Andrés sí que estaba convencido de que era la mejor idea que Lola Pastrana se percatara cuanto antes de lo muermo que era su Beltrán. Solo tenía que ser paciente y tendría su deliciosa palmera de chocolote para él solo.
Luego, tras enseñarle al pánfilo de Beltrán cómo funcionaba su plataforma EatMeApp y después de que Lola Pastrana le fustigara otra vez con su ideario maravilloso de educadora buena onda, acordaron que se reunirían los martes y los viernes a las seis de la tarde para los ensayos y se despidieron, no sin que antes Andrés insistiera hasta al hartazgo en llevarla a casa en moto.
Lola por supuesto se negó, porque tenía clarísimo que ni volvería a montarse en moto con él, ni quería que supiese dónde vivía. ¡Solo le faltaba tenerle todo el día rondando su casa como una mosca pesada! Así que se limitó a agradecerle el ofrecimiento y se emplazaron para el martes siguiente…
Entretanto, Andrés aprovechó para pasar el fin de semana con su familia, quedar con amigos que hacía mil años que no veía, hacer ejercicio, ir al cine, leer y hasta quedarse el domingo más de veinte minutos mirando al techo sin hacer absolutamente nada. ¡Estaba siendo tan bueno que incluso le entró miedo a convertirse en un Beltrán cualquiera!
Además decidió que los martes y los viernes comería en casa con sus padres, que vivían muy cerca del colegio, y recuperaría algo del tiempo perdido.
Así, el primer martes de ensayo, Andrés se presentó en el colegio después de haberse comido, en unas tres horas y media, el cocido de su madre. De hecho, todavía estaba alucinando de que hubiera logrado meterse en sus viejos Levi’s de cuando tenía veinte años. ¡Todo un milagro! Pero ahí estaba, a punto de entrar en el colegio con sus viejos vaqueros y la cazadora de cuero de cremalleras que no se ponía desde hacía también mil años.
Y debía de quedarle bien porque su abuela justo antes de salir, le había preguntado con una sonrisita de curiosidad:
—Pareces Marlon Brando ¿vas a una fiesta de disfraces o a seducir a una chica?
La abuela se las sabía todas, pero se negó a contarle la verdad, que se había vestido así para Lola Pastrana, para que le viera como el creador apasionado y rebelde que realmente era y no como el empresario codicioso y malvado que ella se pensaba que era. A ver si así se relajaba y más pronto que tarde podría empezar a saborear las delicias de su boca, que era lo que en verdad más deseaba.
Lo reconocía estaba obsesionado con la boca de esa mujer, solo con su boca y nada más que su boca. ¡Quería besarla y ya está! Era imposible que su abuela lo entendiera. Se limitó a devolverle la sonrisa, a abrazarla fuerte y después de despedirse, se desplazó en moto hasta el colegio.
Al pasar por la consejería, Lidia tuvo que agarrarse a la mesa para no desmayarse. Definitivamente: ¡era el tío más bueno que había visto en su vida!
—¡Buenas tardes! —farfulló la chica, llevándose la melena a un lado.
—¡Buenas tardes, joven! ¿Todo bien?
Lidia parpadeó muy deprisa, respiró hondo y luego se atrevió a decir:
—¡Nunca le había visto sin traje! ¿Tendría inconveniente en que le hiciera una foto?
—Me he puesto lo primero que he encontrado en el armario de mi cuarto en la casa de mis padres. Es de cuando tenía veinte años… —respondió Andrés, restándole importancia, pero orgulloso del logro.
—¡Le queda genial! Entonces ¿puedo? —preguntó mostrándole el móvil.
Andrés se dirigió junto a la estantería donde había mejor luz, Lidia se situó junto a él y le abrazó, poniéndole su mano en la cintura. ¡Le temblaban hasta las pestañas! ¡Era tan atractivo, olía tan bien a madera y limón, tenía unos ojos tan verdes y una boca tan tentadora que deseó ponerse de rodillas y suplicarle que la hiciera suya!
Lidia flotaba. ¡Qué dulce mareo! ¡Solo esperaba no desplomarse! ¡Aunque si Andrés le hacía el boca a boca, bienvenido fuera el desmayo! Y a todo esto, pensó Lidia: “¿Él se estaría dando cuenta de lo que le hacía sentir? Y lo más importante ¿estaría empezando a sentir algo por ella? Porque ¿para qué si no iba a ponerse la ropa de cuando tenía la edad de ella? Tenía que tantearle un poco… Sutilmente… Como quien no quiere la cosa…”.
