Capítulo 14

—¿Ayudarme a qué? —preguntó Lola, temiéndose lo peor.

—A que descubras cómo es el pavisoso de Beltrán, te desencantes y yo pueda besarte tranquilo.

—¿Qué tonterías estás diciendo? —murmuró Lola, cada vez más nerviosa.

—Que no estoy dispuesto a que cada vez que te bese, te pongas a pensar en este tío. Cuando antes se te caiga la venda de los ojos, antes empezarás a disfrutar de mis besos.

—¡Ni en sueños! ¡Yo no te voy a besar en la vida!

—Te pasas el día diciendo mentiras, Lola Pastrana, ¡en sueños ya me has besado! ¡Que lo sé yo!

—Por favor, Olavarría, te exijo que te comportes como una persona en su sano juicio.

—Para eso ya tienes a Beltrán. Yo tengo que ser otra cosa. Entiéndelo —dijo Andrés, dando un sorbo a la copa de vino.

—Lo único que sé es que tenemos que sacar adelante una función y que por el bien de todos, tú y yo debemos entendernos. Te comunico que voy a hacer todo lo que en esté en mi mano para que nuestras desavenencias no afecten al buen desarrollo de la función.

—¿Desavenencias? —preguntó Andrés arqueando una ceja.

—¡Es obvio que somos incompatibles!

—Nos lo pasamos bien juntos. Reconoce que desde que estoy en tu vida es todo mucho más emocionante y divertido, Lola Pastrana.

—No te creas tan importante, Olavarría. Mira, esto puede ser muy sencillo si lo dos ponemos de nuestra parte.

—¡Lo estás haciendo de un largo! ¡Si no hay ningún problema entre nosotros! Los dos queremos que la función sea un éxito, tú eres una directora estupenda, Pedrín está como una cabra, los otros niños me imagino que serán por el estilo, soy un productor con pasta y los dos tenemos unas ganas locas de besarnos. ¿Qué puede salir mal?

Desde luego que no iba a salir mal porque Lola no pensaba caer en sus burdas trampas…

—A esto me refiero, sé que encuentras muy divertido sacarme de mis casillas, pero no vas a conseguirlo. Tengo un autocontrol férreo, así que lo mejor es que te ahorres ese tipo de comentarios absurdos sobre besos y demás y tendremos la fiesta en paz.

Andrés dio otro sorbo a su copa de vino y luego dijo:

—¿Crees que me gusta ¿Piensas que es algo habitual en mí ir dando besos a las mujeres con las que me relaciono? ¡No me ha pasado en la vida! Pero es esa boca que tienes… —confesó llevándose el dedo índice a los labios.

—¿Qué le pasa a mi boca? —preguntó Lola, mordiéndose los labios.

—Tiene el mismo efecto en mí que las palmeras de chocolate en Pedrín. Cada vez que miro tu boca, me entra una gula que no puedes ni figurarte, Lola Pastrana.

—¡Vaya! ¿Y qué puedo hacer? —Lola tomó la copa de agua y bebió sin tener del todo claro si Olavarría le estaba tomando el pelo.

—Yo sé que te pasa lo mismo conmigo, pero como eres tan estirada, como llevas todo el día puesta esa faja de principios y valores y además te gusta el cataplasma de Beltrán, no puedes hacer nada más que rechazarme.

Lola sonrió a pesar de la ofensa, porque al fin parecía que Andrés iba entrando en razones:

—Me alegro de que lo entiendas…

—De momento, pero no te hagas ilusiones. Yo nunca doy nada por perdido.

Andrés miró a Lola de una forma tan intensa a los ojos que ella tuvo que coger la servilleta y taparse la boca, por mero instinto de protección. Luego, pensó que no podía dejarse intimidar por Olavarría y decidió tomar las riendas de la situación:

—Me parece genial. Yo te he citado hoy aquí porque vamos a compartir unas semanas juntos y me preocupan muchísimo mis alumnos. Así que, como educadora, permíteme que te dé unos consejos para que podamos obtener lo mejor de ellos.

—¡No has hecho otra cosa desde que te conozco! ¡Te pasas el día haciéndome recomendaciones!

