La directora subió al escenario con rosas para todos, la primera fue para Lola a la que le dijo radiante y feliz:
—¡Enhorabuena! ¡La función ha sido excelente! ¡Nos habéis hecho reír, llorar, divertirnos y emocionarnos! ¡Has hecho un gran trabajo, Lola! ¡Mi más sinceras felicitaciones!
—Muchas gracias a ti por confiar en mí —replicó Lola, cogiendo la rosa que la directora le tendía.
—Gracias a ti por tu entrega y tu dedicación y en especial te agradezco de corazón que le dieras la oportunidad a Andrés, te dije que ibais a congeniar a la perfección y no hay más que veros bailar para confirmar que estaba en lo cierto.
La directora siguió repartiendo felicitaciones y rosas, y cuando le tocó el turno a Vlada, recogió su flor encantada y después se dirigió a Andrés, que estaba hablando con un grupete, y le preguntó muy nerviosa:
—Perdone, ¿puedo preguntarle una cosa?
—Dime… —respondió Andrés apartándose un poco del grupo.
—Quería saber qué le ha parecido mi actuación. Pero solo quiero la verdad. Jamás seré una buena violinista si me mienten…
—¡Ya eres un buena violinista! Y tu actuación me ha parecido la más hermosa que se ha escuchado en este salón de actos y en todos los salones de actos del mundo.
—¡Hala, no se pase! —exclamó metiéndose la mano en el bolsillo para coger el reloj.
—Hicimos un trato y lo justo es que te quedes con el reloj.
—Se equivoca —replicó la niña tendiéndole el reloj—, el trato que hemos hecho es que usted arregle el reloj y luego me lo devuelva —le recordó la niña con una sonrisa enorme.
—¡Es verdad! ¡Qué cabeza tengo! Así será, Vlada y gracias por habernos deleitado con tu sensibilidad y con tu arte.
—¡Gracias a usted, Andrés! Nunca olvidaré esta Navidad y si de mayor soy famosa como usted, le contaré a todo el mundo que fue gracias su generosidad.
—Tú sí que serás famosa de verdad. Yo no soy nadie… Bueno, sí que lo soy, soy el que ama a vuestra maestra.
La niña le dio un beso en la mejilla y salió corriendo para abrazar a sus padres que seguían emocionados.
Luis aprovechó que Andrés se quedó solo para abordarle y decirle:
—Estoy con la pájara que te viene después de pasar muchos nervios, pero quiero decirte que estoy muy feliz porque he cumplido todos mis objetivos: Xiaomei ya no pasa de Mariousz, la profe ya no pasa de ti y mi familia ha visto que mis tonterías sirven para algo.
—¡A mí desde luego me has salvado! Ha sido un placer trabajar contigo y espero que tengamos más ocasiones de hacerlo en futuro. Por cierto, ¿sabes que el otro día mi abuela me contó que de pequeño yo tenía un amigo imaginario que se llamaba Pedrín?
—Pues ahora tienes uno verdadero. ¡Feliz Navidad, tío! —Luis abrazó a Andrés y se marchó a hacerse fotos con su familia.
Entonces, Andrés se percató de que la suya también estaba allí, padres, hermanos, sobrinos ¡hasta su abuela! Pero antes de encontrarse con ellos salió a su paso Óscar el psicólogo para felicitarle:
—¡Enhorabuena por patrocinar estas cosas! ¡Pensaba que me moriría de aburrimiento pero me lo he pasado teta!
—¿Qué haces aquí? —preguntó Andrés, extrañado de verle.
—Me ha invitado ella…
Lidia que estaba sentada a su lado, se puso en pie y saludó a Andrés con la mano.
—Una obra preciosa, Andrés. ¡Lo que he llorado! —exclamó llevándose las manos al corazón.
—¿Os conocíais? —preguntó Andrés sin entender nada.
—Nos conocemos desde el otro día que me la enseñaste en el Instagram, empezamos a hablar y hablar y resulta que tenemos un montón de cosas en común, aparte de las gafas… —contestó Óscar entre risas, mirando a Lidia alelado.
—Sí, nos estamos conociendo y a mí se ocurrió que podía ser bonito que viera la obra y que conociera el lugar donde trabajo —dijo Lidia, sin dejar de mirar a Óscar embelesada.
—¡Espero que os vaya muy bien! —les deseó de corazón, porque el caso era que viéndolos juntos hasta pegaban y todo.
