29.
Año 1587
—Han pasado ya varios meses. Es hora de que recuperes tu vida.
Marquo dejó de caminar de una punta a otra de la gran sala de Lubich y se sentó en una silla junto a Brianda, frente a la chimenea de piedra donde ardía un enorme tronco de fresno. Extendió las manos hacia el fuego para calentárselas. El año había comenzado con la misma furia invernal que desde hacía semanas envolvía Tiles en una persistente borrasca de viento y nieve que se colaba por todos los resquicios y hendiduras a su paso por las viviendas.
—Respeto tu luto —continuó—, pero me gustaría tener una confirmación de tus intenciones. Si las cosas hubieran sido de otra manera, tú y yo ya estaríamos casados hace tiempo.
Brianda se incorporó ligeramente en su silla sin apartar la vista de las llamas.
—Si ellos vivieran…
Dejó la frase incompleta. Cuando se refería a ellos, aunque nadie más lo supiera, pensaba no solo en su padre Johan de Lubich y en Nunilo de Anels, muertos como consecuencia de la toma de Aiscle el abril anterior, sino también en Corso, a quien le había prometido que no se casaría con Marquo y que lo esperaría. Se lo había dicho poco antes de su partida a la tierra baja, adonde había acompañado a Surano en un ataque contra los moriscos con el compromiso de regresar con refuerzos de apoyo para don Fernando. Después, una breve carta había anunciado su muerte. Cada vez que visualizaba su rostro y rememoraba su voz y sus caricias, un insoportable dolor se clavaba en su pecho. Se había sentido tan desolada por la ausencia de Corso que, durante meses, se había negado a admitir que hubiera muerto. Con frecuencia soñaba que reaparecía de repente, pero el nuevo día le confirmaba lo absurdo de sus deseos. Nunca podría olvidarlo. Su vida no sería la misma sin él.
—Todo por culpa del conde. ¿Y dónde está él ahora? Sus muertes no sirvieron para nada…
—No le des vueltas a eso… —dijo Marquo sin mucha convicción.
Brianda llevaba algo de razón. Don Fernando había actuado con demasiada benignidad, echando tierra sobre los no tan lejanos sucesos turbulentos. Si hombres tan válidos como su padre o el de Brianda todavía vivieran, pensaba a menudo, el conde no se hubiera atrevido a tratar a los rebeldes con tanta indulgencia ni él se hubiera visto obligado a firmar, con desagrado, la libertad de tantos indeseables por su cargo como justicia del condado. Y para colmo, desde la toma de Aiscle, el conde no había vuelto por esos lugares cuando su presencia era más necesaria que nunca, dejando la responsabilidad del gobierno en manos de Pere de Aiscle, quien solo disponía de cincuenta lacayos y soldados para recorrer todos los pueblos y garantizar una tranquilidad que no era tal. Quedaban muchos lugares en el condado donde no se aceptaban las insignias del conde y era preciso lanzarse sobre la población con la fuerza de las armas, aumentando así la mala fama de que los condales, como él, cometían abusos y fechorías, robaban en las casas y forzaban a las mujeres. La tierra seguía alterada. Unos y otros cambiaban el boj por la aliaga y viceversa a conveniencia y, aprovechando el desconcierto, los bandoleros se habían adueñado de los caminos, los pueblos y las haciendas. Ya no había ningún rincón seguro.
—¿Qué te preocupa? ¿La amenaza de nuevos movimientos rebeldes? —Marquo tomó la mano de Brianda—. Nunca más volverán a Lubich, te lo prometo. Y sé que don Fernando acabará con todo esto. Pere me ha dicho que está en Francia organizando una fuerza con la que dominar la situación del condado. Si me tuvieras aquí todos los días, haría que te sintieras más segura.
Brianda dejó que Marquo jugueteara con sus dedos. El contacto de su piel no le desagradaba, pero tampoco encendía su corazón. Simplemente, la dejaba indiferente. Sabía que tarde o temprano su matrimonio con él sería una realidad y, aunque no le supusiera una gran ilusión, era consciente de que él tenía razón. Su preocupación no tenía nada que ver con la decisión de pasar el resto de su vida junto a Marquo, ni con los ataques de los insurrectos que continuaban activos tras la muerte del cabecilla Medardo.
Su intranquilidad provenía de la certeza de que el enemigo ya estaba en Lubich.
