23.

En la cocina del monasterio, Surano y Corso tomaron el potaje de coles, garbanzos y tocino que les ofrecieron los monjes. El día había sido muy largo y necesitaban fuerzas para continuar con lo planeado. Corso, todavía afectado por la muerte de Nunilo, permanecía más silencioso que nunca.

—¿No tienes ganas de pelear? —le preguntó Surano animado tanto por saber a su hermano fuera de peligro como por el nuevo rumbo de los acontecimientos—. Yo sí. Cuando gane el bando del conde recibiremos una buena recompensa por nuestros servicios.

Corso no tenía ganas de nada que no fuera correr en busca de un abrazo de Brianda. No deseaba seguir a Surano en una nueva aventura incierta, ni matar a desconocidos por una afrenta que no sentía como suya, pero no tenía otra opción. Se sentía culpable de la muerte de Nunilo. Si él le hubiera acompañado, seguiría vivo. Y eso es lo que vería en los ojos de Leonor si regresara a Casa Anels de Tiles: una constante recriminación. Por mucho que Johan le explicase que no había hecho sino cumplir órdenes de Nunilo, ella le echaría en cara su conducta silenciosamente, algo que él no podría soportar porque Leonor era lo más parecido a una madre que él había tenido en su vida.

Y si no podía regresar a Tiles, en realidad ya no tenía ningún lugar al que ir. Seguiría a Surano como lo había hecho en los últimos años, enfrentándose a todo tipo de peligros, despreciando el miedo y el dolor, castigando al cuerpo con frío y hambre y recompensándolo luego con botines y prostitutas, sin añorar nada del ayer y sin esperar nada más allá del inquieto sueño nocturno.

Quizás fuera lo mejor. Marcharse de allí. Aceptar que su estancia en Tiles y la recurrente imagen de Brianda entre sus brazos solo había sido un placentero sueño, una ilusión imposible para alguien como él. Nadie lo echaría de menos. Ella se casaría con Marquo y se olvidaría de lo sucedido entre ellos mientras él vagaba bajo las estrellas de otros mundos.

Corso empujó su escudilla, se levantó y salió al exterior.

La apagada y grisácea luz de la tarde guiaba las solitarias figuras de los frailes de un edificio a otro. Los árboles desnudos de hojas destacaban como destartalados esqueletos sobre las paredes rocosas de los alrededores. En esa época del año, ni un triste pájaro rompía el silencio.

Caminó hacia el río, buscó un rincón apartado y se sentó sobre una piedra. Se fijó en los carámbanos que se habían formado en algunos recovecos, deteniendo el flujo del agua, petrificando su libertad y acallando su sonido. Recordó entonces las palabras de fray Guillem sobre la salvación eterna del alma al morir el cuerpo y sonrió con amargura para sus adentros.

Que él pudiera comprender, solo podía salvarse aquello que estuviera vivo.

Y sin el calor de Brianda, su alma estaba tan condenada como el agua atrapada en un témpano. Estaba muda, gélida y muerta.

Una voz lo distrajo de sus pensamientos.

—¡Corso!

Se levantó y vio a Brianda caminando hacia él. Tenía los ojos tristes y enrojecidos, le temblaba la barbilla y con un movimiento nervioso se frotaba las mejillas con los nudillos.

—Corso… —repitió ella a su lado—. Mi padre me lo ha contado todo… Es terrible… Yo… No sé qué hará Leonor sola, sin él, sin hijos, en Casa Anels… No es justo. ¿Por qué él?

Corso mantuvo la mirada baja.

—No quiso que lo acompañara… Si hubiera estado con él, seguiría vivo.

—¡O tú estarías también muerto!

Corso se encogió de hombros.

—¿Y a quién le importaría?

Brianda se situó frente a él, obligándolo a mirarla.

—A mí. Lo sabes tan bien como yo.

—Claro, y por eso me rechazas…

—Ni puedo ni debo volver sobre eso.

Corso chasqueó la lengua irritado.

—Mañana parto con Surano a la tierra baja, ya lo has oído.

—He oído que Surano se iba, no que tú también lo hicieras… —En la voz de Brianda surgió un deje de temor. Las partidas de hombres armados en busca de venganza significaban peligro y muerte. Y más en compañía de Surano. La última vez que este se había metido en líos había tardado años en regresar. ¿Qué haría ella sin Corso?

—Donde va Surano, voy yo. A menos que tú me pidieras que no lo hiciera.

—Pues te lo pido ahora. ¡No vayas!

