33.
Como si el cielo hubiera escuchado los deseos de Brianda, aquella noche nevó, y también los siguientes días con sus correspondientes noches. Los campos y caminos amanecían cubiertos de una gruesa capa de nieve que imposibilitaba el tránsito de personas y animales, aislando a los habitantes del valle en sus casas. Corso y Brianda permanecieron en su habitación todo el tiempo posible. La herida de él se había reabierto con la cabalgada a Lubich y su cuidado le servía a Brianda de excusa para no moverse de su lado.
Dudaba que algún día se cansase de las caricias de Corso por todos los rincones de su cuerpo, de sus besos húmedos y leves mordiscos, de su risa al deleitarse en el detalle de que ella no tuviera vello en las axilas, de su mirada brillante, sensual y cómplice cuando la preparaba con explicaciones ardientes para que se situase sobre él y lo recibiera de esa manera hasta que él pudiera tumbarse sobre ella. Jamás hubiera imaginado que el contacto entre dos cuerpos pudiera producir esa mezcla, extraña y placentera, de sensaciones tan opuestas. Su mente, su alma y su cuerpo se relajaban y se abandonaban antes de excitarse hasta el delirio para encontrar luego una placidez y un sosiego que desconocía.
Qué no haría ella, pensó una vez más una mañana de principios de febrero, desnuda entre sus brazos, por seguir eternamente así.
Alguien llamó a la puerta con insistencia.
—Preguntan por vos —oyeron que decía Cecilia—. Pere de Aiscle.
Brianda se levantó de un salto y comenzó a vestirse. Corso la imitó. Bajaron a la sala, donde encontraron a Leonor en compañía de Pere y un hombre tapado con una manta frente al fuego. El suelo estaba mojado por la nieve que se había derretido al desprenderse de sus botas y vestimentas. Pere se acercó rápidamente a ellos. Brianda se fijó en su aspecto. El cargo de lugarteniente del conde en Orrun no parecía haberle sentado bien. Sus hombros se habían encorvado y había perdido gran parte de su rubio cabello. Al mirarlo a los ojos, no pudo evitar acordarse de su hermano. Lo saludó con afecto y le preguntó por su esposa, María, a quien tampoco había visto desde aquel día en el monasterio de Besalduch, adonde la habían llevado Corso y Surano para cuidar de su esposo herido.
—¡Qué grato verte, Pere! Yo también quería hablar contigo, pero la nieve ha retrasado mi visita a tu casa. Además, mi esposo ha estado convaleciente. ¿Recuerdas a Corso? —Observó el rostro de Pere, esperando alguna reacción de asombro que no percibió—. No te sorprende…
—Estoy al tanto, Brianda. Lo que no han llegado a contarse unos criados a otros en la taberna, en el horno o en el lavadero me lo ha explicado Leonor. Lamento todo lo que te ha pasado. Antes de que conozcas el motivo de mi presencia hoy aquí, dime: ¿por qué querías verme? ¿Tiene que ver con Lubich?
—¿También tú recibiste una carta…?
Con un gesto firme, Pere le indicó que no continuara. Señaló al hombre silencioso que se ocultaba tras la manta y dijo:
—Discúlpame, Brianda, no te he dicho quién nos acompaña. —Se acercó al fuego—. Señor, la hija de Johan de Lubich y el heredero de Nunilo de Anels están aquí.
El hombre alzó las manos, retiró la manta que lo cubría y se puso en pie. Brianda ahogó una exclamación de sorpresa al reconocer al conde de Orrun, una figura completamente diferente a la que viera en las Cortes y luego en el monasterio de Besalduch. En lugar de un arreglado bigote, lucía una descuidada barba. No llevaba gorguera y sus ropas estaban sucias y rotas. Lo encontró mucho más delgado, cansado y con la piel de sus manos y rostro amoratada por el frío. La gallardía y altivez lo habían abandonado por completo. Parecía un hombre hundido por el agotamiento y la adversidad.
Como si pudiera leer en su mirada sus pensamientos, don Fernando le dijo:
—Te extraña mi aspecto. Vengo de Francia. Las nieves han retrasado mi regreso y dificultado la última parte del viaje, pero al menos no me he topado con soldados.
Brianda hizo una breve genuflexión.
—Señor, sé por Marquo de Besalduch que habíais viajado allí para organizar una fuerza con la que dominar la situación del condado. Espero que vuestro esfuerzo haya sido recompensado. Ahora no puedo hablar por Lubich, pero tened por seguro que esta casa sigue con vos. —Miró a Leonor y a Corso con la esperanza de que apoyaran sus palabras y ambos hicieron un gesto de asentimiento.
