43.
Brianda salió a la era y respiró profundamente. Después de varios días de indecisión, la rebelde primavera había decidido conceder una tregua. Una ligera bruma cubría el monte Beles, pero una suave brisa comenzaba a mecerla con intención de alejarla. El sol brillaba, sin excesiva fuerza, y hacía una temperatura agradable.
Decidió dar un paseo y tuvo claro su destino.
Necesitaba regresar a Lubich una última vez antes de marcharse de Tiles. No sería una despedida definitiva, ahora que se sentía unida para siempre a ese lugar, pero tenía varios asuntos que solucionar en Madrid. Debía recoger sus cosas del piso de Esteban, encontrar otra casa donde vivir y reanudar la búsqueda de trabajo para cuando se le terminase el paro.
Aunque su corazón seguía herido por la separación de Corso, a quien no había vuelto a ver desde la noche en que le había entregado los papeles en el bar, hacía ya un par de semanas, físicamente se encontraba bien y mentalmente se sentía fuerte para continuar adelante. Dormía bien, no le dolía nada, sus visiones y pesadillas habían terminado y la ansiedad había desaparecido. Y tenía un nuevo objetivo en su vida. Había contactado con un diputado en el Parlamento y pensaba comenzar cuanto antes el proceso de exoneración de aquellas mujeres. Independientemente de lo que hicieran los vecinos de Tiles, ella no pararía hasta conseguir que el nombre de Brianda de Lubich y Anels quedara rehabilitado.
En cuanto a Corso, Neli había sido extrañamente insistente al decirle que lo dejara tranquilo, como si su amiga conociera los esfuerzos que tenía que hacer para no correr cada mañana en su busca, deseando encontrar en la mirada de su amado alguna pincelada, en sus gestos algún ademán, en su rostro alguna reacción de que lo imposible no era producto de la imaginación de una joven enamorada. Ignoraba si su querida amiga deseaba evitarle una decepción o si, por el contrario, también necesitaba tiempo para preparar uno de sus conjuros para ayudarla. Sonrió al recordar la tarde que descubrió su altar de bruja wiccana y el ritual que presenció para Todos los Santos, que para ella era Samhain, ese momento del año en que las leyes del tiempo y el espacio se suspendían y la barrera entre los mundos desaparecía. Entonces la había tachado de excéntrica; ahora tenía que reconocer que su propia percepción racional y lógica de la realidad había cambiado por completo. Tal vez no hasta el extremo de aceptar como cierto el pensamiento de Neli de haber sido la elegida por los dioses para encontrar los documentos de la sacristía, pero sí para reconocer que a veces las casualidades o los caprichos del azar podían poner a prueba las certezas más sólidas, incuestionables e inamovibles.
Sumida en estos pensamientos ascendió por el mismo camino que tras varios intentos consiguió un día recorrer aquel día de noviembre que se entregó a Corso. Ahora, los restos de las hojas secas del otoño y el invierno del bosque a su alrededor comenzaban a ser engullidos por los brotes de las nuevas hierbas y sobre las ramas secas de los diferentes árboles se veían tímidas yemas de futuras hojas. La frescura de la tierra inundó su alma como un vaho cicatrizante.
Llegó hasta la verja de la casa, allí donde un entonces agresivo Luzer le había mostrado los dientes para que no entrara, pero esta vez no la cruzó. Siguió caminando hasta llegar a la cima de un pequeño cerro desde donde podía observar Lubich en toda su plenitud. Se sentó unos instantes sobre una roca y recorrió las líneas de las paredes y tejados con la mirada, deteniéndose allí donde la asaltaba un recuerdo, una imagen, una sensación. Una lengua de humo salía de una chimenea, conectando, temblorosa y enigmática, la vida del interior de esa casa con el cielo. Deseó poder oír las voces de Johan, de Elvira y de una pequeña Brianda sentados a la gran mesa de la sala… No. Deseó ser ella quien estuviera sentada en un sillón frente al impresionante hogar de piedra de Lubich, junto a Corso.
Un largo suspiro escapó de sus labios. ¿Había algo que pudiera o debiera hacer para convencer a Corso de que nadie lo amaría como ella lo amaba?, se preguntó una vez más, por acallar a esa vocecilla impertinente que la acusaba en su mente de haberse resignado con demasiada rapidez y sensatez a vivir sin él. La respuesta era sencilla. No. Los sentimientos no se explicaban. El verdadero amor no consistía en convencer. Corso no había reaccionado. Simplemente había desaparecido. Ni siquiera había deseado comentar qué le había parecido la historia que ella había escrito. Para ella, el mensaje estaba claro. Quizás, incluso, con más calma, tiempo y perspectiva, debiera comenzar a plantearse la odiosa hipótesis de que el actual Corso de Lubich no tuviera nada que ver con aquel Corso de Anels…
Sacudió la cabeza para apartar esa idea, se incorporó, continuó por el lindero de un amplio prado donde el trigo formaba ondas de diferentes tonos de verde y se dirigió hacia los bosques más altos.