Aquello era injusto y caprichoso, pensó Brianda. ¿Cómo podía pedirle al hombre que amaba que no se fuera cuando se casaría por conveniencia con otro en primavera?

—No es suficiente.

—No puedo darte más.

Corso se inclinó sobre ella, deslizando la mirada de sus ojos a sus labios antes de rodear su cintura y atraerla hacia su cuerpo. Percibió el ardor de sus mejillas sobre su pecho, la energía de su corazón a través de las palmas de sus manos sobre su espalda y el calor de su piel traspasando las recias ropas. Saboreó esos instantes de quietud como si fueran los últimos parpadeos de un ascua antes de extinguirse, inspiró profundamente, se apartó y comenzó a alejarse.

—¡Espera! —Brianda llegó a él—. Pensaré algo. Te prometo que lo haré…

Corso continuó su camino. Brianda se sintió mareada. No podía dejar de pensar en lo breve, triste e injusta que era la vida. Aquella misma mañana Leonor se había despedido de Nunilo deseando recibirlo de nuevo entre sus brazos y eso nunca más sucedería. Hacía unas horas Nunilo agitaba su espada con energía y ahora no era sino un fardo pesado e inmóvil que se pudriría bajo tierra. ¿Y todo por qué? Esta vez por la maldita guerra del conde; pero si la gente no moría por la guerra lo hacía por la enfermedad, como la que se había llevado a Bringuer, a su mujer y a su hija; o el ataque de un morisco desconocido, como le había sucedido al marido de Gisabel; o por el hambre, cuando las cosechas eran malas, como le había oído decir a su padre cientos de veces… ¡Hasta por un mal de ojo menos intenso que el de Alodia en la iglesia! Entonces, ¿por qué tenía que renunciar a lo que más quería si en cualquier momento cualquiera de los dos podía morir?

Solo había una frase que pudiera convencer a Corso de los verdaderos sentimientos de ella hacia él.

—¡Me negaré a casarme con Marquo! —gritó ella.

Corso se detuvo y se giró.

—¿Lo harás?

—Sí. —Con un sollozo, Brianda se lanzó a sus brazos y lo apretó con fuerza—. Pero ahora con más razón debes marcharte. De otro modo, sabrían que tú eres la causa de tal deshonor e irían contra ti. Lo notarían en la forma en que nos miramos. Lo sabrían por la alegría que siento cuando estás cerca. Ahora no te pido que te quedes… ¡Te suplico que regreses!

Corso acarició su cabello con lentitud. Hacía un rato, pensó con ironía, dudaba de su propia alma. Ahora la sentía aletear con el vigor del pájaro que recupera el vuelo tras caer aturdido por un golpe. Por ella, volaría rápido para regresar antes de que en los campos despuntaran los brotes de trigo y centeno; antes de que las golondrinas, gorriones y palomas eligieran los lugares para trenzar sus nidos; y mucho antes de que las abejas vibraran sobre las flores de la primavera.

—Lo haré —prometió—, porque tú eres mi Lubich.

Las semanas transcurrieron sin grandes novedades en las montañas de Orrun. A principios de marzo, ni los lacayos enviados por Johan a Francia en busca del capitán Agut, ni los soldados prometidos por Surano habían dado señales de vida.

Pere se restablecía de su grave herida en el monasterio, ya que había decidido no regresar a Aiscle con su esposa hasta que quedase claro quién mandaba allí. Sus esperanzas estaban puestas en que la ofensiva planeada por el conde fuese la definitiva. Marquo y Johan intentaban llevar la vida más normal posible, en parte para controlar el nerviosismo de la espera, y en parte, también, para que la información que pudiese llegar a Aiscle por boca de campesinos y criados no desvelara ninguna intención de un próximo ataque. Por esta misma razón, el conde se desplazaba a la tierra baja por tierras catalanas para gestionar sus asuntos.

A finales de marzo, no obstante, entre los suyos y los de otros amigos, nobles del Reino, el conde había conseguido reunir a un centenar de hombres en Besalduch, que habían ido subiendo en pequeñas partidas para no levantar sospechas, y confiaba en que en un par de semanas acudiera otro medio centenar. Para entonces, el lacayo de Johan regresó y anunció que su retraso y el de Agut eran debidos a las copiosas nieves a ambos lados de la escarpada frontera, pero que en un par de jornadas el francés y treinta hombres más llegarían al monasterio con artillería.

