31.
Brianda pensó que Dios pretendía poner a prueba su fortaleza al someterla a tantas emociones en un solo día.
—¡Casarme contigo! —repitió varias veces feliz. ¡Por fin una nueva ilusión con la que enterrar la oscuridad de los últimos meses!
La puerta se abrió y apareció Leonor portando una bandeja con un plato humeante. Su mirada se cruzó con la de Corso y supo que Brianda le había informado de su nueva condición como amo de Anels. Se acercó y le dijo:
—Dirigir la propiedad que un día fue de mi esposo requiere mucha fortaleza. Te costará volver a ser el de antes, así que cuanto antes empieces a comer, mejor.
—Sé que estoy en buenas manos —replicó Corso aliviado de su culpabilidad por la muerte de Nunilo al oír las palabras de la mujer—. Y también sé que la primera acción que haré como señor de Anels complacería a Nunilo. —Tomó la mano de Brianda, que continuaba sentada a su lado, y anunció—: Deseo casarme con Brianda. Cuanto antes. Hoy mismo si pudiera… Y espero vuestra bendición.
Leonor arqueó una ceja. Así que sus impresiones aquel día cuando Nunilo regresó del entierro de Bringuer habían resultado ciertas. Miró a Brianda y comprendió que a ella le agradaba la propuesta.
—No me sorprende tu deseo, sino tu premura, Corso. Ambos contáis con mi aprobación, pero es otra la que necesitáis…
—No tengo intención de pedírsela —dijo Brianda consciente de que Leonor se refería a Elvira—. ¿Acaso ella ha contado conmigo para sus planes? Con que se entere después será suficiente.
Leonor sacudió la cabeza.
—Pasarán días hasta que Corso pueda llegar hasta la iglesia. No veo cómo justificar tu ausencia de Lubich.
Corso esbozó una sonrisa y dijo:
—Llamad al abad y ofrecedle un generoso donativo por sus servicios.
A la mañana siguiente, a primera hora, Leonor envió a uno de los criados al monasterio de Besalduch para solicitar la presencia del abad Bartholomeu en Casa Anels con el fin de impartir el sacramento de la extremaunción a un moribundo. La ventisca había ofrecido una tregua, con lo cual el abad debería llegar alrededor del mediodía.
En su cuarto, Brianda terminó de arreglarse. La suya no sería la boda pensada para la hija de Johan de Lubich. Llevaría una falda y un corpiño prestados por Leonor. No habría invitados ni un gran banquete. Tampoco caminaría hacia el altar del brazo de su padre, aunque ahora fray Guillem se empeñase en terminar con esa costumbre y entregar él a la novia en matrimonio. Sin embargo, no podía sentirse más afortunada. En unas horas sería la mujer de Corso de Anels. Todo había sucedido tan rápido que le producía vértigo. La bendición del abad los uniría para siempre. Se repitió esta última palabra varias veces mientras se colocaba un pequeño adorno de flores secas en el pelo. Echó de menos el colgante de flores de nieve que le había regalado Johan, pero al menos conservaba su anillo.
Unas voces llamaron su atención. Se asomó a la ventana y reconoció a dos criados de Lubich y a Cecilia, que hablaba con Aldonsa acompañando sus palabras con gestos nerviosos. Aldonsa la guio al interior de la casa y Brianda decidió bajar para tranquilizar a su criada.
En la cocina, Cecilia la abrazó con fuerza.
—Doña Elvira me envía a buscaros. Estuvimos muy preocupados por vos hasta que tuvimos noticia de que estabais aquí.
—Ya ves que estoy bien. Regresa a Lubich y dile a mi madre que me quedaré unos días haciendo compañía a Leonor.
Cecilia se frotó las manos inquieta.
—Vuestra madre ha insistido en que no regresemos sin vos. Me manda recordaros que faltan pocos meses para que termine el tiempo del llanto por vuestro padre y que debéis observar una conducta honesta y hacer vida retirada como corresponde a vuestra condición.
Brianda soltó un resoplido sarcástico.
—Dile que me alegra que conozca tan bien las obligaciones más propias de una viuda, pero que hoy no me espere.
—Me amenazó con echarme de la casa si no os traía de vuelta. —Cecilia le lanzó una mirada suplicante—. Hoy mismo.
