Capítulo 45

El viernes era el último día de ensayos y allí se presentó Andrés, como un clavo, con los cinco puntos de sutura en la mano.

Cuando pasó junto a la consejería, Lidia agachó la cabeza y ni le saludó. Andrés lo entendió, pero se dirigió al salón de actos con la esperanza de que los rezos y el hechizo de los granos de café hubieran surtido efecto.

Al final, dejó la caja enterrada, a la mañana siguiente, debajo del pino de su casa y tuvo el pálpito de que le iba a dar suerte.

Con esa convicción, abrió la puerta del salón de actos y el primero que se percató de su percance fue Luis:

—¡Andrés, tío! ¡Estás lisiado! ¿Te ha vuelto a crujir don Casimiro? ¡Es el Vin Diesel yayuno! —exclamó alucinado.

En ese momento, Andrés se percató de que no podía contar la verdad porque no podía ser más bochornosa. Como Lola llegara a descubrir que había intentado enterrar la caja en el árbol donde meaba Cristal, ya sí que no iba a volver ni a mirarle a la cara en la vida.

—Me he cortado abriendo una lata —mintió, qué remedio.

—Ten cuidado —dijo Lola, que tuvo el detalle de acercarse a ver qué le pasaba.

—No es nada. Cinco puntos de sutura. ¡Estoy bien!

Llevaba desde el martes sin dormir, comiendo fatal y con el corazón roto, pero ahora que ella estaba frente a él, ¡le había vuelto el alma al cuerpo!

—Me alegro mucho —dijo Lola, muy seca. Cortante—. Y ya que estamos todos, vamos a comenzar con el ensayo. ¡Hoy tiene que salir todo a la perfección!

Lola decidió empezar con la canción Creep de Radio Head, y Andrés se sintió tan identificado con la letra que habla de un tío que se siente un bicho raro y despreciable ante la chica que le gusta que es jodidamente especial, que tuvo que apoyar su mano en la frente para que no vieran que estaba a punto de llorar.

Cuando terminó la canción, Lola subió al escenario a hacer unas cuantas indicaciones a los chicos, y Luis aprovechó para preguntarle a Andrés:

—Te noto raro, tío. ¿Te pasa algo? —Andrés negó con la cabeza—. Sí te pasa. Es por la profe, ¿a qué sí? Pasa de ti y tú estás megachof. Y más que vas a estarlo como no sigas mis consejos.

—¿Qué consejos? —Andrés necesitaba tantísimo recuperar a Lola, que le daba igual poner todas sus esperanzas en un niño de once años.

—Lo que te dije en su día, tienes que ser como el protagonista de mi obra, necesitas hacer algo grande como salvar al mundo de alguna amenaza para que la profe te haga caso.

—¿Qué amenaza? ¿El cambio climático? —Andrés dijo lo primero que se le vino a la cabeza.

—Tampoco te lo tomes al pie de la letra, puede ser el mundo de la profe en particular. ¿Hay algo en su vida que pueda ser mejorado?

Andrés se llevó la mano a la barbilla y enseguida encontró la respuesta:

—¡El techo de la cocina de su casa necesitaría una manita de pintura!

—¡Buah! ¡Vaya mierda! ¿Con eso crees que se va a conmover? No sirve, piensa otra cosa, algo que le importe de verdad y que no tenga.

—¡Su móvil es una patata! ¿Le compro un iPhone?

—Jo, macho, mira que eres lerdo. Con algo material no vas a salvar su pequeño mundo… Necesitamos algo que le haga sentir lo de la canción Your Song, que su mundo es más maravilloso porque tú estás en él. ¿Cómo puedes mejorar el mundo de la profe? ¡Vamos, Andrés, tío! ¡Que te hacen eco las neuronas!

—Desde luego, llevo desde el martes sin dormir. ¡No puedo ni pensar! Además, ahora que lo pienso ¡que el guionista eres tú! ¡Estrújate las meninges, majo, que para eso te pago!

—Pagas al colegio no a mí. ¿A mí me darías algo si consigo que la profe coma de tu mano?

—Palmeras de chocolate a perpetuidad.

—¡Trato hecho! —Luis estrechó la mano de Andrés y luego le interrogó—: La Navidad es tiempo de reencuentros, ¿hace tiempo que no ve a alguna amiga querida?

—¡Yo qué sé! Pues alguna habrá, pero a ver cómo lo averiguo…

—Vete a su Facebook y mira si habla con alguna que viva en el extranjero. Sería bonito que te la trajeras y le des la sorpresa. ¡Eso te haría ganar puntos pero a mogollón!