Se había sentido tan abatida desde la muerte de Johan que sus sentidos habían permanecido aletargados durante meses, funcionando lo justo para mantenerla viva. Ahora que volvía a prestar atención a los estímulos del exterior, su instinto le decía que había abandonado la casa a su suerte.
Retiró la mano de las de Marquo y acarició el anillo que Johan le había entregado antes de ser asesinado. Había enrollado una fina tira de cuero para empequeñecer el aro y poder lucirlo en el dedo corazón de la mano derecha, y nunca se separaba de él. Ese pequeño objeto le recordaba cada día la petición de su padre. Por muy profundo que fuera su dolor, tenía una gran responsabilidad por la que continuar viviendo. Y, después de todo, podía sentirse afortunada: Marquo no la había abandonado. Cada semana acudía a visitarla, esperando con loable paciencia a que ella reaccionara y mostrara ilusión por algo. Sabía que tras el deseo del joven se escondía un interés por ascender socialmente, pero nunca lo había ocultado. El mismo día que la besó por primera vez en el castillo de Monçón, le dijo que el único destino posible para un segundón como él si no encontraba una heredera con la que casarse sería el de marcharse de Tiles. Desde que el conde lo nombrara justicia del condado su situación había mejorado gracias al sueldo que recibía por sus intervenciones, pero no era suficiente. Convertirse en amo de Lubich no le evitaría problemas ni situaciones desagradables, pero le aseguraría su futuro. Y a ella el suyo. No era un mal trato.
—Quédate a comer, Marquo —dijo—. Hoy mismo hablaré con mi madre. Ya he esperado demasiado.
Elvira no puso ninguna objeción y dio instrucciones a Cecilia de que preparase la mesa en la sala y echara abundante leña al fuego.
—¿Por qué preparas la mesa para cuatro? —preguntó Brianda, extrañada también del cuidado que ponía Cecilia en que todo estuviera perfecto. Había extendido el mantel preferido de su madre y había dispuesto la vajilla de loza fina, la cubertería de plata y las copas de cristal que Johan había traído de uno de sus viajes a Francia. Como la mesa de la sala era muy grande, Cecilia había empleado solo uno de los extremos, situando a los comensales en parejas, una frente a la otra.
—Doña Elvira me ha dicho que esperaba una visita —respondió Cecilia nerviosa—, y que si me equivocaba en algo me encerraría en la bodega.
A Brianda le extrañó que su madre no le hubiera comentado nada sobre esa visita. En silencio, corrigió la posición de los tenedores. Elvira solía cumplir sus amenazas, y más si tenían que ver con la joven gitana cuya presencia nunca había aceptado de buen grado.
—¡Otra vez te ha salvado Brianda! —bromeó Marquo, que había retomado sus paseos impacientes por la sala.
Brianda le lanzó una divertida mirada. Marquo se sentía tan satisfecho por el inminente anuncio de su boda que no lo podía ocultar. En sus otros viajes a Lubich, apenas había cruzado un par de palabras con Cecilia.
La puerta se abrió y entró Elvira, con su mejor falda y corpiño oscuros, acompañada de un hombre. Brianda sintió que las piernas le flaqueaban y se apoyó en la mesa. Por un segundo había sentido que era su padre quien sonreía a su madre. Algo en sus gestos y en su fisonomía había provocado esa sutil y fugaz sensación. Pero el hombre que se acercaba a ella no era Johan. Era alto, pero no tanto como él. Tenía abundante cabello, pero era castaño y no negro. Y sonreía demasiado, como si alardeara de la satisfacción que le producía estar ahí, en la gran sala de Lubich, al lado de Elvira.
Era Jayme de Cuyls. Aquel contra el que Johan le había prevenido. «Guárdate de él», le había dicho. Su presencia en Lubich no había sido infrecuente desde la muerte de Johan, pero Elvira nunca se había atrevido a invitarlo a comer. Se preguntó por qué lo había hecho justo ese mismo día.
Jayme se acercó a Marquo y le tendió la mano, que el joven estrechó sin demasiada efusividad. Su rostro también se había ensombrecido.
—Hoy es un día de celebración —dijo Elvira, indicando a cada uno dónde sentarse: ella y Jayme, juntos, frente a su hija y Marquo.
Brianda le lanzó una mirada cargada de extrañeza y odio. Por un lado, ella nada le había dicho de la reanudación de los planes de boda con Marquo; y, por otro, lo que menos deseaba era compartir la mesa con uno de los rebeldes que habían asesinado a su padre. No podía comprender qué pasaba por la cabeza de su madre para atreverse siquiera a conversar con él y sonreírle de esa manera tan abierta. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero le parecía que Elvira estaba ligeramente ruborizada. Miró a Marquo en busca de ayuda, pero este se limitó a encogerse de hombros.