—Estate tranquila, Cecilia, que eso no pasará. No puedo decirte más, pero pronto tendrás que preparar tu equipaje y el mío. Anda, vete.
La acompañó a la era y esperó a que se montara en su mula y se marchara. A lo lejos distinguió que se acercaba otro jinete, con la cabeza tapada con una capucha, y su excitación aumentó al reconocer al abad. Fue en busca de Leonor, a quien encontró bajando la escalera en compañía del boticario, y esta le pidió que esperara en su cuarto. Allí, abrió la ventana y oyó la despedida de uno y la bienvenida del otro.
—No creo que sea necesaria vuestra presencia —escuchó que le refunfuñaba el boticario al abad—. Ni la mía. Anoche me avisaron de que el hombre se moría y no lo parece.
—Nunca está de más asegurarse —se apresuró a decir Leonor, entregándole unas monedas antes de dirigirse al abad—. Y siempre conviene estar preparados para la última llamada del Señor.
Brianda se acercó a la puerta de su habitación, impaciente, y esperó a que Leonor fuera en su busca. Oyó voces en el pasillo y una puerta que se abría y cerraba donde el cuarto de Corso. El tiempo pasaba y no sucedía nada. Por fin, unos pasos le indicaron que alguien se acercaba. Abrió la puerta y vio a Leonor sonrojada.
—Al principio se ha mostrado reticente por la extraña situación y por las prisas. Corso ha dicho que ya habíais vivido como marido y mujer y que, con su negativa, lo único que hacía era consentir que siguierais en pecado, pero no ha sido esto lo que lo ha convencido. Creo que le satisface contrariar a fray Guillem.
Brianda sintió que se ruborizaba, pero no hizo ningún comentario. Tras Leonor, entró en el cuarto de Corso. No lo había visto desde la noche anterior y la recibió con una mirada tan intensa que se estremeció involuntariamente. Estaba recostado sobre unas mullidas almohadas y una fina tela cubría sus piernas. Le habían afeitado la barba, recogido el cabello con una tira de cuero y cambiado la camisa por otra limpia sobre la cual llevaba un jubón negro. Parecía otro. La vitalidad había regresado a su cuerpo. Aunque todavía faltaba para que pudiera tenerlo en pie a su lado, así era como lo había evocado en las largas noches de separación.
El abad le pidió que se situara al lado del lecho y comenzó la ceremonia.
—Puesto que no se han expuesto públicamente las tres amonestaciones debidas los tres domingos seguidos para que los miembros de la comunidad aleguen si hay impedimento para este matrimonio, tendré que fiarme de la palabra de doña Leonor, quien firmará como testigo. No sois parientes hasta cuarto grado, con lo cual no hay necesidad de dispensa del papa o del obispo. —Miró a Brianda—. Y no sois víctima de un rapto y no habéis pronunciado votos religiosos previos. En cuanto al consentimiento de la familia, dejo las consecuencias a vuestro riesgo. Ahora diréis los votos. ¿Tenéis los anillos?
Brianda rápidamente se sacó el de Lubich y se lo entregó al abad, pero se dio cuenta de que no tenía uno para Corso. Leonor salió y regresó al poco. Depositó un aro de oro labrado junto al otro en la mano de Bartholomeu.
—Era el de Nunilo —dijo mirando a Corso—. Ahora debes llevarlo tú.
El abad murmuró una rápida bendición sobre los anillos y le entregó a Corso el que debía poner en el dedo anular de Brianda apuntándole las palabras que debía decir. Con voz grave, y sin dejar de mirarla a los ojos, Corso dijo:
—Brianda, con este anillo te desposo, con mi cuerpo te honro y te hago partícipe de todos mis bienes.
Brianda tomó el otro anillo y, a la vez que pronunciaba la misma promesa, mentalmente se juró que no solo con su cuerpo, sino también con su alma lo adoraría. Al llegar a la última parte, sin embargo, no pudo evitar que una sombra empañara su mirada. De momento ella no tenía ningún bien que aportar a ese matrimonio. Como si comprendiera su temor, Corso apretó su mano y le susurró:
—Tú eres la única riqueza que deseo.