Don Fernando suspiró hondamente y, en silencio, se giró hacia el fuego. Luego dijo:
—Ojalá tuviera más como vosotros, pero cada vez sois menos. En cuanto a los franceses, vendrán setecientos cuando yo lo pida, pero todavía no.
—¿Entonces, señor? —preguntó Brianda deseosa de saber los siguientes planes. La lealtad que le debía por hombres como su padre no podía borrar la preocupación de que fuera ahora Corso quien tuviera que liderar a los hombres de Casa Anels en una batalla. Setecientos contra tres mil eran pocos.
—He aceptado una tregua. El rey me reclama en la corte. El Concejo que se debía celebrar en Aiscle la semana pasada se ha aplazado por la nieve y tendrá lugar la próxima semana. Yo no estaré, pero en cualquier caso, no habrá altercados porque de momento se mantendrán los mismos cargos. —Esbozó una sonrisa amarga—. Para eso cuento con Jayme de Cuyls.
Brianda hizo un gesto de desprecio al escuchar su nombre.
—¿Saben que estáis aquí? —preguntó entonces Corso.
El conde lo miró con cierto interés. Pere le había hablado del nuevo amo de esa casa y de las circunstancias por las que su vida había cambiado. Así de caprichosa era la vida, pensó: por cuestiones inexplicables, mientras unos perdían, a otros les sonreía la fortuna.
—Veo que aún conserváis vuestro instinto de soldado, Corso de Anels —respondió—. Los del rey no han venido solo para vigilar los pasos a Francia y frenar la entrada de extranjeros, sino para vigilarme a mí, como si yo también lo fuera. Pero nada debéis temer. Vuestra hospitalidad permitirá que mis hombres y yo recobremos fuerzas hoy. Mañana partiremos. Acudiré ante el rey, pero por mis propios medios, no con sus soldados.
—¿Y para qué os quiere el rey? —La mirada que le lanzó Pere hizo a Brianda arrepentirse rápidamente de haber formulado la pregunta.
Leonor se apresuró a intervenir.
—Os acompañaré a vuestro cuarto, don Fernando. Necesitáis descansar.
Este asintió y la siguió fuera de la sala.
A solas, Brianda se sentó junto al fuego y repitió su pregunta a Pere.
—Si se marcha de nuevo —añadió—, pasarán meses hasta que vuelva. Con su ausencia solo consigue perder más vasallos y que se debilite la llama de su causa.
Pere se sirvió vino de una jarra que Leonor había dispuesto sobre la mesa y se sentó junto a ella.
—Si no acude, lo acusarán de hereje. Ahora es objeto de las pesquisas de la Inquisición. Han levantado sospechas de que pudiera correr sangre judía por sus venas. Y no solo eso. También hay orden de acusarlo por los hechos y asesinatos ocurridos en Aiscle cuando la muerte de Medardo y por permitir la entrada de los franceses hugonotes, pues saben que entonces le ayudó el capitán Agut y que ahora ha vuelto a solicitar sus servicios.
—¡Eso no tiene sentido, Pere! —exclamó Brianda extrañada y enfadada.
—Cuando interviene la Inquisición, nada lo tiene…
—No me refiero a eso. Las acusaciones son absurdas, pero ante semejante peligro, no comprendo para qué regresa. ¡Debería haberse quedado en Francia! —Frunció el ceño—. ¿Es que hay algo más?
Pere guardó silencio. Corso se acercó a él.
—También a vos os han ofrecido dinero para abandonar al conde. Quieren comprarnos a todos. ¿Y a él? ¿No le han hecho ninguna oferta a don Fernando?
Pere vació su copa de vino de un trago y apoyó las manos en sus rodillas con la mirada clavada en el suelo.
—Su hermano está en Madrid —dijo por fin—, negociando las condiciones de venta del condado. El conde renunciaría a todos sus derechos a cambio de compensaciones económicas y territoriales…
—¿Y cuánto es eso? —quiso saber Brianda—. ¿Cuánto vale la lealtad de nuestros antepasados y nuestra libertad?
—Hablan de cincuenta mil escudos en un pago y dos mil quinientos escudos en oro de renta. El rey le daría también otro título en tierras del Mediterráneo con ocho mil escudos anuales.
Brianda sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Muy tentador. Si acepta, todo habrá sido inútil. Las muertes de Nunilo, de mi padre, de tu hermano… ¿Por qué no firmó hace dos años?
—Precisamente entonces tenía hombres como ellos. Ahora no.
—Aquí solo ha perdido Lubich —intervino Corso—. Os tiene a vos, a mí, a la casa de Bringuer de Besalduch…
Pere negó con la cabeza.
