25.
Al día siguiente del entierro, Laura convenció a Isolina de que lo más urgente era vaciar el armario de Colau y organizar sus ropas y objetos personales, entregando los que estuvieran en buenas condiciones a la beneficencia y tirando el resto. Su argumento era simple: cuanto antes aceptara la ausencia, antes conseguiría llevar una vida normal.
—¿Qué sentido tiene tropezarte a cada paso con las cosas de Colau? Llora todo lo que quieras, pero mientras tanto, ve ocupando su espacio —le decía a su hermana—. La única forma de vencer el miedo y el dolor es enfrentarse a él. Y como decía nuestra madre, para saber vivir hay que saber morir.
Hacía tanto tiempo que no vivía con sus padres que Brianda había olvidado la capacidad resolutiva de su madre. Varias veces ese día se preguntó de dónde sacaba su madre esa energía que ella, desde luego, no parecía haber heredado. Sin derramar una sola lágrima, ni siquiera por contagio de las de Isolina, Laura les hizo recorrer la que había sido la casa de su juventud de punta a punta, ordenando y limpiando, haciendo comentarios divertidos sobre aquellos objetos que redescubría después de tantos años y bromeando sobre el hecho de que el tiempo se hubiera detenido en ese lugar. Brianda percibía en aquellas resueltas maneras de su madre un loable esfuerzo de contención de emociones movido por el deseo de ayudar a su hermana; con una que llorase y suspirase a todas horas bastaba. Pero cuando Isolina no estaba presente, Laura cargaba contra Colau toda su rabia por no haber sido capaz de frenar el deterioro visible en cada rincón de Casa Anels.
Brianda se tomó un descanso a mitad de tarde. Cuanto más tiempo pasaba, más culpable se sentía por no confesar a Isolina el asunto del anillo, pero no encontraba el momento adecuado. Tal vez cuando sus padres se fueran hiciera acopio de valor para afrontar el bochorno de su confesión. Se asomó a la era. Las nubes que el viento había ido trayendo marcaban lluvia y se respiraba humedad. Decidió dar unos pasos hacia el huerto para airearse y se topó con Luzer, tumbado como el primer día. Seguía atado a su cadena y los recipientes de agua y comida estaban vacíos. Nadie parecía acordarse de él. Movida por un impulso, Brianda extendió con cuidado una mano hacia él para que la oliera y percibiese su intención amistosa de acercamiento. Luzer le respondió con un gruñido gutural y le enseñó los dientes, pero ni se levantó ni trató de atacarla. Brianda retiró la mano y retrocedió unos pasos. Luego repitió la misma acción, con el mismo resultado. Regresó a la casa y buscó a su tía.
—¿Por qué está Luzer atado? —le preguntó.
—No podía separarlo de Colau —respondió ella con tristeza—. Sé que si lo soltase correría hasta su tumba y se dejaría morir allí.
Brianda le preguntó dónde guardaban su comida, fue a la cocina, cogió dos recipientes, los llenó de agua y pienso respectivamente, regresó junto al animal y dejó los cuencos a su lado. Luzer permaneció inmóvil, pero Brianda descubrió un destello de curiosidad en su mirada. Un animal que echase tanto de menos a su dueño no podía ser tan salvaje, pensó.
—Si haces eso todos los días —dijo su padre a sus espaldas—, acabará cogiéndote cariño.
—Me temo que le costará —replicó ella, irónica, consciente de que el carácter del perro se asemejaba al de su fallecido dueño—. Pero me da pena.
Daniel esbozó una sonrisa.
—He terminado con el papeleo de la declaración de herederos y la pensión de viudedad y he pensado continuar con el despacho de Colau. Isolina está de acuerdo. ¿Me ayudas?
Brianda aceptó de inmediato. Su padre le estaba poniendo en bandeja la oportunidad que estaba deseando y que demoraba por respeto hacia Isolina, pues no le parecía bien lanzarse sobre los documentos del despacho cuando la muerte de su marido estaba tan reciente. No obstante, al entrar en aquel santuario tan celosamente guardado sintió aprensión. Le costaba librarse del miedo a ser descubierta en cualquier momento, como si la puerta pudiera abrirse de súbito para dar paso a la amenazadora presencia de Colau. Y no solo eso… Ahora que tenía toda la libertad del mundo para hurgar en la información que allí se guardaba, un nuevo temor la asaltaba al recordar las tétricas palabras de Petra sobre el cadáver. Se preguntaba si la repentina muerte del hombre y el rictus horrorizado de su rostro tenían algo que ver con lo que allí guardaba; o con algo que hubiera hallado; o, por absurdo que pudiera parecer, con el descubrimiento de la ausencia del anillo… El corazón se le aceleró al pensar en esta última opción, que la vincularía directamente con la muerte de Colau. Sacudió la cabeza. Esa era una idea descabellada.
