2.

Brianda respiró hondo y marcó el número de teléfono. Después de pensarlo mucho, había decidido contárselo a su madre. Al fin y al cabo, Laura era muy perspicaz y acabaría por encontrar extraño que disfrutara de unas vacaciones que no coincidían con las de Esteban. Solían hablar cada dos o tres días, a más tardar una vez a la semana, y generalmente de cara al viernes por si se organizaba alguna reunión familiar el domingo.

Y ya era viernes.

Contó seis tonos antes de que Laura descolgara. Después de las típicas frases de inicio, se lanzó al vacío:

—Mamá, tengo ataques de pánico producidos por ansiedad.

Tras un breve silencio, se escuchó la voz aguda de Laura:

—¿Pero qué pánico ni qué ansiedad? Con lo fuerte que tú eres… ¿Quién te ha dicho semejantes tonterías?

Brianda no se sorprendió. A su madre le costaba aceptar cualquier inconveniente que alterara su concepto de normalidad. Brianda comprendía que de cara al exterior fuera cautelosa en hablar de problemas familiares, pero le irritaba que en la intimidad se resistiera, de entrada, a enfrentarse a ellos.

—Me ha visitado el médico de la familia de Esteban.

La respuesta pareció frenar momentáneamente otro comentario de incredulidad. Brianda aprovechó para contarle brevemente lo que le había ido sucediendo desde antes del verano.

—¿Y por qué no me lo habías dicho antes?

—No lo sé exactamente. Bueno, me daba vergüenza.

Tras otro silencio, Laura añadió:

—Te llamaré más tarde.

Esa despedida tan abrupta solo podía significar una cosa. Como la conocía tan bien, Brianda visualizó a su madre, alta, morena, elegante, comentando el tema en voz alta ante su padre, Daniel. Primero lamentaría el contratiempo y se preguntaría por qué tenía que pasarle eso a su hija; luego haría memoria y, con toda seguridad, recordaría algún caso entre sus conocidos; y no pararía de hablar hasta que hubiera barajado todas las maneras posibles de ayudar a su hija. Si finalmente tenía que enfrentarse a un inoportuno problema, entonces aplicaría su máxima de que a grandes males había que encontrar grandes remedios. Ni la propia Brianda ni su hermano Andrés habían heredado la energía de su madre.

Brianda sonrió con cierta nostalgia al pensar en su hermano, que vivía en Burgos. Se llevaba muy bien con él y se llamaban con frecuencia, pero desde que había tenido gemelos hacía tres años, sus viajes a Madrid se habían reducido a las celebraciones familiares de mayor relevancia, como Navidades y cumpleaños de los padres. Tal vez debería haberle llamado a él primero, pensó, pero no era el mejor momento de su vida para agobiarle con más problemas. Un pensamiento fugaz la asaltó. Le extrañaba que su hermano se hubiera adaptado tan bien a su nueva situación. Él, que nunca paraba de apuntarse a viajes, actividades, cursos y fiestas en su juventud, se había transformado en una figura seria y responsable que repartía ahora su vida entre el trabajo y la familia cercana y nada más. Tal vez el origen de su ansiedad residiera en el temor a que a ella le sucediera lo mismo…

El teléfono sonó. Era Laura.

—He hablado con Isolina. Creo que te iría bien un cambio de aires y ella estará encantada si te vas unos días a Tiles. —El tono jovial de Laura se tornó serio: a la maravillosa idea solo le faltaba salvar un escollo para ser perfecta—. Si a Esteban le parece bien, claro… —El tono alegre regresó—. Oh, pero seguro que sí porque es un encanto…

Brianda se sintió aturdida aún después de colgar el auricular. Le había respondido que lo pensaría, lo cual para su madre equivalía a un sí rotundo. Por un momento se sintió como una niña pequeña y se enfadó consigo misma por consentir que su madre le organizara la vida. Se imaginó a sus padres decidiendo, como si ella fuera una lánguida damisela del siglo XIX, que lo ideal para su trastorno nervioso era pasar una temporada en el campo… Y no solo eso. Al sugerirle que se fuera lejos, su madre se garantizaba que de momento no trascendería la enfermedad de su hija en su entorno social. Ni siquiera le había preguntado si deseaba emprender un viaje. Y a ese lugar, precisamente, que solo con evocarlo le producía escalofríos…

La imagen sonriente de Esteban parpadeó en el móvil.