Todo parecía funcionar según lo previsto, menos la encomienda de Surano y Corso, de quienes no habían sabido nada desde que partieran a finales de enero. Si a Johan y Pere aquello les daba mala espina, a Brianda le producía una terrible ansiedad. Todavía sentía el luto en su corazón por la muerte de Nunilo, por quien Leonor seguía derramando lágrimas de desconsuelo, y solo el hecho de pensar que también a Corso le podía haber sucedido algo la hacía deambular nerviosa y llorosa por los caminos de Lubich y Tiles, ajena al ímpetu con el que la primavera despertaba el paisaje, esperando el día en que alguien anunciara el regreso de los hombres. El único cambio positivo que los preparativos de la contienda habían ocasionado había sido el relacionado con su boda con Marquo, pospuesta hasta el verano, lo cual había evitado un enfrentamiento directo con sus padres en un momento verdaderamente inoportuno. Tarde o temprano tendría que anunciarles su renuncia al compromiso; pero, por otro lado, cuanto más tiempo pasaba sin saber de Corso, un temor añadido al de su ausencia la asaltaba. ¿Y si no regresaba nunca? ¿Y si hubiera cambiado de planes? Se enfurecía consigo misma por sus dudas y se repetía hasta la saciedad que la única razón que podría impedir su regreso sería la muerte. Entonces la ansiedad se convertía en angustia y esta en desesperación; porque si hubiera muerto, ¿no debería seguir adelante con su matrimonio con Marquo?

Sus dudas se despejaron, pero su congoja se transformó en espanto, cuando un mediodía de abril, pocos días después de la esperada llegada del capitán francés Agut, Pere subió una carta que había llevado un mensajero a su casa de Aiscle. Marquo le acompañaba.

—Toma y lee —le pidió Pere a Johan una vez en Lubich antes de dejarse caer sobre una silla de brazos de nogal.

Por el aspecto abatido de Pere, Johan comprendió que eran malas noticias. Se apoyó en la repisa de piedra de la enorme chimenea de la sala ante la que estaban sentadas Elvira y Brianda y desplegó el recio papel. Al cabo de un rato suspiró y dijo:

—No sabes cuánto lo siento, amigo mío. Es una gran pérdida, para ti y para todos.

—¿Qué pasa, padre? —preguntó Brianda, pálida, con un hilo de voz.

—Lo que tenía que ser una rápida intervención para vengar la muerte de los pastores se complicó —explicó Johan—. Primero los montañeses lanzaron varios ataques aislados contra los moriscos. Entonces estos se agruparon entre Monçón y Çaragoça y tomaron las armas contra los montañeses. Surano y quienes iban con él atacaron a hierro y fuego. Murieron cientos, entre ellos Surano. Junto a él cayó uno que lo acompañaba siempre. Supongo que se refiere a Corso.

Brianda sintió que el mundo a su alrededor dejaba de tener consistencia. Las palabras que escuchaba no eran reales. El fuego no crepitaba. Sus pulmones no inhalaban aire.

—¿Cómo… sabéis… que es… cierto? —acertó a preguntar.

—Los que se salvaron regresaron hace dos semanas a sus casas —respondió Pere—. Los mismos que nos pidieron ayuda nos informan de lo sucedido y lamentan no disponer de hombres ahora para nuestra causa. —Golpeó con su puño sobre el brazo de la silla—. ¡Se les fue de las manos, maldita sea! Así era Surano: nunca sabía cuándo parar.

Elvira emitió un sonoro suspiro.

—Pobre Leonor. Primero Nunilo y ahora Corso. Tanta herencia para nadie.

Pere y Marquo cruzaron sus miradas.

—Disculpad, pero no os comprendo —dijo Marquo.

—En su testamento, Nunilo dejó sus bienes a Leonor, y el deseo de que a la muerte de esta pasaran a Corso —explicó Johan.

—¡No puede ser! —exclamaron a la vez Marquo y Brianda, el uno por envidia teñida de sorpresa; la otra por el dolor de la pérdida de Leonor, que siempre había soñado con un heredero; por la amargura de su propia pérdida y por la mala fortuna de Corso, que, de haber conocido su nueva y acomodada situación, no hubiera tenido que alejarse de Tiles.

Brianda ahogó un sollozo. ¡Y pensar que ella misma le había pedido que lo hiciera! ¡Lo había enviado directamente a la muerte! Nunca se lo perdonaría.

—Urge comunicárselo al conde —dijo Pere—. Si no hemos de contar con más soldados, no tiene sentido esperar para atacar Aiscle.

