Capítulo 20

Como lo del beso a Margarita era una estupidez mayúscula, decidió optar por otra estrategia basada en dejarse barba de tres días y pedirle a su primo Lucas de veinte años, que ese viernes comió en casa de sus padres, que le prestara su chaquetón y su bufanda gris. Sintió que ese atuendo bohemio iba a molestarle bastante a la maestra y que la barba pinchuda en caso de que le diera otro arrebato por besarla, iba a provocarle su rechazo inmediato.

—Andresito, si crees que te quitas años así, te equivocas. Pareces un sin techo de 35 años. Ni uno más ni uno menos —observó su abuela.

—Gracias abuela, ahora deja que te bese y dime si raspo mucho.

Andrés besó a su abuela con toda la intención de rasparle y ella le respondió:

—Tengo la piel de elefante, yo no siento mucho. ¿Te pide que la raspes? ¿Tienes un lío con una sumisa de esas?

—Es un grano en el culo. No tengo nada con ella. Solo ganas de besarla. Me he dejado estas greñas para que, si me entran tentaciones de darle un buen morreo, me rechace rápido porque pincho.

—¿Cómo te va a rechazar si eres un primor?

—Ella no me tiene por tal.

—Es lista, entonces —replicó su abuela con una sonrisa enorme.

—Es la maestra de los chicos con los que preparo la función. Es estirada, pretenciosa, sabionda, aburrida…

—Esa mujer te tiene en el bote —le interrumpió la abuela frotándose las manos.

—Me detesta. Soy su pesadilla. Yo tampoco la trago, abuela. Pero tiene una boca que…

—Se empieza por la boca y se termina teniendo siete hijos. Así que venga, espabila, que se te hace tarde —le instó, abriéndole la puerta y empujándole para que se fuera.

Siete hijos… Su abuela alucinaba, es que él no tendría con la petarda de Lola Pastrana ni una triste cena romántica; pensó mientras se dirigía en la Vespa al colegio.

Aparcó y luego pasó como siempre por la consejería, donde la joven Lidia le saludó con su mejor sonrisa:

—Desde que viste tan moderno y con esa barbita parece que tiene muchos años menos... —dijo Lidia, convencida de que lucía ese aspecto para impresionarla.

—No se pase, joven. Tampoco tengo tantos años.

Lidia se puso roja, se retiró un mechón de pelo detrás de la oreja y luego dijo:

—Ya. Si mis amigas en la foto que subí juntos en la que salía con la chupa de cuero, no le echaban más de 27 o así…

Ella sí que le echaba veintisiete polvos o más en una sola noche, pensó. ¡No se podía estar más bueno!

—La edad es una anécdota, lo importante es cómo te sientas por dentro y yo me siento muy joven…

Por dentro se sentía joven y por fuera estaba que crujía, tanto que por puro instinto seductor, Lidia se estiró una manga del jersey para dejar un hombro al aire, se deshizo la coleta, agitó la cabeza y dejó que el pelo cayera por sus hombros mientras se pasaba la lengua por la punta de los labios.

—¿Tiene mucho calor aquí dentro, joven? —preguntó Andrés al notar a Lidia un poco sofocada.

¿Calor? Lidia estuvo a punto de responderle que estaba al borde del orgasmo, que necesitaba ser empotrada contra el archivador y luego ser rematada sobre la mesa, pero en vez de eso susurró:

—Un poquito nada más.

—¿Hoy no me pide foto? ¿Estoy demasiado homeless o qué?

—Está demasiado… demasiado… demasiado… —balbuceó mientras se ponía de pie y se dirigía a la estantería donde siempre se hacían las fotos pensando que ese hombre era más que demasiado, era la perfección hecha carne. Su mirada, su olor, su voz, su presencia, su carisma. ¡Todo!

—¿Hortera? ¿Vulgar? ¿Ridículo? ¡Hable joven! ¡Que me estoy poniendo nervioso!

