Capítulo 4

Cuando Andrés llegó a la conserjería de su antiguo colegio, que se conservaba igual que cuando él estudiaba, preguntó dónde podía encontrar a la señora Pastrana.

—Le está esperando en el salón de actos, señor Olavarría —le respondió Lidia, una joven, guapa y rubia, que no debía tener más de veinte años, con una sonrisita nerviosa.

—¡Qué bueno es regresar a tu antiguo colegio y que te reconozcan! Cuando yo estudiaba aquí, su puesto lo ocupaba un señor muy antipático, muy feo y regordete, así como Sancho Panza, que se llamaba don Casimiro. ¡Cómo cambian los tiempos! —observó satisfecho Andrés, sin parar de mirar alrededor.

Lidia pensó que cómo no iba a reconocerle si llevaba secretamente enamorada de él desde que, un día que salió en un telediario, su padre le dijo que ese hombre había estudiado en su colegio. ¡Fue un auténtico flechazo! Desde entonces, coleccionaba noticias suyas, como si fuera un actor o un modelo, que subía a un blog que cuidaba como su objeto virtual más valioso. ¡Lo sabía todo de él! ¡Al menos todo lo que salía en los medios y lo que le había contado su padre! Y ahora lo tenía delante… ¡Era tan guapo, tenía unos ojos tan verdes, hablaba tan bien y le admiraba tanto! Estudiaba Informática para ser como él, para poder desarrollar aplicaciones tecnológicas codo con codo, juntos, día a día, después de haberse hecho el amor apasionadamente, noche a noche. Ese era su sueño secreto, que hoy estaba un poquito más cerca…

—¡Es mi padre! —replicó la joven orgullosa, con una sonrisa enorme.

Andrés tragó saliva y trató de salir airoso como pudo:

—Lo dicho, cómo cambia todo.

La chica rompió a reír y luego tras coger un bolígrafo y un papel, le pidió:

—Cada vez que sale en la tele, mi padre se siente muy orgulloso de usted y nos cuenta anécdotas  de cuando estudió aquí. ¿Sería tan amable de firmarme un autógrafo?

—No tengo ningún inconveniente, pero eso es más para cantantes, actores y deportistas. ¿No debería mejor reservar el autógrafo para ellos?

—El único famoso que ha dado este colegio es usted.

Andrés sabía que había alcanzado tal honor gracias a la rodilla de Fran Salcedo, porque si ese chaval no hubiera tenido una terrible lesión cuando estaba en las categorías juveniles del Real Madrid, él sería el que se habría llevado toda la gloria.

 Pero era suya. Ese Salcedo, maldito Salcedo, le había arrebatado a Margarita, su primer amor, pero la vida le había resarcido otorgándole la admiración y el respeto de gente como la hija guapa de don Casimiro.

Era tan estupendo que no pudo evitar alzar las cejas de puro orgullo, luego tomó el bolígrafo que le tendía la joven y mientras le firmaba le preguntó intrigado:

—¿Y qué anécdotas cuenta su padre de mí?

—¡Muchas!

—Chiquilladas, trastadas, gracietas de crío, supongo —comentó agitando el bolígrafo al aire.

—No, qué va. Mi padre cuenta que usted era un chico muy aplicado y muy serio, que siempre que le veía consultar en los listines de los alumnos o en los archivos donde estaban las fichas, usted le decía: “Si me dejara, don Casimiro, podría optimizar tanto su trabajo…”.

Andrés, que estaba a punto de escribir una dedicatoria, dejó suspendido el bolígrafo en el aire y preguntó muy extrañado:

—¿Optimizar? ¿Yo decía optimizar? ¿Qué niño dice optimizar?

—Usted —respondió la joven, llevándose el pelo detrás de la oreja—. Y si no tiene inconveniente, me firma un autógrafo para mí que me llamo Lidia y otro para mi padre.

Andrés firmó los autógrafos mientras pensaba que la joven tenía que estar equivocada, él no fue un niño repelente obsesionado con optimizar la vida de los demás. De adulto no negaba que estaba un poco obsesionado con eso, pero las cosas estaban a punto de cambiar…

—Aquí tienes los autógrafos y mi dirección de correo electrónico. Dile a tu padre, por favor, que si tiene tiempo y ganas, que comparta conmigo anécdotas de mi niñez —le pidió entregándole los autógrafos.