No había estado nunca allí, pero reconocía perfectamente el lugar.
A medida que ascendía, las primeras flores blancas y azules del año hicieron su aparición en los prados reservados para forraje en el límite con el bosque. Se agachó y acarició con sus dedos varias de ellas. Envidió su fortaleza, su constancia, su tenacidad para crecer año tras año en esa tierra fría, siempre distintas, siempre tan iguales. Alzó la vista y miró hacia el monte Beles, testigo impasible de todo cuanto vivía, se movía y respiraba en ese valle. Solo él conocía las verdaderas razones que habían guiado las existencias de las personas a lo largo de los siglos. Tras interminables ciclos de vida y muerte, seguía allí, inalterable, seguro de su propia infinidad.
Se internó por un emboscado y corto sendero. Tuvo que agacharse en varias ocasiones para que las ramas secas y alguna zarza no hirieran su rostro o se enredaran en su cabello y por dos veces tuvo que detenerse para desenganchar su larga falda de algún pincho. Le pareció que nadie había pasado por allí en mucho tiempo. El sendero desembocó en un pequeño claro sobre un barranco de rocas deformes. Se detuvo, y pronto se dio cuenta de que no podía continuar. La única prueba de que allí había existido un pequeño puente eran los restos de piedra que sobresalían a ambos lados del despeñadero. En medio, nada.
Descendió unos metros con cuidado de no tropezar y se sentó en una piedra cercana al cauce del barranco, que bajaba lleno por las lluvias de las últimas semanas. Cogió una rama seca y comenzó a juguetear con ella. El rumor del agua encontrando su camino entre surcos y recovecos consiguió relajarla y aislarla del entorno. Durante un largo rato, ningún pensamiento surgió en su mente.
De pronto, oyó que alguien pronunciaba su nombre con voz suave, primero una vez, y luego otra. Se giró y comprobó que no eran imaginaciones suyas. Con un pie apoyado en una piedra, ahí estaba Corso. Tras él, unos metros más arriba, con las riendas atadas a un árbol, su frisón Santo.
—¿Es aquí donde aquella Brianda mató al lobo? —preguntó él.
Brianda asintió con una sonrisa. Corso había leído su historia.
Él se acercó y se sentó junto a ella. Brianda se frotó los antebrazos para controlar el ligero temblor que la había asaltado al sentirlo tan cerca. Corso la miraba de una manera turbadora: intensamente familiar, penetrantemente inquisitivo.
—Te he visto desde lejos y te he seguido.
—Me alegra que lo hayas hecho. Así podré despedirme. Mañana regreso a Madrid.
Una sombra atravesó la mirada de Corso.
—He leído lo que escribiste, pero está incompleto —soltó de repente—. ¿Sabes qué pasó después?
Brianda negó con la cabeza.
—Yo tengo mi teoría —dijo él—. ¿Te gustaría escucharla?
Ella asintió intrigada.
—Corso de Anels se volvió loco —comenzó él—. Solo vivía y respiraba por su hijo Johan. De no ser por él, hubiera terminado con su vida para ir en busca de Brianda. La veía en cada rincón de casa. Oía el sonido del viento sobre las ramas de los árboles y creía que era ella. La maldijo por haberle atado a la promesa de cuidar de Johan. Nadie le dirigía la palabra y a nadie hablaba él. Su garganta no producía sonidos, sino lamentos, cuando no mascullaba deseos de venganza. Los campos y caminos resultaban cortos para la velocidad con la que galopaba sobre su caballo; la noche cerrada, demasiado luminosa para su necesidad de oscuridad; el bosque plagado de lobos, demasiado tranquilo para su rabia; la cima del monte Beles, demasiado ruidosa para su alterado espíritu.
»Hubiera matado por poder morir y liberarse de ese castigo…
»El sentimiento de culpa no lo abandonaba. No había podido hacer nada por ella. Él, que había peleado en decenas de batallas, que había abatido con su espada a tantos enemigos, no había podido evitar la muerte de su esposa. El rostro de ella mientras el verdugo colocaba la soga alrededor de su cuello; su última mirada; el roce de la piel de su mano; sus labios azulados; su cuerpo frío, rígido… Esos recuerdos ardían en su mente, abrasando su cordura, derritiendo su sensatez, consumiendo su juicio.