—A ti también con Lola. ¡Feliz Navidad, Andrés!
Andrés se despidió de ellos, pensando que Dios los cría y ellos se juntan, y siguió caminando hasta el fondo de la sala, donde se encontraban sus familiares:
—¿Se puede saber por qué habéis venido a invadir el salón de actos? ¡Solo falta Tano, el San Bernardo! —refunfuñó a su hermano mayor.
—Se ha corrido la voz en la familia de que tienes novia y todos han querido verlo con sus propios ojos.
—¡Qué vergüenza! —exclamó Andrés, tapándose el rostro con las manos.
—¿Vergüenza de qué? No sabía que bailabas también, y de verdad que no entiendo por qué de pequeño te pasabas las obras escondido haciendo de tramoyista cuando eres un gran artista… —intervino su abuela mientras le besaba.
—Es Lola la que hace la magia. Yo solo soy un agregado.
—Eso es cierto. Mira que tu padre me había dicho que era guapa, pero es que mucho más que eso, resplandece como el sol y todo lo que alcanza brilla… ¡No hay más que verte a ti, que estabas mustio como un maceta seca y ahora tienes como una bombilla que te ilumina por dentro! —observó su abuela.
—¡Tengo a Lola! —replicó Andrés sacando pecho.
Luego, saludó al resto de sus familiares y buscó a Lola con la mirada entre el público que seguía en la sala. La encontró al pie del escenario, hablando con el abuelo de Mariousz, mientras el padre de Lola seguía en la cuarta fila sin atreverse siquiera a levantarse.
Andrés decidió ir a su rescate y solo cuando estaba enfrente de él, se dio cuenta de que llevaba, arrugada y colgando del cuello, la corbata que le había prestado al rey Melchor…
—Ernesto ¿cómo estás? ¡Qué bueno verte por aquí! —saludó tirando de un extremo de la corbata y después haciéndola un gurruño que guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—No sé yo si será tan buena idea venir a constatar que mi hija me detesta. ¡Lola va a saludar a todo el barrio antes que a mí! —confesó Ernesto, poniéndose de pie.
—No te detesta, está feliz de que estés aquí.
Ernesto le miró con una extraña mezcla de irritación y perplejidad:
—Como me estés tomando el pelo, Olavarría, ¡vas a vértelas conmigo! ¡Y no puedes hacerte ni una ligera idea de cómo soy yo como enemigo! —le amenazó levantando la barbilla.
—Por mucho que lo intentes no vas a intimidarme, Ernesto. ¡Que me has revelado el secreto de los huevos fritos por algo!
—Porque soy perro viejo y nada más ver la cara de idiota que se te puso al ver la foto de Lola que tengo en la entrada de mi casa, me percaté de todo. Dentro de lo que cabe, me pareciste un mal menor. El menos botarate de los botarates y en el fondo uno de mi tribu, un hombre de empresa con el que puedo fumarme puros sin preocuparme de ser juzgado.
—Sí que te juzgo, porque mira que estás siendo terco con tu hija.
—Dile que deje de dar cariño a desconocidos y que venga a dárselo a su padre. ¡Vamos! —le ordenó Ernesto, dándole un empujón hacia Lola.
Sin embargo, Andrés no tuvo que hacer nada porque Lola acababa de despedirse del abuelo de Mariousz y ya se dirigía hacia ellos.
—Lola, ven que tu padre tiene que decirte que te adora y que se siente muy orgulloso de ti —dijo Andrés, tirando de la mano de Lola para acercarle junto a él.
Ernesto frunció la nariz y habló más envarado que nunca:
—Joven, yo no he dicho nad…
Andrés le reprendió con la mirada, pero Lola estuvo al quite porque estaba harta de tener el Facebook como un secarral:
—Pienso lo mismo que mi padre —replicó feliz, aferrada a la mano de Andrés.
—¿Ah sí? —masculló Ernesto—. ¿No me odias?
—Nunca lo he hecho…
Lola sonrió, besó a su padre en la mejilla y luego le abrazó, mientras se escuchaba a Andrés de fondo decir:
—¿Ves como no te estaba tomando el pelo, Ernesto? Y ahora voy a presentaros a unos cuantos Olavarría que están deseando conoceros… Por cierto, ¿os apetece pasar una Nochebuena rodeados de gente, perro pachón incluido?