El abad les recordó que deberían vivir el uno con el otro conforme a lo ordenado por Dios en el santo estado del matrimonio, amándose, honrándose y conservándose en tiempo de enfermedad y de salud y renunciando a todos los otros y otras mientras ambos vivieran. Alzó las manos sobre ellos e impartió una última bendición:
—Oh, Señor, salva a tu siervo y sierva que ponen en ti su esperanza. Envíales socorro de tu santuario y ampáralos para siempre. Sé su torre y fortaleza delante de sus enemigos. Oh, Señor, oye nuestro ruego y llegue a ti nuestro clamor.
Corso y Brianda permanecieron con las manos unidas hasta que tuvieron que firmar el documento que rubricaba el matrimonio. Al darse cuenta de que Corso dudaba, Brianda se percató de que no sabía escribir, así que guio su mano para trazar su nombre. Después, el abad se despidió. Antes de salir, oyeron que Leonor le preguntaba:
—¿Pondrá reparos fray Guillem a este matrimonio?
—Mostrará su repulsa, pero mantendrá su validez. —Bartholomeu levantó el dedo índice a la altura de su nariz—. Que se atreva a cuestionar mis actos. Mis bendiciones son tan efectivas como las suyas.
Ya a solas, Corso extendió la mano para que Brianda se tumbara junto a él y la abrazó.
—No podremos consumar nuestro matrimonio todavía, pero te prometo que pronto estaré recuperado. Mientras tanto, no pienso dormir ni una sola noche sin tu compañía. Encárgate de que las criadas dispongan este cuarto para los dos.
—Entonces el trabajo ya está hecho. —Brianda se rio—. Todas mis ropas están en Lubich.
—Iremos a por ellas en cuanto pueda cabalgar. Después nos encargaremos de recuperar tu casa.
Brianda se apretó contra él.
—Mi casa es esta ahora. La tuya.
—No mientas. Sé que sientes lo mismo ahora que aquel día bajo la torre, cuando tu padre aún vivía y anunciaste tu matrimonio con Marquo. Lejos de Lubich te morirías, me dijiste. O Lubich desaparece o la recuperas. No hay otra opción para que puedas estar conmigo plenamente.
Dos días después, Brianda avisó a Leonor de que tomaba una mula prestada para ir a Lubich a por sus cosas. Corso le había pedido que esperara a que se recuperase para acompañarla, pero ella se sentía impaciente por hacer uso de sus ropas y joyas, del ajuar que había preparado para cuando se casase y del escritorio que le había regalado su padre. También quería traerse a Cecilia como su doncella personal.
El sol la cegaba al reflejarse sobre el hielo del camino en esa fría y soleada mañana en la que el aire estaba completamente en calma. Ningún ruido procedía de los campos desiertos a ambos lados del camino. Como el humo perezoso que salía de las chimeneas de los tejados de Tiles, había comenzado el trayecto lentamente, gozando del recuerdo de la vigorosa complexión del cuerpo de Corso pegado al suyo por las noches, rememorando el placer descubierto en sus caricias sin las prisas y los temores de antaño. Solo pensar en las manos ásperas de Corso sobre su piel ya le producía un intenso estremecimiento y deseaba que el día transcurriera deprisa para acudir a su lado. Agradeció esos instantes de silencio y soledad para poner orden en sus pensamientos. Toda la felicidad que la embargaba por ser la esposa de Corso se empañaba cuando pensaba en Lubich. Entonces regresaba el sentimiento de rabia por el proceder de su madre y su propio afán por no darse por vencida. Quizás Dios la castigase por su avaricia, pensó. Quería a Corso con toda su alma, pero también debía recuperar Lubich para ella y sus hijos.
En cuanto cogió el desvío hacia los bosques al noroeste, espoleó a la mula para que acelerara el paso. Sin darse cuenta, su ánimo comenzó a cambiar y la paz dio paso a la inquietud. Pronto divisaría la muralla de piedra y la torre de Lubich y, por primera vez en su vida, no era la alegría ni la sensación de seguridad, sino la alarma, la que revoloteaba en su pecho, como una urraca anunciando una desgracia con sus graznidos.
