22.
Aún era de noche cuando el 22 de enero de 1586 Brianda se abrazó a Johan bajo el dintel de piedra de la entrada a Casa Lubich con el miedo agarrotando su cuerpo.
—Ten mucho cuidado, padre. —Los dientes le rechinaban por el frío helador y los nervios. Solo pensar que podría no volver a verlo con vida le atenazaba el corazón—. ¿Seguro que la credencial del rey es suficiente para no temer por tu seguridad?
Johan le acarició el cabello, tan negro como blanca era la nieve que cubría los tejados, y le respondió:
—El miedo es la prueba de un bajo nacimiento, hija mía.
Depositó un ligero beso en la mejilla de su hija, subió a su caballo y, seguido de sus lacayos y criados, se dirigió al molino de Tiles, donde había quedado con los otros.
Una hora más tarde, Johan, Nunilo y Marquo, acompañados de Corso y de una docena de hombres, entraron en la villa de Aiscle. Las calles estaban desiertas, impregnadas de un falso adormecimiento revelado por las parpadeantes sombras de los candiles tras las ventanas.
En lugar de cruzar la calle mayor, tomaron un camino cubierto de hielo, crepitante bajo los cascos, hacia la parte alta del lugar, donde se encontraba la iglesia. Allí, varios caballos atados en el muro de la abadía sirvieron de indicio de que el conde ya había llegado. Llamaron a la puerta y abrió Pere, quien los recibió con la misma expresión de alivio que el conde.
Don Fernando, más delgado y envejecido desde que lo vieran en Monçón, estaba sentado ante una tosca mesa cerca del altar sobre la que había unos papeles. Se levantó y los saludó con afecto.
—He enviado a por Medardo —informó—. No tardará en llegar.
—¿Cómo lo sabéis? —preguntó Nunilo.
—Fray Guillem se ha ofrecido como mediador para garantizar su seguridad —respondió Pere.
—El pueblo está demasiado tranquilo, señor —dijo Marquo dirigiéndose al conde—. Me extraña que tanto vos como nosotros hayamos podido entrar sin problemas.
—A mí también —dijo Surano, calculando que entre los señores de los valles y los soldados del conde no sumaban ni una treintena de hombres—. Vamos bien armados, pero somos pocos.
—Tal vez se hayan dado cuenta de que ya no tienen nada que hacer frente a las órdenes de su majestad. —Johan señaló los papeles sobre la mesa—. ¿Son sus credenciales?
El conde asintió. Entonces, dos soldados apostados en la puerta avisaron de que se acercaban unos hombres. Abrieron la puerta y entraron Guillem, Medardo, Jayme y un cuarto al que Medardo presentó como su hermano. El sacerdote se quedó junto a la puerta y los otros, con paso altivo y una sonrisa arrogante, caminaron hacia el conde. Sin saludarlo, Medardo le espetó:
—El Concejo local se reunirá en la plaza dentro de una hora para escuchar lo que tengáis que decir.
—Habíamos quedado aquí en la iglesia —repuso el conde.
—O acudís a la plaza o habréis perdido el tiempo viniendo.
Don Fernando miró dubitativamente a Pere y a Johan.
—¿Y qué garantías nos das de que habrá paz? —preguntó Pere.
Medardo mantuvo la mirada fija en el conde.
—Nada se hará si vuestros nobles nada hacen. Tenéis mi palabra.
—¡Tu palabra es tan flaca como un pordiosero en febrero! —le gritó Marquo.
Fray Guillem dio un paso al frente con intención de recriminarle su actitud en un momento tan delicado, pero Medardo continuó sin inmutarse:
—Dentro de una hora estaremos allí. Si quisiéramos atacaros ya lo habríamos hecho.
Se dio la vuelta y se marchó, seguido de su hermano y de Jayme.
—No pensaréis ir, ¿verdad? —preguntó Marquo.
El conde lo miró, intentando recordar el nombre de ese joven cuyo rostro le resultaba familiar. Pere acudió en su ayuda:
—Es uno de los hijos de Bringuer de Besalduch —le susurró—. Estuvo en Monçón. El heredero de su casa no ha querido venir, pero la lealtad de este suple con creces la indecisión del otro.
—¿Se te ocurre algo mejor, muchacho? —le preguntó entonces don Fernando.
—¿Y qué tal enfrentarnos a ellos de una vez? —interrumpió Surano a la vez que con gesto decidido apoyaba la mano en su espada—. Somos pocos pero bien entrenados. —Señaló a Corso, que asintió con la cabeza—. Sabemos quiénes son y cuáles son sus casas. Vayamos a por Medardo. En esos papeles está la justificación.
