—Cómo cambia el cuento, ahora eres tú el que besa a la chica y yo el que me quedo mirando —dijo Salcedo, poniéndose en jarras.
—¿De qué habla el padre de Salcedo? ¿Es otro que te quiere pegar? —preguntó Lola asustada.
—De pequeños nos gustaba la misma, él me la quitó hace años en este mismo lugar, cosa por la que le estaré siempre agradecido. Gracias a que él besó a Margarita, hoy puedo besarte a ti. Así que imagina ¡cuánto le debo a ese hombre! No sé lo que querrá de mí, pero estate tranquila…
Andrés besó otra vez en los labios a Lola y bajó a toda prisa al patio de butacas a estrechar la mano de Salcedo, con la mano izquierda que era la que tenía sin morder.
—¿Te puedo abrazar, Olavarría?
—¡Soy yo el que tengo que hacerlo!
Andrés se fundió en un abrazo con su salvador y este retirándose las lagrimas con el dorso de la mano, susurró entre hipidos:
—Vengo de tratar un asunto con la directora y me ha comentado que estabas aquí. Así que he aprovechado para decirte antes de que esto se llene de gente y no podamos hablar que gracias de corazón. ¡Me has devuelto a la vida, Andrés! ¡Jamás podré agradecerte lo que has hecho por mí! ¡Era un hombre muerto y ahora gracias a ti, he resucitado, me siento útil, me siento persona!
Andrés estuvo a punto de decirle que era justo al revés, que al quedarse con Miss Salchichas, le había salvado del horror de cargar con esa mujer y de la tristeza de vivir sin Lola, porque ya no imaginaba la vida sin ella.
—Soy yo el que te estoy agradecido, para el colegio y para mí es un honor que hayas aceptado ser el entrenador de los chicos.
Salcedo negó con la cabeza y luego dijo:
—El honor es mío y yo soy el que te agradezco que cuando nadie daba un duro por mí, ni yo mismo, hayas tenido la gentileza de creer en mí.
—No hay nada que agradecer de verdad…
—¿Cómo que no? Y después de lo que te hice, verás, estoy aquí porque eres un tío cojonudo que mereces una disculpa por mi parte. Tú querías a Margarita pero yo te la quité porque me caías fatal. Me parecías un empollón de mierda y un día me cansé de que me ganaras en todo.
—Eso no es cierto. Tú ganabas en gimnasia, eras un mago del balón, todas las chicas te adoraban.
—Pero era un zote en los estudios, y yo lo quería todo. Ser jugador de fútbol y tener tu expediente académico. Y, como no podía tenerlo, me vengué besando a Margarita. A mí ella no me importaba como a ti, era una más, pero el pecado lleva su penitencia porque me enredó y estoy atrapado en un matrimonio infernal del que espero salir pronto. Y todo gracias a ti, que me has devuelto la confianza, la fe y la ilusión. Tengo que confesarte que desde que me has dado trabajo como entrenador, he pasado de sentirme un trapo a una mopa de las buenas, de las que abrillantan. ¡Vuelvo a sentir que valgo para algo!
—Me alegro mucho —replicó Andrés, sin dejar de pensar que más se alegraba por él por lo que se había librado.
—Pero no me sentía del todo bien, sin sincerarme contigo, sin pedirte perdón por el daño que te hice al quitarte a Margarita.
Como ese hombre se estaba poniendo tan pesado, a Andrés no le quedó más remedio que decirle la verdad:
—Me salvaste. Gracias a que te adelantaste ese día, esa mujer me ama —confesó señalando a Lola, feliz.
—Hace unos meses te habría odiado desde lo más profundo de mi ser, tienes éxito profesional y además te ama esa preciosura de chica, pero hoy Olavarría, te juro que me alegro como si fuera un logro propio, porque ¡te lo mereces! ¡Eres muy grande, tío! ¡Muy grande!
Salcedo volvió a abrazarse a él mientras Andrés pensaba que no se merecía a una chica como Lola, pero que tampoco iba a ser el que seguiría insistiendo para que ella abriera los ojos.
Luego Salcedo se fue y entró Luis, muy nervioso, vestido de pastor a su manera.
—¡Hola profe! Andrés, tío, mira ¿qué te parece cómo estoy? —El niño se dio una vuelta sobre sí mismo, trastabillando un poco, y luego se paró otra vez frente a Andrés muy sonriente.