»Tardó tres semanas, después del ahorcamiento, en conseguir que el notario accediera a estar presente en la exhumación del cadáver de su esposa y tomara nota de lo que viera. En torno a la tumba, Corso, el juez Marquo y el notario Arpayón se reunieron un frío atardecer de principios de abril. Los acompañaba la abuela Darquas, la misma que no había podido atestiguar que Brianda estaba embarazada al finalizar el juicio, para que comprobara, a cambio de una generosa suma de dinero, si era cierto o no que Brianda esperaba un hijo.
»Corso no quiso que nadie le ayudara a desenterrar el cuerpo de Brianda. Primero utilizó un azadón y cuando calculó que solo un palmo de tierra lo separaba de ella se arrodilló y utilizó sus manos. El dolor por su ausencia dotaba a sus gestos y a su expresión de una urgencia enfermiza. ¿Y qué, si demostraba que estaba embarazada? ¿Acaso eso le devolvería la vida? No, lograba pensar en medio de su locura, no lo haría; pero él volvería a verla.
»Sus dedos rozaron la capa y temblaron al levantarla para dejar el cuerpo a la vista. Ahí estaba su Brianda, como la había acostado, con las manos cruzadas sobre el pecho sosteniendo una flor azul y suave como su piel, con una expresión plácida en el rostro, como si los gusanos no se hubieran atrevido a mancillar su cuerpo, como si la tierra no hubiera conseguido humedecer y reblandecer sus facciones, tan perfectas, tan hermosas…
»—Procedamos de una vez, por Dios santo —escuchó que decía el notario Arpayón mientras se llevaba un pañuelo a la nariz.
»Corso salió de la fosa y ayudó a la anciana Darquas a ocupar su lugar. La mujer hizo un corte en el costado izquierdo de Brianda con un afilado cuchillo, puso sus manos dentro de su cuerpo, hurgó un rato en él con cuidado bajo la atenta mirada de Corso y finalmente extrajo un pequeño trozo de carne de unas tres pulgadas con forma humana y lo puso en una pequeña losa de piedra que entregó a Corso.
»Nadie pronunció ni una palabra mientras Corso lo cubría con un pañuelo, con las mandíbulas tan fuertemente apretadas y el cuello tan tenso que parecían a punto de quebrarse. Luego, sacó a la vieja del agujero, bajó de nuevo y se arrodilló para besar los labios de su esposa. Murmuró algo sobre sus labios y la volvió a besar, como si simplemente le deseara las buenas noches, como si su sueño no fuera ya eterno.
»Cuando terminó de enterrarla por segunda vez, Corso cogió la losa de piedra con aquel jirón de su sangre que hubiera podido ser su hijo, subió a su caballo y cabalgó hasta Lubich, seguido de Arpayón y Marquo. La noche había caído ya sobre Tiles, cubriendo los caminos de sombras grotescas. Como un alma que se llevara el diablo a los horrores del infierno, entró en el gran patio gritando el nombre de Jayme. Este no tardó en aparecer, y su inicial alarma se redujo en cuanto vio al juez y al notario. Corso retiró el pañuelo que cubría lo que portaba en una mano y se lo acercó a la cara.
»—¡La matasteis a pesar de estar embarazada! —bramó—. ¡Matasteis a mi hijo!
»Jayme permaneció imperturbable.
»—No interpreto haber hecho agravio alguno —dijo tranquilamente, extendiendo las manos a ambos lados de su cuerpo—. Me amparo en los estatutos de desafuero que todos aprobamos. —Miró a Marquo y a Arpayón y dio el asunto por concluido.
»—¡Sois un asesino! —gritó Corso a su espalda—. ¡No esperaré a que Dios os castigue!
»—¡Mide tus palabras, Corso! —le dijo entonces Marquo—. Jayme tiene razón. La ley le ampara. Lo hará también si vas contra él.
»Corso desapareció en la oscuridad y durante un tiempo nadie lo vio. Pasaba las horas en una de las cuadras de Casa Anels tallando unas palabras en una losa. Con cada golpe de cincel, con cada esquirla que se desprendía de la piedra, su mente avanzaba un paso más en sus planes, pero primero tenía que terminar aquella tarea. Un día, por fin, colocó con sus propias manos la lápida sobre la tumba de Brianda.