Una semana más tarde, a las tres de la madrugada, los cascos de doscientos caballos sobre las piedras del puente rompieron la paz del monasterio de Besalduch con el conde don Fernando a la cabeza, escoltado por los señores de Orrun. Aún era de noche cuando se echaron por sorpresa sobre un dormido y tranquilo Aiscle, repartiéndose en pequeños grupos por las calles y asaltando las casas de Medardo y los suyos. El conde y sus hombres tenían razón: no los esperaban. Los rebeldes se habían confiado tras la larga ausencia de Pere y la huida del conde aquel día de enero. Los expertos artilleros del capitán Agut, un hombre flaco y moreno de rostro arrugado y barba corta y rala, arrimaron sus cañones de cobre a las puertas de los rebeldes y derribaron las puertas convirtiéndolas en astillas. Vivienda tras vivienda, entraban en ellas aprovechando el desconcierto del sueño y preguntaban por Medardo con gritos y amenazas a los somnolientos moradores.

Tras media hora de ofensiva, el grupo liderado por Marquo dio con la casa donde creían que se alojaba Medardo. Los soldados echaron la puerta abajo, entraron al patio cubierto y subieron las escaleras de piedra para registrar todas las estancias, que encontraron vacías. Oyeron disparos de arcabuz que provenían del exterior y salieron de nuevo a la calle.

Afuera vieron que era Medardo quien disparaba desde el tejado. Marquo ordenó a un soldado que fuera en busca del conde.

—¡Hemos tomado la villa! —gritó después—. ¡Entrégate!

—¿Y quién me lo pide? —vociferó Medardo.

—¡Marquo de Besalduch, futuro señor de Lubich! —Sintió un profundo placer al gritar estas palabras.

Medardo le disparó un tiro que no le alcanzó por poco.

Llegaron el conde, Johan y Pere.

—No quiere bajar —informó Marquo—. Y a cada uno que se acerca por dentro le es fácil dispararle. Ha matado a cuatro de los nuestros.

—¡Medardo! —gritó el conde—. ¡Si bajas, tienes mi palabra de que no sufrirás daño alguno!

Se oyó una carcajada seguida de otro disparo.

—Quemad la casa —sugirió Marquo—. Veremos cuánto tarda en salir la comadreja.

Unos cuantos soldados se acercaron con antorchas.

—¡Medardo! —repitió el conde—. ¡Vamos a quemar la casa!

Tras unos instantes de silencio, Medardo se asomó sujetándose a la chimenea y se escondió de nuevo enseguida. Realmente era imposible que saliera de aquella situación con vida. Nadie había podido acudir en su ayuda, y aunque lo hiciera, nada se podría hacer frente a los soldados del conde. ¡Qué ingenuo había sido al pensar que no tomarían represalias después del último enfrentamiento y del ahorcamiento de Nunilo de Tiles! Durante unas semanas habían hecho guardia día y noche por los caminos, pero desde hacía un mes habían abandonado su prudencia al creer que el conde estaría más ocupado contándole sus penas una vez más a la justicia y al rey que preparando un ataque sorpresa. No le quedaba otra alternativa que entregarse. Palpó entonces una bolsa de cuero fino que llevaba dentro de sus calzones y respiró aliviado. Contaba con el carácter débil del conde para evitar su muerte, y después, el ministro del rey ya le sacaría del apuro. Esos papeles que siempre llevaba encima lo salvarían. Había sido una buena idea conseguirlos en Monçón.

—¡Esperad! —gritó—. ¡Si todavía puedo fiarme de vuestra palabra, me entregaré!

—¡Baja, que nada te sucederá! —le aseguró don Fernando.

Al cabo de unos minutos, Medardo salió tranquilamente por la puerta. Lo apresaron, lo condujeron a la misma plaza de los arcos donde se había frustrado la celebración del Concejo en enero y lo expusieron ante todos los vecinos como prueba de que una vez capturado el cabecilla todo había terminado.

—¿Veis su asquerosa sonrisa? —preguntó Marquo a los demás en un susurro—. Aún confía en que se salvará.

Pere apretó los dientes. Por mucho que apoyara al conde en sus decisiones, en ese momento le resultaba difícil no derribar a Medardo de un disparo. Solo con recordar lo que habían hecho sus hombres con su esposa María se encendía por dentro. Solo recordar cómo había matado a Nunilo le provocaba ira. Y también por su culpa Surano había tenido que partir en busca de refuerzos para encontrar la muerte. Sospechaba que Medardo echaría mano de sus contactos en la corte para salvar el pellejo y retomar la rebelión. Mientras ese rebelde estuviera vivo, no habría paz. Una idea cruzó su mente y dudó si compartirla con Johan y Marquo, pero pensó que si lo hacía, por prudencia, ambos se la quitarían de la cabeza. Así que llamó aparte a uno de sus lacayos y le susurró al oído:

—Acércate y clávale tu puñal. Te recompensaré mejor de lo que puedas imaginar.

