Si no llega a ser por expreso mandato de su directora, Lola Pastrana en la vida se hubiera subido a la Vespa de Olavarría. Además, ¿cómo iba a resistirse a complacer al mecenas del colegio?
Simulando que se subía encantada, se despidió de Sonsoles con la mano, se puso un casco de lunares que le ofreció Andrés, subió la pierna con rapidez para acabar cuanto antes con esa tortura, se sentó y después se agarró a la parte de atrás del asiento, sin dejar de sonreír.
—¡No sabía que tuvieras tanta flexibilidad! ¡Qué manera de subir la pierna! ¡Cómo despiertas mi fantasía! —cuchicheó Andrés, con un deje lascivo.
—¡Cierra el pico y arranca! —murmuró Lola, asqueada.
—¡Agárrate a mi cintura, Lola Pastrana! ¡Si lo estás deseando!
—¡Vete a la mierda, Olavarría! —susurró, mientras seguía forzando la sonrisa.
—¡Adiós, chicos! ¡Pasadlo bien! —gritó la directora lanzándoles un beso.
—¡Gracias, dire! ¡Nos vemos!
Andrés arrancó, y de repente cogió tal velocidad que a Lola no le quedó más remedio que agarrarse a su cintura mientras le gritaba:
—¡Eres imbécil! ¡Para ya! ¡Majaderoooooooo!
—¡Necesitas despeinarte un poco, Lola Pastrana! —gritó Andrés, muerto de risa, mientras le metía por un laberinto de calles que ella ni conocía.
—¿Pero qué haces? ¿Adónde me llevas? ¡Quiero bajarme ya! —exigió tirando de la chaqueta del traje de Andrés.
—¡Me vas a romper el traje! ¿Te quieres relajar? ¿Cómo que adónde te llevo? ¡Sé que estás deseando que te secuestre Lola Pastrana, pero hoy no va a ser posible! Estoy llevándote por un atajo al bareto ese en el que quieres que tengamos nuestra primera cita romántica.
—¡Olavarría me estás poniendo muy nerviosa y no creo que te guste verme enfadada!
—No te pongas nerviosa. Este es mi barrio. ¡Lo conozco mejor que la palma de mi mano! —exclamó girando de pronto a la izquierda y provocando que Lola gritara presa del pánico.
—¡Nos vamos a matar! ¡Para de una puta vez o te abro la cabeza con el tacón!
Andrés se giró, la miró sorprendidísimo y luego rompió a reír:
—¡Compórtate, Lola Pastrana! Una señorita “maravillas” como tú, no dice nunca palabrotas. A ver, dime, que no te he escuchado bien… ¿Qué quieres abrirme?
Lola siguió pidiendo a gritos que parara mientras intentaba quitarse un zapato, y Andrés por su parte condujo feliz por las calles de su viejo barrio hasta llegar al bar de Beltrán.
—¡Ya estamos aquí! ¿A que no ha sido tan terrible!
Lola se bajó a toda prisa de la moto con la intención abofetear a Andrés y dejarle del revés, pero se encontró con que Beltrán salía a atender una de las mesas que tenía en la terraza de su bar y no le quedó más remedio que sonreír y musitar un simpático:
—¡Hola!
Beltrán le devolvió el saludo subiendo las cejas y acudió a atender la mesa, con una libreta en la mano.
—Ni se ha dado cuenta de la raya del ojo, el recogido y los tacones —observó Andrés, mientras ponía el candado a la moto.
—¿Qué dices ahora? —preguntó ella, con desprecio.
—Que el tío ese al que has saludado con tu vocecita más encantadora ni se ha dado cuenta de que te has pintado la raya en el ojo, que te has cambiado el peinado y que te has puesto esos tacones que te hacen polvo los pies. Pero mi reflexión va más allá, en el fondo deberías pensar para quién realmente te has puesto así… ¡Ahí lo dejo!
—¡Para ti por supuesto que no! Y si me quedo a comer contigo es porque mi jefa me lo ha pedido.
—¡Eso es mentira! Tu jefa me ha dicho que la comida ha sido una propuesta tuya para acercar posturas y lo que surja…
Lola le miró con desdén infinito, respiró hondo y luego le dijo:
—¡No pienso entrar en tu juego! Así que mejor pasemos al bar y abordamos esto como dos personas civilizadas.
Andrés se puso frente a ella y mirándole a la boca le pidió:
—Define “esto”.
Y después dio un paso más, hasta quedarse tan cerca de ella que podía sentir su respiración, su deseo y su miedo.
—¿Por qué juegas conmigo de esa forma, Olavarría? —preguntó, rígida, sin moverse del sitio, intentando fingir que tener los labios de ese hombre tan cerca de los suyos no le afectaba lo más mínimo.