Llamaba para proponerle salir a cenar con sus mejores amigos, que habían dejado a su hijo de cinco años con la abuela. Su voz sonaba tentadora, suave. No quería forzarla, solo si realmente le apetecía… Estarían en un restaurante cercano, y se marcharían en cuanto ella quisiera. En realidad, a Brianda no le apetecía nada, pero pensó que debía esforzarse por él.

Mientras se arreglaba, su mente no dejaba de desplazarse a un valle lejano en la otra punta del país donde había pasado algunos momentos de su infancia porque su madre y su tía Isolina habían nacido allí. Sus primeros recuerdos, cuando vivían los abuelos, eran felices. Pero solo los primeros. Recordaba el olor a sol caliente del trigo recién segado, el roce del barro de una vasija antigua, las vacas y ovejas por los caminos, la ausencia de ruido, las pieles tostadas… Su hermano Andrés y ella esperaban con ilusión la llegada del verano porque eso significaba libertad. Allí no había normas, ni horarios, ni obligaciones. Dormían hasta bien entrada la mañana; desayunaban tarde con los mimos y caprichos de la tía Isolina; jugaban por los prados; daban de comer a los animales de las granjas vecinas; bailaban en las fiestas mientras circulaban las jarras de vino y las bandejas de dulces; y escuchaban las historias de los mayores hasta que caían rendidos en las cadieras frente al hogar.

Pero algo cambió.

Fue después de que los abuelos fallecieran e Isolina se casara con el tío Colau. Los viajes de la familia fueron cada vez más esporádicos hasta que terminaron. Sin embargo, la relación con la tía no terminó, pues las hermanas se llevaban bien a pesar de ser tan diferentes como la noche y el día. La tía Isolina bajaba alguna vez, sola, a Madrid, o se juntaban con ella en la playa, y las conversaciones telefónicas eran muy frecuentes. Brianda hizo memoria, buscando la explicación de por qué no lamentó que los viajes terminaran. Recuperó retazos de conversaciones de sus padres sobre el tío Colau, sobre la equivocación de Isolina, sobre el abandono de la casa…

Después de años sin pensar en el pueblo de sus antepasados maternos, cuando entró en el after-work donde la esperaban Esteban y los amigos, Brianda seguía sorprendida por la nitidez con la que ciertas escenas de la infancia en Casa Anels perdidas en su memoria habían reaparecido sin avisar para inquietarla. Las imágenes pertenecían a la última vez que ella había estado en la casa, de la cual se había marchado prometiéndose a sí misma que nunca más regresaría, o para ser más precisa, deseando que sus padres nunca más la llevaran allí. Tendría unos diez o doce años. El encantador zureo de las palomas sobre el tejado de Casa Anels había terminado por resultarle agobiante; el rugido de las tormentas, insoportable; el crujir de la madera, amenazador; y la presencia de Colau…

No lo había visto en unos veinticinco años, pero lo recordaba como un hombre muy alto y fuerte, de expresión malhumorada y carácter agrio. Siempre vigilante. Siempre alerta. Con la curiosidad propia de cualquier niña, ella había entrado una tarde en su despacho en busca de nuevos descubrimientos. Recordaba las estanterías repletas, los oscuros cuadros de las paredes, la luz tenue de las lámparas de recias pantallas, los sillones tapizados, la mesa desordenada y aquella preciosa cajita de terciopelo rojo desgastado con una bolita de latón como cierre. Ella solo quería apretar el botón y descubrir qué había en su interior, porque un estuche así solo podía ocultar un objeto valioso, delicado y tentador. Entonces, él se la había arrebatado de malas maneras. Recordaba la cólera en su voz, la furia en sus ojos, la violencia en su gesto…

De eso hacía mucho. Tanto que lo había olvidado. Si su madre no le hubiera propuesto la idea de pasar una temporada en Tiles, probablemente esas imágenes habrían permanecido dormidas en su mente.

Esteban se le acercó nada más verla, la besó en los labios, le susurró un cariñoso piropo por el vestido que había elegido y la guio de la mano hacia la mesa que ocupaban los otros dos comensales. Las velas de un candelabro de plata de gruesos brazos conferían una difusa impresión de calidez.

Brianda saludó a sus amigos, se sentó y se prometió a sí misma que se esforzaría por disfrutar de la velada. Los recuerdos pertenecían al pasado. Sin embargo, una idea se resistía a desaparecer. Sus miedos infantiles tenían la forma de un hombre concreto. Sus miedos actuales eran invisibles.