Con las manos entrelazadas a su espalda, el conde caminó, pensativo, unos minutos.
—No es mi deseo alterar más esta tierra —dijo finalmente—. Cuando me escuchen, sabrán que la razón está de mi parte porque me la da el mismo rey. ¿Qué amo sería si apaleara a quien quiero que me siga sirviendo? Vayamos y acabemos de una vez.
En la plaza, ante uno de los arcos consecutivos de piedra que sostenían algunas de las pequeñas viviendas, Medardo esperaba al conde sentado a uno de los extremos de una mesa que había mandado llevar para la celebración del encuentro. A su lado, permanecían de pie su hermano y Jayme. Los vecinos, con cara somnolienta, se habían agrupado en un amplio semicírculo, como si se dispusieran a ver una pieza teatral a una hora intempestiva, pero habían guardado un pasillo en el medio por el que accedieron el conde, Pere y un par de sus hombres, dueños de otras casas nobles de Aiscle. Después de meditar sobre la conveniencia o no de su presencia una vez cumplida su labor de ayudar a que se realizara la reunión, fray Guillem había decidido quedarse en la iglesia. Los demás se repartieron por las bocacalles que daban acceso a la plaza: Johan y Nunilo, al sur; Surano y Corso, al norte.
—¿Te has fijado? —preguntó Johan a Nunilo—. La mayoría son ancianos, mujeres y niños. ¿Dónde están los hombres?
—Desde luego, no me creo que estén todos con el ganado en la tierra baja… —respondió Nunilo—. Me temo que esto no acabará bien.
En voz alta y clara, Pere se dirigió a los vecinos:
—Como bayle de Aiscle y justicia del condado que todavía soy, os he convocado para que oigáis lo que el conde don Fernando tiene que deciros…
Se oyeron insultos y gritos contra el conde, que no cesaron hasta que se levantó Medardo y dijo:
—Como vuestro representante, elegido por vosotros y no por nombramiento directo de ningún conde o rey, tengo especial interés en escuchar qué tiene que decirnos quien solo viene a esta tierra cuando necesita nuestro dinero. —Muchos aplaudieron su comentario—. El conde dice que trae una credencial del rey dirigida a este Concejo. —Extendió la mano hacia don Fernando—. Entregádmela, pues.
El conde se levantó:
—La leeré, pero no la soltaré de mi mano —dijo en voz alta y templada—. No me arriesgaré a que la destruyas. —Era la única prueba del apoyo real que obraba en su poder.
—¿Entiendo entonces que ponéis en entredicho la validez de este Concejo?
Unos nuevos insultos y voces indignadas se oyeron en tono más alto. Johan y Nunilo adelantaron sus caballos un poco. Desde el lugar donde se había apostado junto con Corso, Surano los miró esperando un gesto que indicase que tenían que intervenir. Le resultaba increíble que el conde mantuviera la calma ante la actitud provocadora de Medardo. Johan le pidió con la mano que permaneciera quieto.
—No soy yo quien lleva entorpeciendo la celebración de esta reunión desde hace tiempo —dijo el conde.
—Ahí lleváis razón —repuso Medardo—. Por justicia, yo he estorbado la celebración del Concejo hasta que la tierra esté sosegada…
—¡Eres tú quien la altera! —gritó Pere.
—¡Y lo seguiré haciendo hasta que su majestad me responda a un despacho que quiero entregarle!
—¿Y quién eres tú para comunicarte con el rey? —inquirió don Fernando.
—¡Otros documentos tengo firmados por él!
Ahora sí que el conde perdió la calma:
—¡El único y último documento que tiene validez es este que porto! Su majestad ha firmado de su puño y letra que yo sea puesto pacíficamente en la posesión del condado…
—¿Dónde están los enviados reales que avalen vuestras palabras? —gritó Medardo—. ¿Y el bayle general del Reino o el virrey? ¡No veo a nadie! Si no ha aparecido ningún representante real, lo lógico es concluir que el rey no está por la labor de facilitaros la posesión. Además, ¿cómo sabemos que no es un documento falso? ¿Alguien aquí conoce la firma de su majestad?
La muchedumbre bramó, impidiendo que se oyeran las últimas palabras del conde:
—¡En nombre del rey los rebeldes serán perdonados! ¡Se olvidarán las cosas pasadas! ¡Se suspenderán las sentencias de muerte contra Medardo y sus cómplices!
Satisfecho porque no se oyeran sus palabras, Medardo se acercó al conde y le susurró:
—¿Pero quién os creéis que sois para perdonarme la vida en nombre del rey cuando yo trato directamente con él y sus ministros?