—Aquí hay trabajo para semanas si se quiere hacer bien —dijo Daniel resoplando. Una cosa era guardar en cajas sin ningún tipo de criterio todos los documentos y anotaciones y otra muy diferente catalogar y archivar todo para que no se perdiera en el olvido—. No sé por dónde empezar. Si dependiera de tu madre, adelantaríamos más llevando todo al contenedor del cartón…
—Eso sería algo así como un sacrilegio —repuso Brianda—. Aquí está toda la vida de Colau.
—La suya y la de varios más. —Daniel cogió una pila de carpetas, se sentó en el sillón frente a la mesa y leyó los títulos—: Capitulaciones matrimoniales… Testamentos… Pliegos de cordel… Estatutos de desaforamiento… —Se detuvo en la siguiente, muy gruesa, e hizo un gesto de extrañeza—: Aquí pone Brianda de Anels…
Brianda se la quitó de las manos y acarició la tapa, nerviosa, antes de abrirla. No se podría creer que por fin pudiera conocer algo sobre aquella antepasada.
El primer clip agrupaba una copia de los documentos encontrados por Neli en la cómoda de la sacristía. Como ya los conocía, pasó al siguiente rápidamente, pero de repente recordó la resistencia de Colau a que se supiera el nombre de quién firmaba las ejecuciones y volvió sobre él. Leyó el nombre y ahogó una exclamación: Jayme de Cuyls… Como un fogonazo, la imagen de un hombre alto, bien parecido, de abundante pelo castaño y sonrisa astuta apareció en su mente. Se sentó en un sillón junto a una mesa baja y cerró los ojos unos instantes. Al visualizar de nuevo al hombre del que aquella Brianda debía desconfiar, al primo de aquel Johan, un escalofrío recorrió su espalda y la hizo estremecer. Jayme de Cuyls firmaba las ejecuciones. Uno de Cuyls. Un ascendiente de Colau… ¿Era posible que a Colau le avergonzara que se supiera que era uno de sus antepasados? Le parecía ridículo. Hiciera lo que hiciese, habían transcurrido cuatrocientos años. Esos hechos poco podían importar ya a nadie y mucho menos tener repercusión alguna en el presente.
Le costaba creer que esa fuera la razón de sus reservas, pero de algún modo le ofrecía un nuevo matiz sobre la personalidad de Colau. Tal vez ella no pudiera comprenderlo porque no había vivido en un lugar tan cerrado. En los pueblos la memoria colectiva llegaba muy atrás y los secretos se guardaban con mayor celo. Si el tiempo no había logrado enterrar el inexplicable rechazo del pueblo por los de Cuyls, en cuanto esos documentos salieran a la luz, las conjeturas sobre su mala fama se convertirían en implacables certezas. Aunque hubieran transcurrido siglos…
Pasó al siguiente folio, una copia del fragmento de la solicitud del señor de Anels pidiendo permiso para la exhumación del cadáver de su esposa poco después de las ejecuciones de las mujeres del valle y unas notas escritas a mano por Colau en las que se preguntaba por qué. El tercer papel, una copia de un testamento de Casa Anels, mostraba el dibujo de un gran signo de admiración rojo en la primera página. Y el cuarto era el comienzo de la transcripción de partes incompletas de lo que parecía ser un proceso judicial por la herencia de Lubich fechado a finales del siglo XVI y descubierto en el Archivo de la catedral de Barbastro hacía años.
Los ojos de Brianda brillaron de emoción. No sabía qué encontraría en la lectura de esos papeles, y pretender hallar alguna pista con la que corroborar la realidad de las regresiones le resultaba seductor aunque disparatado. Pero de una cosa estaba segura: gracias al trabajo de Colau, su intranquilidad se estaba convirtiendo en curiosidad, el sentimiento más positivo y estimulante que había experimentado en meses si dejaba aparte el del continuo deseo de volver a ver a Corso.
—Esto es nuevo —dijo Daniel después de observar a su hija detenidamente—. No sabía que compartieras aficiones históricas con Colau.
Brianda sonrió.