El hombre asintió. Se acercó a Medardo por detrás y le asestó una puñalada a la altura de los riñones. Medardo emitió un grito de dolor y cayó, y cuando se dieron cuenta de lo que había sucedido, varios hombres, en su mayoría lacayos del fallecido Nunilo, se acercaron y clavaron sus puñales en su cuerpo una y otra vez.

El conde miró a los señores de Orrun, preguntándose quién habría ordenado aquella acción.

—¡Le di mi palabra! —exclamó.

—¿Y cuántas veces faltó él a la suya? —dijo Pere.

—Tú…

El conde no terminó la frase. ¿Qué más daba ahora enfrentarse a uno de los suyos si la saña con la que maltrataban esos hombres al cadáver de Medardo indicaba el odio que tantos sentían hacia él?

Ante la mirada aterrorizada de muchos lugareños, los soldados desnudaron a Medardo y arrastraron su cuerpo por la plaza hasta que se cansaron. Entonces, uno de ellos sacó su espada y le cortó la cabeza de un tajo. La cabeza rodó escupiendo sangre mientras pasaba de bota en bota, como si fuese una bola, hasta que el conde, asqueado, ordenó que la llevaran a la entrada de la villa y la clavaran en un poste como advertencia para otros posibles cabecillas.

Johan se fijó en que una bolsita sobresalía de entre las ropas de Medardo. La cogió y la abrió. Había unas cartas dobladas en muchos pliegues. Tomó una, la leyó y se acercó al conde.

—Aquí tenéis la prueba. El ministro de su majestad rogándole encarecidamente que procurase la agitación en los pueblos de Orrun y que fomentase la desobediencia a vuestra persona.

El conde leyó una por una todas las cartas y enrojeció de rabia. Una cosa era sospechar del juego sucio de los allegados del rey y otra diferente confirmarlo con sus propios ojos. Por más que aún sintiera deseos de defenderle, resultaba difícil creer que el monarca no estuviera al tanto de tales maniobras. Y si todavía creía en la justicia y sus mecanismos para recuperar lo que era suyo, se percató ahora de lo iluso que había sido. Esas cartas, no obstante, demostraban que la decisión de atacar Aiscle había sido más que acertada. ¿Qué podrían hacer desde Castilla una vez que tomara posesión legal? Nada. La balanza acababa de inclinarse a su favor.

Envió a un soldado a la iglesia para que tocara la campana a modo de aviso de que se iba a celebrar, por fin, un Concejo general y ordenó a los demás que se situaran junto a él. Cuando consideró que la plaza estaba suficientemente concurrida, habló:

—Hoy ha sido sofocada la sedición de estas tierras y hoy tomo posesión de todas las tierras de Orrun, de las noventa leguas, las diecisiete villas, los doscientos dieciséis lugares y los cuatro mil habitantes, todos afiliados con sus respectivos nombres, según el empadronamiento hecho por mi propio padre. Me acompañan los señores de las villas principales y en ellos delegaré la administración civil y criminal. Pere de Aiscle será a partir de ahora mi lugarteniente en el condado; Johan de Tiles, el bayle general; y el joven Marquo de Besalduch, el justicia.

»Como me pidió su majestad y tengo por escrito, vosotros me obedeceréis y responderéis de vuestras rentas y me tendréis por señor hasta tanto no se diga lo contrario por el propio monarca. Deberé recibir cuatrocientos cincuenta sueldos jaqueses por año el día de San Martín, con los retrasos de los últimos años, más veinte libras de cena de presencia cuando permanezca en esta villa, el maravedí cada siete años, cinco sueldos de pacería, los tributos por hombre, junta, hueste y cabalgada y nada más, ni censo alguno ni anual ni ordinario por todos los montes, leñas, aguas, casas, tierras y posesión de hierbas y montañas.

»Juro los fueros, privilegios y libertades del Reino de Aragón y del condado como han acostumbrado a jurar, guardar y cumplir otros antes que yo. Y juro también que os trataré bien, sin tener memoria de las cosas pasadas y ordeno que se suspenda la ejecución de las sentencias y condenaciones dadas contra cualquier rebelde.

