Capítulo 23

Andrés se metió la camisa otra vez por dentro del pantalón, se peinó con las manos, mientras Lola Pastrana hacía lo mismo sin decir nada…

—Tienes toda la razón. Soy un incordio. No pinto nada aquí. Y no hago más que molestarte a ti y distraer a los chicos. Lo siento, de verdad.

Lola no sabía qué le estaba pasando, pero lo único que lamentaba es que Andrés hubiera dejado de besarla y de abrazarla, que no estuvieran ahora haciendo el amor, entre bambalinas, desatados y locos.

—No pasa nada… —susurró Lola, mientras se abrochaba el sujetador.

—Sí que pasa. He sido un inconsciente. Una cosa es dejarse llevar por la música y tener una idea para un guión y otra arrastrarte a ti a mi locura…

Lola pensó que no le importaba, que estaba deseando que la arrastrara otra vez, cuando quisiese, dónde quisiese, pero otra vez…

—Está todo bien, Olavarría —logró decir, con un nudo en la garganta.

—¡Qué va a estar bien! ¿Qué clase de tío soy que no puedo controlar mis instintos más primarios? Creo que es porque he levantado demasiado el pie con el trabajo, tanta ociosidad me está volviendo un libertino. Debo volver a consagrarme a mi trabajo y dejarme de tonterías…

—Que estés aquí no es una tontería… —apuntó Lola, sin poder dejar de desear que volviera a desatar sus instintos primarios.

—Te agradezco tu paciencia y tu generosidad, Lola —susurró Andrés, acariciándole la mejilla con la mano.

—Es la primera vez que me llamas por mi nombre a secas, Andrés —replicó ella, con las rodillas temblorosas y el corazón a mil.

—No hace falta que me llames por mi nombre. No me lo merezco. Has sido demasiado buena conmigo, pero no te preocupes que tu pesadilla ya ha tocado a su fin. La obra será un éxito, estos chicos son estupendos, eres muy afortunada de poder estar con ellos cada día y ellos de tener una maestra como tú —confesó Andrés con los ojos llenos de lágrimas.

—Andrés no tienes por qué dejar los ensayos, por mi parte no ha pasado nada.

No había pasado nada en relación a la función, porque en cuanto a lo que se refería a ella: había pasado de todo. Andrés le había hecho darse cuenta de que tenía razón en muchas cosas. Hacía demasiado que no se dejaba llevar, que no se divertía, que no hacía locuras, que no se despeinaba como lo había hecho con él.

Pero aunque se lo hubiera confesado, Andrés no lo habría creído porque solo podía pensar en una cosa:

—Soy un impresentable. No soy digno más que de tu desprecio. Lo siento de corazón. Muchas gracias por todo y despídeme de los chicos, por favor. Yo no puedo hacerlo...

Andrés le dio un beso fugaz en la mejilla y se marchó a toda prisa del salón de actos, dejando a Lola desconcertada y sobre todo triste, muy triste, demasiado triste.

Andrés por su parte no podía dejar de pensar en lo necio, miserable y rencoroso que era, en hasta dónde había llegado para urdir una venganza con efectos retardados y encima ejecutarla sobre un niño de once años que no tenía culpa de nada. No se podía ser más canalla que él. Y luego estaba el daño que le había infringido a Lola, a esa maestra abnegada que no había hecho más que soportar sus arrebatos que ni él entendía.

¿Pero por qué le había besado otra vez? ¿Por qué se había descontrolado de esa forma poniendo en peligro hasta el puesto de trabajo de la pobre chica? Y es que si no llega a ser por Pedrín, habría terminado haciendo el amor con ella, como un animal en celo, sin preocuparle absolutamente nada.

¿En qué se estaba convirtiendo? Y no podía echar la culpa a Lola, ni a sus ojos, ni a su boca, ni a su forma sexy de caminar, ni de recogerse el  pelo. Tampoco a la canción, ni al violín de Vlada ni a la voz de Mariousz, la culpa era suya y solo suya, que era un idiota integral.

Arrancó la moto con la intención de dejar para siempre atrás a su antiguo colegio, pero escuchó una voz femenina que decía:

—¡Hola, Andrés! ¿Te acuerdas de mí?