—Siéntate, Brianda —le ordenó Elvira—. Tú también, Marquo, si vas a comer con nosotros.
Ambos se mantuvieron en pie.
—No sé qué podemos celebrar con un rebelde —dijo Brianda—, si no es la muerte de…
—¡Brianda! —la interrumpió Elvira—. ¡Mide tus palabras, no sea que tengas que arrepentirte!
Se hizo un incómodo silencio que Jayme aprovechó para buscar algo en su jubón. Con lentitud, extrajo un documento, lo desplegó y lo depositó sobre la mesa.
—Firmado por el conde don Fernando. A partir de ahora soy el nuevo bayle general de Orrun, a las órdenes solo del lugarteniente Pere de Aiscle en cuestiones de administración civil y criminal —se dirigió a Marquo—, y vuestro superior a la hora de mantener el orden.
—Pero… ¿cómo? —Marquo no podía ocultar su asombro. Tomó el documento y lo leyó con detenimiento—. Es cierto. —Se sentó—. ¿Qué has hecho para lograrlo?
—Ya que los nuestros son cargos de poder, os rogaría el mismo respeto en el trato que yo os muestro, Marquo. —Jayme hizo una larga pausa, como si deseara que el joven tuviera tiempo para asimilar sus palabras—. El puesto quedó vacante tras fallecer Johan. El conde, con gran criterio y acierto, ha comprendido que alguien como yo resultará útil para calmar los ánimos en su ausencia.
—Jugando a dos bandos… —murmuró Brianda, dejándose caer en su silla. Jayme de Cuyls ocupaba ahora el lugar de su padre ante la mesa de Lubich y ante el condado.
—¿No fue el propio conde quien pidió que olvidásemos las cosas pasadas? —Elvira comenzó a verter vino en las copas e hizo sonar una campana para avisar de que sirvieran ya la comida—. ¿Qué mejor manera que esta? Estoy segura de que alguien como vos, Jayme, solo desea lo mejor para esta tierra.
Jayme le respondió con una encantadora sonrisa y Brianda sintió deseos de lanzarle uno de los cuchillos.
—¿Lo sabe Pere? —acertó a preguntar.
—En breve recibirá una carta del conde —respondió Jayme—. Y, por su propio bien, dejará las cosas como están. Como sé que también haréis vos, Marquo. —Su tono se volvió enigmático—. Pronto, Pere podrá retirarse a su casa de Aiscle y dejar de andar por esos pueblos, donde no quieren otra cosa que prenderle…
Gisabel y Cecilia entraron portando unas bandejas con un lechón asado y troceado. Brianda no recordaba la última vez que se había servido ese manjar en Lubich, reservado para ocasiones muy especiales, lo cual solo podía significar que Elvira había preparado ese encuentro con antelación. Tenía el presentimiento de que algo terrible iba a suceder de inmediato. No podía librarse de la sensación de que una amenaza se cernía sobre Lubich. Solo quería que esa indeseable reunión terminase cuanto antes. No podía comer. No podía pensar.
—Brianda y yo también tenemos algo que deciros —oyó que comenzaba a decir Marquo entonces—. Recordaréis, Elvira, que en esta misma sala hablamos con vuestro marido de nuestro matrimonio. Tuvimos que retrasarlo por los terribles sucesos que entristecieron esta casa, pero es nuestro deseo retomar el asunto ahora y casarnos cuanto antes. Vuestro esposo confiaba en que yo sería un buen amo de Lubich y espero no defraudaros ni a él ni a vos.
El silencio que siguió a las palabras de Marquo aumentó la angustia de Brianda. A diferencia de la otra vez, cuando Elvira enseguida se dispuso a planear la boda y listar los invitados, ahora se había quedado muda y su semblante estaba pálido.
—¿No dices nada, madre? —preguntó Brianda.
Elvira y Jayme intercambiaron una mirada. Por fin, Elvira habló:
—No pensaba decirte nada todavía, Brianda, pero esta noticia me obliga. Jayme me ha propuesto que cuando termine el luto, en primavera, contraigamos matrimonio…
Brianda parpadeó perpleja. El primo al que su padre había odiado ocupaba su mesa, su cargo en el condado y ahora pretendía tomar el lecho de su mujer. Y Elvira… ¿por qué lo hacía? Si por necesidad no era, solo quedaba la opción de que fuera por amor. Sintió que le faltaba la respiración. ¿Cómo podía haberse olvidado tan pronto de Johan? No hacía ni un año de su muerte. El asco contrajo el rostro de Brianda. La familiaridad y cercanía en sus gestos indicaban que su relación no era reciente.