Llevaba vaqueros con un cinturón de hebilla enorme y redonda, botas de cowboy, camisa de cuadros y la única concesión que le había hecho al pastor clásico era un chaleco de borrego que le estaba un poco estrecho.
—Me parece que tenías que haber practicado más caminando por el pasillo de tu casa con las botas puestas. ¡Caminas como un cowboy borracho por un patatal! —sentenció Andrés, ajustándose el nudo de la corbata que se le había desaflojado con el abrazo a Salcedo.
—Voy a subir al escenario y me voy a quedar parado tocando mi inflamante flauta nueva —dijo empuñándola en alto—. ¡Suena genial! ¡Gracias tío, por todo! Pero sobre todo, gracias por los Levi’s y las botas de cowboy, ¡eran el sueño de mi vida! —agradeció abrazándose con fuerza a Andrés y descolocándole otra vez la corbata.
—Flamante, se dice flamante. El guionista de la obra no puede hablar como mi abuela, Pedrín. ¡Y deja de darme las gracias y de darme tanto cariño que me agobio! —protestó Andrés, liberándose del abrazo del niño y ajustándose la corbata otra vez.
—¡Luis estás guapísimo! —le saludó Lola desde el escenario.
—Tú también, profe. Ese vestido te hace muy curvosa y…
—¡Ahora curvosa! ¿Quieres hablar bien? ¡O mejor no digas nada! No sé qué pinta un niño opinando de las curvas de su maestra —exclamó Andrés con el ceño fruncido.
—¡Déjale que diga lo que quiera! —replicó Lola, divertida.
—Menuda maestra estás tu hecha…
—Entiendo que te pongas celoso, pero no tienes nada que hacer a mi lado. Los vaqueros somos irresistibles, tío —dijo Luis haciendo el gesto de la victoria con los dedos.
Andrés iba a poner en su sitio al pequeño pastor, pero apareció una pareja que se presentaron como los padres de Vlada y tuvo que posponerlo:
—Señor Olavarría, queremos darle las gracias por lo que ha hecho por nuestra pequeña. Por el violín, por ayudarle a vencer sus miedos y por la beca para que estudie en el conservatorio —dijo el padre de Vlada, con un perfecto español con acento ruso, mientras buscaba algo en su bolsillo.
—Le he hecho este postre para endulzarle sus horas, es una casita de pan de jengibre. —La madre de Vlada le entregó una caja de cartón grande con un lazo rojo —. La niña me ha ayudado a hacerla, le hemos puesto macetas a las ventanas y una chimenea grande. Espero que le guste…
—Se lo agradezco muchísimo, pero… —Andrés no pudo decir más, porque la señora le puso el paquete en las manos y su marido sacó un reloj de pulsera de esfera dorada y correa de cuero marrón.
—También quisiera darle este reloj, tiene una aguja rota y no vale mucho en lo material, pero era de mi padre y para mí significa mucho.
—No puedo aceptar algo tan valioso, señor —musitó Andrés, abrumado.
—Mi padre se lo habría dado de buen grado por lo bueno que está siendo con nuestra hija. Nos honraría muchísimo que se lo quedara, por favor…
—El honor es mío, pero yo no merezco tanto… —dijo Andrés, mientras el padre de Vlada le metía el reloj en el bolsillo de su chaqueta.
—¡Lo merece todo y más! —replicó el padre, dando unos golpecitos en la espalda de Andrés.
—Señor, de verdad, yo es que…—Andrés ni sabía qué decir para que el hombre comprendiera que no hacía falta que se desprendiese de ese objeto tan valioso.
—¡Usted a callar! ¡No se hable más! —concluyó el padre, mientras Andrés pensaba que ya vería la forma de devolvérselo.
—Cuando quiera puede pasarse por nuestra casa, cualquier cosa que necesite: si la tenemos, se la daremos —habló la madre de Vlada, retirándose las lágrimas con un pañuelo.
Andrés se sintió sobrepasado por tamañas muestras de gratitud y de cariño, pero después de los padres de Vlada vinieron los de Estela, los de Rodrigo, el abuelo de Mariousz, la madre de Alejandra, los padres de Javier… y ya sí que no entendió nada.
Mejor dicho sentía que no le entendían porque él era el que estaba agradecido a todos por haberle permitido pasar las mejores semanas de su vida ensayando esa función y porque se sentía de maravilla ayudando en lo que podía.
Y luego estaba ella, Lola, la artífice de todo, la maestra que le había enseñado lo más importante, y que parecía muy nerviosa porque la función estaba a punto de empezar…