Continuó adelante, arrepentida de no haber hecho caso a Corso. Qué diferente sería todo si él cabalgara a su lado, pensó. Entonces, su oscuro presentimiento se quedaría oculto en el mundo de lo misterioso y su lugar lo ocuparían la decisión y la osadía. Cruzó el gran portalón con la sensación de premura corriendo por sus venas. Ojalá pudiera recoger sus cosas sin tener que encontrarse con su madre, a quien no podía odiar si la visualizaba en ese patio regañándola por sus travesuras, o limpiándole los rasguños de sus pequeños accidentes, o recibiéndola en sus brazos cuando regresaba agotada de alguna aventura con su padre. Por qué tenía que haber cambiado todo tan deprisa, se preguntó. El que había sido su mundo había desaparecido. Si Johan viviera… Su mente pretendió hacer un recuento de sus recuerdos, pero un pensamiento se impuso: si Johan viviera, ella no estaría casada con Corso, a cuyo lado volvería en cuanto terminase con aquello que tenía que hacer.
Los criados que faenaban en la era la reconocieron al instante y uno de ellos acudió a hacerse cargo de la mula, a la que ató junto a unos caballos ensillados. Brianda le habló con la misma naturalidad de siempre, pero el hombre, llamado Remon, se mostró reacio a responder a sus comentarios. Entonces, la menuda Gisabel apareció en la puerta de la casa. Tras la muerte de su marido, el pastor, en aquel terrible incidente por el que Surano y sus hombres habían partido a la tierra baja en busca de venganza, la alegría había desaparecido de su semblante normalmente risueño, pero poco después de dar a luz a su pequeño, había aceptado los amoríos del viudo Remon y había recuperado su carácter jovial y un tanto mandón.
—¿Qué le pasa a Remon? —preguntó Brianda—. Apenas ha querido hablar conmigo.
—A él y a todos —respondió Gisabel en voz baja—. Nos cuesta acostumbrarnos a las maneras del señor.
—Que yo sepa, aquí todavía no hay ningún nuevo señor —dijo Brianda, súbitamente malhumorada al pensar en Jayme de Cuyls.
—El mismo día que os marchasteis nos llamó a todos y, en presencia de vuestra madre, nos recordó que, como único primo hermano de vuestro padre, y también descendiente de Lubich, él es ahora el varón encargado de este patrimonio y de todo lo que en él hay. Va y viene a su antojo, aunque no pasa las noches aquí.
Brianda soltó una maldición. Ni siquiera iba a esperar a casarse con Elvira para conseguir su objetivo. Lanzó una mirada a los caballos atados.
—Está en la sala, con la señora —le confirmó Gisabel.
—Os necesito a Cecilia y a ti en mi cuarto ahora mismo. De momento no avises a mi madre.
—Cecilia está encerrada en la bodega.
Brianda recordó la amenaza que temía la joven. Elvira no la había despedido por regresar a Lubich sin ella, pero la había vuelto a encerrar. Sintió que el mal humor se convertía en ira y entró en la casa como un huracán en dirección a la zona de cocina y despensas. Bajó por unas estrechas escaleras de piedra, cogió la llave que de día solía colgar de un clavo y abrió la puerta de la bodega, un húmedo lugar de techo abovedado, telarañas, olor a rancio y rata, paredes mohosas y cubas apoyadas en vigas de madera. En un rincón del suelo, sobre una manta vieja, encontró a Cecilia, sucia, despeinada y aterida.
—Vámonos de aquí —le dijo, ayudándola a ponerse en pie.
A su espalda, Gisabel le advirtió:
—Los amos se enfadarán mucho por esto…
Brianda no respondió. Con la misma decisión, deshizo el camino, subió a su cuarto, ordenó a Cecilia que se lavara y cambiara y que preparara sus pertenencias y a Gisabel que la ayudara con las suyas. Abrió las dos arcas en las que guardaba sus ropas y su ajuar, compuesto por juegos de cama de lienzo, camisas de hombre y de mujer, tocas, pañuelos y manteles finos, e introdujo en ellas los peines, tarros de perfume, un pequeño espejo de mano y el pequeño cofre de sus joyas que tenía en una mesa junto a la ventana. Se aseguró de que la tapa de la arquilla que le había regalado Johan estuviera bien cerrada para el viaje e instintivamente se llevó la mano a la cadena de su cuello para comprobar que la llavecita que abría el compartimento secreto seguía ahí. Por último, le pidió a una sorprendida Gisabel que la ayudara a plegar las sábanas de su cama porque también pensaba llevárselas.
Cecilia regresó portando un hatillo y permaneció en silencio un rato esperando a que Brianda ofreciera alguna explicación sobre su futuro inmediato.