Pere, rojo de rabia, le espetó:
—¡Maldito bastardo! ¡Diste tu palabra de que se celebraría el Concejo en paz!
—Y la he cumplido, pero es el pueblo entero quien hoy os rechaza…
Pere sacó su espada y la levantó hacia Medardo. Se oyó un disparo de arcabuz y Pere cayó a los pies de Medardo. En los segundos de silencio que se produjeron, Johan y Nunilo llegaron hasta el conde. Este último, al ver el cuerpo inmóvil de su amigo, desde su caballo alzó el arcabuz en dirección a Medardo, pero el hermano de este se interpuso entre ellos para apartarlo justo cuando sonó el disparo. Medardo aún tuvo tiempo de sostener unos momentos el cuerpo inerte de su hermano, que le había salvado la vida. Entonces, con los ojos inyectados en sangre, levantó su arcabuz y disparó al aire mientras echaba a correr entre la gente gritando:
—¡Ahora! ¡Licencia para el saco!
Desde las calles cercanas a la plaza llegaron decenas de disparos y gritos de ataque acompañados de otros de terror. Sobre las cabezas de las mujeres, ancianos y niños brillaban las espadas de los hombres del conde, desconcertados por no poder identificar claramente dónde se encontraba el enemigo verdadero.
Johan distinguió a Jayme, que había observado la escena en un segundo plano, cerca de ellos. Sacó su espada y se acercó a él con intención de luchar, pero Jayme fue más rápido y, aprovechando la indecisión inicial del conde, inmovilizó a este cogiéndolo del cuello con un brazo. Sacó un puñal del cinto y le clavó la punta.
—¡Quieto o sois hombre muerto! —le amenazó mientras intentaba escurrirse entre la multitud parapetado con el cuerpo de don Fernando—. Esto también va por ti, Johan. ¡Si te acercas, lo mato!
Johan se mantuvo quieto, aunque la sangre que compartía con su primo hervía en sus venas con todo el odio del mundo hacia aquel que una vez había sido también su amigo, su hermano pequeño, su compañero de travesuras.
—¡Pagarás por esto, Jayme! —le amenazó con la espada en alto—. ¡Te arrepentirás de tu traición!
—¡Y yo te estaré esperando! —le gritó el otro—. ¡Vigila tu espalda porque no pararé hasta acabar contigo!
Cuando Jayme consideró que se había alejado lo suficiente, se detuvo un instante vacilante. ¡Qué tentación disponer entre sus manos de la vida del conde! Jamás tendría otra ocasión tan propicia como aquella para terminar con él. Apretó el cuchillo un poco más y notó su sangre caliente. Sin embargo, se detuvo ahí. Por mucho que el rey deseara aquella tierra, jamás premiaría el asesinato de un noble; al contrario, probablemente pondría precio a su cabeza para satisfacer la venganza que le exigirían otros nobles. Retiró el cuchillo, lanzó a don Fernando al suelo de un fuerte empujón y se escapó corriendo escudado por sus vecinos. El conde, aturdido, regresó donde Johan y Nunilo. Uno de sus soldados le acercó su caballo justo cuando Surano y Corso llegaban al galope sin parar cuenta de quién se interponía en su camino.
—¡Están por todas partes! —gritó Surano—. ¡Hemos recorrido toda la parte alta! ¡Y cuentan con los servicios de bandidos catalanes! ¡Han aprovechado que los nuestros estaban protegiendo al conde para arremeter contra sus casas! ¡Cobardes traidores! ¡Lo tenían planeado!
—¡Surano! ¡Corso! —gritó Nunilo intentando levantar a Pere—. ¡Ayúdame a cargar con él! ¡Todavía respira!
Surano, al ver a su hermano, desmontó rápidamente.
—¡Pere! —Lo incorporó un poco, localizó la sangre en su abdomen, rasgó las ropas y le taponó la herida—. ¿Quién ha sido? ¡Lo mataré con mis manos!
El conde se dirigió a Surano:
—Dime, ¿qué opciones tenemos?
—Con franqueza, señor. Vuestros nobles están más pendientes de salvar sus casas que de salvaros a vos… Pero los que quedamos hemos batallado en lugares peores. —Su tono se volvió rabioso—. ¡Dad la orden y cargaremos contra los rebeldes hasta que no quede ninguno!
—No podemos arriesgarnos a que os pase algo, señor —intervino Johan—. Deberíamos irnos ahora.
El conde llamó a uno de sus soldados y le dijo:
—Avisa con discreción de que nos vamos al monasterio de Besalduch.