El conde terminó su discurso estampando su firma en un documento que traía preparado y que hizo firmar a los nuevos cargos que acababa de nombrar. Les dio un fuerte apretón de manos y se despidió allí mismo de ellos con intención de regresar a Çaragoça cuanto antes para informar personalmente al virrey.

A Jayme de Cuyls, alojado en una casa aislada en los montes cercanos a Aiscle, le avisó su hermana Lida del ataque sobre la villa cuando ya era demasiado tarde para organizar una buena defensa. Medardo había sido capturado; su casa, tomada y saqueada; y sus partidarios, apresados a la espera de qué decisión tomaba el conde sobre ellos. Jayme se vistió de campesino, como hacía cuando quería pasar desapercibido ante soldados extranjeros, y entró con cautela por las calles de la parte alta, donde se encontraba la iglesia. La gente iba y venía, asustada y desconcertada, comentando lo que había sucedido. Así, supo que Medardo había sido asesinado a sangre fría. El repiqueteo de las campanas llamando a Concejo le confirmó que realmente todo había terminado. Encubierto por un grupo de vecinos tomó un estrecho callejón hasta la plaza, adonde llegó cuando un soldado balanceaba en el aire la cabeza de Medardo, ensangrentada y amoratada, con su característica expresión jactanciosa borrada para siempre, exhibiéndola como si fuese un trofeo de caza.

Le entraron ganas de vomitar y, después, de gritar y de lanzarse temerariamente contra el conde y sus hombres para borrar la expresión de satisfacción de sus rostros. ¿Realmente creían que todo había terminado? Por las palabras del conde parecía que sí. Soberbio y arrogante hablaba de sus derechos sobre esa tierra; odiosamente benevolente les perdonaba la vida si elegían la paz, lo cual no consistía sino en continuar como siempre, pagando las rentas a un desconocido que se iría en cuanto los nuevos cargos firmaran sus palabras. ¿Dónde estaba el deseo de calma si los puestos de poder y gobierno recaían en las mismas manos? ¿Acaso las revueltas de los últimos años no habían servido para nada? El conde era más estúpido de lo que parecía. ¡Perdonaba a los sublevados y recompensaba a los suyos públicamente! En cuanto se alejase unas leguas, él mismo se encargaría de demostrarle que Medardo era el más importante, pero no el único en quererle fuera. El rey favorecía la rebelión por sus propios intereses, sí, y no por el bienestar del territorio, pero el rey nunca se molestaría en visitar esas tierras lejanas siempre y cuando no le molestasen. Con Medardo o sin él, la única posibilidad de que las tierras, pastos, montes, aguas y montañas fueran administrados por los propios del lugar y de que la justicia fuera impartida por un concejo elegido por el pueblo estaba en terminar con el conde y los suyos.

Y él sabía perfectamente cómo, cuándo y por dónde empezar.

Regresó a la casa del monte y envió a por los fieles lacayos de Medardo. Les explicó su plan y los convenció empleando como argumento la venganza por la muerte de Medardo y la recompensa que recibirían de sus propias manos en un futuro no muy lejano.

Con la borrachera del éxito y la convicción de que la tierra quedaba sosegada de momento, nada resultaría tan sencillo como terminar con Johan de Lubich en su propia casa.

Jayme no iría con ellos, sin embargo. Nadie debía asociarlo con ese asunto, pues su misión era otra: ocupar el puesto de Johan en su casa y en el condado.

Pere y el capitán Agut se quedaron en Aiscle. El primero porque deseaba llegar a su casa después de tanto tiempo y asegurarse de que todo estaba en orden antes de mandar a Besalduch a por su esposa; el segundo porque sus hombres necesitaban un merecido descanso de vino y mujeres en las tabernas de la villa.

Después de despedirse de Marquo, Johan tomó primero el desvío a Tiles y luego el de Lubich. Se sentía cansado y hambriento, pues ya no aguantaba las peleas como cuando tenía veinte años, y solo deseaba llegar a casa, ordenar que le prepararan un baño caliente, cenar y pedirle a Elvira que compartiera su lecho con él esa noche. El día había sido largo e intenso. Todo había ido bien; incluso el cielo los había acompañado interrumpiendo las lluvias de abril y frenando el viento del norte durante toda la jornada. Los soldados habían descargado sus energías contra las casas, pero apenas había habido muertos. El fin de Medardo había desconcertado y debilitado a sus partidarios y aliviado no solo a los nobles de Aiscle, sino también a muchos campesinos y artesanos que estaban hartos de revueltas, pillaje e incertidumbre. Como el carpintero Domingo le había reconocido en una ocasión, a él qué más le daba pagar a un conde o a un rey si lo único que le preocupaba era sacar a su familia adelante y rogar cada año porque las cosechas fueran abundantes y no se le muriera ningún animal. Pero Domingo no había sido educado en los nobles conceptos del honor y la fidelidad de un señor por otro superior, como había sido siempre desde los tiempos de Ramón I, seiscientos años atrás, tal como atestiguaban los documentos recopilados por Pere en su maravilloso archivo que los salvajes de Medardo habían destruido, y no podía comprender las implicaciones de actuar de uno u otro modo.