Silvia y Ricardo formaban una curiosa pareja. Él era un médico forense serio y extremadamente educado y ella un menudo cascabel rubio que nunca dejaba de reír y de hablar, sobre todo de su negocio de decoración. Los hombres se conocían desde el instituto y las mujeres habían congeniado tan bien que la amistad había podido continuar sin fisuras. Para Brianda resultaba muy fácil llevarse bien con Silvia; de hecho, la consideraba su mejor amiga, algo que podía entenderse como un honor teniendo en cuenta que Brianda no era ni excesivamente sociable ni dada a hablar de intimidades con nadie.

Cuando terminaron de cenar, decidieron pasar a otra zona más apropiada para tomar una copa. Consistía en diferentes apartados de cómodos sillones y mesas bajas envueltos en una luz tenue y una música sensual proveniente de un piano. Al fondo había una pequeña pista de baile y a la derecha una mesa de billar. Cuando Esteban y Ricardo se percataron de que no había nadie jugando, lanzaron a las mujeres una mirada de súplica y corrieron hacia la mesa, como si fueran dos adolescentes, cuando recibieron el permiso con una sonrisa.

Brianda y Silvia se acomodaron en los sillones y pidieron algo de bebida. El primer impulso de Brianda fue tomar una ginebra con tónica, pero recordó las pastillas que estaba tomando y se conformó con una tónica.

—¿Una tónica a palo seco? —se extrañó Silvia—. ¿No estarás embarazada?

—¡Qué va! Es que he bebido bastante vino en la cena y se me ha subido un poco. —En realidad se había mojado los labios, pero no creyó que su amiga hubiera estado pendiente de la cantidad. Tampoco quiso comentarle lo de las pastillas.

—Bueno, pues para la siguiente ronda —dijo Silvia, que dejó pasar unos segundos de silencio antes de añadir—: Esteban ha comentado, así, por encima, que no te encuentras muy bien.

—No es nada. Cansancio, supongo…

—Sí, pero yo también te he notado un poco tristona. Hay épocas en la vida en las que se está más flojo, o preocupado… Últimamente yo tampoco me he encontrado muy bien. El negocio va cada vez peor. He tenido que despedir a una dependienta que llevaba trabajando para mí casi desde que abrí…

—Vaya por Dios. Lo siento mucho. Tiene que ser muy desagradable.

—Lo es. Justo ahora que Ricardo y yo estábamos pensando en…, bueno…, aumentar la familia…, es cuando más trabajo tengo, y eso me produce mucha inseguridad.

—Al menos el trabajo de Ricardo no peligra…

—Sí, pero no es suficiente y su sueldo también ha sufrido recortes. Nadie se libra de esto de la crisis… Y en cualquier caso, yo no quiero depender ni de Ricardo ni de nadie.

Brianda frunció el ceño. En ningún momento había pensado en su situación en esos claros términos en los que se había expresado Silvia. Había estado tan centrada en los inexplicables síntomas de su malestar que no había querido pensar más allá de su recuperación física. En alguna ocasión, cuando bromeaban con Esteban sobre cuántos hijos tendrían, él había dejado caer la posibilidad de que ella tuviera que dejar de trabajar para dedicarse a la familia, pero Brianda no se lo tomaba en serio. Con lo que le había costado terminar la carrera de ingeniería y buscarse la vida para encontrar un buen empleo —algo para lo que había sido educada desde pequeña— y ser económicamente independiente, ni se le pasaba por la imaginación dedicarse exclusivamente a ser madre y esposa, y menos por obligación. Una leve sensación de ahogo comenzó a instalarse en su pecho y se puso tensa. Así comenzaban los ataques. Pronto llegarían las palpitaciones, el sudor frío… ¿Por qué tenía que anticipar lo que podía suceder o no? Tomó un sorbo de su bebida e intentó concentrarse en la música, en el entorno, en la ropa de la gente, en cualquier cosa con tal de no pensar en sí misma.

Deslizó la vista por la sala y algo inespecífico le produjo un escalofrío. Sentía que alguien la observaba…

En ese momento, el camarero les acercó las bebidas.

—¿Y esa cara? —preguntó Silvia alcanzándole la tónica. Le guiñó uno de sus ojos azules en un simpático gesto—. Oye, aún estás a tiempo de añadirle unas gotitas de ginebra…

—De momento no… Estaba pensando en lo que has dicho. Esto que me está pasando está afectando a mi trabajo. Me cuesta concentrarme. No rindo lo que debiera. Tengo que superarlo.