Nunilo se acercó a Johan para que le informara de los planes. Preocupado por la familia de Pere, Nunilo le pidió a Corso:
—Acompaña a Surano e id a la casa de Pere con sus hombres. Necesitarán ayuda. Buscad a su mujer y subidla a Besalduch. Yo llevaré allí a Pere.
—Yo debo acompañaros a vos —dijo Corso. Temía que Medardo quisiera vengar la muerte de su hermano matando a su benefactor. Si algo le sucediera a Nunilo, no podría volver a mirar a la cara a Leonor—. Surano puede encargarse de la familia de su hermano.
—Ahora quien necesita ayuda no soy yo —arguyó Nunilo en tono firme—. Además, iremos todos juntos.
Corso obedeció, pero decidió actuar con toda celeridad. Algo en su interior le decía que el día iba a terminar mucho peor de como había comenzado.
La villa se había vuelto loca. Por las calles en las que algunas casas ardían, los gritos de miedo se mezclaban con los de satisfacción de quienes habían llenado sus sacos con el oro, la plata y las joyas de los edificios saqueados. Por primera vez en su vida, Corso vio la situación desde otro punto de vista. Acostumbrado al pillaje y al saqueo tras tomar un lugar, ahora lamentaba que los amigos de quienes tan bien se habían portado con él sufrieran la violencia de hombres descontrolados por la codicia, la venganza o simplemente la fidelidad al bando que más les prometiera. Se vio a sí mismo como uno más de aquellos desalmados que corrían tras mujeres histéricas y despavoridas esperando poner sus manos sobre ellas y se dio cuenta de cuánto había cambiado. Pensar que cualquiera de ellas podía ser Brianda le enloquecía.
La casa de Pere estaba a las afueras. Era una construcción sobria de formas simples y recios muros pero de aspecto señorial. La puerta principal, bajo un arco de piedra que comunicaba con el patio principal, estaba destrozada. Una vez dentro, no vieron a nadie. Surano, imitado por los tres lacayos de la casa que los acompañaban, comenzó a dar voces. Desde uno de los cobertizos llegó el llanto de una mujer. Se acercaron y Surano reconoció a María, la esposa de Pere, acurrucada en una esquina sobre un charco de sangre. Como la mujer estaba completamente desnuda, mandó a otro a por una manta para cubrirla. Entonces se acercaron a ella. A pesar de su edad, como era muy delgada y tenía la piel blanca y el cabello claro, parecía una niña horrorizada por lo que acababa de sufrir.
Corso se fijó en que sujetaba una de sus manos fuertemente contra su pecho, de donde brotaba la sangre, pero no dejaba que ninguno se le acercase para ver qué le pasaba.
—Lo querían todo… —decía— y lo que no se podían llevar lo arruinaban para siempre. El vino de la bodega malmetido por el suelo… Los muebles partidos a hachazos… Todos huyeron al monte… Han quemado los archivos y registros del condado que guardaba Pere… Mis ropas… No me podían quitar el anillo…
Señaló a su derecha y vieron un hacha y un dedo en el suelo. Uno de los criados de la casa se alejó y vomitó.
—Era el de mi boda. —La voz de María se volvió desesperada—. Mi marido… ¿Sabéis dónde está?
Corso susurró algo en el oído de uno de los criados y cuando este se fue, Surano se agachó junto a ella.
—María, Pere ha resultado herido —le explicó con voz tranquila y convincente—, pero está vivo. Nunilo de Tiles lo sube ahora al monasterio de Besalduch con los hombres del conde y tengo orden de llevaros junto a él.
El otro lacayo regresó con un recipiente humeante y unas tenazas. Surano miró a Corso y le indicó con un gesto de la cabeza que procediera. Corso cerró los ojos un instante y respiró hondo.
—Ahora debemos curaros, María —continuó Surano—. Espero que os mostréis tan valiente como desearía mi hermano. Él ahora os necesita. Os pido que cerréis los ojos y que confiéis en mí.
María asintió y cerró los ojos.
—Ayudad a Surano a sujetarla fuerte —indicó Corso a los hombres mientras buscaba un pedazo de madera que introducirle en la boca.
Cogió las tenazas, revolvió en el cubo y eligió el fragmento de brasa adecuado por tamaño y viveza. Se arrodilló junto a María y, sin dudar, le quemó la herida, cortando la hemorragia e impregnando el aire de un penetrante olor a carne quemada.
La mujer se desmayó y la llevaron hasta su dormitorio para que descansara.
—Quédate con ella hasta que yo regrese —le pidió Surano a Corso—. Voy en busca de los criados para avisarlos de que el peligro ha pasado para esta casa, de momento.
