Capítulo 19

Andrés estaba convencido de lo mismo, de hecho en eso estaba pensando al día siguiente, cuando recibió la llamada de Óscar el psicólogo:

—¡Hola Andrés! Te llamo para recordarte que mañana tienes cita conmigo. ¡No faltes! —dijo cantarín.

—No me esperes. Ya te lo dije. Si necesitara un psicólogo, que no es el caso porque ya estoy de maravilla, iría a uno de verdad…

—Por favor, Andrés… —balbuceó el joven—. Ven, te lo suplico. No te cobro nada.

—¿Qué dices? ¡Yo no voy ni gratis!

—Tú no sabes cómo es mi madre… ¡Eres mi primer paciente! ¡No puedo perderte! —sollozó.

—Dile a tu madre que me has curado. Que eres tan bueno que en una sesión ya me has puesto el tornillo. Inventa algo y a mí déjame en paz.

—No puedo. Mi madre se pasará por la consulta y necesito que te vea. Te espero mañana y me cuentas tus problemas… como a un amigo. ¿Te parece?

—Que no tengo problemas. —Andrés resopló—. Mejor dicho: tú eres mi único problema. Tú y cierta maestra que me trae loco. Por lo demás, todo estupendo. ¡Gracias!

Óscar vio el cielo abierto y exclamó entusiasmado:

—¡Háblame de la maestra! ¡Todo lo que quieras! ¡En mi consulta, gratis, delante de unas cervecitas y unos pinchos de tortilla que me salen buenísimos!

—Tú ni tienes dignidad ni la has conocido…

—No conoces a mi madre. Además seguro que puedo ayudarte con la maestra. ¿Por qué te vuelve loco? ¿Te has enamorado de ella?

—¿Por quién me tomas? ¡El amor es un cuento! No, no estoy enamorado. Es su boca. Me obsesiona. Ayer me dio un arrebato y tuve que besarla porque ya no podía más. Aunque le pondré remedio, todavía no sé cómo pero…

—¡Tengo el remedio! Sé cómo hacer para liberarte de esa obsesión. ¡Créeme! Ven mañana y no te arrepentirás.

¿Tendría el aprendiz de psicólogo el antídoto para sus males? A lo mejor con una técnica sencilla, en un pispás, estaba resuelto el problema. Al fin y al cabo, solo eran unos labios. Por probar y además gratis…

—De acuerdo. Gratis, con cerveza y tortilla. Si no, no voy…

—Sí, con todo eso. ¡Gracias, Andrés! ¡Estamos juntos en esto!

Andrés apareció al día siguiente en la consulta del joven psicólogo y se sentó en el sofá rosa, frente a una mesa en la que había un par de cervezas y unos pinchos de tortilla.

—Me gusta que seas un tío de palabra —celebró Andrés, dando un sorbo a su cerveza.

—Te agradezco que estés aquí y de verdad que no te voy a decepcionar. Cuéntame cosas de esa maestra… —dijo abriendo su cuaderno verde.

Andrés se repantigó en el sofá para despacharse bien a gusto:

 —Estoy colaborando con mi antiguo colegio en una función de Navidad. Lola Pastrana, la maestra, me escribió un correo electrónico pidiéndome ayuda con la financiación y he decidido implicarme de una forma más activa. Me hace bien. Me relaja. Me obliga a desconectar del trabajo y aprovecho para estar con la familia, a relacionarme con gente y tal…

—Eso está muy bien, Andrés.

—Sí. Sería perfecto si no fuera por la maestra Lola Pastrana. Es insufrible. Cuando estoy con ella tengo que medir todas y cada una de mis palabras, porque la señorita tiene la piel finísima. ¡Todo le parece ofensivo! Para que te hagas una idea es la típica enteradilla que se pasa el día enarbolando la banderita de la paz y el amor. Pero es todo de boquilla, porque bien firme que tuvo la mano para abofetearme sin compasión…

Óscar levantó la vista de su cuaderno verde y muy extrañado preguntó:

—¿Te agredió?

—También me dio una patada en la espinilla.

—¿Qué pasó para que reaccionara así? —preguntó Óscar arrugando la nariz.