Lidia creyó que si le ponía nervioso solo podía ser porque sentía algo por ella. Tal vez la misma atracción que ella sentía, el mismo deseo, las mismas ganas que estaba sintiendo hasta en el último de sus poros y que le llevaron a susurrar, casi jadeante:

—¡Házmelo!

—¿Ameno? —Entendió Andrés—. ¿Mi atuendo le parece ameno?

Lidia asintió con la cabeza y luego buscó en su móvil una foto que al momento le mostró:

—Siempre está ideal. Mire, la foto del otro día con un fondo que he puesto para que no salga la misma estantería que es un poco rollo…

Andrés miró y muy sorprendido dijo:

—¿Ha puesto de fondo un concierto de U2? ¡Parece que hemos estado y todo!

—Sí, es que le pegaba U2 con la cazadora y eso.

—La gente dice en el Instagram que qué suertuda eres. Comentan que yo te he invitado al concierto…

—Yo no desmiento nada. En las redes ya se sabe que la gente lee lo que quiere leer. No merece la pena el esfuerzo. Y ahora sonría que nos vamos a hacer otras fotitos. Con esta bufandota que trae voy a poner que hemos pasado el finde en la nieve. En Candanchú…

Andrés sonrió, Lidia le pasó un brazo por el hombro y luego le dio un beso en la mejilla:

—¡Besito en la nieve! —canturreó la joven.

Lidia disparó unas cuantas fotos y cuando terminó, Andrés quiso saber:

—¿Besito en la nieve con ese jersey y el hombro fuera? Va a quedar todo demasiado fake, joven.

—Voy a  ponernos un fondo de un salón de madera con chimenea, alfombras de pelo, mantas confortables… La ambientación será mágica… —dijo guiñándole un ojo y luego mordiéndose los labios—. Como nosotros ¿no te parece? ¿Te puedo tutear, no? ¿Me dejas?

—Sí, claro que sí.

Lidia dedujo de su sí que se moría por ella, que deseaba dárselo todo, su carne, su espíritu, su alma, su vida entera. Andrés se moría de amor por ella, justo como ella se moría por él, pero como era un poco mayor, prefería ir con prudencia, conocerse poco a poco, no precipitarse… Y ella lo entendía.

—Mi color favorito es el verde ¿y el tuyo, Andrés? —preguntó parpadeando muy deprisa.

—Me da igual rojo que negro. Según el día que tenga…

—¿Hoy que día tienes? ¿Gris como tu bufanda? —habló jugueteando con los flecos de la bufanda.

Todo dependía de Lola Pastrana, si todo iba bien conseguiría zafarse del hechizo de su boca, disfrutar con el ensayo y amargarle la fiesta un poquito al pelma de Salcedo.

—Ya veremos…

—Seguro que sale todo genial. Eres tan especial, Andrés.

Andrés no pudo evitar sentir un pellizco de orgullo por ser un ejemplo para la juventud.

—Gracias, tú también lo eres. Tienes sueños y sé que los alcanzarás todos…

Lidia estuvo a punto de quitarse el jersey y suplicarle que empezara ya hacerlos realidad, pero como era un hombre 35 años, maduro y sensato, decidió ir sin prisa pero sin pausa. Por eso, recogió su melena y subiéndola hacia arriba con ambas manos, susurró en un tono de voz casi orgásmico:

—Despacio, poco a poco, suave, cadencioso, disfrutando, de todo y hasta el fondo… Sin prisas…

 Andrés tuvo un pequeño ataque de nostalgia y no pudo evitar acordarse de su etapa universitaria, la joven tenía razón: había que disfrutar al máximo.

—Eso es, aprovecha las clases, los laboratorios, las prácticas, las partidas de mus en el bar… Muy bien dicho. Bueno, me marcho, que me deben estar esperando ya para el ensayo. ¡Que pases buena tarde!

Lola pasó tan buena tarde que cuando esa noche se metió en la cama, todavía seguía suspirando…

Magia inesperada
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