—¡Qué increíble! —exclamó Andrés, mientras le estrechaba la mano boquiabierto.
—Regresar a su colegio después de tantos años tiene que ser muy emocionante, imagino que estar aquí le traerá muchos recuerdos.
—Muchos —musitó.
Y más que recuerdos, pensó Andrés, es que volvía a sentirse tan ligero como tonto, tan feliz como idiota, como cuando tenía diez años y Margarita Barreira le miraba a los ojos, como lo estaba haciendo la señora Pastrana, esa pedazo de señora Pastrana, en ese mismo salón de actos.
—El salón de actos está igual que cuando usted era estudiante, lo sé por las fotos que he visto…
—Todo es igual…
Y Andrés no logró decir nada más del nudo que tenía en la garganta. ¿Sería por la presencia de Lola Pastrana? ¡Ni que no hubiera visto una mujer en mil años! Además, él por su trabajo se relacionaba con cientos de mujeres, algunas tan atractivas o más que la maestra, y jamás se había sentido tan estúpido como en ese momento. No, se dijo a sí mismo, si se sentía de repente así, tan vulnerable y tan idiota, solo podía ser por pura nostalgia.
Lola por su parte no podía dejar de mirar los preciosos ojos verdes de Olavarría, a los que las fotos le hacían muy poca justicia. En realidad, en persona era mucho más atractivo que en las fotos, rezumaba mucho más carisma y estilo, aunque se le veía algo inquieto porque seguro que tendría más citas en lo que quedaba de tarde. Así que, agradecida por su presencia y para no hacerle perder más tiempo, dijo:
—Es bonito que haya cosas que no cambien. Y como sé que es un hombre ocupado, iré al grano. En primer lugar, le agradezco que respondiera tan rápido a mi mensaje, que haya decidido ser nuestro mecenas y, por supuesto, que se haya tomado la molestia de venir en persona a conocernos. Le he preparado un dossier con la documentación sobre la función y el presupuesto que he ajustado al máximo.
—Es horrible —farfulló, mientras sentía una punzada de dolor en el estómago.
Era horrible porque Lola Pastrana no solo tenía las pestañas largas, la boca jugosa y la voz aterciopelada, sino que además parecía listísima, resolutiva y muy terca.
Estaba perdido. O más bien no. Porque respiró hondo y recordó que hacía mucho que se había inmunizado contra las Lolas Pastranas del mundo. ¡Estaba a salvo! Y el dolor de panza solía podía ser nostalgia, porque la nostalgia duele, aunque él lo acabara de descubrir.
—¿Cómo dice? —preguntó Lola.
—Que bien. Que el placer es mío. Y que sí a todo. Todo me parece genial.
Lola le miró de una forma extraña y Andrés, a pesar de la fuerza que intentaba infundirse, se sintió tan pelele como cuando tenía diez años y apenas podía sostener la mirada a Margarita Barreira. ¡En absoluto estaba a salvo de nada! Desbordado, atolondrado y cardiaco, solo se le ocurrió huir para poner remedio a la situación.
Lola por su parte estaba preocupada porque notaba a Olavarría cada vez más tenso, sin duda se había equivocado con lo del dossier, era obvio que un hombre tan ocupado como él no tenía tiempo que perder con la función de unos niños de primaria. ¡Qué error más imperdonable! ¡Tenía que haberse limitado a pasarle el presupuesto y ya está!
—Le muestro en un momento el presupuesto y listo —propuso para terminar cuanto antes.
A Andrés le empezaron a sudar las manos y a latirle muy fuerte el corazón. Joder. ¿Y esto que era? ¿Nostalgia también? ¡No podía ser! ¿Entonces, por qué otro ataque? ¿Eso es lo que le esperaba de ahora en adelante en su vida? ¿Cada vez que estuviera ante un reto iba a tener ganas de salir por piernas? ¡No lo podía consentir! ¡A la mierda con la jodida ansiedad! ¡Iba a plantarle cara, costara lo que costara!
Respiró hondo, soltó el aire despacio y le dijo a Lola, tomando el control de la situación:
—Tengo todo el tiempo del mundo. ¡Cuénteme su proyecto!
Lola sonrió aliviada, se alegró de estar equivocada, le invitó a sentarse y empezó a hablar entusiasmada del guión de su función.