—Nadie de Besalduch. El hermano de Marquo hace semanas que cambió de bando y Marquo ha mostrado su deseo de abandonar las armas, que considera incompatibles con su cargo de justicia. Además, su futuro suegro tampoco es ya de los nuestros.
Brianda alzó las cejas sorprendida.
—¿Con quién se va a casar?
—Con Alodia.
—No ha perdido el tiempo —murmuró ella, recordando a la joven ojerosa que tan mal la había mirado en la iglesia de Tiles, presa de celos según había explicado su criada Gisabel, por el compromiso matrimonial entre ella y Marquo—. Bueno, yo tampoco… —Miró a Corso y le dedicó una breve sonrisa—. ¿Y tú, Pere? ¿Qué piensas de todo esto? ¿Qué harías en lugar del conde?
Pere se frotó las sienes con las manos y cerró los ojos unos instantes, como si librara una batalla en su interior.
—La lealtad de la sangre de mi casa no se compra ni con una montaña de oro —respondió—. Soy viejo para aceptar estos cambios, Brianda. Puedo comprenderlos, pero no los respeto. Es una estrategia. No hay honor en todo esto. Estábamos bien sin la presencia del rey. Muchos vasallos del conde se creen que ahora todo será diferente, pero no es cierto. El poder del rey sobre nosotros siempre será mucho mayor. Y hay que temer más a quien más poder posee, sobre todo si ordena desde la distancia. —Tomó la mano de la joven y la miró a los ojos—. Me preguntas qué haría yo si fuera don Fernando. Su única alternativa es lanzarnos a todos a una muerte segura. ¿Qué harías tú en su lugar?
Pere regresó a Aiscle esa misma tarde. Tal como había dicho el conde, él y sus hombres partieron a la mañana siguiente. Cuando lo vio alejarse sobre su caballo desde la verja de Anels, con paso torpe y lento por culpa de la nieve del camino, Brianda tuvo la certeza de que nunca más lo volvería a ver y una extraña sensación la embargó. Las huellas que dejaba a su espalda cansada el último conde de Orrun se borrarían tan rápidamente como el duelo de Elvira por Johan; o como el amor de Marquo por ella; o como el recuerdo de personas como Bringuer, su esposa, su hija, Nunilo, el marido de la criada Gisabel, Surano, Medardo o Johan en la mente de sus vecinos; o como la misma nieve con el primer aire templado de la primavera.
Se preguntó cuánta culpa tenía el conde y cuánta el tiempo que le había tocado vivir. Como ella, don Fernando había heredado una responsabilidad de su padre, el anterior conde, y se veía obligado a ser testigo de su pérdida. Había crecido convencido de que las palabras de su padre eran sagradas, inmutables, incuestionables, y seguro de que defendería la senda trazada para él de las zarzas, lobos y alimañas que le salieran al paso. Así había continuado la vida durante siglos, primero unos y luego otros, sin más cambios que los reflejados en las facciones de las siguientes generaciones que las familias ricas podían comentar al observar los cuadros que colgaban de sus paredes. Por qué llegaba un momento en que ese normal devenir de los acontecimientos se truncaba era un misterio. Un día algo comenzaba a torcerse por culpa de una intención, un deseo o un plan de otro y a la cadena que unía el pasado con el presente y el futuro se le soltaba un eslabón.
Desconocía qué pasaba en otros mundos más allá de Tiles, Aiscle y Monçón, pues ella solo podía saber de aquello de lo que había formado parte. Y desconocía qué mecanismos humanos podían ponerse en marcha a lo lejos que lograban extender sus hilos y alcanzar lugares tan remotos como aquel hasta conseguir terminar con la vida tal como ella la había vivido hasta entonces. Se preguntó entonces si el conde había luchado lo suficiente; si no tendría también algo de culpa. Cuántas veces había oído críticas a los señores de Orrun sobre su proceder en las que su benignidad se interpretaba como debilidad y sus largas ausencias, aunque fueran por razones propias de nobles, como la causa del distanciamiento de los problemas cotidianos del condado. Una duda la asaltó. Si algún día tuviera un hijo que le preguntara sobre Lubich, ¿cómo le explicaría la manera en que lo había perdido, si es que eso llegaba a suceder? ¿Se encogería él de hombros con cómplice resignación y comprensión o le lanzaría una mirada de reproche?
Oyó unos pasos y, al poco, un brazo conocido la rodeó por los hombros.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó Corso.
—En Lubich. Voy a luchar para recuperar lo mío.
—¿Y por dónde quieres que empecemos?
Ella le dio una cariñosa palmadita en el pecho.
—Para esto no sirven las armas, soldado. Presentaré un recurso ante la justicia.
—Será un proceso largo…
—No me asusta el tiempo.
—A mí tampoco, siempre que estemos juntos.
Corso se inclinó y la besó.