—Ya sabes que puedes contarme lo que quieras…

Brianda meditó unos segundos, suspiró y, por fin, le habló de sus pesadillas recurrentes, de su nerviosismo y ansiedad, de sus repentinos ataques de nostalgia y melancolía, del miedo que le estaba empezando a imposibilitar el llevar una vida normal…

—Mi madre me ha preguntado que si me preocupa algo y todo eso. Pero que yo sepa, mi vida es, bueno, era casi perfecta.

—Date tiempo —dijo Silvia pensativa—. Ya verás como algún día todo se arregla. Yo creo que nada sucede porque sí.

—Dicho así, da miedo… —intentó bromear Brianda.

Deslizó una vez más la mirada por la sala, que cada vez estaba más concurrida, y de nuevo se sintió vigilada. Algo captó su atención y obtuvo la respuesta a su inquietud. Sentada ante una pequeña mesa redonda cerca de la salida a la terraza chillout, parcialmente escondida por unas telas de gasa que colgaban desde el techo y que una leve brisa nocturna mecía, había una mujer moviendo algo entre sus manos mientras la observaba con cierto descaro y una sonrisa que le pareció un tanto desafiante. Brianda también la observó. Era de mediana estatura, algo gruesa y con el pelo ondulado mechado de canas. Enseguida cayó en la cuenta de que la mujer era una echadora de cartas. Le resultó extraño para un lugar tan sofisticado.

Como si le hubiera leído la mente, Silvia comentó:

—Ya no saben qué discurrir para entretener al personal… ¿Qué? ¿Probamos a ver qué nos dice?

Brianda soltó un resoplido.

—Eso son chorradas para sacar el dinero a la gente.

—Ay, hija, tampoco pasa nada por echar unas risas. ¿No tendrás miedo?

—¿Miedo? A esto no, precisamente…

Silvia se puso en pie y le insistió tanto y de una manera tan divertida que a Brianda no le quedó más remedio que acceder. Cuando se acercaron, creyó percibir en el redondo y carnoso rostro de la mujer una sonrisa de triunfo. Sin saber por qué, comenzó a sentirse un poco nerviosa.

—Mejor por separado.

La voz de la mujer era muy grave.

—¿Cómo dice? —preguntó Silvia.

—Si las dos quieren que les lea el futuro, primero una y después la otra. Y no pueden estar aquí juntas.

—Tú primera —propuso rápidamente Brianda y, bajando la voz, añadió—: Tengo que ir al baño.

—¡Gallina! —susurró Silvia.

Brianda tardó unos diez minutos en regresar.

Silvia lucía una radiante sonrisa de oreja a oreja. Entregó a la mujer un billete e indicó a su amiga que ocupara su puesto mientras la mujer recogía las cartas del Tarot con calma y delicadeza.

—Antes de nada —comenzó a decir Brianda—, quiero que sepa que a mí estas cosas no me van nada. Ha sido idea de mi amiga.

La mujer ni se inmutó. Comenzó a barajar las cartas con lentitud. Los dedos de sus manos desentonaban con el resto del cuerpo: eran largos, finos, delicados. Brianda se percató de que no llevaba sortijas. Probablemente eso fuera un prejuicio, pensó. La imagen que ella tenía de una echadora de cartas se correspondía con la de una bruja enjoyada, envuelta en telas de colores y con un pañuelo de seda y monedas colgando sobre una mata de pelo rizado. La mujer que ahora la observaba con una desesperante sonrisa de autosuficiencia podría ser su madre.

—Entonces, ¿no tiene nada que preguntar? —inquirió con su voz grave.

Brianda sacudió la cabeza y le lanzó una mirada retadora.

—Si le pregunto algo, la estaré guiando y usted sabrá qué me preocupa y por dónde continuar —replicó.

—Entonces le preocupa algo…

Brianda esbozó una sonrisa de triunfo.

—¿Ve lo que quiero decir?

La mujer le tendió la baraja.

