—Entonces, a ver, que me quede claro, según tú, Andrés ¿lo que dice mi Lidia es mentira? —preguntó don Casimiro abriendo y cerrando la mano con la que acababa de golpear a Andrés.
—Yo no he ido con ella a Candanchú, ni a conciertos, ni de cenas…
—Eso ya lo sé yo. ¡Si no sale de casa! Se pasa el día entero en su cuarto con el ordenador, estudiando…
—Estudiando y haciendo montajes con las fotos que se hace conmigo en la conserjería. Siempre que vengo al colegio la saludo, hablamos y me pide que nos hagamos fotos…
—Esta hija mía… —farfulló don Casimiro mientras se llevaba la mano a la frente.
—Ella ha confundido esa amabilidad con no sé qué, y ha subido esas fotos en la conserjería a Instagram con fondos de distintos decorados, incluido un fuego de una cabaña en Candanchú, pero yo le juro que jamás he estado con ella en ese lugar. Solo nos hemos visto una vez fuera del colegio y fue porque me la encontré de casualidad en la óptica.
—Para el carro… —exigió don Casimiro, ofuscado, levantando la palma de la mano—. ¿Me estás diciendo que mi hija se retrata durante la jornada laboral con las visitas y que luego truca esas fotos y las hace públicas en las redes?
—Sí, yo reconozco que tenía que haber evitado que… —Andrés no pudo terminar de excusarse.
—¡No digas más, Andrés, que aquí el único que tiene que disculparse soy yo! ¡Madre mía, qué cantada! ¡En qué líos me mete esta niña! —exclamó llevándose las manos a la cabeza.
—No pasa nada, don Casimiro, por poco me desnuco, pero no pasa nada. ¡Gracias a Dios tengo amigos estupendos! —dijo apretando el hombro de Luis y este se abrazó a él con fuerza.
—¡Para eso están los amigos, Andrés! ¡Siempre al rescate! —replicó el niño.
—¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! Te ruego que me perdones, es que los hijos duelen muchísimo y solo de pensar que se habían reído de mi Lidia, me volví loco…
—¡No se preocupe, don Casimiro! ¡No hay nada que perdonar!
—Esta chiquilla mía, entre que tiene mucha imaginación y es una melodramática, ¡en qué embrollo me ha metido!
—La violencia nunca es la respuesta, don Casimiro —le reprendió Lola.
—Lo sé… —replicó agachando la cabeza—. Y espero que mi comportamiento lamentable no tenga consecuencias para mi hija. Ella es un poco enredadora, pero en el fondo es buena chica.
—Lo decidirá la directora —replicó Lola.
—No pida peras al gnomo, don Casimiro —intervino Luis—. De momento, dése con un canto en los dientes, pero no fuerte que los implantes son muy caros, pues tiene suerte de que Andrés le haya perdonado.
—¡Me tienes que presentar a ese gnomo al que le pides peras, Pedrín! —replicó Andrés muerto de risa.
—Es una frase que dice mucho mi abuela, debe ser que en su pueblo había gnomos egoístas en los perales…
—¡Bien! Pues aclarado todo, ¿qué tal si seguimos con el ensayo? —propuso Lola que se moría de ganas de preguntarle a Andrés que si se encontraba bien, pero se reprimió porque aún tenía mucha rabia contra él por el mal rato que le había hecho pasar.
Los chicos volvieron a sus posiciones y don Casimiro, tras pedirle como unas cincuenta veces más perdón a Andrés, le confesó:
—¡Y ahora la bronca que le voy a echar a mi Lidia se va a escuchar en la China!
—Oiga, pero ya ha escuchado a la profe, violencia cero —le recordó el niño.
—¿Te puedes creer que el de hoy ha sido el primer puñetazo que he dado en mi vida? ¡Jamás había zurrado a nadie! —confesó don Casimiro abochornado
—¡Quién lo diría! Parecía el mismito Vin Diesel repartiendo hostias como panes —apuntó Luis.
—No sé quién es ese señor —dijo don Casimiro.
—Uno calvo, como usted, con muy mala leche —le aclaró el niño.
—Lo siento, de veras, Andrés. Solo espero que mi hija mantenga el puesto de trabajo. Nos hace mucha falta el dinero en casa.