—¡Estará encantado! ¡Miles de gracias! ¿Le puedo besar? —preguntó emocionada, llevándose los autógrafos al pecho como si fueran algo muy valioso.

Andrés dio un paso atrás y un poco confuso por la petición, preguntó:

—¿Besar cómo?

Lidia estuvo a punto de responderle que besarle con todo hasta que pasaran mil noches, ocho mil días, catorce siglos; pero en vez de eso replicó:

—¿Cómo va a ser? ¡Dos besos! ¡Con razón dice mi padre que usted es un poco raro!

—Yo creo que su padre me está confundiendo con otro. Y entienda, señorita Lidia, que yo no estoy acostumbrado a que me vayan pidiendo autógrafos y besos.

—¿Puedo entonces?

—¡Por supuesto que sí!

La joven lo tomó por los hombros y, entre risas, le dio dos besos en las mejillas. Después, cogió el móvil rosa que tenía sobre la mesa y poniendo un gesto de pena, le suplicó:

—¿Y le puedo pedir un selfie? Es que sin foto, no hay acontecimiento.

Andrés se puso a su lado y la joven disparó unas cuantas fotos haciendo el gesto de la V con los dedos.

—¿Le importa que lo suba a mi Instagram? —inquirió mientras le mostraba las fotos que le había hecho.

Andrés miró las fotos y ni se reconoció. Se encontró avejentado, cansado, ojeroso y pálido:

—Me veo horrible en todas. Me encuentro muy blanco, parezco un vampiro... ¿Tengo esas ojeras?

—Ahora se las retoco, le voy a dejar guapísimo.

—Ojalá tenga arreglo. Pero que sepa que entre lo del niño redicho y verme como un zombi, me ha dejado tocado, joven Lidia.

—Yo sí que estoy tocada —susurró Lidia, suspirando—. Y claro que tiene arreglo, es usted el zombi más raro y más guapo del universo—añadió la joven, muerta de risa.

—No sé cómo tomármelo pero si es un cumplido, se lo agradezco. ¿El salón de actos sigue donde siempre? ¿Por la puerta del fondo y luego a la derecha?

La joven asintió con la cabeza y luego le sugirió, intentando que las rodillas dejaran de temblarle:

—Se  podía dar un Instagram, es muy divertido. Mientras le puedo enviar las fotos retocadas al correo electrónico…

—Bien. Perfecto. ¡Muchas gracias! ¡Y salude a su padre de mi parte!

Andrés se despidió de Lidia y se dirigió hacia el salón de actos donde había hecho el ridículo tantas veces. Siempre interpretó fatal, cantó mal, bailó peor y no hablemos de la abominable flauta de plástico a la que jamás arrancó un sonido decente. Menos mal que descubrió pronto el oficio de tramoyista y siempre que pudo se libró del tormento de escenificar las mamarrachadas que se le ocurrían a la buena de doña Leonor, que a saber dónde estaría porque cuando él era un niño ya era un vejestorio.

Doña Lola no debía de ser muy diferente, pensó Andrés mientras golpeaba con los nudillos la puerta de madera del salón de actos, que acto seguido abrió y luego exclamó, asomando la cabeza:

—¡Hola! —saludó mientras buscaba con la mirada por la sala, a la venerable anciana.

—¡Andrés! ¡Pase, por favor! —dijo Lola que estaba tomando unas notas de pie, junto a una mesa que estaba debajo del escenario.

Andrés pasó, cerró la puerta y mientras caminaba hacia la joven, le preguntó:

—Estoy citado con la señora Pastrana para tratar un asunto…

—¡Señor Olavarría! ¡Soy yo! ¡Lola Pastrana! —se presentó la maestra que salió a su encuentro tendiéndole la mano.

Andrés miró a la joven de arriba abajo y celebró no haber tenido una maestra así, cuando era niño, porque no habría llegado a nada en la vida. Andrés no podía dejar de pensar en que era imposible concentrarse con esa mujer delante. ¡Esas maestras tenían que estar prohibidas! Morena, de ojazos espectaculares, sonrisa perfecta, curvas por todas partes… y oliendo a primavera salvaje. Desde luego, si era cierto que tenía a tanto superdotado en clase, iba a malograrlos a todos...

Magia inesperada
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