Corso permaneció junto a María hasta que aparecieron dos criadas, la vistieron y la prepararon para partir hacia Tiles. No había transcurrido ni una hora desde el comienzo del altercado en la plaza de Aiscle, pero tenía el presentimiento de que había pasado demasiado tiempo.
Mientras tanto, Surano aprovechó para acercarse al centro del pueblo para ver si los ánimos se habían calmado. Recorrió un par de calles y comprobó que la locura y el griterío habían amainado bastante conforme los saqueos habían ido saciando los apetitos de los sublevados. De pronto, una mujer con un niño de la mano apareció ante él y un rápido golpe de riendas evitó que los arrollara. Reconoció a Lida de inmediato, y en el niño, la nariz curva y las facciones de Medardo. Hizo un gesto de desagrado y espoleó al caballo para continuar, pero ella alzó su mano para que se detuviera.
—Me han dicho que tu hermano está herido —le dijo mirándolo tristemente con sus ojos de color avellana.
—Por culpa de tu marido.
—Medardo solo defiende lo que cree, como vosotros.
—Veo que compartir lecho con él te ha transformado. ¡Y pensar que hubo un tiempo en que me ilusioné contigo!
No se refería solo a su defensa de Medardo, sino también a su aspecto. Lida estaba demasiado delgada para su gusto, su aspecto era descuidado y ya había perdido algún diente pese a no haber cumplido todavía los treinta.
—Tú te marchaste por huir de tus descabelladas acciones y ahora has vuelto cuando nadie te esperaba, después de tanto tiempo, más por necesidad que por otra cosa. Aún tuve suerte de que Medardo quisiera casarse conmigo sabiendo que me pretendías. Ningún otro hubiera aceptado en su casa y su mesa a la amante de un bandolero. Tu desprecio es injusto. Si no me hubieras abandonado…
—Ya me da igual. Déjame pasar, llevo prisa.
Lida sujetó la brida del caballo.
—Medardo está como loco por la muerte de su hermano —le advirtió—. Ha mandado reunir a sus hombres de confianza en la iglesia. Esto no ha terminado con la marcha del conde.
—¿Por qué me lo cuentas? —preguntó entonces Surano en tono cruel—. Tanto si es para protegerme como si deseas la muerte de tu marido, te equivocas. Yo ya no quiero nada contigo.
En la mirada de Lida brilló un destello de humillación, pero no dijo nada. Tiró del niño y se apartó a un lado.
Surano golpeó con los talones el lomo del caballo. El fugaz pensamiento de lástima por ella y remordimiento por su crueldad se disipó rápidamente.
Tenía que avisar a Corso cuanto antes.
Medardo no tardó en reunir a Jayme y a sus doce lacayos en la puerta de la iglesia. Solo tenía una idea en la cabeza: vengar la muerte de su hermano.
—El conde ha huido como un cobarde —les dijo—. Lo han visto dirigirse a las tierras altas. No sé en qué casa se alojará, pero…
—No creo que vayan a las aldeas —le interrumpió Jayme, abriendo la puerta de la iglesia para asegurarse de que nadie, tal vez fray Guillem, a quien no había visto desde primera hora de la mañana, pudiera escuchar sus palabras—. Saben que sería demasiado peligroso para las familias de los señores. Si yo estuviera en su lugar tendría claro dónde reunirme. Me apuesto lo que quieras a que van al monasterio de Besalduch.
Medardo esbozó una sonrisa taimada.
—Sin duda, el abad Bartholomeu le dará cobijo gustosamente. Con tal de mantener sus prebendas y no compartirlas con el obispo del rey es capaz de ofrecer al conde los monjes como soldados… Pues mejor para nosotros. Dejaremos que se alejen un buen trecho, pero los seguiremos…
—Te recuerdo que no es conveniente matar al conde, Medardo —le advirtió Jayme—. Ni siquiera su majestad te defendería si le sucediera algo.
—¿Y lo dices tú, que has puesto tu daga en su cuello? —Medardo soltó una risotada—. A mí me importan hoy un rábano el conde y los otros malditos señores de Tiles y Besalduch. Ya les llegará su hora. Quiero a Nunilo de Anels antes de que se enfríe el cuerpo de mi hermano. ¡No pararé hasta ver su cuerpo colgando de un árbol!
Subió a su caballo y los demás lo siguieron. Cabalgaron al trote durante media hora por las colinas arcillosas pobladas de pinos y matojos evitando el camino pedregoso junto al cauce del río y después redujeron el paso. Llevaban recorrida una legua en silencio cuando el soldado en cabeza regresó sobre sus pasos, instándoles por gestos a que pararan mientras señalaba en dirección al río.