—¿Dónde iremos, señora? —preguntó por fin.
Entonces, la puerta se abrió de golpe y apareció Elvira. En cuanto vio a su hija y lo que estaba haciendo, el estupor se reflejó en su rostro.
—¡Brianda! —exclamó—. ¿Qué estás haciendo? —Miró a Cecilia y luego a Gisabel—. ¿Qué está pasando? Marchaos de aquí. Ya hablaremos luego.
Ambas obedecieron rápidamente, pero Brianda sujetó a Cecilia del brazo.
—Tú te quedas conmigo.
Brianda se plantó ante Elvira y la miró directamente a los ojos. Tenía que aprovechar ese momento en el que la rabia aún movía su corazón para atreverse a enfrentarse a ella.
—Madre, necesito que los criados preparen varias mulas y me ayuden con mis cosas. Preferiría llevármelo todo ahora mismo.
Unas manchas rojas cubrieron la pálida piel de Elvira y Brianda supo que se estaba enfadando.
—¿Y adónde te crees que vas a ir? —preguntó Elvira, en un tono pausado y controlado.
—A Casa Anels.
—Esta es tu casa y no esa…
—¡Tú has querido que no lo sea! —gritó Brianda.
—Eres mi hija, por mucho que le duela a Leonor, y harás lo que te yo te diga.
—¡Ya no porque ahora soy una mujer casada!
Elvira entornó los ojos.
—¿Qué mal se ha apoderado de tu alma que mientes así a tu madre?
—No estoy mintiendo. Hace dos días, el abad Bartholomeu me unió a Corso en matrimonio. —Al nombrar a su marido, Brianda se sintió segura. Alzó la barbilla y continuó—: No murió como creímos. Volvió a por mí. Ahora es el nuevo señor de Anels.
Elvira apretó las mandíbulas y tras unos tensos momentos de silencio, se marchó. Brianda inspiró profundamente y soltó el aire lentamente para calmar su respiración.
—¿Os habéis casado con él? —preguntó Cecilia—. No deberíais haberlo hecho en enero, el mes del frío y la carestía. Tendréis escasez el resto de vuestra vida, porque así comienza un matrimonio, así termina.
—¡Cállate! —soltó Brianda irritada—. Lo que menos necesito en este momento es uno de tus agüeros… ¿Crees que mi madre habrá mandado a por los criados?
Se oyeron unos pasos en el pasillo y Brianda pensó con alivio que tal vez fuera así.
Sin embargo, fue un hombre quien se apostó en el quicio de la puerta. Tras él, Brianda distinguió a Elvira.
—¿Desde cuándo una jovenzuela puede hacer lo que le dé la gana sin contar con la aprobación de los hombres de su familia? —Los ojos de Jayme de Cuyls tenían una mirada amenazadora. Se acercó unos pasos, tomó a Cecilia del brazo y la echó fuera—. Puede que desobedezcas a tu madre, pero ahora yo soy tu tutor.
—En realidad, deberías estarme agradecido —repuso Brianda—. Me he quitado del medio… De momento… —Enseguida lamentó haber pronunciado las últimas palabras de una manera tan enfática, pues Jayme arqueó una ceja sorprendido.
—¿Es eso una advertencia? —preguntó él.
—Tómatelo como quieras. Ahora solo deseo que me enviéis a los criados y regresar con mi marido.
—Si es cierto lo que dices, fray Guillem se encargará de este despropósito. Ese Corso… —Soltó un bufido cargado de desprecio, mientras caminaba de nuevo hacia la puerta—. Tu único marido será aquel que tu madre y yo consideremos apropiado para los tiempos que corren…
Jayme extrajo la llave de la cerradura. Cuando Brianda quiso darse cuenta, ya era demasiado tarde. Se abalanzó hacia él, pero él la empujó, salió y cerró la puerta por fuera, desde donde añadió en voz alta:
—Estarás ahí hasta que te des cuenta de tu error y comprendas que las decisiones de tu madre son las más acertadas por tu bien y por el de Lubich.
Durante horas, Brianda gritó y golpeó la puerta. Afónica y con los puños ensangrentados se dejó caer por fin en el suelo, y cuando la luz de la luna se dispuso a iluminar el espacio infinito que esa clara noche compartiría con las estrellas, comenzó a sollozar.