Capítulo 38

Mariousz terminó la canción y Xiaomei llorando de emoción se abrazó a él. La interpretación del chico fue tan sobrecogedora que todos se pusieron en pie a aplaudir y a gritar bravos entusiasmados.

Andrés miró a Lola y al percatarse de que dos lagrimones caían por su rostro, acudió a abrazarla muy fuerte…

—Tranquila Lola, eres la mejor maestra del mundo. ¡La función va a ser un éxito! ¡No llores, mujer!

—¡Andrés por favor! ¡Que lloro por lo que lloro! —replicó retirándose las lágrimas con los dedos.

Andrés con los ojos vidriosos también y con un nudo en la garganta que apenas le dejaba hablar, preguntó:

—Es porque como dice la canción ¿hago magia cuando te toco y todo lo demás?

No pudo responder porque apareció Luis para abrazarse a ellos también y gritar:

—¡Si vosotros estáis emocionados, imaginad cómo tengo que estar yo que soy el autor! ¡No quepo en mí, amigos! ¡No quepo en mí!

—Eso será por culpa de las palmeras de chocolate —habló Andrés, ansioso por haberse quedado su pregunta sin responder.

—¡Felicidades, Luis! ¡Me alegro mucho de que estés disfrutando tanto con los ensayos! ¡La función va a salir redonda! ¡Ya lo verás! —aseguró Lola.

—¡Las redondeces son lo suyo! ¡Sin duda! —replicó Andrés, fingiendo estar más enfadado de lo que en realidad estaba.

—Andrés, por favor… —Le regañó Lola, moviendo la cabeza.

Profe, si tiene razón. ¡A mí me molan las tías con curvas! Lo mío son las redondeces, por supuesto. ¡Me encanta el culo de Sofía Vergara! ¿Y a ti Andrés? —preguntó muy intrigado.

—¡A ti qué te importa! ¿Y qué haces abrazado a nosotros? ¿Hemos metido un gol o algo? ¿Por qué no nos sueltas de una vez? —protestó Andrés, mientras el niño los abrazaba más fuerte todavía.

—Andrés desde que tienes cara de gili eres más gili de lo gili que ya eras. ¡Celebramos que la función va a resultar guay, que mi amigo va guay con lo suyo y que a vosotros también os va guay, porque es obvio que la profe ya no pasa de ti!

¿Era tan obvio que hasta Pedrín lo veía? Pues a él todavía le costaba lo suyo creer que Lola pudiera llegar a enamorarse de un tío como él. Entendía que cuando aún no se conocían demasiado ella pudiera colgarse, pero ahora que cada vez iba sabiendo más y más de él, tenía pavor a que se aburriese y saliera por piernas. ¿Estaría Pedrín en lo cierto? De momento, solo quería sacárselo de encima, porque el niño seguía pegado a ellos como una lapa.

—¡Está bien! ¿Podemos soltarnos ya?

—¿Soltarnos? Andrés no seas falso, si te encanta estar abrazado a Lola y ella a ti, porque cuando una chica se pone moñas con el Only You es que está pillada total.

Lola rompió a reír, mientras Andrés luchaba por zafarse de Andrés:

—¿Qué sabes tú, mocoso entrometido, del amor?

—Soy muy observador —respondió colocándose bien las mangas de su jersey verde de lana, después del forcejo que había tenido con Andrés.

—Tú lo que eres es un cuentista —replicó Andrés, liberado del abrazo del niño, y por desgracia también de Lola.

—Ahí te doy la razón. Me encanta contar cuentos, si tuviera que contar el vuestro terminaría con “fueron felices y comieron regalices”.

—Tranquilo que no te vamos a pedir que nos cuentes nada más. Ya tenemos bastante con este libreto basura que nos has escrito, y que hemos adecentado gracias a los actores, los escenarios y nuestra dirección, por supuesto. 

—¡Andrés, te lo ruego! —le pidió Lola a Andrés.

—No, profe. Si me está piropeando…. ¿Tú sabes los tesoros que se encuentran en las basuras de los barrios pijos? Mi abuelo y yo nos hemos encontrado cada cosa dando paseos por las zonas buenas que lo fliparías… ¡Maletas de viajero rico, sillas de reyes franceses, lámparas de diamantes, papiros egipcios…! ¡De todo! Bueno, os cuento otro día, yo me tengo que pirar que es la hora y estoy salivando con el bocata que me trae mi abuelo. ¡Nos vemos!

Luis se marchó a toda prisa y los demás niños detrás, y ya en la puerta, junto a la Vespa, mientras Andrés estaba ansioso por saber si Lola seguiría queriendo que le llevase a casa, como en días anteriores, volvió a retomar con ella el asunto de la canción:

—¡Cómo canta ese niño! ¡Tiene la sensibilidad polaca de Chopin! ¡Me ha vuelto del revés como un calcetín!