Medardo y Jayme desmontaron, dejaron sus caballos a cargo de los otros y se arrastraron hasta el borde de un terraplén desde el que podían observar qué sucedía abajo con el grupo de los hombres del conde. Para su satisfacción, las palabras llegaban claramente hasta ellos.
—Pere no puede continuar en este estado —decía Nunilo—. Lo mejor sería dejarlo aquí y que viniera el boticario.
—No te dejaremos solo, Nunilo —dijo Johan.
—Me quedaré con tres hombres por precaución, pero estoy seguro de que ahora ya no hay peligro. Ha pasado mucho tiempo y no nos han seguido. Además, Surano y Corso vendrán pronto por aquí.
Johan movió la cabeza a ambos lados.
—No sé…
—¡Johan! —Nunilo elevó el tono de voz—. No podemos pedirle a don Fernando que permanezca sentado en una piedra todo el día. Necesita escribir a su majestad para informarle de lo sucedido cuanto antes y tú debes estar a su lado. Marquo puede ir a por el boticario. Es lo mejor.
Johan se acercó al conde e intercambió unas palabras con él. Momentos después, los hombres subieron a sus caballos y marcharon, dejando a Nunilo apoyado en un gran nogal cerca del río mientras los tres lacayos improvisaban un fuego y un lecho de mantas para Pere.
Medardo y Jayme regresaron con los suyos y les dijeron que esperarían hasta perder de vista al conde para atacar. Mientras tanto, volvieron sobre sus pasos en busca de un acceso cómodo para descender por el terraplén. Medardo, impaciente por vengar a su hermano cuanto antes, transmitía su tensión a su caballo, que pateaba y movía la cabeza deseando que su dueño aflojara las riendas. Por fin, Medardo emitió un grito y se lanzó en dirección al grupo de Nunilo.
El ataque duró apenas unos minutos. Los hombres de Medardo mataron a los tres guardias en un santiamén, desarmaron a Nunilo y se lo acercaron a Medardo. Este cogió una soga de la silla de su caballo, la acarició con las manos y preparó un lazo mientras decía:
—Tú no dudaste en matar a mi hermano y ahora yo no dudaré en hacer lo mismo contigo.
Pasó el lazo por el grueso cuello de Nunilo, que permanecía mudo y quieto, consciente de que se acercaba su final. Más finos que nunca, los sentidos le informaban del crujido de la tierra helada bajo sus pies, del vaho de los ollares de los caballos, del frío olor del mediodía, del sudor de sus manos y del amargo sabor de su boca mientras su mente repasaba los rasgos, gestos y voz de Leonor.
Le ataron las manos a la espalda y, bromeando sobre su excesivo peso, lo subieron a su caballo, que condujeron hasta el nogal. Uno de ellos trepó ágilmente al árbol con un extremo de la cuerda, la pasó por una rama, saltó al suelo y la tensaron entre todos. Luego, Medardo golpeó al caballo con fuerza con un palo y este salió corriendo, abandonando en el aire a quien había sido su amo durante años.
—No soltéis la cuerda —ordenó Medardo cuando reconoció en el rostro de Nunilo los signos de la muerte—. Atadla a otra rama para que su cuerpo cuelgue bien visible.
—¿Y qué hacemos con el otro? —preguntó Jayme señalando a Pere.
—No malgastéis la energía con él. No vivirá mucho. Y si todavía le quedan fuerzas para abrir los ojos, que vea lo que queda de su amigo y le sirva de advertencia. —Escupió en el suelo—. Volveremos por donde hemos venido. Ya ha sido suficiente por hoy.
Surano y Corso distinguieron a lo lejos el cuerpo de Nunilo balanceándose en el aire, mientras su caballo pacía a sus pies, y espolearon a sus monturas. Habían cabalgado todo lo rápido que habían podido teniendo en cuenta que viajaban acompañados por la mujer de Pere y una de sus sirvientas, pero pronto supieron que llegaban tarde.
Mientras Surano cortaba la cuerda con su puñal, Corso empleó todas sus fuerzas en sujetar el cadáver amoratado de Nunilo entre sus brazos. Por primera vez en su vida sintió unas terribles ganas de llorar. Ese hombre había hecho más por él en unos meses que nadie en toda su vida, ni siquiera Surano. Ese hombre le había regalado el mejor caballo del mundo.
—¿Por qué os han dejado solo con tres de vuestros débiles lacayos? —murmuró—. ¿Por qué os dejé solo?
Surano se arrodilló junto a su hermano y comprobó que todavía respiraba.
—Lamento lo de Nunilo, pero Pere aún vive.