—Me he dado cuenta de que el interés por indagar en el pasado resulta contagioso. Llega un momento en que te gustaría poder desplazarte en el tiempo para completar las lagunas de una investigación.
No sabía cómo explicarlo, pero había algo propio en todo aquello. Referente y perteneciente a ella misma. Evocó entonces algunas imágenes de sus sueños, una joven morena de pelo largo corriendo bajo la lluvia, un hombre herido en el lecho de un río, la misma joven gritando en la iglesia…
—¿Y qué estaba investigando Colau que tanto te atrae? —Daniel percibió el ligero cambio que se había producido en su hija, últimamente siempre tensa. ¿Cuánto hacía que no la veía sonreír?
Brianda le habló del documento de las veinticuatro ejecuciones y de que se nombrara en él a una Brianda de Anels.
—Isolina me dijo que mamá había soñado mi nombre, ¿es cierto?
—Es una explicación más comprensible que la verdad. A mí me contó que cuando era pequeña, en las noches de tormenta, oía una voz desde el monte Beles que repetía esa palabra. El nombre me pareció precioso y diferente.
Brianda arqueó las cejas en un evidente gesto de incredulidad. No sabía qué explicación era más extraña, que su madre lo hubiera soñado o que hubiera hecho caso a los rumores del bosque.
—¿Y no te pareció difícil de creer que oyera una voz susurrando mi nombre?
Daniel se encogió de hombros.
—Era una niña. Lo imaginó. —Se levantó del sillón y se desperezó—. Necesito salir a que me dé el aire. ¿Sabes, hija? Me produce tristeza pensar que todo el trabajo de la vida de un hombre termina cuando se muere. —Suspiró al dedicar un fugaz pensamiento a sus propios logros—. En fin, así son las cosas.
Daniel se fue y Brianda estrechó la carpeta contra su pecho. De igual modo que esa Brianda del pasado que ella había visualizado había sentido la obligación de cumplir el deseo de su padre Johan de mantener vivo el nombre de Lubich, ella no se movería de esa casa y de ese lugar hasta saber qué le había sucedido a la Brianda ejecutada.
—En este aparece una señal de exclamación en rojo…
Como todas las noches desde que se fueran sus padres, Brianda se sentaba en el salón y le leía a su tía fragmentos de los documentos de Colau. No tenía muy claro si Isolina la escuchaba o no, pues su actitud no había variado mucho desde el entierro. Apenas hablaba, lloraba con frecuencia, había perdido el apetito y mostraba un aspecto descuidado. Como si su tía fuera una niña pequeña, Brianda, emulando la locuacidad y viveza de su madre, la ayudaba a vestirse, peinarse y maquillarse por las mañanas antes de salir al exterior, donde le preguntaba continuamente sobre las labores de jardinería propias de la primavera. Luego, le pedía cada día uno de sus guisos favoritos con la excusa de que quería aprender la receta. Por la tarde daban un largo paseo que siempre finalizaba en el cementerio, donde Isolina le hablaba al nicho de su marido entre lágrimas. Y después de cenar, se sentaban junto al fuego, que Brianda se encargaba de mantener siempre vivo. Entre la lista de sus planes, la joven había incluido una mañana de compras por Aiscle y una visita a casa de Neli para que Isolina empezara a socializarse. Los roles se habían cambiado: el otoño anterior Isolina había cuidado de ella y ahora le tocaba a ella corresponder, si bien las circunstancias de ambas no se podían comparar. Y el hecho de reconocer esta diferencia obligaba a Brianda, si no a enfrentarse a sus temores, sí a relegarlos a un segundo plano. Así se lo había explicado a Esteban, quien, esta vez, no parecía haber aceptado muy bien su decisión de quedarse nuevamente en Tiles, como si sintiera celos porque ella se dedicara a cuidar de Isolina en lugar de estar con él, o, algo mucho peor, como si sospechara que, bajo su aparente generosidad, Brianda ocultaba otras razones. Quizás llegaría el momento en que pudiera o tuviera que sincerarse con él; mientras tanto, por primera vez en muchos meses, cada día le traía un nuevo motivo por el que ponerse en marcha.
—Veamos qué le llamó la atención de este escrito.