Lola se enderezó en su silla y dijo convencida:

—Pues todavía me quedan unas cuantas. En primer lugar, debes saber que es el educador el que debe adaptarse a los niños y no al revés.

—Yo no soy educador, puedo hacer lo que me dé la gana.

—¡Ni se te ocurra! Has decidido implicarte, pero no puede ser de cualquier manera. Vas a tener que motivar y estimular a los chicos para que saquen todo su talento, para que den lo mejor que tienen, pero siempre con respeto, con sensibilidad y con humildad.

—¿Qué es lo que he hecho con Pedrín? ¡Si le tengo motivado a tope!

¿Qué rollos le estaba contando la maestra? ¡Él sabía muy bien cómo tenía que hacer las cosas! ¡Qué enteradilla era la pobre! Y seguramente que hasta habría estado ensayando ante el espejo del cuarto de baño el discurso que se traía aprendido. Un discurso que, por cierto, no tenía fin…

—No te exijo que llames a Luis por su nombre porque a él le hace gracia —siguió Lola—, pero por favor no lo hagas con los demás alumnos. Llama a todo el mundo por su nombre, escúchalos, tienen muchas cosas que enseñarnos, usa tu sentido común, da lo mejor de ti para ser un ejemplo para ellos, no olvides nunca que solo dando lo mejor se obtiene lo mejor. Sé su inspiración. Sé empático, ten la mente abierta, fomenta su creatividad, su curiosidad y su afán de excelencia y el resultado será perfecto.

—¿Ya has terminado? —Lola asintió con la cabeza—. Te has dejado algo en el tintero, lo más importante…

—¿El qué?

—La diversión. Pero olvídalo, que tú no sabes lo que es eso. Además, tú no me has traído aquí para soltarme este bonito discurso.

Lola dio un sorbo a su copa de agua y luego preguntó retirándose un mechón de pelo a un lado:

—¿De qué hablas?

—Me has traído para poner celosito al señor que viene por el pasillo con nuestro primer plato. Tranquila, que sé jugar a esto también…

Beltrán apareció con los primeros platos en una bandeja que dejó sobre la mesa y Andrés aprovechó para quitarle el móvil a Lola y meterse en su Facebook.

—Te acabo de pedir amistad con el perfil de Lola Pastrana, acéptame y ahora cuando regreses con los segundos platos, te enseño cómo funciona la aplicación.

A Beltrán le pareció perfecto y Lola no sabía dónde meterse:

—¿Qué haces pidiéndole amistad? —preguntó en cuanto Beltrán se hubo marchado.

—Le acabo de mandar un mensajito a su privado, va a ser genial. ¿Quién se aburrirá antes de quién?

Lola le quitó el móvil de la mano, muy enfadada:

—¡Cómo se te ocurre! ¿Qué le has puesto!

—No lo flipes. Solo le he puesto “¡Hola!”, el resto lo vas a tener que hacer tú. Sé creativa, abierta, empática, curiosa…

—Beltrán es un hombre serio y muy ocupado, debe ser de los que detestan el Messenger.

—Seguro que saca tiempo para ponerte tres frases apasionantes. Oye y a tu muro le tienes que meter un meneo de los guapos. ¿Cómo puedes tener de foto de perfil una parada de autobús y de foto de portada un cuadro tan feo? ¡Ese campo de trigales mustios no puede ser más deprimente!

—¡A saber qué es lo que tienes tú!

—No tengo perfiles personales en las redes sociales. Pero si los tuviera, te garantizo que no serían la sosería de tu Facebook. Además si no posteas desde hace siglos… ¿Para qué lo tienes? ¿Para cotillear a la gente?

El móvil de Lola sonó y tras mirarlo susurró asustada:

—¡Me acaba de contestar! ¡Me ha puesto: “Hola”! ¡En qué líos me metes! ¿Y ahora qué hago?

—Dile que a ver si espabila más con los segundos, que el servicio es bastante lento —respondió Andrés, mientras probaba la crema de calabaza que acababa de traer Beltrán.

—Le voy a dar las gracias por aceptarme como amiga y oye, quién sabe, tal vez esto no sea tan mala idea…

Magia inesperada
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