—¡Está enamorado! Y Vlada gracias a ti, toca cada día mejor. ¡Son dos portentos! ¡Todos los son!

—¡La maestra no se queda atrás! —dijo Andrés, temblando y no precisamente por el frío.

—Ni el productor tampoco. ¡Ahora seguimos hablando en casa! —habló Lola entusiasmada, cogiendo el casco el lunares.

Andrés tenía ganas de gritar de felicidad. ¡Lola quería moto y quería casa! Claro que… Podía ser ¿en casa, su casa? ¿En casa, su portal? ¿En casa, el bar de abajo?

Nervioso y entusiasmado como no recordaba haber estado ni cuando le dio tan fuerte con Margarita, arrancó la Vespa y condujo feliz por las calles del barrio cantando el Only You, a su manera. O sea…

—¡Andrés, por favor! ¡Te lo ruego! ¡No sigas cantando! —le pidió Lola en un semáforo que pararon.

—¡Canta conmigo y sonaremos mejor!

—¡No, gracias!

—Cantaré yo solo entonces. —Andrés tomó la mano que Lola tenía sobre su cintura y cantó a grito pelado—: When you hooooooooold my haaaaaaaand,/ I understaaaaaaaaaaaand the magic that you dooooooooo…

Una señora que cruzaba la calle le miró asustada, mientras Lola sin parar de reír le suplicó:

—Por favor, Andrés, déjalo para la intimidad de tu ducha.

—Lo que canto es verdad. ¡Si es que haces magia conmigo, cuando sostienes mi mano! —replicó Andrés, al que la magia no le duró mucho más porque el semáforo se abrió y perdió la mano de Lola, por un rato.

Concretamente, hasta que llegaron a su casa, aparcaron la moto y ella le tomó de la mano para llevarle a su casa.

—¿Estás segura? ¿No prefieres tomar antes algo en el bar? —preguntó Andrés, loco por subir a su casa y volver a tenerla en sus brazos.

Lola ni respondió, abrió el portal, entraron, llamó al ascensor y cuando apareció, empujó a Andrés para dentro y pulsó en el número 4.

Se quedaron frente a frente, pegados, se miraron un segundo y comenzaron a besarse con locura mientras se quitaban los abrigos el uno al otro. Lola incluso fue más rápida y llegó a quitarle el jersey negro de lana que llevaba Andrés…

De hecho, así se quedó con el torso desnudo cuando, las antipáticas de doña Remigia y su caniche Cristal, abrieron la puerta del ascensor al llegar a la cuarta planta.

—¡A ver si llega el invierno de una vez! —refunfuñó la octogenaria mirando de arriba abajo a Andrés, con un rictus de asco.

Cristal gruñó para suscribir el comentario de su dueña, y esta se agachó para cogerla y llevarla a su regazo.

—Desde luego, como sigamos así vamos a tener que comernos las uvas en traje de baño —replicó Andrés, mientras recogía los abrigos que estaban tirados por el suelo.

—El mundo cada día está peor. ¡Qué va a ser de nosotros! —exclamó doña Remigia lanzando a Lola una mirada reprobatoria, cuando pasó a su lado.

—Cualquier cosa. Lo mejor es vivir al día, señora —respondió Andrés saliendo del ascensor.

—Su cara me suena mucho, joven —dijo doña Remigia, señalándole con el dedo—. ¿De qué? ¿A qué se dedica? ¿Es de la zona? —Y la caniche gruñó para preguntarle por sus antecedentes penales.

—Soy Andrés Olavarría, hace poco me partió una barra de pan en la cabeza cuando sacaba a Tano, el apacible San Bernardo de mi sobrino, y usted creyó que quería atacar a Cristal.

Doña Remigia le miró horrorizada y luego apretando a Cristal contra su pecho y protegiéndola colocando una mano delante de su cuerpo, le exigió a Lola:

—¡Te prohíbo que traigas a ese bicho a casa! ¡O te las verás con nosotras, Dolores!

—¿Qué bicho? ¿Tano o yo? —preguntó Andrés, divertido.

Doña Remigia le lanzó una mirada furibunda, se metió en el ascensor y sin decir nada más, cerró la puerta…

Magia inesperada
titlepage.xhtml
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_000.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_001.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_002.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_003.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_004.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_005.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_006.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_007.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_008.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_009.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_010.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_011.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_012.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_013.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_014.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_015.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_016.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_017.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_018.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_019.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_020.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_021.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_022.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_023.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_024.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_025.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_026.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_027.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_028.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_029.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_030.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_031.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_032.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_033.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_034.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_035.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_036.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_037.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_038.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_039.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_040.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_041.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_042.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_043.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_044.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_045.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_046.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_047.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_048.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_049.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_050.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_051.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_052.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_053.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_054.html
CR!X5BGG3EDBX3X11423297V7HHBBG0_split_055.html