»—Omnia mecum porto… —le habló a la tierra—. ¡No es cierto el lema de los de Lubich, Brianda! No te llevas todo contigo, porque aquí me has dejado, abandonado, como un viejo pobre y enfermo, para que me consuma de rabia… No tendré consuelo hasta que vuelvas…
»Nuevas tumbas salpicaban ese trozo de prado, convertido en improvisado cementerio de desgraciadas. Cada dos o tres semanas desde el primer juicio tuvieron lugar otras ejecuciones en grupos de dos a seis mujeres, y así hasta un total de veinticuatro mujeres de todos los lugares desde Aiscle hasta Besalduch. Pere de Aiscle no pudo salvar a su esposa, María, y Jayme de Aiscle no quiso salvar a su hermana, Lida. Sus ahorcamientos sirvieron de claro ejemplo de que el trabajo del Concejo era transparente ante Dios, pues a nadie se le aplicaba un trato de favor. No obstante, Pere debió ser sustituido por otro hombre en el Concejo por problemas de salud atribuidos a los influjos de la bruja de su esposa.
»Los caminos nunca estuvieron tan solitarios, ni las plazas tan silenciosas, ni los lavaderos tan vacíos. Las palabras se pronunciaban con sumo cuidado. Las miradas permanecían bajas en las casas. Los miembros de una misma familia evitaban contrariarse. Los niños se espantaban ante los gatos negros y huían aterrados si se topaban con un sapo. La iglesia se llenaba con frecuencia, no solo los domingos, y los soldados del rey eran agasajados en Casa Lubich.
»La primavera nunca había florecido con tanta apatía como lo hizo aquel año.
»De pronto, todo acabó un día con un sencillo anuncio de un fray Guillem cansado en la misa de mediados de mayo.
»—Bendita sea esta tierra, donde apareció el demonio, porque lo hemos vencido —dijo simplemente.
»—No le han visto la cara todavía —murmuró Corso, cuando Leonor le repitió las palabras, envejecida por el temor a que en cualquier momento se la llevaran también a ella y que ahora se disipaba.
»El Concejo se reunió y dio por terminado el estatuto de desafuero. Ya no había necesidad de acogerse a una justicia extraordinaria para juzgar delitos atroces con premura. Después de un paréntesis en el que la voluntad de unos pocos había prevalecido legalmente sobre cualquier ley general ya escrita, el valle de Tiles regresaba al funcionamiento regular del sistema legal vigente en el Reino, con la satisfacción de la faena bien hecha, como si lo sucedido no hubiera sido sino la única manera de liberar por fin a ese lugar de las diabólicas amenazas que atentaban contra el orden natural de las cosas.
»El Concejo pagó los gastos de todo ese asunto con el dinero de los bienes de las ejecutadas y anotó las correspondientes entradas en el libro de cuentas del pueblo. El verdugo se marchó con la bolsa llena. Los carceleros cobraron sus sueldos por su labor en Casa Cuyls; el carpintero y dos mozos, por plantar las horcas; el tabernero, por las bebidas y comidas los días de Concejo y ejecuciones.
»Los soldados del capitán Vardán y otros lacayos dejaron de vigilar a los vecinos y de escoltar a los miembros del Concejo, y retomaron su tarea de ocuparse de las fronteras con Francia, ahora en una nueva misión. Como el rey había enviado a uno de sus mejores ingenieros, un italiano llamado Spanochi, para construir edificaciones defensivas en las montañas, se pasaban el día en la parte más alta de Tiles.
»La vida volvió a la normalidad para todos menos para Corso.
»Una tarde de finales de mayo, en la que Corso meditaba junto al fuego con una tranquilidad que sus ojos encendidos revelaban como falsa, Leonor entró en la sala de Casa Anels portando una bolsa de cuero.
»—Quiero que te sientas libre para llevar a cabo aquello que desees hacer. —Le entregó la bolsa—. Son mis joyas, algo de dinero y un documento por el que renuncio al usufructo de Anels. Mi hermana, que heredó la casa de mis padres en Aiscle, ha enviudado. Viviremos nuestros últimos días juntas en el lugar donde nací.
»—Podrías venir conmigo… —sugirió Corso, consciente de que ya una vez ella se había negado a alejarse del lugar donde reposaban los restos de Nunilo.
»Leonor movió la cabeza a ambos lados, confirmando así lo que él creía.
»—Solo te pido que le hables a Johan de mí.
»Dos días después, Leonor abandonó la que había sido su casa desde que se había casado con Nunilo. Todo lo que deseaba llevarse cupo en un arca de madera que cargaron en una mula. Corso la acompañó a Aiscle y se despidió de ella. Cuando la abrazó por última vez, no tuvo que decirle con palabras el profundo agradecimiento que sentía hacia ella. Tampoco Leonor dejó que sus lágrimas atormentaran más el ahogado corazón de él.
»—Sigue adelante, Corso —le dijo—. Tienes mi bendición.
»Corso fue entonces en busca de Pere de Aiscle. Su venganza comenzaba en ese mismo instante.