Capítulo 22

A Lola iba a darle algo ¿pero es que Olavarría no podía darle siquiera un día de tregua? ¿No podía comportarse por un par de horas como una persona normal? Antes de que se desatara más aún, decidió llamarle al orden:

—Olavarría vamos un momento entre cajas que tengo que enseñarte una cosa de los presupuestos —disimuló.

—Si necesitas más pasta, no hay problema. Mándame un correo electrónico con el dinero que necesites y ya está. ¡Sigamos con el ensayo!

—¡Jolines, Andrés! ¡Qué manera de tirar de billetera! ¡Yo quiero ser como tú de mayor! —exclamó Luis, mirándole con admiración.

—El dinero no tiene que ser tu prioridad, Luis. Lo importante en esta vida es ser feliz  —le recordó Lola al niño.

—Ya. Pero es que mi abuelo dice que sin dinero eres un desgraciado. Yo quiero ser como Andrés y no pasarme el día recorriéndome supermercados buscando ofertas como hace mi abuelo.

—¡Pues ya te puedes poner las pilas porque como sigas escribiendo historias como esta, no te va alcanzar ni para comprarte las ofertas del día! —replicó Andrés, socarrón.

—¿Cómo le puedes decir esas cosas al niño? —le reprochó Lola.

—Tiene razón, profe. Tengo que espabilar para no terminar comiendo yogures caducados. ¡Y digo esto sin rintintín! No significa que tú seas uno, profe… —dijo mirando cómplice a Andrés.

—Rintintín era un perro —replicó Lola poniéndose de pie—. Andrés ¡necesito hablar contigo! ¡Ahora! —exigió.

—No pierde ocasión para estar a solas contigo, Andrés. Está loquita por tus huesos, tío —le susurró Luis al oído, levantando los pulgares.

—Lo sé, Pedrín. Lo sé… —dijo alzando las cejas.

—Luis deja de cuchichear y céntrate en lo que estás —ordenó la maestra—. Te dejo al frente de los ensayos. Volved a repetir la escena de la toma de los malvados y luego que Mariousz cante otra vez la canción.

—Sí, profe…

—¿Vlada crees que podrás tocar otra vez? —le preguntó Lola a la niña.

—Si no puede ella, toco yo. ¡Sin problemas! —intervino Andrés poniéndose de pie.

—No, déjelo, ya lo hago yo —respondió la niña con una sonrisilla.

—¡Andrés, vamos a bambalinas! —ordenó Lola, haciéndole un gesto con la mano para que le siguiera.

Andrés siguió a Lola y ya entre cajas, cuando los chicos no podían escucharlos, le dijo:

—Sé que parezco mucho más joven con este look que traigo hoy, pero no te confundas, Lola Pastrana, no soy alumno tuyo para que me estés dando órdenes.

Lola le miró de arriba abajo con desdén y luego replicó:

Look de fantoche, querrás decir…

—De lo que quieras, pero no me gusta que nadie me dé órdenes —repitió dando un paso al frente y poniéndose tan cerca de ella que podía oler su perfume a jazmín.

—No has cumplido tu promesa… —replicó Lola, sin dejarse intimidar por Andrés.

—¿Acaso te he besado? —preguntó Andrés mirándole a la boca. ¡Horror! ¿Qué hacía otra vez cayendo en la misma trampa? Desvió la mirada a los ojos de la maestra que echaban chispas.

—No seas patético, por favor. Me refiero a esa obsesión que tienes porque los chicos se besen. ¡No podemos tocar el guión! No creo que sea tan difícil de entender. ¡Me has prometido que vas a trabajar para que la función sea un éxito! Entonces ¿qué haces sugiriendo besos y desconcentrando a los chicos?

—Me he dejado llevar por la magia de la música y he sentido que podría quedar muy bien para la función que los protagonistas se besaran después de que suene la canción. Si fueras más espontánea y natural lo entenderías, pero eso es un imposible.

—No me conoces. No tienes ni idea de cómo soy —replicó Lola, cruzándose de brazos.