—Le propongo una cosa. No tendrá que decir ni una palabra. Solo hablaré yo y seré breve y concisa. Emplearemos los arcanos mayores. Elija diez cartas y colóquelas una a una, boca arriba, en el lugar que yo le indique. ¿De acuerdo? —La mirada de la mujer se suavizó antes de añadir—: Ni siquiera tendrá que levantar la vista de las cartas. Así no podré fijarme en su expresión…

Esta última condición terminó por convencer a Brianda. Aunque todo ese asunto le parecía una pérdida de tiempo, en el fondo de su corazón ardía una llamita de curiosidad. Recordó la sonrisa de su amiga Silvia. Lo normal era que la echadora de cartas prometiese un futuro maravilloso a todo el mundo en el amor, la familia, el trabajo y la salud…

—De acuerdo —accedió mientras comenzaba a barajar—. Diez cartas. —Extendió todas sobre la mesa y seleccionó varias—. Ya está.

—Muy bien. —La pitonisa señaló un punto—. Sitúe la primera aquí. —Brianda lo hizo—. El loco en posición invertida. Se encuentra en una situación de abandono, de indecisión, de apatía. Está viviendo momentos difíciles, de confusión emocional. —Señaló un segundo lugar, en el que la segunda carta cubría parcialmente la primera—. Los enamorados en posición invertida. Ha hecho la elección equivocada. Su mundo familiar y social la está debilitando. Es un obstáculo para usted.

Brianda frunció el ceño. Su madre era un poco pesada, pero su familia no era ningún obstáculo. Hacía tiempo que era independiente.

Siguió el camino del dedo y descubrió la tercera carta, que colocó a la derecha de la segunda.

—El carro en posición derecha. Indica su futuro posible. Necesita moverse. Va a realizar un viaje. Encontrará muchos impedimentos. Necesita encontrar el camino.

Brianda se removió inquieta en su silla. Todavía no había decidido si marcharse o no.

La cuarta carta, a la izquierda de la segunda:

—La luna en posición derecha. En su pasado lejano fue una persona emotiva, soñadora e intuitiva. Siguió un camino difícil y oscuro. Sufrió. Mucho.

La quinta carta, delante de la segunda.

—La emperatriz invertida. Por eso ha perdido el control de la situación. Sufre crisis que no puede explicar.

La sexta carta, tras la segunda, completó lo que a Brianda le pareció el dibujo de una cruz. Al darle la vuelta, dio un respingo. Aquello era un esqueleto con una guadaña.

—La muerte en posición derecha. Indica una transformación profunda y radical. Fin y principio. Morirá y renacerá.

Brianda no quería escuchar más, pero se encontraba sumida en un estado de ensoñación provocado por la metódica fusión de palabra, dedo, carta, palabra…

El dedo indicó el lugar para la séptima carta, tras la cuarta, cerca de su pecho.

—El juicio en posición derecha. En el fondo lo desea. Quiere despertar. Necesita ese cambio.

La octava carta, a la derecha de la séptima.

—La rueda de la fortuna en posición invertida. Encontrará dificultades en su entorno, pero la transformación se hará de todos modos. Todo llega, antes o después.

La novena carta. Una figura horrible, como un macho cabrío con enormes cuernos. Brianda sintió la boca seca.

—El diablo en posición derecha. No comprendo muy bien… —Sin querer, Brianda levantó la vista y observó que la mujer entrecerraba los ojos en actitud pensativa, como si intentara entender el significado de voces lejanas—. Se refiere a sus temores, a su subconsciente. Veo un estado mental confuso. Una pasión carnal descontrolada… Por favor, sitúe la última.

La décima carta. Una figura humana sujetando un león.

—La fuerza en posición derecha. Sí… —A la pitonisa se le quebró la voz—. Al final, el espíritu dominará… la materia.

Brianda cerró los ojos un instante, intentando asimilar lo que acababa de escuchar.

«El espíritu dominará la materia…».

Buscó la cartera en su bolso, extrajo un billete y lo colocó sobre la mesa. La mano de la adivina rozó la suya al realizar un gesto de rechazo.

—No, por favor. He cumplido con un encargo.

Brianda la miró y se sorprendió. La expresión de la mujer ocultaba cierto sufrimiento. Su inicial actitud un tanto arrogante había desaparecido.

—No puedo cobrar por esto —añadió—. Lo siento, debo marcharme.

Antes de que Brianda pudiera reaccionar, la mujer recogió sus cosas, se puso en pie y comenzó a caminar, pero se detuvo, volvió sobre sus pasos y miró a la joven de una manera tan intensa que Brianda la sintió cercana.

—Sé fuerte —dijo tuteándola—. Y no tengas miedo.