—¿Sabe que me han preguntado que si estamos liados? —preguntó tras disparar más de veinte fotos y después de separarse de él, con todo el dolor de su corazón—. Les he dicho que se metan en sus asuntos y que si se aburren que se bajen CatchMe.
—Usted es el futuro. ¡Llegará tan lejos como se proponga! —le dijo mientras miraba las fotos que se habían hecho.
—Ojalá…—suspiró Lidia, mientras pensaba que ella no quería llegar más lejos que a los labios de Andrés Olavarría, el hombre de su vida, el hombre de sus sueños, el hombre que quería de padre de sus hijos y con el que estaba llamada a crear nuevos imperios informáticos.
—Seguro que sí. ¿A qué le gustaría dedicarse dentro del campo de la Informática?
—A lo mismo que usted. Le deseo tanto… Lo deseo tanto, quiero decir, ser como usted —musitó sin dejar de mirarle a los labios que se moría por morder.
—Y será mejor que yo. ¡Ya lo verá! En cuanto a las fotos, me veo raro. Tengo pintas un poco de macarra ¿no?
Lidia suspiró largo y profundo y luego negó con la cabeza, ¡se le veía tan sexy y tan salvaje!
—Lo que voy a hacer es cambiar el fondo y voy a poner otra cosa que pegue más con su indumentaria. ¿Le importa?
—No. Claro. Sea creativa, juegue, dé siempre lo mejor de usted…
Para que luego dijera Lola Pastrana que él ni era empático ni sabía motivar a la juventud, pensó Andrés. Y Lidia estuvo a punto de hacerle caso, lanzarse a su cuello y darle todo lo que tenía para él en un beso que no iban a olvidar nunca. Pero como no quería asustarle, como aún no tenía claro si hablaba de fotografía o de sexo, en vez de eso le preguntó:
—¿Quiere ver cómo quedaron las fotos del otro día?
Andrés asintió y Lidia le mostró un par de fotos de Instagram…
—¡Sonrío con miles de dientes de un blanco nuclear! ¡Debería pedir patrocinio a alguna pasta de dentífrico! —exclamó Andrés, horrorizado.
—¡Está ideal! Si lee los comentarios, todas hablan de su bonita sonrisa y de la suerte que tengo. ¡Me he puesto la foto de su sonrisa, con miles de dientes, de perfil en todas mis redes sociales! ¿No le importa, verdad?
—Lo entiendo. Me habría gustado tanto tener una foto con Steve Jobs. Aunque yo jamás le habría retocado la piñata con el Photoshop, pero son los nuevos tiempos…
—Los nuevos tiempos…
—¡Que tenga una feliz tarde, joven!
—Igualmente… —suspiró Lidia, a punto de derretirse.
Andrés había aludido a los nuevos tiempos y para Lidia eso solo podía significar una cosa. ¡Estaba abierto a los cambios! ¿Y si estaba sintiendo que estaba empezando una nueva etapa para él? ¿Y si Andrés se dejaba hacer tantas fotos porque le gustaba estar cerca de ella? ¿Y si siempre le dedicaba su mejor sonrisa porque ella estaba empezando a significar algo para él? ¿Y si se estaba convirtiendo en su pequeña ilusión, en esa llamita casi insignificante con la que se inician los fuegos más feroces? Con el corazón en la boca, temblando de la emoción, Lidia se puso a retocar las fotos nuevas y a soñar con invitaciones de boda: “Lidia y Andrés tienen el placer de anunciaros que el próximo 27 de febrero contraeremos matrimonio…”.
Ajeno a los delirios románticos de la joven, Andrés se dirigió al salón de actos pensando en que le habría gustado que Lola Pastrana hubiera visto hasta qué punto él era una inspiración para los jóvenes. No sabía todavía ni cómo osaba la muy presuntuosa a darle consejos sobre cómo tratar a los chicos, cuando él ya era un faro y un ejemplo para miles de estudiantes que, como la joven Lidia, deseaban ser como él. ¿Qué hacía la muy mentecata aconsejándole que diera lo mejor de él y que fomentara el afán de excelencia en los chicos, cuando él ya era todo eso para las generaciones venideras?
Pobre maestra flower power, pensó. No podía ni imaginarse la que se le venía encima, porque Andrés en chupa de cuero abrió esa tarde la puerta del salón de actos con la intención de dejarle bien claras unas cuantas cositas…