Brianda comenzó a leer en voz alta:
—In Dei Nomine, amén. Sea a todos manifiesto, que yo, Nunilo, señor de Anels, estando bueno y en mi juicio, firme de memoria y de palabra, revocando y anulando todos cualesquiera testamentos, codicilos y otras últimas voluntades, antes de ahora hechas, constituidos y ordenados; ahora de nuevo hago y ordeno mi último testamento, última voluntad, ordenación y disposición de todos mis bienes así muebles como sitios habidos y por haber en donde quiere, en la forma y manera siguiente:
»Primeramente, encomiendo mi alma a Dios Nuestro Señor Creador, al cual humildemente suplico, pues la ha creado, la quiera colocar con sus Santos en la Gloria. Amén.
»Item quiero, ordeno y mando, que si Dios Nuestro Señor quisiera que yo deba morir, mi cuerpo sea enterrado en la iglesia de Nuestra Señora del lugar de Tiles, junto a la capilla del altar.
»Item, quiero, ordeno y mando, que en el otro día de mi entierro, se me principie a decir el novenario, que son nueve misas y se lleve oblatas y candelas, como es uso y costumbre en dicho lugar; que me sean hechas después mis defunciones, honras y cabo de año; y que se me digan cien misas por mi alma y se paguen por estas los derechos acostumbrados de mis bienes y de mi hacienda.
—Está claro que este señor quería dejar en orden su vida espiritual y salvar su alma —comentó Brianda en tono bromista—. ¡Y que tenía un buen nivel económico para pagar tantas misas! Espero que le quedara patrimonio para sus herederos…
Miró a su tía de reojo y le alegró distinguir una leve sonrisa en su rostro. Enseguida continuó con la lectura.
—Item, que sean pagadas todas mis deudas que por buena verdad hallaren y yo estuviere obligado a pagar, con cartas y obligaciones como sin ellas, como en cualquier manera, quiero que se paguen.
»Item, hechas y pagadas y cumplidas todas las cosas de parte de arriba y por mí dispuestos y ordenados de todos los otros bienes muebles y sitios, nombres, derechos, instancias y acciones habidas y por haber, censales, casas, haciendas y heredades, y para que haga cumplir lo dispuesto como si fuera de Notario, dejo y hago institución en heredero mío, de acuerdo con mi mujer Leonor y como quiera que no hayamos tenido descendencia, a quien aquí considero como mi hijo, Corso de Siena…
El corazón de Brianda comenzó a latir con fuerza. No podía ser cierto. Primero una Brianda y ahora un Corso. Alzó la vista y comprobó que estaba en el salón de Casa Anels junto a su tía. Sus sentidos estaban despiertos. Se levantó y le entregó el papel a Isolina.
—¿Has oído? —le preguntó—. ¿Puedes leer desde la última línea? ¿Pone algo más?
Isolina, sorprendida más por el tono estridente de la voz de su sobrina que por el descubrimiento —al fin y al cabo, uno más de los que Colau tantas veces le había mostrado—, leyó en silencio el último párrafo, que luego resumió con voz débil:
—Manda que su mujer sea usufructuaria de todos sus bienes por todos los días de su vida y lo fecha el 27 de marzo de 1586.
Brianda corrió a su habitación y regresó al poco con un cuaderno. Buscó en sus anotaciones sobre las guerras que habían asolado el condado en aquella época y se detuvo en una fecha.
—Poco antes de su expedición militar al servicio del conde… —murmuró Brianda—. Qué previsor este Nunilo…
—No sabía que hubiera un antepasado de la casa que se llamara Nunilo. Hay tantas cosas que no sé. —Los ojos de Isolina se llenaron de lágrimas—. ¡Ojalá le hubiera prestado más atención!
Brianda, nerviosa, comenzó a pasear por el salón. La inquietante casualidad era que el nombre del heredero fuera un Corso de Italia. Ahora comprendía la marca en rotulador rojo de su tío. ¿Cuántas probabilidades había de que existieran una Brianda y un Corso italiano vinculados a ese valle cuatrocientos años atrás y en ese mismo instante? Corrió al despacho de Colau, rebuscó entre sus libros y localizó uno de la población de esa comarca según los fuegos censados por el padre del conde Fernando a mediados del siglo XVI. En los listados se repetían siempre los mismos nombres. Ninguno de los nombres de sus conocidos y vecinos de ese lugar era infrecuente; de hecho, algunos se repetían varias veces, como el de Johan. Si leyese nombre por nombre con detenimiento, tal vez encontrase a alguna Brianda que quizás fuera alguna antepasada de la ejecutada, pero se apostaría cualquier cosa a que no había ningún otro Corso.