Trató de apartar las imágenes del día y los pensamientos recelosos sobre las peticiones económicas del conde y su rápida marcha y disfrutó de los colores grisáceos del atardecer.

De pronto, un intenso olor a madera quemada llegó hasta él proveniente de Lubich. Un terrible presentimiento lo sacudió. Espoleó a su caballo y se lanzó al galope gritando como loco a sus acompañantes para que se dieran prisa.

En cuanto divisaron la casa, vieron llamas sobre el tejado de uno de los pajares. Cruzaron el portalón hasta el patio principal, donde nadie trabajaba para sofocar el fuego. ¿Dónde estaban todos? Johan entró en la casa llamando a voces a su mujer y a su hija y subió a los dormitorios.

—¡Johan! —escuchó que le respondía Elvira con voz desesperada—. ¡Me han encerrado! ¡Tienen a Brianda! ¡Corre!

—¿Quiénes? ¿Adónde la han llevado?

—¡A la torre!

Johan desenvainó su espada y salió de nuevo al patio.

—¡Mirad! —le advirtieron sus lacayos señalando hacia arriba en dirección a la torre.

Johan alzó la vista y descubrió a su hija, amordazada, colgando en el aire sostenida por un brazo.

—¡Johan de Lubich! —gritó una voz—. ¡Subid solo o la lanzaremos!

Sus lacayos lo rodearon.

—Han ocupado la torre —dijo uno—. Calculamos que son una docena. Podríamos enfrentarnos a ellos, pero vuestra hija…

Johan comprendió que la única manera de salvarla era entregarse.

—¡Subiré! —gritó—. ¡Entrad a mi hija!

—¡Tirad la espada!

Johan lo hizo y el otro cumplió. Entonces corrió hacia la base de la torre. Cruzó la puerta y unos hombres lo lanzaron de un empujón hacia las estrechas escaleras de piedra. Subió por ellas entre los gritos de los captores apostados en diferentes puntos hasta que llegó al rellano donde dos hombres sujetaban a Brianda. Los ojos de su hija reflejaban terror y una terrible pena. «¿Por qué has subido? —parecían decirle—. Ahora moriremos los dos».

—Ya me tenéis —dijo Johan con voz firme—. ¡Soltadla!

Lo hicieron y Brianda corrió a sus brazos. Johan le quitó la mordaza y acarició su rostro. Ella, consciente de la situación, no gritó ni lloró. Se limitó a mantener su mirada fija en la de su padre, en un diálogo silencioso. Memorizó el brillo de sus ojos, los primeros cabellos blancos en sus pobladas cejas, las pequeñas arrugas junto a los párpados. Se sintió como cuando era niña y él la confortaba tras una pesadilla, solo que esta vez presentía que no se despertaría del espantoso sueño.

—Dejadla ir antes de que cambiemos de idea —dijo uno de malos modos.

Johan apoyó sus manos sobre los hombros de su hija para deshacer el abrazo.

—Ve con tu madre, Brianda. —Intentó que su voz sonara firme, pero no pudo evitar que se le quebrara al pronunciar su nombre. Se quitó el anillo con la esmeralda y se lo entregó—. Guárdalo. Y tú… Pase lo que pase, mantén el nombre de Lubich vivo. —La besó cariñosamente y la empujó suavemente—. Recuerda el lema de nuestra familia desde los tiempos del infante Pedro, a quien su padre, el rey Jaime II, le entregó el condado de Orrun en 1322. —Colocó la palma de su mano sobre su corazón y añadió—: Aquí me llevo todo. Conmigo.

Brianda le dio un último abrazo, emitió un sollozo y corrió escaleras abajo, apretando el anillo con tanta fuerza que se clavó las uñas, sin oír las risas y comentarios soeces de los hombres que ponían sus manos sobre ella, sin importarle los golpes contra las paredes de piedra ni los rasguños sobre su piel. Salió al patio y se abalanzó contra los lacayos de su padre, quitándole a uno su espada con intención de luchar ella misma.