María llegó junto a él y acarició sus manos y su rostro, pronunciando su nombre entre gemidos. Surano la arrancó de allí, la montó sobre su caballo y ordenó a Corso que le ayudara con Pere.
Corso, con el rostro demudado, señaló a Nunilo.
—No pienso dejarlo aquí.
Había tal determinación en su voz que Surano comprendió que no lo haría, de modo que entre ambos cogieron el cadáver y lo colocaron como un fardo sobre la silla de su corcel. Emplearon la misma cuerda que lo había ahorcado para sujetarlo. Después, Corso ayudó a sentar a Pere delante de Surano y se fueron de allí.
Una hora después pasaron cerca de Tiles. Corso alzó la vista hacia el monte Beles y la inquietud sustituyó a la tristeza. En algún lugar al oeste de esa montaña estaba Brianda. Se preguntó si estaría a salvo; si no debería alejarse de Surano y continuar él solo hasta Lubich. Como si el otro le hubiera leído el pensamiento, le dijo:
—Nos debemos a nuestro trabajo. Lleguemos a Besalduch cuanto antes y podrás volver.
Continuaron adelante y se toparon con Marquo y el boticario, pero Surano se negó a desmontar a Pere.
—Si ha aguantado hasta aquí, es mejor llegar hasta el monasterio.
Cabalgaron en silencio otra hora hasta que el camino se introdujo en un denso bosque de pinos. Poco después oyeron el murmullo del agua de un río y divisaron unos huertos con coles cerca de un empinado puente de piedra que atravesaron. El ruido de los cascos alertó a varios monjes de la llegada de nuevos visitantes.
—¡Avisad al abad y al conde! —gritó Surano a uno de ellos, deteniéndose en la explanada—. ¡Y los demás, ayudadme con mi hermano!
El monje echó a correr y otro, joven y flaco, se acercó y señaló un lugar tras la iglesia.
—Continuad hasta la casa abacial. Tenemos enfermería.
Surano lo hizo y allí salieron a su encuentro el conde, Johan y el abad Bartholomeu, un hombre huesudo de cabello rojizo. Johan se abalanzó sobre los cuerpos inmóviles de sus amigos.
—Nunilo está muerto —le adelantó Surano—. Y a mi hermano poco le falta.
El abad dio orden de que los monjes se hicieran cargo de los cuerpos y María y su sirvienta acompañaron a Pere.
Johan, abatido, permaneció junto a Nunilo, con la mano apoyada sobre la espalda de su amigo hasta que lo desataron y se lo llevaron. Entonces, Surano se plantó ante el conde y le espetó con rabia:
—¿Veis a qué conduce vuestra blanda actitud? ¡Habéis perdido dos de vuestros mejores aliados!
Johan se adelantó para frenar a Surano, pero se detuvo porque compartía su opinión. Sentía un nudo en el pecho. ¿Quién sino él tendría que comunicar a Leonor la muerte de su marido? ¡Qué sola quedaba! ¡Y qué solo quedaba él! De todos sus amigos, Nunilo era el más cercano, el más querido. También Brianda lo sentiría mucho, pensó. Al recordar a su hija, sintió preocupación por ella, su mujer y Lubich y rogó para que estuvieran bien hasta que él pudiera regresar. Había dejado la casa protegida por varios lacayos, pero ya nada parecía firme, consistente y duradero como antes.
—¡Si de mí hubiera dependido —continuó Surano—, hace días que Medardo estaría colgado en lugar de Nunilo!
El conde enrojeció ante la insolencia del desertor. Surano era un hombre útil y valiente para su causa, pero eso no le daba derecho a cuestionar su modo de hacer. No obstante, mantuvo la calma.
—¿Eso mismo opináis los demás? —inquirió.
Se produjo un tenso silencio.
—¿Y bien? —preguntó de nuevo—. ¡Habla, Johan de Lubich!
—Ya que me lo pedís, os diré lo que pienso, señor. Escribiréis a su majestad pidiendo mano dura en la represión de los insultos y desacatos que hemos sufrido hoy y la respuesta tardará en llegar o no llegará. Mientras tanto, nuestro honor seguirá mancillado y herido por los desmanes de los insurrectos.
El conde apretó los dientes.
—Me rogáis que vaya a la guerra.
Recordó que hacía apenas unas horas había admitido que se negaba a apalear a quien quería que le continuara sirviendo. Pero si no aceptaba se arriesgaba a perder el apoyo de los fieles señores de los altos valles de Orrun.