—Sé que te resultará extraño, hija, pero todavía soy joven para renunciar a la compañía de un hombre y limitarme a ser la suegra de Marquo y la abuela de tus hijos. ¿Qué vida me esperaría? Piensa en todas las viudas que conoces de Tiles. Aun las que tienen hijos, están solas.
—¿Y te irás con él a Casa Cuyls?
Brianda jamás hubiera imaginado a su madre viviendo en otro lugar que no fuera Lubich. Se preguntó qué locura se había apoderado de ella.
—¿Cómo? No, Brianda. Viviremos en Lubich.
—Marquo y yo viviremos en Lubich, madre. Yo soy la dueña de esta casa.
Elvira bajó el tono de voz.
—No lo eres, Brianda. Johan no firmó ningún documento a tu favor. Según nuestras capitulaciones matrimoniales tengo derecho a disponer de estos bienes como mejor entienda, respetando, por supuesto, la legítima que te corresponde.
—Entonces es solo una cuestión de tiempo… —Brianda pronunciaba las palabras con una rabia que le nacía de lo más profundo de sus entrañas.
—Siempre y cuando no tengamos descendencia… —intervino entonces Jayme, mirándola con falsa humildad—. Si Dios nos bendijera con esa dicha, sería mi primogénito quien heredaría Lubich.
Brianda se levantó bruscamente, lanzando su silla contra el suelo. Miró a su madre con el rostro desencajado. De repente no tenía delante a Elvira, sino a una desconocida. La señaló con el dedo:
—¡Tú no puedes estar de acuerdo con esto! —gritó—. ¡Sabes que de todo el patrimonio de Lubich yo soy la legítima heredera, descendiente directa del primer Johan! ¡No puedes ignorar la voluntad de mi padre!
La barbilla de Elvira comenzó a temblar. Por un instante, Brianda creyó distinguir que su voluntad se debilitaba, pero Jayme apretó su mano y la firmeza retornó a ella.
—¡Solo tengo treinta y cinco años, Brianda! Jayme me entrega su vida sin saber si podré darle un hijo. Sé que será un buen amo para esta casa. Es un trato justo.
—¿Y qué pasará conmigo? —gritó de nuevo Brianda fuera de sí—. ¿Y Marquo…?
Lo miró y comprendió la respuesta rápidamente. Sin decir nada, Marquo se puso en pie, recogió su espada y salió.
Tras unos momentos de aturdimiento, Brianda corrió tras él y lo alcanzó en el zaguán.
—¡Espera! ¡Esto no tiene sentido! ¡No se saldrán con la suya! —Sujetó su brazo con desesperación—. ¿Por qué no me miras?
Marquo apoyó su mano sobre la de ella, manteniendo la vista fija en el suelo.
—Esto lo cambia todo, Brianda. Yo no tengo nada que ofrecerte. —Se liberó con suavidad de sus dedos, que lo agarraban como tenazas—. Lo siento mucho.
—¿Eso es todo? —Brianda dejó caer los brazos a ambos lados de su cuerpo, dominada por un intenso abatimiento—. ¿Ni siquiera piensas enfrentarte?
—¿Al segundo hombre con más poder del condado, apoyado por el conde y relacionado con el rey?
—No te pido que te pongas en peligro. Tú eres el justicia aquí. Podrías ayudarme a recurrir a la justicia del Reino.
—Ya has visto de qué le está sirviendo al conde… Se cree que el condado es suyo y tiene a uno de los peones del rey al mando. —Se inclinó sobre ella, con intención de depositar un beso en su mejilla, pero se detuvo—. Nada tendría que ser así, pero… —Sacudió la cabeza, cruzó el zaguán y salió al patio.
Los ojos de Brianda se llenaron de lágrimas. Lo que estaba sucediendo no podía ser real. Tenía que ser una pesadilla. Marquo era un cobarde. Su madre traicionaba la memoria de su padre y todos sus antepasados. Y Jayme… Su instinto no la había engañado. Tenía al enemigo en casa.