Regresó al salón y se sentó junto al fuego. Nunilo le había dejado la herencia a un Corso de Siena… Otra casualidad, como el hecho de que su madre oyera precisamente el nombre de Brianda en el viento. Seguramente Neli le diría que todo aquello que se salía de lo normal no tenía por qué deberse a una combinación de circunstancias imprevisibles e inevitables. Un pensamiento cruzó su mente. A Colau también le había extrañado, como si ese fuese el hilo del cual tirar. Resopló con frustración al darse cuenta de que en realidad se enfrentaba a una madeja. En el presente había una Brianda en Casa Anels y un Corso en Casa Lubich; justo al revés de lo que los papeles antiguos y alguna escena de sus regresiones indicaban. ¿Qué demonios había pasado?
Isolina llamó su atención.
—Conozco esa expresión, Brianda… ¿Qué te preocupa?
—Nada… Bueno, la verdad es que hay anotaciones de Colau que me tienen intrigada.
—Cuando se obsesionaba con una idea, se olvidaba del tiempo, de la comida, de las distracciones y de mí. —Isolina suspiró melancólica—. Pero no he conocido a nadie tan obstinado como él. No abandonaba hasta que encontraba las respuestas que buscaba. Creo que esta historia de las personas ejecutadas lo tenía tan confundido que no quería ni hablar de ello. Es bonito que quieras continuar con su trabajo. ¿Te puedo ayudar en algo?
—El asunto este de las brujas me produce escalofríos. Hay algo misterioso…
Isolina la miró de una manera extraña y abrió la boca para decir algo, pero se contuvo. Se quedó pensativa unos minutos, al cabo de los cuales dijo, con voz monótona:
—La tarde antes de morir, me asomé al despacho y vi a Colau sentado ante la mesa. Parecía tan abatido que me acerqué. Tenía una cajita del color de la sangre entre sus manos que yo nunca había visto. Guardó un pequeño papel en ella, la cerró y la metió en un cajón.
Brianda entrelazó las manos y las mantuvo fuertemente apretadas sobre su regazo. Entonces, Colau había descubierto la ausencia del anillo e Isolina desconocía su existencia…
—Luego —continuó Isolina—, pasó los brazos por mi cintura y apoyó su rostro sobre mi vientre. Permaneció así un largo rato, en silencio, mientras yo le acariciaba el cabello. No sé cómo explicártelo, y lo he comprendido después, pero creo que con ese gesto se estaba despidiendo de mí. —La barbilla comenzó a temblarle y apretó las mandíbulas con fuerza—. Sabes que tengo fe, Brianda, pero me cuesta aceptar la muerte de mi marido. No sé si podré continuar sin él.
Brianda se acercó, tomó la mano de su tía y la acarició en silencio, afligida y desconcertada. Deseaba poder ayudarla, pero aparte de acompañarla en todo momento, no sabía qué más hacer por ella. No podía comprender el tipo o grado de dolor que corroía sus entrañas hasta obligarla a pronunciar aquellas palabras. Recordó entonces las desagradables sensaciones de su propio miedo a morir, uno de los síntomas de sus ataques de ansiedad, y las analizó ahora desde una perspectiva diferente. La frase de Isolina le había afectado mucho, sobre todo porque expresaba un sentimiento diametralmente contrario al del testamento que acababan de leer. ¿A qué había que temer más: a la muerte de uno mismo o al sufrimiento por la pérdida del ser más querido? Colau había fallecido después de descubrir la ausencia del anillo. La idea descabellada de que ella hubiera sido la culpable de su angustia iba cogiendo forma y la hacía sentir culpable.
Isolina se retiró a dormir y Brianda no tardó ni un segundo en correr de nuevo hacia el despacho y abalanzarse sobre el escritorio de nogal. Necesitaba saber qué decía ese papel que guardaba la caja del anillo. Se sentó frente al mueble, introdujo las manos en el primer cajón y lo localizó enseguida. Lo abrió y extrajo el papel, que a primera vista parecía antiguo, y lo desdobló. Faltaban trozos, las frases que coincidían con los pliegues se habían borrado y la caligrafía era extraña, pero con ayuda de una lupa y tras releer varias veces el texto, pudo por fin identificar tres o cuatro frases.
No comprendió su significado, pero, al leerlas en voz alta, las palabras salieron de su garganta como un lamento largamente guardado:
—… Hasta el día de su aniquilación… Arderá y desaparecerá en el infierno… Y el último sabrá… que he sido yo…