—Os demandamos que hagáis valer vuestro derecho por la fuerza, sí —intervino Marquo—. Después de hoy, la ofensa contra los rebeldes será nuestra única defensa. Vuestra situación es difícil, pero también la nuestra. Aquí están nuestras casas y nuestras familias. O nos enfrentamos abiertamente y terminamos con el gobierno de Medardo o… —Quiso añadir que no podrían jurarle lealtad por mucho tiempo, pero se calló, aunque para todos quedó claro cómo continuaba la frase.
Don Fernando soltó un juramento.
—¡Para eso necesito muchos hombres y algo de tiempo!
—Deberíamos esperar hasta la primavera —dijo Johan— para que crean que nos hemos olvidado y atacar cuando menos se lo esperen. En cuanto al ejército que necesitamos…
No pudo terminar porque dos caballos al galope se dirigían hacia ellos, mientras unos gritos de mujer pronunciaban el nombre de Johan de Lubich. Este reconoció a Brianda enseguida y su corazón se aceleró. La acompañaba uno de los criados de su casa. Johan se abalanzó sobre la brida.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué ha pasado en Lubich?
Brianda lo abrazó con fuerza.
—¡Padre! ¡Gracias a Dios que te encuentro! ¡Estás bien! —Sin separarse de él, comenzó su explicación a toda prisa—: Vino un mensajero a traerte una carta importante y lo envié a Aiscle a por ti, deseando también saber cómo iba todo. —Señaló al criado—. No llegó a entrar porque en casa de Pere le alertaron de lo sucedido. ¿Por qué no mandaste noticias por uno de tus soldados?
Se detuvo para coger aire y Johan la increpó:
—¿Sabes el peligro que has corrido? ¡Maldita sea! ¡Eres mi hija, no un lacayo!
—¡Pensé que habías muerto porque dijeron que habían colgado a un señor importante! —exclamó ella airada—. ¡Te hemos buscado por todos los lugares! El monasterio era mi última opción…
Johan estaba muy enfadado por la actitud imprudente de Brianda, aunque en el fondo admiró su valentía y se sentía conmovido por su preocupación por él.
—¿Es cierto? —preguntó ella mirando a su alrededor—. ¿A quién han matado? Don Fernando, Marquo, Surano… —Distinguió fugazmente también a Corso, sudoroso y apesadumbrado, pero no lo nombró. El corazón le dio un vuelco de alegría al saber que no le había pasado nada, aunque le extrañó su tristeza—. ¿Dónde están Pere y…?
—¿Dónde está ese documento tan importante? —preguntó a su vez Johan con intención de desviar la atención de su hija de la ausencia de Nunilo, al menos de momento.
Brianda metió la mano en su camisa, extrajo un documento y se lo entregó. Johan rompió el sello y leyó la carta en silencio. Cuando terminó, las arrugas de su ceño eran mucho más profundas.
—La firman tres señores de los valles occidentales. Los pastores de las montañas que herbajeaban nuestras reses entre Monçón y Çaragoça han sido atacados por los moriscos, dicen. Varios han muerto, entre ellos el nuestro, el marido de Gisabel. Están formando partidas de hombres armados para vengarles y piden nuestro apoyo. A cambio, prometen su ayuda si los necesitamos en otro momento. Han quedado en juntarse en Monçón pasado mañana.
—¡Ahí tenéis los hombres que buscabais! —dijo entonces Surano al conde—. Yo me encargaré de reunir cuarenta hombres para pelear con los otros montañeses y regresaré con otros tantos. Todavía tengo amigos que me seguirán a cambio de un botín. Reunid vosotros el resto de las tropas.
El conde miró a Johan.
—¿Aún tenéis tratos con ese capitán francés, Agut?
Johan asintió. Agut era su principal comprador de caballos al otro lado de la frontera desde hacía años.
—Ahora es mal momento para cruzar por los puertos llenos de nieve a Francia, pero otras veces lo hemos hecho tan pronto como marzo.
—Muy bien, entonces —dijo el conde—. Lo dispondremos todo para finales de abril. Nos juntaremos aquí, si al abad no le importa.
Bartholomeu se encogió de hombros y mostró las palmas de sus manos en un gesto de resignación. Don Fernando siempre había sido el más generoso de sus benefactores, pensó.
—Mientras tanto —concluyó el conde—, cuidad de Pere o rogad por su alma, según se tercie. Y celebrad unas misas por Nunilo de mi parte.
—¡Por Nunilo…! —exclamó Brianda, y se echó a llorar. Por todas partes llovían desgracias. El marido de su criada Gisabel nunca conocería a su hijo. Nunilo estaba muerto. Los hombres hablaban de armas, peleas y venganzas…
La paz había terminado.