Oyó que el caballo de Marquo se alejaba de Lubich. Lanzó una mirada en dirección a la sala. No sabía qué hacer. Si regresaba con su madre no haría otra cosa que gritarle. Gritarle y golpearla. A ella y a su futuro marido… ¡Cómo la odiaba! ¡Cómo los odiaba a ambos!
Se puso sobre los hombros un manto y sobre los escarpines adamascados unas botas viejas de cuero que había en un banco de madera, abrió la puerta y salió. Una fuerte ráfaga de viento azotó con furia su cuerpo. Sin un destino concreto, cruzó el patio y los grandes portalones de Lubich y comenzó a correr desesperada a través de los campos. Oyó que Cecilia la llamaba, pero no le hizo caso. La tierra estaba húmeda por la lluvia y el aguanieve de los últimos días y las botas se le hundían en el barro. El viento cargado de agua trataba de quitarle el manto y enredaba y mojaba su cabello, que se iba convirtiendo en un ramo de pesadas madejas que caían sobre su rostro y sobre sus hombros.
Comenzó a jadear. Estaba aturdida. Se sentía desesperada. Al final de un prado se topó con una pared de piedra que trepó para saltar a un emboscado sendero. Los irregulares guijarros del suelo la hacían tropezar. Las zarzas herían su rostro, desgarraban sus ropas y se clavaban en su carne. El viento parecía arreciar por momentos y la obligaba a caminar con la vista baja sobre las hojas rojizas de los árboles que terminaban de pudrirse en el camino. De pronto, el camino desapareció.
Levantó la vista y reconoció un pequeño barranco en medio del bosque en el que aquel hombre rubio había intentado mancillarla mientras esperaba a que Nunilo regresara de Francia. Había pasado poco más de un año de aquello, pero, desde entonces, todo su mundo se había ido desmoronando. Por encima del barranco distinguió el estrecho puente al que otras veces había acompañado a su padre cuando era pequeña para comprobar que ningún desprendimiento de piedra y tierras hubiera obstruido la conducción del agua de riego. Ella solía jugar a mantener el equilibrio sobre el vacío mientras lo esperaba. La visión del pequeño puente, de apenas un par de palmos de anchura, la tranquilizó. Sintió un momento de alivio. Después se arrojó al suelo y comenzó a arrastrarse. Quería deslizarse a horcajadas sobre la estrecha pasarela apoyada en dos pilares que surgían de una inmensa roca anaranjada. Sus manos sintieron la viscosa humedad del musgo. Las gotas de la lluvia helada se deslizaban por su rostro y por las piedras. Luego se lanzaban al vacío, estrellándose contra el fondo del precipicio. Se sentó como cuando era niña, con las piernas colgando al aire, sujetándose con las manos a ambos lados de sus muslos para no ser derribada por las ráfagas de viento. Miró hacia abajo, hacia el inmenso agujero que abría sus fauces a sus pies. Una momentánea sensación de vértigo despertó sus sentidos. Bajó la cabeza, apoyó la barbilla contra el pecho y comenzó a sollozar. Un profundo desconsuelo la embargaba. Todo lo que más quería en la vida iba desapareciendo poco a poco. Nunilo, Johan, Corso, Lubich…
Nadie la echaría de menos si también ella desapareciera…
De pronto, oyó el ruido de unos cascos de caballo que se acercaba al galope. Luego, un relincho. Alzó la vista y descubrió un magnífico animal oscuro como el diablo que se ponía de manos al borde del barranco haciendo caer al jinete que intentaba dominarlo como si fuera un fardo sin vida. El cuerpo se golpeó contra una piedra y quedó boca abajo, demasiado cerca del agua helada. El caballo comenzó a patear nervioso.
Brianda se desplazó con cuidado sobre el puente. Toda su congoja se había deslizado con la lluvia hacia el fondo del precipicio. El objetivo más importante de su vida era llegar hasta ese cuerpo.
No tardó nada en conseguirlo, como si toda la pesadez del agua sobre su ropa y la fatiga de su espíritu se hubieran evaporado. Se arrodilló junto al hombre. Apartó la capa que se había doblado sobre su cabeza y apoyó una mano en cada hombro para girarlo. Pesaba mucho, pero por fin lo logró. Su rostro estaba cubierto de sangre, pero lo reconoció sin dudar.
—¡Corso! —gimió.
Repitió su nombre decenas de veces mientras limpiaba sus mejillas y acariciaba su cabello mojado hasta que se convenció de que estaba ahí y de que el sentimiento que embargaba ahora su corazón realmente era el de una profunda alegría.