Andrés solo sabía que le gustaba estar cerca de ella, despeinarla, irritarla, provocarla, desquiciarla y besarla. ¡Se moría por besarla! Y la culpa la tenía su boca, demasiado dulce y jugosa, demasiado tentadora, sin duda era su boca la que le hacía actuar de esa forma con ella.
—Es por tu boca, solo por tus labios… —respondió Andrés, con los labios casi pegados a los suyos.
Lola se quedó sin respiración y, temblando, cerró los ojos un instante hasta que escuchó la voz de Beltrán:
—¿Vais a entrar, chicos?
Y Lola se apartó bruscamente de Andrés:
—Sí, claro. Vamos a comer…
Entraron en el bar y se sentaron donde Beltrán les indicó al fondo del local, en un rincón junto a la ventana, donde había puesta una mesa pequeña para dos.
Lola tomó la preocupación de sentarse lo más lejos que pudo de la mesa para evitar que sus piernas se rozaran con las de Andrés y él, por su parte, solo podía pensar en que era la última vez en que Lola Pastrana iba a escapársele, que esa boca iba ser suya, lo quisiera ella o no.
Después, observó cómo Lola pedía su menú a Beltrán, encantadora y coqueta, como jamás lo era con él, y que después le regaló una sonrisa de lo más seductora.
A continuación, pidió él y en cuanto Beltrán les dejó solos otra vez le preguntó un tanto irritado:
—¿Desde cuándo te gusta este tío?
—¡A ti qué te importa! —susurró Lola—. ¿Además quieres bajar la voz? ¡Nos puede escuchar!
—¿Y tú no crees que tus gestos no te delatan? ¡Si no sabe ya que le gustas es que es tonto de remate!
—¡No se me nota nada que me gusta! —cuchicheó tapándose la boca con la mano.
—Si solo te falta poner un corazón con las manos. ¡Yo me habría dado cuenta desde el primer momento de que babeas por mí! Bueno, de hecho ya lo haces…
—¿El qué? —preguntó alucinada, sin estar segura de si había escuchado bien.
—¡Babear por mí! —contestó convencido.
—No, perdona. No te equivoques. No eres mi tipo. Detesto los hombres como tú.
—Lo disimulas fatal —dijo soltando una carcajada.
Beltrán apareció de nuevo con la bandeja con las bebidas que dejó en la mesa…
—Esta chica tiene unas ocurrencias, Beltrán… ¡Es la mar de divertida! Todavía me estoy acordando de lo que me dijo anoche en mi casa… —Y volvió a soltar otra carcajada que a punto estuvo de tirarle de la silla.
—¡Fui a su casa por unos informes! ¡Estamos colaborando juntos para la función navideña! —improvisó Lola, nerviosa, y con ganas de estamparle a Andrés la bandeja en la cabeza.
—Soy Andrés Olavarría —se presentó a Beltrán—, me dedico a las aplicaciones para móviles. Tengo una para tu negocio que es muy interesante, no sé si la conoces: EatMeApp. —Beltrán negó con la cabeza—. Tienes que dar de alta a tu local, entre otras cosas le lanza al usuario que pase por la zona la info de tus menús, tus ofertas, todo lo que sea de interés para el cliente.
—Yo es que no uso esas cosas. Uso el móvil para hablar. Y lo justo.
—¿Facebook tienes? —preguntó Andrés, mientras pensaba que menudo muermo de tío. Que esto iba a ser pan comido.
—El local tiene un perfil.
—Puedes entrar a través de Facebook, a ver Lola déjame tu Facebook que le voy a mostrar cómo se hace.
¿Pero cómo se podía ser más impresentable? ¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar para dejar en la cuneta al bueno de Beltrán? Lola no daba crédito.
—A Beltrán no le interesan estas cosas… Ya te lo ha dicho —le recordó Lola.
—Hombre, si se puede entrar con Facebook y es fácil de usar, no tendría inconveniente. Vengo ahora con el primer plato y me cuentas…
Beltrán se marchó y Lola furibunda, aferrada con las dos manos a su copa de agua, le soltó en voz baja:
—¿Se puede saber qué pretendes? Primero insinúas que hemos pasado la noche juntos y después ¿te pones a hacer negocios?
—Te lo estoy poniendo en bandeja, él no sabe ni cómo te apellidas. Ahora te tendrá en su Facebook y tú podrás mandarle mensajitos…
—¿Ahora vas a hacer de celestino? —preguntó Lola, llevándose la copa a los labios.
—Sí.
Desconcertada, bebió agua y después dijo:
—Olavarría, tú quieres volverme loca…
—Ya estás loca por mí.
—¿Cómo puedes ser tan necio?
—Este necio va a conseguir en un día lo que tú no has logrado en meses. ¿Cuántas conversaciones de verdad has tenido con Beltrán en todo este tiempo? ¿Menos un millón?
—No estoy aquí para hablar de mi vida privada.
—Me lo figuraba. Pero ya estoy aquí para ayudarte…