Algo se posó en su hombro y Brianda soltó un grito.

De modo instintivo se levantó y se llevó la mano al pecho para calmar su agitación mientras percibía los acelerados latidos de su corazón. Esteban se rio por la reacción.

—Silvia me ha contado cómo os entretenéis cuando os dejamos solas. ¿Qué te ha dicho a ti, que tienes esa cara de susto?

—Si te digo la verdad, no sé si lo tengo muy claro…

No se atrevía a contarle que todas esas predicciones la habían inquietado, que se sentía extrañamente desasosegada por toda esa palabrería. Jamás le diría aquello de que viviría una pasión carnal descontrolada.

—¿No te ha predicho un futuro maravilloso con un hombre encantador y dos o tres niños correteando a tu alrededor?

El brillo burlón de los encantadores ojos grises de Esteban hizo que Brianda esbozara una sonrisa.

—¿Es eso lo que le ha dicho a Silvia?

—Más o menos…

Brianda barrió con su mirada el local, pero no había ni rastro de la mujer. Deslizó un brazo por la cintura de Esteban y se apretó contra él mientras regresaban con los otros, que se habían animado a bailar acaramelados al lento ritmo de una balada. Esteban la atrajo y comenzó a mecerla. Ella le lanzó los brazos al cuello y sintió una terrible necesidad de asirse a él con todas sus fuerzas.

Cuando abandonaron el after-work, Brianda continuó aferrada a Esteban. Necesitó sentirlo cerca en la calle, en el patio, en el ascensor, en el recibidor de su casa… Solo consintió en distanciarse de él unos segundos para quitarse la ropa y acomodarse en la cama. Sintiéndolo sobre ella, junto a ella, bajo ella, le resultaba más fácil convencerse de que todo iba bien. Esteban no era un obstáculo. No necesitaba separarse de él. Lo quería con todas sus fuerzas. Ella no había sufrido. No necesitaba ningún cambio ni ningún viaje. Su vida era todo lo plácida que podía desear…

Sin embargo, cada vez que Esteban entraba en ella, una punzada de dolor se instalaba en su pecho. Él no podía estar más cerca. Sus uñas clavadas en su espalda impedían que se apartara apenas unos centímetros… Lo sentía tan intensamente como siempre, pero a la vez percibía que comenzaba a alejarse a medida que una odiosa voz se abría camino en medio del placer para recordarle en algún lugar de su interior, resonando como un irritante eco, que algo no iba bien, que no era ese cuerpo sino otro quien debía estar sobre ella, que tenía que salir de allí…

Tenía que parar.

No podía resistir ni sus caricias ni su olor.

Sentía que, allí donde los dedos de Esteban la rozaban, la piel le ardía.

Los jadeos del hombre se intensificaron. Brianda se retorció bajo él y supo que él comprendería equivocadamente que ella también estaba muy excitada. Quería gritar que parase, pero no podía porque el peso de aquel cuerpo sobre su pecho se lo impedía. Se sujetó al cabecero de la cama y consiguió elevarse un poco. Esteban estaba a punto de explotar y ella solo quería detenerlo. Su cabeza iba a estallar. Todo el deseo inicial se había convertido en miedo. Las palpitaciones, la respiración acelerada, el sudor frío, la sensación de ahogo, la necesidad de huir…

—¡Para! —consiguió gritar.

Una sonrisa de triunfo se dibujó en la cara de Esteban. Embistió con más fuerza y se dejó ir dentro de ella. Gruesas gotas de sudor cubrían su rostro. Jadeó una última vez y se dejó caer sobre la joven.

Brianda ahogó un sollozo y concentró todas sus fuerzas en contener el llanto.

¿Qué le estaba pasando?

De todos los males que la perseguían, ese era el peor: la incomprensible sensación de pérdida.

Sin saber por qué, había percibido que la persona que más amaba se desdibujaba en su corazón, convirtiéndose en un desconocido.

Se derretía. Se diluía.

Nunca antes había aborrecido que Esteban la tocara. ¿Cómo podría mirarlo de nuevo a los ojos y actuar como si aquello no hubiera sucedido? Algo así no podía verbalizarse, a no ser que se quisiera que la otra persona entendiera la relación como concluida…

En silencio, permitió que gruesas lágrimas se deslizaran por sus mejillas.

Ahora sí.

Ahora tendría que marcharse. Adonde fuera.

Al menos durante algún tiempo.