—No se preocupe, yo hablaré con la directora.
Don Casimiro abrazó a Andrés muy fuerte y luego dijo emocionado:
—Siempre has sido muy bueno y muy formal, ¡no sé cómo se me han podido cruzar así los cables! ¿Te acuerdas cuando te pasabas por la consejería para optimizarla?
Andrés negó con la cabeza, mientras lamentaba lo repelente que debía haber sido de niño. Luego, don Casimiro le pidió perdón unas cuantas veces más y se marchó a abroncar a su hija.
Lola por su parte siguió con el ensayo y cuando concluyó, y Andrés le propuso llevarla en Vespa a casa, se negó en rotundo:
—Prefiero ir andando, gracias.
—¿Puedo acompañarte? —le suplicó Andrés, de una forma tan tierna que Lola estuvo a punto de decirle que sí. Pero se le vino de pronto la foto de Lidia y él junto a la chimenea de la cabaña y se le pasaron las ganas.
—Prefiero ir sola. Gracias.
—Por favor… Perdóname. Te lo ruego. ¡Soy tonto! ¡No puedo remediarlo!
Y tanto que lo era, pero se calló y optó por preguntarle:
—¿Estás bien del golpe? ¿Tienes alguna molestia?
—Me duele más tu desprecio.
—No te estoy despreciando, solo te estoy diciendo que me apetece volver sola a casa.
—Está bien. Vuelve sola a casa. Te espero en el portal.
Lola tenía deseos encontrados, por un lado quería pasar la noche con Andrés, pero por otro lado no tenía ganas de volver a darle vueltas a todo lo desagradable que había vivido hoy. Y como tarde o temprano el tema iba a salir a colación, dijo:
—No. Hoy no. Me apetece estar sola. Otro día mejor…
—¿Pero habrá otro día? —preguntó Andrés, muerto de miedo.
—Ya hablamos, Andrés…
Lola le dio un beso en la mejilla y se marchó dejándole solo con su miedo y su pena. Las puertas del paraíso se habían cerrado para él y lo tenía bien merecido por memo, por cretino y por egocéntrico. La única esperanza que le quedaba era que Lola fuera compasiva y se apiadara de él, quién sabe, tal vez algún día…
Pero más valía que fuera pronto, porque le empezó a entrar un dolor de tripa y una angustia de imaginarse sin ella, que como fuera a más no iba a ser capaz de resistir, porque ya no concebía la vida sin ella.
Necesitaba volver al piso de Lola, hacer de nuevo el amor iluminados con la luz del árbol de Navidad, llevarle el desayuno a la cama, reírse de todo y por nada, y bailar pegados en la ducha, hasta que se muriera de envidia Cristal, la perra diabólica, y les derramara tres litros de lejía en la ropa tendida.
Sin embargo, adonde regresó fue a su casa más vacía y desolada que nunca, a su cama enorme donde se abrazó a la almohada con la esperanza de al menos encontrarse con Lola en sus sueños.
Pero ni en sueños vino, además en cuanto despertó encendió su móvil y no encontró ni un wasap, ni una llamada perdida. Nada.
Si existía el infierno, debía parecerse mucho al horror que habitaba en su pecho y que apenas le dejaba respirar, comer, y ni siquiera pensar en otra cosa que no fuera en ella.
Estaba desesperado, no paraba de mirar el móvil por si a Lola le daba por enviarle un wasap, dejarle un mensaje de voz, algo. Pero solo recibió un silencio tan letal que lo único que se le ocurrió para soportarlo fue llamar a Óscar, el psicólogo de pacotilla, para que le recetara alguna pastilla con la que sobrellevar ese calvario.
—Andrés ¡no puedo creer que me estés llamando! —exclamó el psicólogo entusiasmado—. ¿Tú sabes lo bien que me vienes? ¡Si te iba a llamar ahora mismo! ¡Esto es sincronía total! ¡Mi madre ha estado fuera estas semanas en unos seminarios y justo mañana regresa! ¡Te necesito! Por cierto, ¿tú para qué me llamas? ¿Necesitas algún pringado para experimentar con alguna aplicación nueva?
—Mañana nos vemos y te cuento…