—Tan intransigente, inflexible y estricta como para no admitir ni una pequeña sugerencia en el guión de la obra. Pero eso sí, luego se te llena la boca con grandes palabras: tolerancia, respeto, empatía… Te conozco demasiado bien, Lola Pastrana.

Lola estuvo a punto de que conociera de verdad a la energúmena que llevaba dentro, pero se abstuvo se sacarla a pasear porque al fin y al cabo estaba delante del mecenas de la función. Así que prefirió hacer caso omiso a sus palabras, ser razonable y decir:

—La próxima vez que quieras hacer una sugerencia, me lo dices, lo hablamos entre los dos y si procede, y a Luis le parece bien, no tengo ningún inconveniente en que se introduzcan modificaciones en el texto. Pero, por favor, no vuelvas a interrumpir un ensayo porque desconcentra a los chicos. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. Pues aprovechando que ahora no interrumpo nada, te lo digo: los chicos tienen que besarse después de la canción.

—No. No viene a cuento. Se están empezando a conocer, la pastorcilla ha ayudado al chico del futuro a impedir que los malvados destruyan la estrella de la Navidad, él está agradecido y canta esa canción. ¡No hace falta ningún beso!

—Yo creo que sí…

Y justo en ese momento Vlada comenzó a tocar la canción mejor que nunca, con una emoción y una intensidad que fue a más cuando Mariousz llegó a la parte que dice qué maravillosa es la vida ahora que tú estás en el mundo: I hope you don’t mind/ I hope you don’t mind that I put down in words/ How wonderful life is now you’re in the world.

Andrés miró a los ojos brillantes de Lola Pastrana y supo que estaba perdido, que no había nada que hacer, que había canciones que tenían ese efecto y no quedaba más remedio que sucumbir, pasara lo que pasase.

—¿No ves cómo lo pide la canción? —susurró acercándose más a ella.

Lola le miró a los ojos verdes que reconoció que eran preciosos, era un hombre guapo, muy guapo, eso saltaba a la vista, pero tenía un carácter tan insufrible, era tan vanidoso, tan engreído y tan manipulador que, a pesar de que quería cerrar los ojos y dejarse llevar por la música, y bailar, y solo bailar, se envaró más todavía y le respondió tajante:

—Solo veo a un hombre terco y caprichoso, acostumbrado a que se haga siempre su santa voluntad.

Andrés tomó a Lola Pastrana de la cintura, la estrechó contra él y con sus labios pegados a los de ella, musitó:

—Solo insisto cuando sé que lo que digo es cierto. Y esta canción pide beso…

Sin importarle las consecuencias, Olavarrió abrazó a Lola muy fuerte y ella, en contra de todo pronóstico, se aferró a él tal vez porque hacía tiempo que nadie la abrazaba de esa manera, tal vez por culpa de la canción, o tal vez porque ese hombre tenía la facultad de salirse siempre con la suya. El caso es que en vez de poner el grito en el cielo, cerró los ojos, alzó la barbilla y claudicó…

Andrés volvió a besarla desesperado, recorriendo con las manos la espalda de la joven que, lejos de darle patadas en las espinillas o bofetadas que le dejaran del revés, se estrechó más contra él, contra todas sus durezas, la de pecho, la de su entrepierna y sobre todo la de su corazón…

—Me vuelves loco, Lola Pastrana —dijo Andrés, metiendo una mano por debajo de la camiseta de la joven hasta alcanzar su pecho que deseó recorrer con la lengua.

Lola introdujo las manos por debajo de la camisa de Olavarría y acarició sus abdominales marcados y sus pectorales demasiados perfectos, mientras seguía devorando la boca de Andrés, que la besaba con un hambre de siglos.

Andrés muerto de deseo, desabrochó el sujetador de la joven y deslizó sus manos por los pechos que respondieron al momento a sus caricias. Lola buscó el cuello del joven y cuando estaba a punto de besarlo, escuchó a Luis gritar:

—¡Ya hemos terminado, profe! ¿Ahora qué hacemos? ¿Repetimos otra vez?

Andrés y Lola se miraron y él solo pudo farfullar un:

—Lo siento. Perdóname. Lo siento...

Magia inesperada
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