Andrés probó un trozo de tortilla de patata y luego respondió:

—Oye pues sí que está buena tu tortilla, sí… ¿Qué pasó? ¡Nada! La besé y le gustó. Porque alzó la cabeza y abrió la boca para que le metiera bien la lengua… Lo que pasa es que cuando estábamos en mitad del beso se asustó, le estaba gustando demasiado y le entró pánico a hacerse adicta.

—¿Adicta a tus besos? —preguntó subiéndose las gafas.

—Cosas que pasan cuando eres un maestro —respondió Andrés, encogiéndose de hombros.

—¿Por qué la besaste? —replicó Óscar, mordiendo nervioso el bolígrafo.

—Su boca. Ya te lo dije. Es mi perdición.

—¿Te recuerda a alguien? ¿A alguien a quien quisiste besar y nunca pudiste? ¿Has sentido más veces una pulsión similar?

—Jamás me ha pasado esto con nadie. He besado a quien he querido, no se me ha resistido ninguna. Bueno, solo una vez con catorce años, se me adelantó un idiota…

Óscar sin dejar de tomas notas, preguntó:

—¡Háblame del idiota!

—Salcedo, uno de mi clase que jugaba al fútbol. Todas las niñas estaban locas por él. Un imbécil redomado. Me quitó a Margarita, el día que le iba a dar un beso en el salón de actos, se me adelantó y venció.

—¿El mismo salón de actos donde estás ensayando con la maestra que te hace enloquecer?

—Sí, pero no te hagas ahora el Sherlock Holmes que no tiene nada que ver una cosa con la otra. Mi venganza será a través de su hijo. Salcedo junior está en el grupo que representa la función y no voy a parar hasta que a la chica guapa se la lleve otro —confesó dando otro sorbo a su cerveza.

—¿Y qué es lo que vas a hacer? —preguntó Óscar, rascándose la cabeza.

—La función es el guión de un niño friki para que su amigo pueda enamorar a la guapa, yo pienso enredar todo lo posible para que así sea.

—Entonces, no es la tricotosa… —murmuró mordisqueando el bolígrafo—. Lo que te convirtió en un adicto al trabajo fue el beso fallido a Margarita…

—¿Qué dices? —dijo mientras seguía comiendo tortilla sin parar.

—Que lo que determinó que te convirtieras en lo que hoy eres, no fue liberar a tus padres de la tricotosa, sino demostrar a esa niña que su elección fue la equivocada. Reconoce que su rechazo te dolió demasiado, tanto que has besado a la maestra en el mismo lugar donde Salcedo te quitó a Margarita para compensar aquel dolor que sufriste de niño.

—¡Qué tontería! Si yo tengo superadísimo todo aquello.

—Ya veo. Por eso estás tramando venganzas…

—Son tonterías para pasar la tarde. Es mi forma de implicarme más con los chicos. Me cae bien el guionista de la función y su amigo que es un poco paradete… ¡Son dos pringadillos que me provocan ternura! ¡Nada más! ¡No tengo sed de venganza ni nada de por estilo! Más que nada es afán de justicia, ansias infinitas de poner a los Salcedos donde se merecen. Un sentimiento la mar de legítimo…

Tras apuntar cosas en su libreta, Óscar preguntó señalándole con el bolígrafo:

—¿Sabes algo de Margarita?

—Se debió casar con Salcedo, de hecho tienen un hijo. El chico que hace de malo en la función es hijo de ambos.

Óscar siguió anotando frenéticamente y después, tras terminar su pincho de tortilla dijo muy serio:

—Tienes que besar a Margarita, en el salón de actos, creo que es la única manera de matar dos pájaros de un tiro: tu adicción al trabajo y tu obsesión por la boca de la maestra.

—¿A Margarita? Pero si ya no siento nada por ella y ¡a saber cómo está ahora! Igual me encuentro con ella, es un loro de tía y solo tengo ganas de salir corriendo. ¡Tú estás muy flipado, tío! ¿Esto es todo lo que se te ocurre para que supere mi obsesión?

—En el beso a Margarita está la solución a tus problemas… ¡Tienes que besar a esa mujer! Y ahora si no te importa, voy a recoger todo esto que mi madre está a punto de llegar…

Magia inesperada
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