Andrés miró hacia atrás y vio cómo una mujer rubia que no conocía de nada, se bajaba de un coche blanco y caminaba hacia él. Andrés apagó el motor, se bajó de la moto y puso el caballete, dándole vueltas a quién podía ser esa mujer…

—¡Hola! Disculpe pero no sé quién es… —dijo cuando la mujer ya estaba apenas a un metro de él.

—Margarita, Margarita Barreira. ¡Y tutéame, por favor! ¡Que no somos tan viejos!

Margarita tomó a Andrés por los hombros y le dio dos besos cariñosos en las mejillas.

—Perdona pero es que… —murmuró Andrés, sin poder decir nada más porque estaba alucinado.

Esa mujer rubia, de pelo liso, nariz respingona y toneladas de maquillaje, silicona, bótox y vitaminas, en la frente, en los pómulos y en los labios, no podía ser su Margarita.

—Es que no nos vemos desde hace mil años. Pero en esencia somos los mismos.

—Las esencias es lo que tienen, no se pueden operar…

—¿Cómo dices?

¡Ya estaba siendo un impresentable, para variar!

—Que operan en mí unas bellas emociones al reencontrarte —improvisó Andrés para intentar enmendar su metedura de pata.

—¡Y en mí! ¡Estás estupendo! ¡Guapérrimo! Anda que no presumo yo con las amigas de ti. El otro día cuando presentaste la nueva aplicación, que te sacaron en la prensa, yo les decía a mis compañeras de la ofi: ¡este chico estaba enamoradísimo de mí! ¡Hasta las trancas! ¡Se moría de amor! Y yo tonta de mí, en vez de quedarme con él me quedé con Salcedo. ¡Ay Andrés! ¡Qué error cometí más grande! ¡Qué paquete de tío! ¡Qué carácter! ¡Qué muermo! ¡Y qué zángano! ¡En qué hora cargué con él!

—Vaya…—Andrés no recordaba que su Margarita hablara como si tuviera un huevo en la boca, ni que alguna vez él le hubiera confesado que estaba loco de amor por ella. A ver, que era verdad, que lo estaba, pero jamás se lo llegó a decir.

—Sí, parecía que tenía mucho futuro con el fútbol, pero se le fastidió la rodilla y nada. ¡No vale para nada! Todo el día le tengo en el sofá, sin hacer ni el huevo, es como un perro bilioso: solo come, duerme y gruñe. Y si le vieras, está gordo, calvo, sin ganas ni interés por nada. ¡Un horror!

Andrés tenía que haber sentido el placer de la venganza que se sirve en plato frío, pero solo pudo sentir compasión por el pobre de Salcedo y gratitud infinita por haberle librado de semejante lagarta.

—Salúdale de mi parte.

—Claro que sí. Aunque a estas alturas solo te puede odiar. Es que siempre le estoy comparando contigo. Cuando apareces en la tele o en el periódico, así tan guapo, tan exitoso, con tanto carisma, siempre le digo lo mismo: ¡aprende! ¡Eso es un hombre y no tú! Pero nada, no aprende.

Andrés nunca se imaginó que diría nada parecido de su eterno rival, pero replicó:

—Era un chico talentoso. No tiene nada que aprender de mí.

—Talentoso… ¡No me tires de la lengua!

—Bueno, dale recuerdos. Ha sido toda una sorpresa reencontrarte…

 —Si he venido adrede a verte. Me dijo el niño que estás colaborando en la función, que participas en los ensayos y ¡me ha hecho tanta ilusión! Me he venido un poco antes para ver si te pillaba por banda y mira ¡lo he conseguido!

—Pues aquí estoy—replicó Andrés, intentando a buscar a su Margarita debajo de todo el maquillaje, de toda la silicona, de tanta impostura y de tanta estulticia.

—¡Es genial! Oye y tú ¿sigues sin pareja? —Andrés asintió—. Yo estoy harta de todo, del marido, del trabajo, del niño… Me encantaría vivir otra vida, más tranquila, que me permitiera ser más yo, la Margarita que era antes. Y esa solo puedes sacarla tú… ¿Haces algo el sábado? ¿Cenamos? ¿Me llevas a un sitio bonito? Yo es que no salgo de los Burger Kings… —propuso Margarita poniendo morritos.

Andrés se acordó en ese instante de Óscar y su teoría del beso a Margarita y pensó que si tenía que besar a esa mujer de labios como salchichas y ambición barata para resolver sus problemas, prefería seguir cargando con ellos para siempre…

Magia inesperada
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