Andrés asentía sin escucharla para nada. Él solo podía cavilar sobre lo que acababa de sucederle, en las razones por las que una maestra sexy le había hecho sentir de repente como un niño asustado de diez años. ¡Desde luego que no tenía nada que ver con la nostalgia! La nostalgia dolía pero no te hacía sentir como un maldito cobarde. ¡Eso tenía que ser el estrés! ¡Eso era! Reconocía que lo que le reprochaba Carlos era cierto: que trabajaba demasiado, que apenas dormía, que comía mal, que llevaba meses sin hacer ejercicio… Pero tenía enmienda, y se prometió a sí mismo que iba a levantar el pie del acelerador, que iba a dormir sus ocho horas, a no saltarse ninguna comida, a correr por el parque, a tomarse el trabajo de una forma más relajada… Y…
—¡Está todo controlado! —reflexionó Andrés en voz alta.
Lola le miró sorprendida y le preguntó:
—¿Usted cree? ¡El guión de Luis Martín es maravilloso! ¡Si usted considera que no plantea problemas de producción, yo soy feliz!
—¿Producción? ¿Por la pasta se refiere? —preguntó Andrés, sin tener ni idea a lo que se refería.
—Sí, ya ha visto que el guión es un derroche de ingenio, distintos escenarios, artefactos del futuro, números musicales…
¿De qué estaba hablando esta mujer? Andrés no daba crédito.
—El nene este qué ha inventado ¿un Matrix navideño?
—Si quiere le vuelvo a leer la sinopsis corta… —contestó Lola un poco molesta porque se acababa de dar cuenta de que Andrés tenía la cabeza en otro sitio. Y lo entendía, porque era un empresario muy atareado, pero un poco de cortesía nunca estaba de más.
—No se preocupe, ya lo leo en casa. A ver ¿cuánto cuestan los delirios del cerebrito este?
Lola le miró muy seria, con una de esas miradas fulminantes de maestra o de madre, o de novia, daba lo mismo, una mirada de esas y luego le dijo retándole con esos ojazos que echaban chispas:
—El niño se llama Luis y en el dossier tiene detallado lo que cuesta nuestra función.
Andrés se removió en su silla y sintió un subidón de adrenalina que le hizo sentirse muy bien. Le estaba a poniendo a tono que la maestra sacara su carácter. Y no, ya no tenía ganas de huir. Al contrario.
—¡Me gusta! —exclamó feliz porque el ataque no solo estaba neutralizado sino que estaban entrándole unas tremendas ganas de salir a la cancha. ¡Su pelele interior estaba al fin fulminado!
—¿Qué le gusta, señor Olavarría? —preguntó Lola, estrujando su bolígrafo, entre furiosa y nerviosa.
—Todo. Me gusta tanto que me voy a involucrar en este proyecto al máximo. Quiero ser algo más que el tío que pone el dinero…
—¿Y qué quiere? ¿Un papelito en la obra? —preguntó mordaz. No pensaba dejarse intimidar por ese hombre por más atractivo y exitoso que fuera.
—Quiero ser lo que soy. ¡El productor! Cíteme mañana con Pedrín que seguro que tengo muchas preguntas que hacerle —exigió señalando con la mano el dossier.
—¿Pedrín? ¿Y qué es eso de cíteme? ¿Quién se cree que soy? ¿Su secretaria?
—¿No me ha dicho que se llama Pedrín el guionista de nuestra maravillosa función? —preguntó divertido cruzándose de piernas.
—Se llama Luis, Luis Martín, y le agradezco mucho su interés por nuestra función pero solo necesitamos un mecenas, no un productor ejecutivo. Gracias. —Lola se cruzó de brazos y forzó una sonrisa. ¡Solo le faltaba tener a Olavarría todo el día pegado a ella, con la pinta que tenía que de controlador y metomentodo!
—Ya, pero yo soy un mecenas que, además de apoyo económico, necesito y exijo formar parte del proceso creativo y de la ejecución de la obra.
Lola de pronto cayó en que cuando Olavarría decía “formar parte” debía referirse a colocar unos anuncios de sus aplicaciones para teléfonos móviles. Un señor tan importante ¿de qué otra forma iba a implicarse en una función escolar? Por eso replicó, rotunda:
—Sí, ¡cómo no! Siempre y cuando sea algo discreto, podemos poner publicidad de sus aplicaciones. ¡No hay problema!
¿Publicidad de sus aplicaciones en un teatrillo escolar? Andrés rompió a reír y pensó que eso era justo lo que necesitaba. ¡Vivir y reír!
Pobre Lola Pastrana, estaba apañada si pensaba que iba a librarse tan fácilmente de él…