algo ligero entre sus manos. Se inclinó sobre Corso y extendió una sustancia blanca y pegajosa en su herida que se fue tiñendo del color de la sangre.
—¡Son telas de araña! —exclamó Brianda maravillada—. ¿Cómo habéis aprendido estos remedios?
—Observando, como estás haciendo tú ahora —respondió Leonor con una sonrisa de alivio al comprobar que funcionaba. Recogió los utensilios y se levantó—. Cuando despierte intentaremos que coma algo.
—Yo me quedaré con él y te avisaré —dijo Brianda con determinación.
Una vez a solas, Brianda se sentó junto a Corso y tomó su mano. No dejó de acariciarla hasta que percibió que comenzaba a recuperar la consciencia. La miró fijamente con sus ojos oscuros y sonrió.
—Yo solo te salvé una vez y tú llevas dos en una misma tarde. No sé qué he hecho para merecerme este ángel de la guarda.
—Fueron dos veces —le recordó ella—. Me sacaste del apuro cuando querían azotar a Cecilia. Luego evitaste que me cayera al precipicio y me trajiste a esta misma casa. Estamos en paz.
Corso miró a su alrededor y reconoció el lugar donde Leonor había insistido en que durmiera los últimos meses como hombre de confianza de Nunilo. Sintió una punzada de tristeza en el pecho al recordar su muerte, su culpabilidad por haberlo dejado solo y su temor a reencontrarse con Leonor.
—Estamos en Casa Anels… —murmuró.
—Estás en tu casa, Corso. —Brianda se inclinó sobre él y apretó su mano para imprimir mayor convicción a sus palabras—. Eres el nuevo señor de Anels.
Ante su extrañeza, Brianda le puso al día de todo cuanto había sucedido en su ausencia. Le habló de la toma definitiva de Aiscle, de la muerte de Medardo, del asesinato de Johan, de los nuevos cargos en el condado. Repitió cuanto le había narrado a Leonor sobre las intenciones de Elvira y Jayme de Cuyls y del abandono de Marquo.
—Perderé Lubich… —terminó su explicación con un susurro—. Y ya no tendré nada…
Corso sonrió de una manera extraña.
—¿No me habías prometido que no te casarías con Marquo? Junto al río, en el monasterio de Besalduch. Luego me pediste que me marchara y me suplicaste que regresara. Yo te prometí que lo haría. ¿Recuerdas por qué?
Brianda asintió. «Porque ella era su Lubich», le había dicho. No entendía muy bien por qué Corso recordaba todo eso ahora. Su expresión había cambiado cuando le había hablado de Marquo. Sintió que debía explicar su decisión:
—Te esperé día tras día… Llegó una carta de los que se habían salvado. Decía que los moriscos os atacaron y que tú caíste junto a Surano… Me negué a creer que hubieras muerto, pero el tiempo pasaba y Marquo insistía… ¿Qué podía hacer? Si hubiera sabido que estabas vivo, hubiera cumplido mi palabra. ¿Dónde te metiste, maldita sea?
—Me hirieron y me dieron por muerto. Al día siguiente conseguí llegar a Monçón. A partir de ahí, el recuerdo es borroso y sé lo que pasó porque el destino quiso que el joven Azmet reconociera mi caballo como el frisón que habían comprado los señores de la montaña, familia de esa Brianda que había salvado a su amiga Cecilia, y se preocupara por mí. Los monjes del hospital me atendieron, pero a él debo todo mi agradecimiento y que siga con vida cuando aquellos me dieron varias veces por muerto. Luego me avisó de que los soldados del rey buscaban a algún montañés causante y testigo de los incidentes con los moriscos y me ayudó a preparar mi huida. Si hubiera sabido la carnicería que provocamos, te aseguro que no lo hubiera hecho…
Apretó los dientes al recordar el feroz ataque contra aquella población; la innecesaria crueldad con la que tomaron sus casas; la imagen de los hombres como Surano arrancando niños de los pechos de sus madres, tomándolos de los pies y golpeando sus cabezas contras las paredes mientras él se limitaba a pelear lo justo para salvar su vida; los cuerpos muertos y la sangre por las calles, la plaza y la iglesia; la venganza que cayó sobre ellos mientras se repartían el botín por la noche, escondidos en las cuevas de unas lomas; el desconcierto y la huida de algunos; la mirada en los ojos de Surano instantes antes de caer muerto a su lado…
—Mi única obsesión era tener las fuerzas suficientes para subir a estas montañas en tu busca, Brianda. Nunca me di por vencido. Nunca.
Ella agachó la cabeza. En la voz de Corso no apreciaba el tono hiriente de la recriminación, pero presentía que muy pronto tendría que enfrentarse a una nueva situación desagradable. Corso trató de incorporarse y en su rostro se reflejó el dolor. No obstante, continuó:
—No sabes cuánto me alegra escuchar que soy el señor de esa casa y no un soldado a las órdenes de nadie, indigno de la que se creía la heredera de Lubich, abandonada por su prometido, que solo la apreciaba por su patrimonio…
Brianda hizo ademán de levantarse y alejarse, pero él se lo impidió manteniendo la muñeca de su mano firmemente sujeta con la suya.
—¿Cuántas veces me repetiste, Brianda, que casarte bien era tu obligación más importante? Pues escúchame… Ahora, por fin, ya no tienes otra opción que casarte conmigo.