—Su Facebook es un secarral, ahí no hay nada más que una foto con una parada de autobús y un campo de trigales mustios que simboliza cómo se le quedó el corazón tras la última discusión con su padre. Se pelearon hace un año donde la parada del autobús y desde entonces, no se hablan…

—¡Eureka! ¡No se habla con su padre! ¡Es perfecto! ¿Lo pillas? —preguntó el niño, eufórico—. ¿Qué mejor que reconciliarse en Navidad? ¡Tienes que conseguir que cenen juntos en Nochebuena! ¡Sería tal puntazo que quizá si la pillas blandita, hasta se casaría contigo y todo!

—¿Tú crees? —replicó Andrés, poniendo cara de incredulidad.

Seeeeh.

—Conozco a su padre, me invitó hace poco a que fuera un domingo a su casa a comer…

—Tío, lo tienes a huevo. ¡Y queda nada para Nochebuena! ¡Tienes que conseguir quedar este domingo y limarle los callos!

—¿Qué callos?

—Es una frase hecha. Lo dice mucho mi madre cuando se trata de acercar posturas: limar los callos.

—Serán las asperezas…

—Pues eso, los callos. Y ahora calla que viene la profe

Lola volvió a su sitio y desde ahí siguió haciendo indicaciones de última hora, pequeñas cositas de nada para que la función fuera de 10. Porque no iba a tener otra nota a tenor del ensayo tan perfecto que estaban haciendo los chicos.

Al finalizar, Andrés los felicitó a todos y ya cuando se quedó a solas con Lola, en la puerta del colegio, junto a su Vespa, insistió:

—¡Estos chicos son una maravilla! ¡La obra va a ser un exitazo! Te felicito por todo lo que has hecho y por dejarme compartir con vosotros estos días de ensayos. Ha sido una experiencia formidable que espero que se repita en años sucesivos…

Aunque no quisiera nada con él, al menos se conformaba con tenerla cerca en Navidad hasta que fueran muy viejos, entre flautas, xilófonos, triángulos y funciones delirantes escritos por los hijos y los nietos de Pedrín.

—Vayamos poco a poco. A ver cómo nos sale esta y ya veremos lo que pasa al año que viene. Que pases un buen fin de semana, Andrés —se despidió Lola, seria.

Andrés se armó de valor y, aun cuando sabía que la respuesta iba a ser negativa, se atrevió a preguntarle:

—¿No quieres que te lleve a casa?

—No deberías conducir con esa mano vendada —contestó Lola, señalando a la mano.

—La herida no me molesta para conducir. Hace frío. Sube, por favor.

—Tengo que ir a hacer unas compras. Otro día.

—¿Otro día? ¿Cuándo? ¡Hoy es el último ensayo! —replicó Andrés, desesperado.

—No sé, Andrés. Otro día…

Lola se marchó sintiéndose fatal, pero sabía que se iba a sentir peor si subía a Andrés a casa y salía a relucir el tema de Lidia. Era mejor dejar que todo se enfriara un poco y así mientras los dos se daban cuenta de lo que en verdad sentían. Sobre todo él, el que no creía en el amor, porque ella lo tenía cada día más claro: aunque fuera un idiota redomado, amaba a Andrés sin remisión.

Andrés, por su parte, se quedó petrificado en la puerta del colegio. ¿Cómo podía ser tan terca esa mujer? ¡Tenía que hacer algo grande ya, para salvar el pequeño mundo de la maestra, o la iba a perder para siempre!

Así que sin pensárselo dos veces, cogió su móvil, buscó en la agenda al padre de Lola y le llamó:

—¡Buenas tardes, Ernesto! Soy Andrés Olavarría, ¿cómo estás?

—Estupendo. Te vi en la prensa cuando sacaste la nueva aplicación. ¿Todo bien?

—Sí, todo genial. Te llamo porque como quedamos en que ibas a invitarme a comerte los huevos…—¡Qué horror! ¡Si es que no se podía estar tantas horas sin dormir! Andrés estaba tan nervioso que se temió lo peor: Pastrana iba a mandarle a freír huevos a Australia—. ¡Perdona! Quiero decir, que me dijiste que me ibas a invitar a comer tu plato favorito…

Ernesto Pastrana se echó a reír y luego añadió:

—¡Vente el domingo! Y luego nos echamos una partida de ajedrez. Estoy solo. ¡Te espero!

Magia inesperada
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