—¡Subid ahora! —bramó—. ¡Haced algo!

El soldado le quitó la espada.

—Si os pasara algo, de nada habría servido el gesto de vuestro padre. Escondeos en lugar seguro, que nosotros haremos nuestro trabajo.

Brianda corrió entonces hacia la casa, pero en el último momento cambió de idea y se dirigió hacia los huertos traseros. Tomó el estrecho sendero que bordeaba la torre junto al precipicio y se sentó en una piedra. Allí donde Corso la había besado, donde tantas veces se había entretenido con los dibujos de las nubes, los vuelos de las aves y los juegos de los animales y donde tantas veces se había refugiado en busca de sosiego, oía ahora los gritos de los soldados, el choque de sus espadas, los tiros de arcabuz y los lamentos tras las heridas. Se tapó los oídos con las manos, pero su respiración descontrolada era más angustiosa que los sonidos de la pelea. Maldijo a sus criados, que habían huido en cuanto los habían visto llegar. Maldijo al conde, por emplear a todos los soldados para su causa. Y maldijo su propia debilidad. Si hubiera sido tan fuerte como Corso, ella sola hubiera detenido a esos hombres y defendido Lubich. Gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas al acordarse de Corso. Aquellos a quienes más quería iban desapareciendo. Primero Nunilo, luego Corso y ahora la vida de su padre pendía de un hilo. Hacía unos meses, todo era alegría y novedad para ella. Ahora, el mundo le parecía el peor de los infiernos descritos por fray Guillem.

De pronto, el ruido cesó. Extrañada, alzó la vista, justo para ver cómo unos brazos empujaban algo por uno de los arquillos de la torre. Horrorizada, distinguió las ropas de su padre y su voz en el largo alarido que acompañó su vuelo antes de pasar cerca de ella para seguir cayendo, golpeándose contra las rocas del precipicio, derramando su sangre a los pies del impávido monte Beles y perdiéndose de vista en el abismo.

Durante un mes, Brianda fue incapaz de pronunciar ni una sola palabra. Se encerró en su habitación y ni siquiera asistió al entierro de los restos de Johan de Lubich, que tardaron una semana en poder recuperar. No quiso hablar con Marquo, a quien el fallecimiento de su futuro suegro parecía haberle provocado urgencia por retomar el asunto de la boda y más cuando por culpa de la ofensiva del conde nunca se habían llegado a firmar los poderes notariales sobre el matrimonio. No quiso recibir en persona las condolencias de nadie, ni siquiera las de Leonor, y mucho menos las de ese turbio familiar, Jayme de Cuyls, que consolaba a su madre con demasiado afecto mientras mostraba en público su intención de aceptar la nueva situación de las tierras altas de Orrun según lo dispuesto por el conde. Y tampoco quiso conocer al hijo que su criada Gisabel había dado a luz por mucho que Cecilia le insistió en que para vencer los estragos de la muerte no había otra solución que contagiarse de la vida de los recién nacidos.

Para Brianda, nada importaba.

Las mismas lágrimas que derramaba por su padre servían para que se desahogara también de la muerte de Corso, a quien no había podido llorar lo suficiente en su momento por guardar las apariencias.

El mismo duelo que atenazaba su corazón por la pérdida de Johan recuperaba las imágenes de sus encuentros compartidos con Corso, breves pero intensos, escasos pero penetrantes, pasajeros pero imperecederos. Daría su vida, si eso fuera posible; o entregaría incluso su alma al mismo diablo por recibir su honda y turbadora mirada, por escuchar su voz grave, por sentir el contacto de su áspera piel, por distinguir el olor de su sudor y por saborear un beso más, uno solo…

Lo único que evitaba que se lanzase al mismo abismo donde había muerto Johan era esa vocecita interior que le repetía las últimas palabras de su padre. Si nada le importaba, si apenas podía respirar, ¿cómo podría mantener vivo el nombre de Lubich? Pero él no le había arrancado una promesa, sino que se lo había pedido. ¿Cómo iba a ignorar su petición? Acabar con su vida significaría defraudar a su padre dondequiera que estuviera y deshonrar todo aquello por lo que él había luchado en su vida terrenal, que no era sino la herencia de Lubich.

Su vida no le pertenecía a ella sola por completo.

Y por esa parcela de su ser sobre la que ella no tenía pleno derecho juró por fin un día que saldría adelante, sin saber, sin sospechar siquiera, que lo que le aguardaba era mucho peor de lo que su mente, aun enfebrecida por el dolor, podía imaginar.